¿Qué aporta la terapia psicológica al dolor crónico?

¿Qué es el dolor?

     A pesar de que todos en algún momento hemos sentido dolor,  la experiencia de dolor ha sido difícil de definir para los científicos. Tradicionalmente, el dolor se ha entendido desde una perspectiva biomédica, siendo la definición más aceptada la de la International Association for the Study of Pain: el dolor es una experiencia sensorial y emocional desagradable con daño tisular actual o potencial o descrito en términos de dicho daño.

Sin embargo, hoy sabemos que esa definición es incompleta.  El dolor es una experiencia que va más allá de la nocicepción o sensación de dolor, es también percepción. La sensación implica la recepción objetiva de señales de dolor en el cerebro por la activación de neuronas sensoriales; pero en la percepción influye el componente subjetivo y puede ser modificada por diferentes factores, como el nivel de estrés que tenga la persona, las emociones asociadas al dolor, etc.

La teoría que permitió entender el dolor de forma más completa fue la Teoría de la Puerta de Melzack y Wall desarrollada en los años 60. Según ésta, con apoyo empírico en la actualidad, el proceso de dolor involucra la médula espinal y otras partes del sistema nervioso como un mecanismo de puerta para inhibir o facilitar la transmisión de impulsos dolorosos.

El sistema que modula la información del estímulo doloroso no solo implica aspectos sensoriales, sino también emocionales y cognitivos. Por ejemplo, factores que abrirían la puerta facilitando la transmisión del dolor serían creencias y actitudes catastrofistas sobre el dolor (p. ej., “este dolor es insoportable”, “no puedo escapar del dolor”, etc.). Entre los factores que podrían inhibirlo están el control percibido sobre el dolor (p. ej., “puedo hacer algo para sentirme mejor”) o distraerse con otra actividad.

     La experiencia de dolor se compone de tres dimensiones distintas:

  • El nivel sensorial-discriminativo, donde en primera instancia los mecanismos neurofisiológicos detectan la señal de alarma. Por ejemplo, sentir una temperatura elevada en alguna parte del cuerpo.
  • El nivel motivacional-afectivo, formado por las connotaciones y reacciones  desagradables asociadas a la sensación de dolor.
  • El nivel cognitivo-evaluativo, en el cual procesos como la memoria, la atención, la atribución… terminan de crear la experiencia de dolor. Por ejemplo, prestar atención al dolor lo aumenta, mientras estar distraídos en alguna actividad tiende a reducirlo.

     Como vemos, el dolor se entiende mejor desde un enfoque bio-psico-social, como una condición compleja que se procesa en el cerebro donde no sólo influyen aspectos fisiológicos, sino también aspectos psicológicos como la atención, los pensamientos, las emociones o el comportamiento.

¿Qué sucede en el caso del dolor crónico?

     El dolor cumple una importante función como señal de alarma cuando algo va mal. Por ejemplo, gracias a la emisión de dolor podemos retirar la mano del fuego a tiempo o frenar cualquier otra condición dañina para nosotros. Es decir, el dolor nos protege. Sirva de ejemplo la enfermedad de insensibilidad congénita al dolor, en las que las personas que la padecen no pueden sentirlo y su esperanza de vida es más corta por los riesgos a los que se exponen.

Sin embargo, a veces este sistema emite una señal de alerta que es desproporcionada en relación con la enfermedad subyacente o ante un daño mínimo (hiperalgesia) o incluso se produce la señal de dolor sin que exista lesión alguna y ante estímulos no dolorosos (p. ej. una caricia) (alodinia).

En estos casos en los que la señal de dolor es desajustada y persistente (con una duración de al menos 3-6 meses) siendo difícil de aliviar, hablamos de dolor crónico. Mientras el dolor agudo cumple una función de protección, el dolor crónico representa un problema.

     Se piensa que el dolor crónico es consecuencia de un sistema nervioso estresado o en permanente estado de alarma que emite señales desajustadas de la realidad. Se produce un proceso de sensibilización central en el cual existe una alteración del estado funcional de las neuronas nociceptivas. Estas neuronas presentarían un alto nivel de excitación y un bajo nivel de inhibición del dolor.

Los pensamientos, las emociones y los comportamientos pueden influir en la sensibilización del sistema central, creando un círculo vicioso que facilita que se instaure y se mantenga el dolor crónico. Por ejemplo, tener un nivel de estrés extremo que impida el descanso nocturno, miedo al dolor, pensamientos catastrofistas (como “este dolor es lo peor que me ha pasado, seguro que acabo mal”), y patrones de conducta negativos (dejar de hacer actividades cotidianas, dejar de salir, no moverse por miedo a sentir dolor, etc.) pueden ayudar a generar o perpetuar un problema de dolor crónico.

     El dolor crónico afecta aproximadamente al 20% de la población adulta. En España sufren dolor crónico unos 6 millones de adultos según la Sociedad Española del Dolor, siendo uno de los principales motivos de consulta en atención primaria y urgencias.

Padecer dolor crónico supone un cambio en muchos aspectos de la vida de la persona y sus allegados. Los costes a nivel económico y en deterioro de la calidad de vida son importantes. Por ejemplo, el 39,39% presenta incapacidad laboral, y el 53% de los casos informa de limitaciones sociales.

Son frecuentes los cambios en el estado de ánimo apareciendo síntomas ansiosos y depresivos. Además, puede existir una importante afectación del sueño que tiene un efecto crítico en el nivel de energía y funcionamiento diario de la persona. El sueño y el dolor guardan entre sí una relación de círculo vicioso: sentir dolor puede alterar el sueño, pero no dormir bien en sí mismo reduce el umbral de sensibilidad al dolor, empeora el dolor y favorece el desarrollo de sensibilización central.

Terapia psicológica para el dolor crónico

     Recibir ayuda psicológica para el dolor no quiere decir que el dolor sea inventado o irreal. Como hemos visto, la experiencia de dolor abarca no solo factores orgánicos, sino también psicológicos.

Los factores psicológicos pueden aumentar el dolor (p. ej., cuando prestamos demasiada atención al dolor, exageramos los elementos negativos y nos tensamos en exceso). Pero cuando estos elementos se enfocan de forma adecuada, los pensamientos y emociones también pueden provocar la liberación de analgésicos naturales (endorfinas) que actúan inhibiendo la percepción de dolor.

Además, la intervención psicológica es de gran ayuda para abordar los efectos colaterales que sufren las personas con dolor crónico (aislamiento social, síntomas de ansiedad y depresión, problemas de sueño, etc).

     Según las Guías de Práctica Clínica Basada en la Evidencia (p. ej., National Institute for Health and Care Excellence, Scottish Intercollegiate Guidelines Network, etc.) los tratamientos psicológicos con mayor aval de su eficacia en el dolor crónico son la Terapia Cognitiva-Conductual y la Terapia de Aceptación y Compromiso. Ambas tienen como meta la mejora de la calidad de vida y el funcionamiento diario de la persona que sufre dolor persistente.

     La Terapia Cognitivo-Conductual ha sido la más empleada en la práctica clínica y cuenta con mayor respaldo científico. Por ejemplo, destaca su fuerte apoyo empírico para el dolor crónico lumbar y el dolor crónico de cabeza, la fibromialgia o el dolor reumatológico.

Las estrategias que incluye este enfoque son las siguientes:

  • Técnicas de relajación. Saber relajarse no sólo sirve para disminuir el nivel de ansiedad y estrés, sino que aprender a relajar la musculatura (que suele tensarse en la zona que duele) resulta útil para reducir el dolor. Por ejemplo, la Asociación Americana de Neurología establece con el máximo nivel de evidencia la relajación como tratamiento preventivo de la migraña. Recientemente, se está realizando abundante investigación sobre la práctica de mindfulness como vía para aceptar y mejorar el modo de relacionarse con el dolor.
  • Biofeedback electromiográfico y de temperatura. Se trata de dispositivos que a través del entrenamiento adecuado ayudan a la persona a lograr un control voluntario de su nivel de tensión muscular y de su temperatura periférica. Una de sus principales aplicaciones son las cefaleas y migrañas. En general, el uso del biofeedback, sólo como combinado con la relajación, es eficaz en diversos síndromes de dolor. Aunque a veces hay problemas de mantenimiento de los logros al retirar el dispositivo por lo que se emplea más la relajación o mindfulness.
  • Terapia cognitiva. Es de gran importancia trabajar desde una actitud de aceptación y no lucha contra el dolor, modificando los pensamientos negativos respecto a la situación. Algunos de los elementos más relevantes son la excesiva focalización en el dolor, los pensamientos de miedo al dolor y catastrofizar el dolor.
  • Terapia conductual. Se centra en que la persona aprenda a identificar sus límites y a alcanzar un equilibrio entre niveles adecuados de actividad y reposo. Puede incluir también el trabajo con los familiares cuando muestran comportamientos inadecuados en relación al dolor, así como el entrenamiento en diversas habilidades que necesite la persona. Por ejemplo, podemos entrenar a mujeres con fibromialgia en asertividad y habilidades de solución de problemas para mejorar el apoyo que reciben de su familia.
  • Programas multicomponentes. Se componen de los ingredientes anteriores junto a psicoeducación y son los más habituales en la clínica. Su eficiencia supera a alternativas como el uso de opiáceos o cirugía. Como destaca Vallejo (2017), hay una necesidad de aplicar estos enfoques desde un marco de aceptación, simplificando los paquetes con demasiados ingredientes y ajustándolos a las características del paciente e integrando las nuevas tecnologías (Internet y dispositivos móviles) como apoyo y motivación en el seguimiento del caso.

     Aunque sufras dolor crónico, desarrollar una actitud más positiva y poner en marcha distintas conductas que te ayuden a afrontar tu situación puede reducir el impacto negativo del dolor en la vida y mejorar tu calidad de vida.

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Qué hacer cuando hay riesgo de suicidio

     El riesgo de suicidio se puede reducir trabajando con los factores que llevan a la persona plantearse morir y que se han revisado en la entrada sobre señales de alarma de suicidio.

La gran mayoría de las personas que comenten suicidio no estaban en tratamiento psicológico. Someterse a tratamiento psicológico es un importante factor de protección.

Sabemos que el tratamiento psicológico funciona, pero como señalan Bernert, Hom, y Weiss Roberts (2014) en su revisión de las guías clínicas existentes sobre prevención e intervención en suicidio, están claros los factores de riesgo y de protección, pero falta consenso respecto a detalles del tratamiento y qué intervención concreta es mejor en cada caso.

Técnicas de control del suicidio

Las principales técnicas de control de las crisis de suicidio son las siguientes:

1. Eliminar la oportunidad. Limitar el acceso al medio de suicidio es una de las formas más eficaces de impedirlo. El suicidio se da en circunstancias donde uno tiene la oportunidad de cometerlo (p. ej., en lugares como Japón donde los suicidas suelen saltar desde puentes, es eficaz poner barandas que impidan el acceso).

Algunas recomendaciones son:

  • Elegir a un familiar que viva un tiempo con el paciente (si vive sólo).
  • Decírselo al familiar elegido en cuanto acudan las ideas de suicidio.
  • No tener acceso a la medicación o al método elegido para suicidarse.
  • No estar a solas en momentos críticos (cuidado con los fines de semana y momentos de aniversario o Navidades).
  • No dormir solo.
  • No conducir solo.

Este control se retira progresivamente a medida que la persona mejore.

2. Terapia cognitiva. Los pensamientos suicidas son ideas irracionales o distorsionadas que no se basan en la realidad ni son objetivos. Estas “ideas negras” son resultado de la depresión o de la desesperanza pero no de un razonamiento “filosófico” acertado.

Al igual que otro tipo de pensamientos negativos irracionales abordados con terapia cognitiva, las ideas de suicidio se pueden debatir y desmontar. Por ejemplo, habitualmente la persona expresa “al fin descansaré”. La terapia cognitiva invitaría a mostrar pruebas de que efectivamente suicidándose uno va a descansar.

El paciente no va a poder encontrar ninguna prueba real, ya que si es creyente, todas las religiones castigan el suicidio lo que significa poder estar en un estado de sufrimiento aún peor y, si no tiene creencias trascendentes, no existiendo no podrá sentir nada y sería imposible disfrutar de ningún descanso. Tras la discusión cognitiva con su terapeuta la persona reconoce que su planteamiento es erróneo y se la invita a describir los hechos de un modo más ajustado a lo real.

3. Pros y Contras del suicidio. Ante el problema “sufro demasiado” se llega  a la solución “suicidio” cuando existen soluciones más ventajosas, ya que para que una solución sea adecuada debe reducir el malestar y me debe permitir disfrutar de la mejoría. Aplicando un enfoque parecido al del entrenamiento en solución de problemas se anima a la persona a encontrar alternativas de solución, y analizar objetivamente las ventajas e inconvenientes de cada una.

Es muy importante la guía de un profesional ya que la persona suele mostrar numerosas distorsiones cognitivas. Por ejemplo, puede señalar como ventaja de suicidarse “mi familia estará mejor sin mi” y entonces el terapeuta le plantearía ¿le has preguntado a tus padres si prefieren que te suicides?, etc. para ayudar a enfocar las opciones desde el ángulo adecuado. Claramente los contras de suicidarse superan a los pros.

4. Hacer una lista de las razones para no morir. Cuando uno piensa en morir se centra en escapar de su propio dolor, pero no valora lo suficiente el impacto negativo en otros. Se revisa que sucedería si uno se matase en las distintas áreas de su vida. Por ejemplo, centrándonos en el área de la familia ¿qué pensará tu hija de 10 años cuando se entere de que su madre se ha matado?, ¿cómo crees que la afectará esto en el futuro?, ¿qué sentirá tu mujer cuando te encuentre muerto?, etc. Por ejemplo, respecto al dolor físico ¿quién te garantiza que morirás sin sufrir y no quedarás afectado para el resto de tu vida? Realmente, ni los métodos más contundentes de suicidio están exentos de fallos. O en al área espiritual ¿qué pasará con tu alma si te suicidas?, etc.

     El resultado de este ejercicio se escribe en un tarjeta o en notas del móvil: “no puedo matarme porque…” para que la persona lo lea si lo necesita.

Este ejercicio es más sencillo de hacer si uno tiene hijos u otras responsabilidades y es creyente. Mientras el riesgo se incrementa en viudedad (sin hijos), divorcio, y personas impulsivas, que abusan de sustancias o tienen síntomas psicóticos.

5. Hacer una lista de las razones para vivir. Todos tenemos poderosas razones para vivir y es cuestión de mirar en la dirección adecuada. De forma guiada la persona será capaz de encontrar cuáles son sus razones. El ejercicio se centra en la potencia de lo sencillo y lo cotidiano, no en razones abstractas. Por ejemplo, la razón para vivir de un padre puede ser seguir disfrutando de los besos y abrazos de sus hijos cada vez que tenga ocasión, verlos crecer y poder ser de ayuda en lo que pueda, etc. Este listado también se guarda por escrito.

6. Lista de actividades incompatibles. Las crisis de suicidio duran horas, días y rara vez más tiempo. La idea es tener por escrito diversas actividades sencillas y positivas que, además de lo anterior, la persona pueda poner en marcha si se ve asaltada por ideas suicidas. Por ejemplo,  llamar por teléfono a un amigo, salir a dar un paseo, darse una ducha relajante, etc.

      En casos de emergencia absoluta se puede sugerir un aplazamiento del suicidio (p. ej., “dame 6 meses para que llevemos a cabo la terapia y si después de ese tiempo te quieres seguir matando haces lo que quieras”), pero es importante no retar al sujeto ni que se sienta cuestionado o que se le quita importancia al acto.

A nivel comunitario funciona el teléfono de la esperanza 717 003 717, o el de emergencias (112). En este último te pasan con un médico con el que hablar y si sospechan riesgo de suicidio envían un equipo médico al domicilio. Hay que tener cuidado con las hospitalizaciones pues en ese contexto suceden muchos suicidios ya que la persona en realidad no mejora por estar hospitalizada.

La aparición de pensamientos de suicidio es un indicador fiable de la gravedad de la depresión/desesperanza, si uno los tiene necesita ayuda psicológica.

Mitos sobre el suicidio

Para finalizar, desmontemos algunos de los principales mitos sobre el suicidio:

  • Las personas que hablan del suicidio rara vez se suicidan en realidad (“el que lo dice no lo hace”). Esto es falso. La mayoría de suicidas han expresado sus deseos de morir.
  • El suicidio ocurre sin previo aviso. Los estudios demuestran que la mayoría de suicidas habían comunicado a alguien sus intenciones.
  • Hablar del suicidio incita al suicidio. Una revisión del año 2016 publicada en Lancet Psychiatry muestra que introducir un screening de suicidio no eleva el riesgo de suicidio y puede ayudar a detectar casos de riesgo aunque este tipo de medidas deben desarrollarse mucho más. Permitir a una persona expresar su ideación suicida es el primer paso para poderla ayudar.
  • El suicida tiene completamente claro que quiere morir. La mayoría de suicidas “juega a matarse” dejando en otros el que logren salvarlos (p. ej., una chica envío un whasap sonde decía “se va a producir un cambio radical en mi vida y a partir de ahora estaré bien”. Su terapeuta supo adivinar que hablaba de matarse y se logró salvar a la chica, pero si no se hubiera llegado a tiempo habría muerto).
  • Cometen suicidio los enfermos mentales graves y suele ser un acto impulsivo por lo que no hay nada que hacer. Los que se suicidan, tengan o no un trastorno psicológico, se sienten profundamente desesperanzados y esa desesperanza se puede resolver con un tratamiento adecuado. Muchos suicidios fueron planeados durante el tiempo suficiente como para poderlos impedir.
  • Si el que amenaza con suicidarse es un niño es imposible que lo haga. Por desgracia se dan casos de suicidio a cualquier edad y la comunicación de este tipo de intención indica la necesidad de recibir tratamiento psicológico.
  • Una persona que se intenta suicidar lo seguirá intentando en el futuro hasta que lo consiga. Falso también. Las ideas de suicidio surgen en circunstancias concretas. En muchos casos superada la crisis o una determinada etapa la persona no vuelve a considerar seriamente la idea de matarse.
  • La mejora que sigue a un intento de suicidio o la mejora que se produce inicialmente como consecuencia de un tratamiento farmacológico para la depresión aleja el riesgo de suicidio. No es cierto. Si no se ha trabajado el problema de fondo con terapia psicológica, esa mejoría aparente puede dar a la persona la energía que antes le faltaba para matarse.
  • La disposición al suicidio se hereda y/o si un familiar cercano se suicidó yo también acabaré haciéndolo. No existen génes que directamente lleven al suicidio y cuando coinciden varios suicidios en una misma familia es por una tendencia a la repetición del modelo, que se puede evitar, y no por razones biológicas.
  • Los medios de comunicación no pueden hacer nada. El tratamiento que, a veces, se da a las noticias de suicidio puede ser inadecuado e incitar a un Efecto Wherter. La noticia debiera centrarse en elementos negativos y no en aspectos sensacionalistas que lleven a personas en riesgo a fantasear con el impacto de su potencial suicidio.
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Cómo prevenir el suicidio

     El suicidio representa un caso grave y complejo de violencia dirigida contra uno mismo que ocasiona un profundo impacto en la familia, el entorno y la sociedad en su conjunto.

Suele ignorarse la envergadura real del problema, según la Organización Mundial de la Salud se estima que cada año se producen en el mundo en torno a 1 millón de muertes por suicidio. Aproximadamente un 57% de las muertes violentas serían por suicidio. En EEUU el suicidio figura entre las primeras 10 causas de muerte.

En España, en el último año con datos del INE (2015) se registraron 3.602 muertes por suicidio (2.680 hombres y 922 mujeres). Aunque, la media de suicidios por millón de habitantes es algo menor a la cifra mundial.

No obstante, como comentan Santurtun et al. 2017 en su reciente estudio sobre el suicidio en España, existen miles de casos sospechosos de “muerte accidental” por ahogamientos, accidentes de tráfico o envenenamientos con psicofármacos y drogas que podrían ser suicidios encubiertos.

Las tasas de prevalencia varían mucho según la cultura y aspectos psicosociales. En nuestro país se comete más suicidio en Málaga, Asturias y Galicia, sin que estén claras las razones de estas diferencias.

El suicido es más frecuente en los varones, aunque las mujeres cometen un mayor número de intentos de suicidio. Los varones suelen optar por métodos contundentes (p. ej., emplear una pistola es lo usual en EEUU) y las mujeres prefieren medios que no deformen su imagen, siendo el más habitual el envenenamiento con fármacos o drogas.

Tener más de 69 años se asocia a mayor prevalencia de suicidio, aunque también hay un pico muy preocupante entre los 15-24 años pero el suicidio puede darse en cualquier edad. El suicidio es más frecuente en zonas urbanas que rurales y en primavera e invierno.

Por todo lo anterior, la prevención del suicidio se ha convertido en un tema de gran interés y en una de las actuaciones prioritarias a nivel de salud en muchos países.

¿Qué lleva al suicidio?

     Las ideas de suicidio suelen darse en el contexto de una depresión u otros problemas mentales (principalmente trastorno bipolar, trastorno límite de la personalidad o abuso de sustancias) y ante la toma de conciencia de una enfermedad médica grave. Además, lo anterior se combina con circunstancias externas que llevan a la persona a sentirse sobrepasada.

No es imprescindible estar deprimido o enfermo para cometer suicidio. La investigación ha encontrado que el mejor predictor del suicidio es la desesperanza. No tener esperanza en el futuro y creer que las cosas no mejorarán. La persona valora que no puede hacer nada para cambiar su situación y que el sufrimiento que padece le resulta insoportable.

El suicidio puede ser a veces un acto impulsivo donde una persona desesperada (deprimida o no) intenta acabar con su sufrimiento. En otros casos, es una decisión meditada.

Los principales factores de riesgo de suicidio son haber experimentado experiencias de abuso físico o sexual o maltrato psicológico, haber vivido acontecimientos dolorosos, la pérdida de un ser querido, tener una historia familiar de intentos de suicidio y falta de apoyo social o aislamiento.

     Además, según la etapa de la vida se añade a lo anterior como factor de riesgo de suicidio:

  • En la infancia tener una familia desestructurada y mala relación con los padres, convivir con un enfermo mental como único pariente, hacer sido castigado de forma humillante o ser víctima de bullying.
  • En la adolescencia desengaño amoroso, excesivas expectativas de los progenitores que sobrepasan las capacidades del joven, embarazo no deseado, confusión sobre la orientación sexual y bullying.
  • En la adultez destacan el desempleo (durante el primer año) y la quiebra financiera.
  • En la vejez, la viudez, enfermedades crónicas dolorosas o incapacitantes, ser consciente de la pérdida de las facultades mentales, sentimientos de soledad e inutilidad, o sentirse abuelo “ping-pong” (con traslado forzoso de domicilio).

     Existe también un efecto imitativo del suicidio que se denominó Efecto Werther (por la novela de Goethe de 1774 en la que un joven angustiado por amor se pega un tiro, la novela tuvo que ser prohibida en diversos lugares de Europa porque ocasionó una oleada de suicidios).

Por ello, es importante cuidar el modo en que se divulgan las noticias de suicidio en los medios de comunicación.

 Señales de alarma

     A diferencia de otras amenazas para la salud, las conductas de suicidio se pueden prevenir y controlar. Ahora bien, no tiene sentido que te sientas mal si alguien cercano cometió suicidio y no se supo prever. Estas señales son observables para los que somos expertos y nadie que no lo sea tiene por qué conocerlas.

Claramente hay una necesidad de dar más información y mejorar muchísimo la detección del riesgo de suicidio en los lugares donde podría detectarse. Por ejemplo, los estudios muestran que la mayoría de las personas que se suicidó visitó poco antes a un médico de cabecera que no supo identificar el riesgo.

     Las señales de alarma de suicidio según la American Psychological Association son las siguientes:

  • Decir que uno se quiere morir. Cualquier mención a desear morir, descansar, desaparecer, no aguantar más, etc. debe tomarse en consideración.
  • Que la persona se muestre preocupada acerca de la muerte y morir.
  • Sentirse una persona sin valor, con intensos sentimientos de culpa, y expresar cosas como que “estarían mejor sin él/ella”.
  • Mostrar cambios en los hábitos de comida (pérdida de apetito y peso, o lo contrario).
  • Cambios notables en conducta o personalidad (triste, irritable, ansioso, muy cansado, apático…). Cuidado también con el cese de la angustia, y la aparición de calma tras una fase de agitación respecto a un problema que sigue ahí.
  • Dificultad para atender sus obligaciones en el trabajo, la escuela u otro tipo de actividades.
  • Aislarse de los amigos, actividades o hobbies que antes le gustaban.
  • Perder el interés en su propia apariencia personal.
  • Organizar aspectos de su muerte (p. ej., escribir una carta de despedida, hacer arreglos financieros, hacer testamento, etc.).
  • Desprenderse de posesiones preciadas.
  • Asumir riesgos innecesarios.

     Si la persona está siendo atendida por un psicólogo, éste hará una estimación del riesgo real de suicidio basándose en la evaluación de los pensamientos de suicidio, las emociones, la existencia de un plan de suicidio y el análisis de los intentos suicidas pasados, si los hubiera.

Por ejemplo, el riesgo de suicidio es mayor si la persona ya ha planeado cómo lo haría y sube más cuanto más elaborado esté el plan (p. ej., tiene a su disposición el medio, ha pensado el lugar, el momento,…). Por otra parte, si existen intentos pasados de suicidio el riesgo es alto si se emplearon métodos muy letales, la letalidad ha ido en aumento con cada intento o la persona experimentó frustración por no lograrlo.

Hay pacientes que lo que muestran son autolesiones (p. ej., cortes en el brazo, quemaduras, etc.) que también son conductas peligrosas y que, a veces, se emplean para regular su estado emocional o castigarse debido a sentimientos de culpa.

En la siguiente entrada se describe qué hacer cuando hay riesgo de suicidio.

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