RIMAS
SONETO PRIMERO
Versos de amor, conceptos esparcidos,
engendrados del alma en mis cuidados;
partos de mis sentidos abrasados,
con más dolor que libertad nacidos;
expósitos al mundo, en que, perdidos, 5
tan rotos anduvistes y trocados,
que sólo donde fuistes engendrados
fuérades por la sangre conocidos;
pues que le hurtáis el laberinto a Creta,
a Dédalo los altos pensamientos, 10
la furia al mar, las llamas al abismo,
si aquel áspid hermoso no os aceta,
dejad la tierra, entretened los vientos:
descansaréis en vuestro centro mismo.
SONETO 2
Cuando imagino de mis breves días
los muchos que el tirano Amor me debe
y en mi cabello anticipar la nieve
más que los años las tristezas mías,
veo que son sus falsas alegrías 5
veneno que en cristal la razón bebe,
por quien el apetito se le atreve
vestido de mis dulces fantasías.
¿Qué hierbas[1] del olvido ha dado el gusto
a la razón, que, sin hacer su oficio, 10
quiere contra razón satisfacelle?
Mas consolarse puede mi disgusto,
que es el deseo del remedio indicio,
y el remedio de amor querer vencelle.
SONETO[01]
Cleopatra a Antonio, en oloroso vino,
dos perlas quiso dar de igual grandeza,
que por muestra formó naturaleza
del instrumento del poder divino.
Por honrar su amoroso desatino, 5
que fue mostruo en amor, como en belleza,
la primera bebió, cuya riqueza
comprar pudiera la ciudad de Nino[2].
Mas no queriendo la segunda Antonio,
que ya Cleopatra deshacer quería, 10
de dos milagros, reservó el segundo.
Quedó la perla sola en testimonio
de que no tuvo igual, hasta aquel día,
bella Lucinda, que naciste al mundo.
SONETO 4
Era la alegre víspera del día
que la que sin igual nació en la tierra,
de la cárcel mortal y humana guerra,
para la patria celestial salía;
y era la edad en que más viva ardía5
la nueva sangre que mi pecho encierra,
(cuando el consejo y la razón destierra
la vanidad que el apetito guía);
cuando Amor me enseñó la vez primera
de Lucinda en su sol los ojos bellos 10
y me abrasó como si rayo fuera.
Dulce prisión y dulce arder por ellos;
sin duda que su fuego fue mi esfera,
que con verme morir descanso en ellos[3].
SONETO 5[02]
Sirvió Jacob los siete largos años,
breves, si el fin cual la aspereza fuera;
a Lía goza, y a Raquel espera
otros siete después, llorando engaños.
Así guardan palabra los extraños,5
pero en efecto vive, y considera
que la podrá gozar antes que muera,
y que tuvieron término sus daños.
Triste de mí, sin límite que mida
lo que un engaño al sufrimiento cuesta, 10
y sin remedio que el agravio pida.
¡Ay de aquel alma a padecer dispuesta,
que espera su Raquel en la otra vida,
y tiene a Lía para siempre en ésta!
SONETO 6
Al sepulcro de Amor, que contra el filo
del tiempo hizo Artemisa vivir claro1[4], a la torre bellísima de Faro,
un tiempo de las naves luz y asilo;
al templo efesio, de famoso estilo,5
al coloso del sol, único y raro,
al muro de Semíramis[5] reparo, y a las altas pirámides del Nilo;
en fin, a los milagros inauditos,
a Júpiter olímpico y al templo, 10
pirámides, coloso y mauseolo,
y a cuantos hoy el mundo tiene escritos,
en fama vence de mi fe el ejemplo:
que es mayor maravilla mi amor solo.
SONETO 7[03]
Estos los sauces son y ésta la fuente,
los montes éstos y ésta la ribera
donde vi de mi sol la vez primera
los bellos ojos, la serena frente.
Éste es el río humilde y la corriente5
y ésta la cuarta y verde primavera
que esmalta el campo alegre y reverbera
en el dorado Toro[6] el sol ardiente.
Árboles, ya mudó su fe constante.
Mas ¡oh gran desvarío!, que este llano, 10
entonces monte le dejé sin duda.
Luego no será justo que me espante
que mude parecer el pecho humano
pasando el tiempo que los montes muda.
SONETO 8[04]
De hoy más las crespas sienes de olorosa
verbena y mirto coronarte puedes,
juncoso Manzanares, pues excedes
del Tajo la corriente caudalosa.
Lucinda en ti bañó su planta hermosa;5
bien es que su dorado nombre heredes,
y que con perlas por arenas quedes,
mereciendo besar su nieve y rosa.
Y yo envidiar pudiera tu fortuna,
mas he llorado en ti lágrimas tantas 10
(tú, buen testigo de mi amargo[7] lloro),
que mezclada en tus aguas pudo alguna
de Lucinda tocar[8] las tiernas plantas, y convertirse en tus arenas de oro.
SONETO 9
Tu ribera apacible, ingrato río,
y las orillas que en tus ondas bañas,
se vuelvan peñas cóncavas y extrañas
y fuego tu licor sabroso y frío.
Abrase un rayo tu frescor sombrío,5
los rojos lirios y las verdes cañas,
niéguente el agua sierras y montañas,
y sólo te acompañe el llanto mío.
Hasta la arena que al correr levantas
se vuelva fieros áspides airados; 10
mas ¡ay!, ¡cuán vana maldición espera[s]!,
que cuando en ti mi sol bañó sus plantas,
con ofenderla tú, dejó sagrados
lirios, orilla, arena, agua y riberas.
A DON LUIS DE VARGAS[05]
SONETO 10[06]
Cuando la madre antigua reverdece,
bello pastor, y a cuanto vive aplace;
cuando en agua la nieve se deshace
por el sol que en el Aries resplandece,
la hierba nace, la nacida crece,5
canta el silguero, el corderillo pace,
tu pecho, a quien su pena satisface,
del general contento se entristece.
No es mucho mal la ausencia, que es espejo
de la cierta verdad, o la fingida; 10
si espera fin, ninguna pena es pena.
¡Ay del que tiene, por su mal consejo,
el remedio imposible de su vida
en la esperanza de la muerte ajena!
SONETO 11[07]
Cuando pensé que mi tormento esquivo
hiciera fin, comienza mi tormento,
y allí donde pensé tener contento,
allí sin él, desesperado, vivo.
Donde enviaba por el verde olivo,5
me trujo sangre el triste pensamiento;
los bienes que pensé gozar de asiento
huyeron más que el aire fugitivo.
Cuitado yo, que la enemiga mía
ya de tibieza en hielo se deshace, 10
ya de mi fuego se consume y arde.
Yo he de morir, y ya se acerca el día:
que el mal en mi salud su curso hace,
y cuando llega el bien, es poco y tarde.
SONETO 12[08]
Así en las olas de la mar feroces,
Betis, mil siglos tu cristal escondas,
y otra tanta ciudad sobre tus ondas
de mil navales edificios goces;
así tus cuevas no interrompan voces,5
ni quillas toquen, ni permitan sondas,
y en tus campos tan fértil correspondas,
que rompa el trigo las agudas hoces;
así en tu arena el indio margen rinda,
y al avariento corazón descubras 10
más barras que en ti mira el cielo estrellas;
que si pusiere en ti sus pies Lucinda,
no por besallos sus estampas cubras:
que estoy celoso, y voy leyendo en ellas.
A UNA TEMPESTAD[09]
SONETO 13
Con imperfectos círculos enlazan
rayos el aire, que, en discurso breve,
sepulta Guadarrama en densa nieve,
cuyo blanco parece que amenazan.
Los vientos campo y nubes[9] despedazan;5
el arco el mar con los extremos bebe;
súbele al polo, y otra vez le llueve;
con qué la tierra, el mar y el cielo abrazan.
Mezcló en un punto la disforme cara
la variedad con que se adorna el suelo, 10
perdiendo Febo de su curso el modo.
Y cuando ya parece que se para
el armonía del eterno cielo,
salió Lucinda y serenóse todo.
SONETO 14[010]
Vierte racimos la gloriosa palma
y sin amor se pone estéril luto;
Dafnes se queja en su laurel sin fruto[10], Narciso en blancas hojas se desalma.
Está la tierra sin la lluvia en calma[11],5
viles hierbas produce el campo enjuto;
porque nunca al Amor pagó tributo,
gime en su piedra de Anaxarte el alma[12].
Oro engendra el amor de agua y de arenas;
porque las conchas aman el rocío 10
quedan de perlas orientales llenas.
No desprecies, Lucinda hermosa, el mío,
que al trasponer del sol, las azucenas
pierden el lustre, y nuestra edad el brío.
A LA BATALLA DE ÁFRICA[011]
SONETO 15
Oh, nunca fueras, África desierta,
en medio de los trópicos fundada,
ni por el fértil Nilo coronada
te viera el alba cuando el sol despierta;
nunca tu arena inculta descubierta5
se viera de cristiana planta honrada,
ni abriera en ti la portuguesa espada
a tantos males tan sangrienta puerta.
Perdióse en ti de la mayor nobleza
de Lusitania una florida parte, 10
perdióse su corona y su riqueza.
Pues tú, que no mirabas su estandarte,
sobre él los pies, levantas la cabeza,
ceñida en torno del laurel de Marte.
DE ENDIMIÓN Y CLICIE[012]
SONETO 16
Sentado Endimión al pie de Atlante,
enamorado de la Luna hermosa,
dijo con triste voz y alma celosa:
«En tus mudanzas ¿quién será constante?
»Ya creces en mi fe, ya estás menguante,5
ya sales, ya te escondes desdeñosa,
ya te muestras serena, ya llorosa,
ya tu epiciclo ocupas arrogante;
»ya los opuestos indios enamoras;
y me dejas muriendo todo el día, 10
o me vienes a ver con luz escasa.»
Oyóle Clicie, y dijo: Por qué lloras,
pues amas a la Luna, que te enfría?
¡Ay de quien ama al sol, que solo abrasa!»
AL CONDE DE NIEBLA
SONETO 17[013]
El tierno niño, el nuevo Isac cristiano,
en el arena de Tarifa mira
el mejor padre, con piadosa ira,
la lealtad y el amor luchando en vano;
alta la daga en la temida mano,5
glorioso vence, intrépido la tira,
ciega el sol, nace Roma, amor suspira,
triunfa España, enmudece el africano.
Bajó la frente Italia, y de la suya
quitó a Torcato el lauro en oro y bronces, 10
porque ninguno ser Guzmán presuma.
Y la fama, principio de la tuya,
Guzmán el Bueno escribe, siendo entonces
la tinta sangre y el cuchillo pluma.
SONETO 18[014]
Píramo triste, que de Tisbe[13] mira
teñido en sangre el negro manto, helóse;
vuelve a mirar, y sin morir, murióse;
esfuérzase a llorar, tiembla y suspira.
Ya llora con piedad y ya con ira;5
al fin, para que el alma en paz repose,
sobre la punta de la espada echóse,
y sin partir el alma, el cuerpo expira.
Tisbe vuelve, y le mira apenas cuando
arroja el blanco pecho al hierro fuerte, 10
más que de sangre, de piedad desnudo.
Píramo, que su bien mira expirando,
diose prisa a morir, y así la muerte
juntó los pechos que el Amor no pudo.
SONETO 19
Pasando un valle escuro, al fin del día,
tal que jamás, para su pie dorado,
el sol hizo tapete de su prado,
llantos crecieron la tristeza mía.
Entrando, en fin, por una selva fría,5
vi un túmulo de adelfas coronado,
y un cuerpo en él, vestido, aunque mojado,
con una tabla en que del mar salía.
Díjome un viejo de dolor cubierto:
«Éste es un muerto vivo (¡extraño caso!), 10
anda en el mar, y nunca toma puerto».
Como vi que era yo, detuve el paso:
que aun no me quise ver después de muerto,
por no acordarme del dolor que paso.
SONETO 20
Si culpa, el concebir; nacer, tormento;
guerra, vivir; la muerte, fin humano;
si después de hombre, tierra y vil gusano,
y después de gusano, polvo y viento;
si viento, nada, y nada el fundamento;5
flor, la hermosura; la ambición, tirano;
la fama y gloria, pensamiento vano,
y vano, en cuanto piensa, el pensamiento,
¿quién anda en este mar para anegarse?
¿De qué sirve en quimeras consumirse, 10
ni pensar otra cosa que salvarse?
¿De qué sirve estimarse y preferirse,
buscar memoria habiendo de olvidarse,
y edificar, habiendo de partirse?
SONETO 21
A Baco pide Midas que se vuelva
oro cuanto tocare (¡ambición loca!);
vuélvese en oro cuanto mira y toca,
el labrado palacio y verde selva.
Adonde quiera que su cuerpo envuelva,5
oro le ofende, y duerme en dura roca;
oro come, oro bebe, que la boca
quiere también que en oro se resuelva.
La Muerte, finalmente, su auricida,
triunfó de la ambición, y en oro envuelto, 10
se fue secando, hasta su fin postrero.
Así yo, triste, acabaré la vida,
pues tanto amor pedí, que, en amor vuelto
el sueño, el gusto, de abundancia muero.
A DOS NIÑAS
SONETO 22
Para tomar de mi desdén venganza,
quitóme Amor las niñas que tenía,
con que miraba yo, como solía,
todas las cosas en igual templanza.
A lo menos conozco la mudanza5
en los antojos de la vista mía;
de un día en otro no descanso un día;
del tiempo huye la que el tiempo alcanza.
Almas parecen de mis niñas puestas
en mis ojos, que baña tierno llanto. 10
¡Oh niñas, niño Amor, niños antojos,
niño deseo que el vivir me cuestas!
Mas ¿qué mucho también que llore tanto
quien tiene cuatro niñas en los ojos?
SONETO 23
Pruebo a engañar mi loco pensamiento
con la esperanza de mi bien perdido,
mostrándole, en mil nubes escondido,
un átomo no más de algún contento.
Mas él, que sabe bien que cuanto intento5
es aparencia de placer fingido,
se espanta de que, estando al alma asido,
le engañe con fingir lo que no siento.
Voile llevando de uno en mil engaños,
como si yo sin él tratase dellos, 10
siendo el mayor testigo de mis daños.
Pero siendo forzoso padecellos,
¡oh quién nunca pensase en desengaños,
o se desengañase de tenellos!
SONETO 24
Del templo de la Fama en alta parte
vi diez, los que hasta agora fueron nueve:
aquel por quien Apolo no se mueve,
formaba un mármol excediendo el arte.
Con el rey de Sión, estaba aparte5
Gedeón, cuya gente en Acab bebe;
el que a rendir la tierra y mar se atreve,
y Arturo con el ánglico estandarte;
Héctor, César y Carlos, con Gofredo[14],
que el gran sepulcro libertó de Cristo; 10
mas cuando entre los diez (para alabarlos),
reconocer el último no puedo,
oigo una voz que dijo: «A los que has visto
dio luz, y quitó fama, el Quinto Carlos».
SONETO 25
Antes que el cierzo de la edad ligera
seque la rosa que en tus labios crece,
y el blanco de ese rostro, que parece
cándidos grumos de lavada cera,
estima la esmaltada primavera,5
Laura gentil, que en tu beldad florece,
que con el tiempo se ama y se aborrece,
y huirá de ti quien a tu puerta espera.
No te detengas en pensar que vives,
oh Laura, que en tocarte1[15] y componerte 10
se entrará la vejez sin que la llames.
Estima un medio honesto, y no te esquives;
que no ha de amarte quien viniere a verte,
Laura, cuando a ti misma te desames.
DESPIDIÉNDOSE DE UNA DAMA PORQUE AMANECÍA SONETO 26
En el sereno campo de los cielos
entraba el sol, pisando las estrellas
sus caballos flamígeros, y dellas
limpiando el manto de color de celos.
Ya cuanto vive en últimos desvelos5
pasaba de su sueño a sus querellas;
sale la abeja entre las flores bellas,
las aves por el aire esparcen vuelos.
Vase en el mundo dilatando el día
en cercos de oro y arreboles rojos, 10
y en las hojas las perlas del rocío;
mas cuando tan hermoso el sol salía,
anocheció para mis tristes ojos,
porque, como él salió, se puso el mío.
SONETO 27
Bien fue de acero y bronce aquel primero
que en cuatro tablas confió su vida
al mar, a un lienzo y a una cuerda asida,
y todo junto al viento lisonjero.
¿Quién no temió del Orïon severo5
la espada en agua de la mar teñida,
el arca doble al Austro y la ceñida
obtusa luna de nublado fiero?
El que fió mil vidas de una lengua[16]
de imán tocada, al Ártico mirando, 10
y en líneas treinta y dos, tres mil mudanzas,
pero más duro fue para su lengua
quien puso (las que tienen contemplando)
en mar de una mujer sus esperanza[s].
UN CABALLERO, LLEVANDO SU DAMA A ENTERRAR ÉL MISMO
SONETO 28
Al hombro el cielo, aunque su sol sin lumbre,
y en eclipse mortal las más hermosas
estrellas, nieve ya las puras rosas,
y el cielo tierra, en desigual costumbre.
Tierra, forzosamente pesadumbre,5
y así, no Atlante, a las heladas losas
que esperan ya sus prendas lastimosas,
Sísifo sois por otra incierta cumbre.
Suplicóos me digáis, si Amor se atreve,
¿cuándo pesó con más pesar, Fernando, 10
o siendo fuego o convertida en nieve?
Mas el fuego no pesa, que, exhalando
la materia a su centro, es carga leve;
la nieve es agua, y pesará llorando.
SONETO 29[015]
Fue Troya desdichada, y fue famosa,
vuelta en ceniza, en humo convertida,
tanto, que Grecia, de quien fue vencida,
está de sus desdichas envidiosa.
Así en la llama de mi amor celosa,5
pretende nombre mi abrasada vida,
y el alma en esos ojos encendida,
la fama de atrevida mariposa.
Cuando soberbia y victoriosa estuvo,
no tuvo el nombre que le dio su llama: 10
tal por incendios a la fama subo.
Consuelo entre los míseros se llama
que quien por las venturas no la tuvo,
por las desdichas venga a tener fama.
A LA MUERTE DE ALBANIA[016]
SONETO 30
Adonde vas con alas tan ligeras
del hemisferio nuestro al tuyo opuesto,
divino sol en Oriente puesto[17], donde fuera más justo que nacieras?
»Apenas te gozaron las riberas5
del Tajo, a ser tu antípoda dispuesto,
cuando las cubres de ciprés funesto,
robando en ti sus verdes primaveras.
»Los duros jaspes, los rebeldes bronces
se ablandan escuchando mis enojos; 10
dime, pues ya te vas, si podré verte.»
Así Fabio lloraba. Albania entonces
miróle y quiso hablar, cerró los ojos,
y respondióle lo demás la Muerte.
SONETO 31
Albania yace aquí, Fabio suspira;
matóla un parto sin sazón, dejando
la Envidia alegre y al Amor llorando;
pues ya cualquiera fuerza le retira.
El Tajo crece por mostrar su ira5
y corre, de la Muerte murmurando;
párase el sol, el túmulo mirando,
temiendo en sí lo que en Albania mira.
Mas él, si se eclipsare, volver puede,
y Albania no, que, de volver ajeno, 10
a Fabio deja en el postrero parto.
Venganza fue para que ejemplo quede
que quien fue basilisco en dar veneno,
muriese como víbora en el parto.
SONETO 32[017]
Si gasta el mar la endurecida roca
con el curso del agua tierna y blanda;
si el español que entre los indios anda,
con largo trato, a su amistad provoca;
si al ruego el áspid la fiereza apoca,5
si el fuego al hierro la dureza ablanda,
no yerra Amor cuando esperarle manda
un imposible a mi esperanza loca.
Que el tiempo que las rocas enternece,
indios, áspides, hierros, bien podría 10
sirviendo, amando, cuanto Amor concede
(por más que mi desdicha os endurece),
señora, enterneceros algún día:
que un inmortal amor todo lo puede.
A UN LOCO FAVORECIDO DE UNA DAMA SONETO 33[018]
De la ignorancia en que dormí recuerdo
el tiempo que a la envidia tuve en poco,
pues a tenerla agora me provoco
de los que viven fuera de su acuerdo.
Tú ganas sin sentir; sintiendo pierdo;5
gozas tocando; imaginando toco;
dichoso loco, pues mereces loco
lo que jamás he merecido cuerdo.
Si es loco Amor, ¿por qué soy yo tenido
por cuerdo? Y si soy cuerdo, ¿qué procura 10
Amor con tanta fuerza en mi sentido?
Loco, pues me ganaste la ventura,
troquemos el discurso o el vestido:
toma mi seso, y dame tu locura.
SONETO 34[019]
Deste mi grande amor, y el poco tuyo,
no tengo culpa yo, tengo la pena;
que a tu naturaleza, en todo ajena,
juntarse dos contrarios atribuyo.
Este mi amor y tu desdén arguyo5
de aquel humor que de una misma vena
de dulce y agro fruto el ramo enllena,
siendo una tierra, un agua, un tronco el suyo.
Veo la cera, y veo el barro, al fuego,
ésta ablandarse, aquel endurecerse, 10
que uno se rinde, y otro se resiste;
y con igual efeto miro luego
(siendo una causa Amor para encenderse)
que si me enternecí, te endureciste.
SONETO 35[020]
Árdese Troya, y sube el humo escuro
al enemigo cielo, y entretanto,
alegre, Juno mira el fuego y llanto:
¡venganza de mujer, castigo duro!
El vulgo, aun en los templos mal seguro,5
huye, cubierto de amarillo espanto;
corre cuajada sangre el turbio Janto[18], y viene a tierra el levantado muro.
Crece el incendio propio el fuego extraño,
las empinadas máquinas cayendo, 10
de que se ven ruinas y pedazos.
Y la dura ocasión de tanto daño[19],
mientras vencido Paris muere ardiendo,
del griego vencedor duerme en los brazos.
SONETO 36
Suena el azote, corredor Apolo,
sobre el carro que a Géminis alinda[20], que falta para ver a mi Lucinda
de tu carrera un paralelo sólo.
Dafnes te espera en el opuesto polo,5
que puede ser que su dureza rinda[21], y a mí la imagen más hermosa y linda
que han visto el Panteón ni el Mauseolo[22].
Si quieres ver, para que no te admires,
la razón que me esfuerza a que la quiera, 10
mira su rostro, aunque es grande osadía.
Mas ¡ay, sol envidioso!, no le mires,
que no llegando al indio, que te espera,
harás eterno desta ausencia el día.
SONETO 37[021]
Céfiro blando, que mis quejas tristes
tantas veces llevaste; claras fuentes,
que con mis tiernas lágrimas ardientes
vuestro dulce licor ponzoña hicistes;
selvas, que mis querellas esparcistes;5
ásperos montes, a mi mal presentes;
ríos, que de mis ojos siempre ausentes,
veneno al mar, como a tirano, distes;
pues la aspereza de rigor tan fiero
no me permite voz articulada, 10
decid a mi desdén que por él muero.
Que si la viere el mundo transformada
en el laurel que por dureza espero[23], della veréis mi frente coronada.
AL DUQUE DE OSUNA Y CONDE DE UREÑA SONETO 38
El Tiempo, a quien resiste el tiempo en vano,
llevó tras sí los griegos valerosos,
los Augustos, los Césares famosos,
después de las reliquias del troyano.
Llevóse con el griego y el romano5
la gloria de los godos belicosos,
y aquellos españoles generosos,
origen claro del valor cristiano.
Apolo y Marte, ociosos en la tierra,
íbanse al cielo, y vuestro abuelo santo[24], 10
por tenerlos, asióles de la ropa.
Dejáronle, por irse en paz y en guerra,
los dos Girones, que hoy os honran tanto,
que dellos se vistió de gloria Europa.
A UNA DAMA QUE LE ECHO UN PUÑADO DE TIERRA SONETO 39
Como a muerto, me echáis tierra en la cara;
yo lo debo de estar, y no lo siento;
que a un muerto en vuestro esquivo pensamiento,
menos sentido que éste le bastara.
Vivo os juré que muerto os confesara5
la misma fe; cumplí mi juramento;
pues ya después del triste enterramiento,
ni cesa la afición, ni el amor para.
No sé si os pueda dar piadoso nombre,
¡oh manos que enterráis al muerto amigo!, 10
después que le mató vuestra hermosura.
Que es de ladrón fiel, ya muerto el hombre,
no de piedad, mas miedo del castigo,
darle en su propia casa sepultura.
SONETO 40
Mis pasos engañados hasta agora
por jardines hibleos[25] y pensiles, por pensamientos y esperanzas viles,
infancia noche, juventud aurora,
razón esclava, voluntad señora,5
vistiendo mi virtud como a otro Aquiles,
me han traído, callados y sutiles,
adonde el alma sus engaños llora.
¡Oh pasos ciegos de mi edad perdida!
Que en polvo, en humo, en sombra se convierte 10
entrada triste y misera salida,
El primero que di (¡qué triste suerte!),
ese me descontaron de la vida,
y le puso en sus límites la muerte.
SONETO 41
Hermosos ojos, yo juré que había
de hacer en vos de mi rudeza empleo[26], en tanto que faltaba a mi deseo
el oro puro que el Oriente cría.
Rústica mano desta fuente fría5
ofrece el agua; mas mirad que a Orfeo
versos le dieron singular trofeo
de aquella noche que no ha visto el día[27].
Y pues por la crueldad que en toda parte
usáis conmigo, vuestro cuerpo tierno 10
puede temer la pena de Anaxarte[28],
no despreciéis el don, que al lago Averno
irá por vos mi amor, venciendo al arte…
Mas tal hielo aun no teme el fuego eterno.
SONETO 42
Dejadme un rato, pensamientos tristes,
que no me he de rendir a vuestra fuerza.
Si es gran contrario Amor, amor me esfuerza;
penad y amad, pues que la causa fuistes.
No permitáis, si de mi amor nacistes,5
que la costumbre, que a volver me fuerza,
de mi firme propósito me tuerza,
pues en los desengaños me pusistes.
No queráis más que amar; amar es gloria;
no la manchéis con apetitos viles: 10
vencedme, y venceréis mayor vitoria.
Si en Troya no hay traidor, ¿qué importa Aquiles?
Mas ¡ay!, que es mujer flaca la memoria,
y vosotros[29], cobardes y sutiles.
A LAS OJERAS DE UNA DAMA SONETO 43
Ojos, por quien llamé dichoso al día
en que nací, para morir por veros,
que por salir de noche a ser luceros
cercáis de azul la luz que al sol la envía;
hermosos ojos, que del alma mía5
un inmortal engaste pienso haceros
de envidia del safir, que, por quereros,
entre cristal y rosa el cielo cría;
agora sí que vuestras luces bellas
son de mi noche celestial consuelo, 10
pues en azul engaste vengo a vellas.
Agora sí que sois la luz del suelo,
agora sí que sois, ojos, estrellas,
que estáis en campo azul, color de cielo.
SONETO 44
Que otras veces amé negar no puedo,
pero entonces Amor tomó conmigo
la espada negra, como diestro amigo[30], señalando los golpes en el miedo.
Mas esta vez que batallando quedo,5
blanca la espada y cierto el enemigo,
no os espantéis que llore su castigo,
pues al pasado amor amando excedo.
Cuando con armas falsas esgremía,
de las heridas truje en el vestido 10
(sin tocarme en el pecho) las señales;
mas en el alma ya, Lucinda mía[31],
donde mortales en dolor han sido
y en el remedio heridas inmortales.
SONETO 45
Tened piedad de mí, que muero ausente,
hermosas ninfas deste blando río;
que bien os lo merece el llanto mío,
con que suelo aumentar vuestra corriente.
Saca la coronada y blanca frente,5
Tormes famoso, a ver mi desvarío;
así jamás te mengüe el seco estío,
y esta montaña tu cristal aumente,
Mas ¿qué importa que el llanto mió recibas,
si no vas a morir; al Tajo, adonde 10
mis penas pueda ver la causa dellas?
Tus ninfas en tus ondas fugitivas
y tu cabeza coronada esconde:
que basta que me escuchen las estrellas.
A LA JORNADA DE INGLATERRA SONETO 46[022]
Famosa armada de estandartes llena,
partidos todos de la roja estola,
árboles de la fe, donde tremola
tanta flámula blanca en cada entena;
selva del mar, a nuestra vista amena, 5
que del cristiano Ulises la fe sola
te saca de la margen española,
contra la falsedad de una sirena,
id, y abrasad el mundo, que bien llevan
las velas viento, y alquitrán los tiros, 10
que a mis suspiros y a mi pecho deban.
Segura de los dos podéis partiros,
fiad que os guarden, y fiad que os muevan:
tal es mi fuego, y tales mis suspiros.
SONETO 47
Retrato mío, mientras vivo ausente,
guardad la puerta, asido de la llave,
que haré a Guzmán[32] que este bosquejo acabe, con lo que me pusieren en la frente.
Laurel, decía la engañada gente,5
no le afrentéis con otra rama grave,
porque si Midas el remedio sabe,
la tierra no lo sufre ni consiente.
Mi bien es de las Indias combatido;
decid si el alma consintió en mi daño; 10
que el alma no la compra mortal precio,
Y pues Guzmán no os acabó el vestido,
yo os lo daré por este desengaño;
aunque cualquiera desengaño es necio.
SONETO 48
El pastor que en el monte anduvo al hielo,
al pie del mismo derribando un pino,
en saliendo el lucero vespertino,
enciende lumbre y duerme sin recelo.
Dejan las aves con la noche el vuelo,5
el campo el buey, la senda el peregrino,
la hoz el trigo, la guadaña el lino:
que al fin descansa cuanto cubre el cielo.
Yo solo, aunque la noche con su manto
esparza sueño y cuanto vive aduerma, 10
tengo mis ojos de descanso faltos.
Argos los vuelve la ocasión y el llanto,
sin vara de Mercurio que los duerma[33]: que los ojos del alma están muy altos.
RIMAS SACRAS
SONETO PRIMERO
Cuando me paro a contemplar mi estado[1],
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.
Cuando miro los años que he pasado, 5
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.
Entré por laberinto tan extraño,
fiando al débil hilo de la vida 10
el tarde conocido desengaño;
mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria la razón perdida.
II
Pasos de mi primera edad, que fuistes
por el camino fácil de la muerte,
hasta llegarme al tránsito más fuerte,
que por la senda de mi error pudistes,
¿qué basilisco entre las flores vistes, 5
que de su engaño a la razón advierte?
Volved atrás, porque el temor concierte
las breves horas de mis años tristes.
¡Oh pasos esparcidos vanamente!,
qué furia os incitó, que habéis seguido 10
la senda vil de la ignorante gente?
Mas ya que es hecho, que volváis os pido
que quien de lo perdido se arrepiente,
aun no puede decir que lo ha perdido.
III
Entro en mí mismo para verme, y dentro
hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada
una loca república alterada,
tanto que apenas los umbrales entro.
Al apetito sensitivo encuentro, 5
de quien la voluntad mal respetada
se queja al cielo, y de su fuerza armada
conduce el alma al verdadero centro.
La virtud, como el arte, hallarse suele
cerca de lo difícil, y así pienso 10
que el cuerpo en el castigo se desvele.
Muera el ardor del apetito intenso,
porque la voluntad al centro vuele,
capaz potencia de su bien inmenso.
IV
Si desde que nací, cuanto he pensado,
cuanto he solicitado y pretendido
ha sido vanidad, y sombra ha sido,
de locas esperanzas engañado;
si no tengo de todo lo pasado 5
presente más que el tiempo que he perdido,
vanamente he cansado mi sentido,
y torres en el viento fabricado.
¡Cuán engañada el alma presumía
que su capacidad pudiera hartarse 10
con lo que el bien mortal le prometía!
Era su esfera Dios para quietarse,
y como fuera dél lo pretendía,
no pudo hasta tenerle sosegarse.
V
¿Qué ceguedad me trujo a tantos daños?
¿Por dónde me llevaron desvaríos,
que no traté mis años como míos,
y traté como propios sus engaños?
¡Oh puerto de mis blancos desengaños, 5
por donde ya mis juveniles bríos
pasaron como el curso de los ríos,
que no los vuel[y]e atrás el de los años!
Hicieron fin mis locos pensamientos,
acomodóse al tiempo la edad mía, 10
por ventura en ajenos escarmientos.
Que no temer el fin no es valentía,
donde acaban los gustos en tormentos,
y el curso de los años en un día.
VI
Si de la muerte rigurosa y fiera
principios son la sequedad y el frío,
mi duro corazón, el hielo mío
indicios eran que temer pudiera.
Mas si la vida conservarse espera 5
en calor y humidad, formen un río
mis ojos, que a tu mar piadoso envío,
divino autor de la suprema esfera.
Calor dará mi amor, agua mi llanto,
huya la sequedad, déjeme el hielo, 10
que de la vida me apartaron tanto.
Y tú, que sabes ya mi ardiente celo,
dame los rayos de tu fuego santo
y los cristales de tu santo cielo.
VII
¿Quién sino yo tan ciego hubiera sido,
que no viera la luz? ¿Quién aguardara
a que con tantas voces le llamara
aquel despertador de tanto olvido?
¿Quién sino yo por el abril florido 5
de caduco laurel se coronara,
y la opinión mortal solicitara
con tanto tiempo, en tanto error perdido?
¿Quién sino yo tan atrevido fuera,
que descolgara de Sión la lira, 10
y al babilonio vil música diera[2]?
¿Y quién, sino quien es verdad, la ira
templara en mí, porque al morir dijera
que toda mi esperanza fue mentira?
VIII
¡Oh corazón más duro que diamante!,
¿qué repugnancia es ésta que te oprime?
¿No basta que con viva voz te anime
aquel lince del alma penetrante?
¿Qué importa el apetito repugnante 5
contra el objeto que su luz te imprime,
si la eficaz razón, que le reprime,
no deja que del suelo se levante?
Ánimo, pues, que la vitoria es tuya,
no pierdas tiempo, si el perdido sobra, 10
antes que mi proceso se concluya.
Pon los deseos, pues te importa, en obra,
no des lugar que la ocasión se huya,
que en el último fin tan mal se cobra.
IX
Una vez habló Dios el día tercero
palabra de virtud y omnipotencia,
y no fue menester que a la obediencia
le reiterase lo que habló primero.
Mientras la habitación en su hemisfero 5
durare de los mixtos, su sentencia
por toda la mayor circunferencia
conservárase hasta su fin postrero.
Puso ley a las aguas convenible,
la tierra descubrió, dio al aire esfera, 10
y al fuego duración sin combustible.
Y yo, que por tener la razón fuera,
a sus preceptos, ¡oh rigor terrible!,
rebelde estoy, como la vez primera.
X
¿Será bien aguardar, cuerpo indiscreto,
al tiempo que, perdidos los sentidos,
escuchen, y no entiendan, los oidos,
por la flaqueza extrema del sujeto?
¿Será bien aguardar a tanto aprieto, 5
que ya los tenga el final hielo asidos,
o en la vana esperanza divertidos,
que no siendo virtud no tiene efeto?
¿Querrá el jüez entonces ser piadoso?
¿Admitirá la apelación, si tiene 10
tan justas quejas, y es tan poderoso?
Oh vida, no aguardéis que el curso enfrene
el paso de la muerte riguroso:
que no es consejo el que tan tarde viene.
XI
¿En qué bárbara tierra me guardara,
intricada de peñas y maleza;
o qué abismo formó naturaleza,
adonde el rayo de tu luz no entrara?
¿Qué mar en sus arenas me librara, 5
qué concha me prestara su corteza,
en qué región del aire la cabeza
contra tus armas de defensa armara?
Si le tragó la foca al que quería
huir de ti, más loco fue mi intento, 10
mayor mi atrevimiento y rebeldía.
Mas ya vuelvo a buscarte, y tan contento,
que me dan, para hallarte noche y día,
mis ojos mar, y mis suspiros viento.
XII
Si es el instante fin de lo presente,
y principio también de lo futuro,
y en un instante al riguroso y duro
golpe tengo de ver la vida ausente,
¿adonde voy con paso diligente? 5
¿Qué intento? ¿Qué pretendo? ¿Qué procuro?
¿Sobre qué privilegios aseguro
esto que ha de vivir eternamente?
No es bien decir que el tiempo que ha pasado
es el mejor, que la opinión condeno 10
de aquellos ciegos de quien es culpado.
Ya queda el que pasó por tiempo ajeno,
haciéndole dichoso o desdichado,
los vicios malo, y las virtudes bueno.
XIII
Engaño es grande contemplar de suerte
toda la muerte como no venida,
pues lo que ya pasó de nuestra vida
no fue pequeña parte de la muerte.
Con excepción se dio, puesto que es fuerte, 5
de morir el vivir, mas ya vencida
no deja que temer, si prevenida,
mientras vivimos, en morir se advierte.
Al que le aconteció nacer, le resta
morir; el intervalo, aunque pequeño, 10
hace la diferencia manifiesta.
La muerte, al fin de cuanto vive dueño,
está de dos imágines compuesta:
el tiempo, antes de nacer, y el sueño.
XIV
Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú, que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos, 5
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados, 10
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados;
¿pero cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?
XV
¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!
Seguí mil veces vuestro pie sagrado, 5
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas atrevido
al mismo precio en que me habéis comprado.
Besos de paz os di para ofenderos;
pero si, fugitivos de su dueño, 10
hierran, cuando los hallan, los esclavos,
hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño,
y tendréisme seguro con tres clavos.
XVI
Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte.
Sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.
Está la majestad de Dios tendida 5
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte,
y de su cuerpo la mayor herida.
¡Oh duro corazón de mármol frío!,
¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo, 10
y no te vuelves un copioso río?
Morir por él será divino acuerdo;
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.
XVII
¡Oh, bien hayan las lágrimas lloradas
por culpas en tus ojos cometidas,
aquellas de tu amor agradecidas,
y éstas de tu grandeza perdonadas!
¡Oh qué dulces que son bien empleadas, 5
y a los umbrales de tu Cruz vertidas!
Pluguiera a Dios tuviera yo mil vidas,
todas en llanto de tu amor bañadas.
Si lágrimas, si voces pueden tanto,
quien llora sus pasados desatinos, 10
da al cielo gloria y al infierno espanto.
No conocen los hombres tus caminos;
pero conocen que del alma el llanto
detiene el curso de tus pies divinos.
XVIII
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, 5
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el Ángel me decía;
«Alma, asómate agora a la ventana, 10
verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía[3], para lo mismo responder mañana!
XIX
Aquí cuelgo la lira que desamo,
con que canté la verde primavera
de mis floridos años, y quisiera
romperla al tronco, y no colgarla en ramo.
Culpo mi error, y la ocasión infamo, 5
por quien canté lo que llorar debiera,
que el vano estudio vano premio espera,
ladrón del tiempo con disfraz le llamo.
En otra lira, a cuyo son recuerdas[4],
dormida musa, en este breve plazo 10
canta segura de que el tiempo pierdas.
Templóla amor con poderoso brazo,
que en tres clavijas le subió las cuerdas,
y le labró de una lanzada el lazo.
XX
La lengua del amor, a quien no sabe
lo que es amor, ¡qué bárbara parece!;
pues como por instantes enmudece,
tiene pausas de música süave.
Tal vez suspensa, tal aguda y grave, 5
rotos conceptos al amante ofrece;
aguarda los compases que padece,
porque la causa su destreza alabe.
¡Oh dulcísimo bien, que al bien me guía!,
¿con qué lengua os diré mi sentimiento,10
ya que tengo de hablaros osadía?
Mas si es de los conceptos instrumento,
¿qué importa que calléis, oh lengua mía,
pues que vos penetráis mi pensamiento?
XXI
Tardar en convertirse, error notable;
y diferirlo de uno en otro día,
loca desvanecida fantasía,
esperanza del hombre miserable.
La vida corre; la ocasión mudable, 5
cuán presto de los ojos se desvía.
¿Cómo tendrá resolución tardía,
al mismo que ha ofendido, favorable?
Señor, quien diligente y cuidadoso
las cosas de la vida mortal mira, 10
si vive en las del alma perezoso,
vendrá súbitamente vuestra ira,
y al discurrir el filo poderoso,
¿qué mano le tendrá, si el cuerpo expira?
XXII
Yo dormiré en el polvo, y si mañana
me buscares, Señor, será posible
no hallar en el estado convenible
para tu forma la materia humana.
Imprime agora, ¡oh fuerza soberana!, 5
tus efetos en mí, que es imposible
conservarse mi ser incorruptible,
viento, humo, polvo y esperanza vana.
Bien sé que he de vestirme el postrer día
otra vez estos huesos, y que verte10
mis ojos tienen y esta carne mía.
Esta esperanza vive en mí tan fuerte,
que con ella no más tengo alegría
en las tristes memorias de la muerte.
XXIII
Nunca me vi tan lejos de temeros,
mi Dios, que me olvidase de estimaros,
porque cuando más cerca de olvidaros,
entonces me pesaba de ofenderos.
Impulsos tuve yo para quereros, 5
por quien con más razón podéis quejaros:
no sé cómo tardaba de buscaros
en medio del temor de conoceros.
Andaba yo cual suele el delincuente,
que se le antoja vara de justicia 10
cualquier rumor que a las espaldas siente;
pero de mis deleites la codicia
me daban armas y ánimo valiente,
para que se doblase mi malicia.
XXIV
En estos prados fértiles y sotos
de los deleites de la edad primera,
sentada en espantosa bestia fiera,
Babilonia me dio su mortal lotos.
Y mis sentidos, de aquel bien remotos 5
que la inmortalidad del alma espera,
durmieron mi florida primavera
de la razón, los memoriales rotos.
No sólo del veneno la bebida
sueño solicitó, mas de mí tuvo 10
la mejor parte en bestia convertida.
Circe con sus encantos me detuvo,
hasta que con tu luz salió mi vida
de la costumbre en que cautiva estuvo.
XXV
En esta tabla de tu Cruz divina
saldré de la tormenta del mar fiero
con el aliento del vivir postrero,
a donde el norte de su luz me inclina.
La nave de mi vida peregrina, 5
que las sirenas no temió primero,
en los bancos del mundo lisonjero
sin gobierno zozobra y desatina.
Tú sola en tal peligro, tú me alientas,
tabla dichosa, que mi vida entabla 10
por tantas olas de mi error violentas.
Cobróme en Ti, y a Ti llegué sin habla
que no puede anegarse en sus tormentas
quien se abrazare a tu divina tabla.
XXVI
Deten el curso a la veloz carrera,
desbocado apetito, que me pierdes,
pues ya es razón que a la razón recuerdes:
no se nos vaya la ocasión ligera.
Si te disculpas con la edad primera, 5
no puedo yo creer que no te acuerdes
que por los pasos de los años verdes
llegaste al puerto de la edad postrera.
¡En qué esperanza mis errores fundo,
blancas las sienes y las venas hielos, 10
vil nave, airado viento, mar profundo!
Corre a tu engaño los fingidos velos,
porque lo que es vergüenza para el mundo,
¿cómo no lo será para los cielos?
XXVII
¿Cómo puede, Señor, justificarse
con Vos el hombre, habiéndoos ofendido,
parecer limpio, de mujer nacido,
ni el polvo al que es eterno compararse?
¿Cómo puede la nada levantarse, 5
pues el más estimado y preferido
se ve en tan breve término caído,
que puede hasta la envidia lastimarse?
El bálsamo en los huesos no compone
segunda vez del hombre la armonía, 10
por más oro que el túmulo corone.
Si no es limpio con Vos el sol, el día,
¿qué será el hombre vil, que a Dios se opone, resuelto en polvo y en ceniza fila?
XXVIII
Vos conocéis, Señor, la compostura
del hombre y sus primeros fundamentos;
Vos, de sus encontrados elementos
la guerra vil que hasta acabarle dura;
Vos, de qué suerte corre y se apresura 5
a convertirse en nada, y los intentos
con que fabrica en locos pensamientos
fantástica de error arquitectura.
Todo os obliga, cuando más airado,
a perdonarle, habiendo conocido 10
su culpa a vuestras plantas humillado.
Porque Vos, vencedor esclarecido,
como sois noble, nunca habéis probado
lo que corta la espada en un rendido[5].
XXIX
Luz de mis ojos, yo juré que había
de celebrar una mortal belleza,
que de mi verde edad la fortaleza
como enlazada yedra consumía.
Si me ha pesado, y si llorar querría5
lo que canté con inmortal tristeza,
y si la que tenéis en la cabeza,
corona agora de laurel la mía,
Vos lo sabéis, a quien está presente
el más oculto pensamiento humano,10
y que desde hoy, con nuevo celo ardiente,
cantaré vuestro nombre soberano,
que a la hermosura vuestra eternamente
consagro pluma y voz, ingenio y mano.
XXX
Si ya después de Leviatán vencido
y atravesado con la dura armella[6]; teñida en sangre Babilonia bella
la púrpura y el oro del vestido;
rota la copa, y el licor vertido, 5
que dio veneno a la mayor estrella,
en cítara suave, que con ella
cesara el llanto del eterno olvido,
el vencedor con dulce voz cantaba,
admirada de todas las naciones: 10
«¿Quién no te teme, gran Señor, y alaba?»
¡Oh Cordero Divino, qué canciones
te cantará quien a sus pies estaba,
si en el sagrado de tu Cruz le pones!
XXXI
Yo me muero de amor —que no sabía,
aunque diestro en amar cosas del suelo—;
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.
Si llama la mortal filosofía 5
deseo de hermosura a amor, recelo
que con mayores ansias me desvelo,
cuanto es más alta la belleza mía.
Amé en la tierra vil, ¡qué necio amante!
¡Oh luz del alma, habiendo de buscaros, 10
qué tiempo que perdí como ignorante!
Mas yo os prometo agora de pagaros
con mil siglos de amor cualquiera instante
que, por amarme a mí, dejé de amaros.
XXXII
¿Quién no se muere de tu amor si mira
con la piedad que escuchas y respondes?
¿Cómo es posible que las puertas rondes
de un alma que te trata con mentira?
Mas eres Dios, Señor, ¿de qué me admira 5
el mirar que ofendido no te escondes?
A quien te quiere y ama correspondes,
y con quien te ofendió, templas la ira.
Cuando consideré mi desvarío,
temblaba yo tus iras y desdenes, 10
y hallé tu pecho fácil, tierno y pío.
¡Qué condición tan generosa tienes!
¿Quién es ingrato con tu amor, Dios mío,
pues apenas te llaman, cuando vienes?
XXXIII
¡Oh quién te amara, dulce vida mía,
como mereces tú que yo te amara!
Pero infinito amor, ¿dónde se hallara,
que a tu infinito ser correspondía?
Amemos, alma, amemos a porfía, 5
con infinito amor, con fe tan rara,
que dél saldrá el amor, pues en él para,
y nunca ha dado por Raquel a Lía.
¿Por qué te olvido yo, si tu amor muere
de amor por mí, si tú me das la vida? 10
¿Qué tiempo es bien que para amarte espere?
Mas ¿quién habrá que la distancia mida,
pues nadie como tú tanto me quiere,
y nadie como yo tanto te olvida?
XXXIV
Llamé mi luz a la tiniebla escura,
gloria a mi pena, a mi dolor consuelo,
provecho al daño y al infierno cielo,
¡Qué ciego error! ¡Qué bárbara locura!
¡Ay luz divina!, sobre todas pura 5
cuantas vivieron el humano velo,
o el intelectual de ardiente celo,
¡quién conociera entonces tu hermosura!
Origen de la luz, luz poderosa,
luz que ilumina el sol, las once esferas; 10
luz, ¿quién es luz, sino Tú, luz hermosa?
¡Ay loca ceguedad, cuál me pusieras,
si fiado de luz tan mentirosa
eterna noche de mis ojos fueras!
XXXV
Principios de virtud que no sabía,
porque el discurso a la razón faltaba,
cuando del cielo desterrado andaba,
áspera muestran la difícil vía.
Estaba, Elisio[7], el alma ingrata mía 5
en el Argel de su apetito esclava,
mariposa a la luz círculos daba,
buscando en la tiniebla puerta al día.
Ya mis potencias de cautivas salen,
ya levanto los ojos a los cielos, 10
y las olas del mar su furia aplacan.
Mas tales manos de piedad me valen,
que, como tienen clavos, son anzuelos
en que del mar de tanto error me sacan.
XXXVI
Sobre ocho veces treinta el sol corría
los años de un enfermo, que aguardaba
junto a Betsaida el ángel que bajaba,
y las sagradas aguas revolvía.
A Cristo, que salud le prometía, 5
de la falta del hombre se quejaba,
que la divina luz, que le llamaba,
la noche de su error desconocía.
Yo que imito sus obras y su nombre,
ciego a la viva luz que me reduce, 10
aguardo mi remedio descuidado.
Mas no puedo decir por falta de hombre,
pues tengo un hombre en Dios que me conduce
a las aguas del mar de su costado.
A UNA ROSA
SONETO
XXXVII
¡Con qué artificio tan divino sales
de esa camisa de esmeralda fina,
oh rosa celestial alejandrina,
coronada de granos orientales!
Ya en rubíes te enciendes, ya en corales, 5
ya tu color a púrpura se inclina,
sentada en esa basa peregrina
que forman cinco puntas desiguales.
Bien haya tu divino autor, pues mueves
a su contemplación el pensamiento 10
y aun a pensar en nuestros años breves.
Así la verde edad se esparce al viento,
y así las esperanzas son aleves
que tienen en la tierra el fundamento.
XXXVIII
Adonde quiera que su luz aplican,
hallan, Señor, mis ojos tu grandeza:
si miran de los cielos la belleza,
con voz eterna tu deidad publican;
si a la tierra se bajan, y se implican 5
en tanta variedad, Naturaleza
les muestra tu poder con la destreza
que sus diversidades significan;
si al mar, Señor, o al aire, meditando
aves y peces, todo está diciendo 10
que es Dios su autor, a quien está adorando.
Ni hay tan bárbaro antípoda que, viendo
tanta belleza, no te esté alabando:
yo solo, conociéndola, te ofendo.
XXXIX
Si es tanta gloria estar a los umbrales
de tu puerta, mi Dios, el estar dentro
¿cómo será, pues en tan alto centro
se deben de gozar las celestiales?
Yo estoy entre los términos mortales 5
con tanto bien, que me parece que entro,
sino que al cuerpo en el camino encuentro
cargado con estorbos desiguales.
Miro por los resquicios los dichosos
que caminan a Ti, perdido el miedo 10
a los trances del mundo peligrosos.
Y como caminar tanto no puedo,
baño en llanto mis ojos envidiosos
de ver que van delante y yo me quedo.
XL
¡Oh quién muriera por tu amor, ardiendo
en vivas llamas, dulce Jesús mío,
y que las aumentara aquel rocío
que viene de los ojos procediendo!
¡Oh quién se hiciera un Etna despidiendo 5
vivas centellas deste centro frío,
o fuera de su sangre el hierro impío
de un africano bárbaro cubriendo!
Este deseo, que a morir se atreve,
recibe Tú, pues la ocasión venida, 10
bien sabes que no fuera intento aleve.
¿Y qué mucho que amor la muerte pida?
Pues no era muerte, sino puente breve
que me pasara a ti, mi eterna vida.
XLI
Si amare cosa yo que Dios no sea,
y lo que de su amor también procede,
que en odio al cielo y a la tierra quede,
que sí estaré, como sin Él me vea,
¿Y qué mucho que el alma, que desea 5
el centro, donde sólo parar puede,
ame aquel bien que todo bien excede,
pues no hay descanso que sin Dios posea?
Tú, Rey del cielo, que mi amor procuras,
serás el centro de las ansias mías,10
de aquel eterno bien prendas seguras.
Son las del mundo breves tiranías
que no merecen nombre de hermosuras,
sujetas al imperio de los días.
XLII
Llorar cuando nací, señal fue cierta
de la miseria del vivir futuro,
¿pues qué será la vida que procuro,
si lágrimas le aguardan a la puerta?
Incierto el cuando, aunque la muerte cierta, 5
¿cómo a tantos peligros me aventuro?
¿Qué tiene el alma por defensa y muro,
aunque de terrapleno está cubierta?
Oh, pues, vida, llorad; llorar conviene,
que no reír, pues si reír pretendo, 10
no es el efeto que esta causa tiene.
Proporcionad el medio, porque entiendo
que, si reís, impropiamente viene
nacer llorando con vivir riendo.
A UNA CALAVERA
SONETO
XLIII
Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que, mirándola, detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo, 5
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento, 10
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
¿donde tan alta presunción vivía
desprecian los gusanos aposento?
XLIV
Cuando lo que he de ser me considero,
¿cómo de mi bajeza me levanto?
Y si de imaginarme tal me espanto,
¿por qué me desvanezco y me prefiero?
¿Qué solicito, qué pretendo y quiero,5
siendo guerra el vivir y el nacer llanto?
¿Por qué este polvo vil estimo en tanto,
si dél tan presto dividirme espero?
Si en casa que se deja, nadie gasta,
pues pierde lo que en ella se reparte, 10
¿qué loco engaño mi quietud contrasta?
Vida breve y mortal, dejad el arte:
que a quien se ha de partir tan presto, basta lo necesario, en tanto que se parte.
XLV
Levantaréme de la seca tierra
que pacen estos rudos animales,
¡oh, Padre!, a tus entrañas paternales,
de donde mi locura me destierra.
Iré al palacio, dejaré la sierra,5
donde estos rotos míseros sayales
me trocarán en púrpuras reales:
que a nadie que llamó, las puertas cierra.
Confesaréle que perdido anduve,
y aun que temo el llegar, pues lo más verde 10
de mis pasados años me detuve.
Para que llegue, basta que me acuerde;
que si perdí lo que de hijo tuve,
lo que tiene de padre no lo pierde.
XLVI
No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, esposo bello;
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.
Tu boca como lirio que derrama 5
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.
¡Ay Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo, 10
perdí lo que pudiera estar gozando?
Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que un hora amando
venza los años que pasé fingiendo.
XLVII
Si de la sombra de tu cuerpo santo
puesto en la cruz un bárbaro homicida
recibe luz para pedirte vida,
y vida eterna por tan breve llanto;
si la divina fimbria de tu manto 5
salud concede a quien la tiene asida,
más es tenerte en celestial comida.
¡Dichosa el alma que merece tanto!
No sombra de tu cuerpo, o fimbria tuya,
sino tu cuerpo mismo, ¿cuál efeto 10
hará en el alma que a tu mesa llega?
¿Qué reino pedirá? ¿Qué salud suya,
que tú la niegues, si con dulce efeto
tan cerca te ama, abraza, goza y ruega?
XLVIII
Hombre mortal mis padres me engendraron,
aire común y luz los cielos dieron,
y mi primera voz lágrimas fueron,
que así los reyes en el mundo entraron.
La tierra y la miseria me abrazaron, 5
paños, no piel o pluma, me envolvieron;
por huésped de la vida me escribieron
y las horas y pasos me contaron.
Así voy prosiguiendo la jornada,
a la inmortalidad el alma asida: 10
que el cuerpo es nada, y no pretende nada.
Un principio y un fin tiene la vida;
porque de todos es igual, la entrada,
y conforme a la entrada la salida.
XLIX
En señal de la paz que Dios hacía
con el hombre, templando sus rigores,
los cielos dividió con tres colores
el arco hermoso que a la tierra envía:
lo rojo señalaba el alegría, 5
lo verde paz y lo dorado amores;
secó las aguas, y esmaltaron flores
el pardo limo que su faz cubría.
Vos sois en esa cruz, Cordero tierno,
arco de sangre y paz, que satisfizo 10
los enojos del Padre sempiterno;
vos sois, mi buen Jesús, quien los deshizo;
ya no teman los hombres el infierno,
pues sois el arco que las paces hizo.
LA FILOMENA
A la ilustrísima señora
doña Leonor Pimentel.
CANTO PRIMERO
Dulcísima de amor ave engañada,
reina del aire en su región primera,
alma sin cuerpo, en sola voz fundada,
principio de la verde primavera;
de tu garganta armónica traslada 5
la tragedia a mi pluma, y la ribera
te oirá poeta a ti cantar llorando,
y Filomena a mí llorar cantando.
Si en ramo de laurel, si en olmo verde
trinando dulcemente estás, agora 10
que el invierno feroz el rigor pierde,
y el mes de Marte se consagra a Flora,
deciende al valle. Así jamás te acuerde
tu virginal temor la blanca aurora;
cantaremos los dos entre las flores, 15
tú quejas en desdén, yo en nieve amores.
Vos, Leonor ilustrísima, a quien tanto
debe España de honor, gloria y decoro,
sujeto digno de apolíneo canto,
décima musa del castalio coro, 20
no despreciéis de Filomena el llanto,
y la dulce prisión en hierros de oro
haréis que estime, y de la verde selva
a los palacios que aborrece vuelva.
Que mal podrá mi voz, mi humilde acento, 25
hablar del sol que en vuestro cielo mira,
si aun no permite ofensa al pensamiento,
y al mismo amor privilegiado admira.
Conténtese la fe del rendimiento,
pues a serviros solamente aspira, 30
y cante Filomena, aunque presuma
con imitar su voz hurtar su pluma.
¿Atreveréme yo, si sois mi genio,
a decir cómo fue princesa y ave?
¡Oh clara luz! ¡Oh estrella, que mi ingenio 35
miró de trino[1] con aspecto grave!
Yo, que canté del Ménalo y Partenio,
y transformada Angélica süave[2], trágica voz aplicaré sonora
a la primera lengua del Aurora. 40
De la abrasada margen de Aqueronte
a la luz se atrevió por verdes quiebras
la furia de la guerra, Tesifonte[3], crinada la cabeza de culebras;
Atenas vio su imagen en su monte, 45
ardiendo el jaspe en viperinas hebras,
y en vez del cetro el hacha furibunda,
con que aire, tierra y agua en fuego inunda.
Armado Pandión, su gente ordena
contra Lisandro, rey de Macedonia; 50
enmudece la paz, la guerra suena,
tiembla de Europa la mayor colonia;
selva parece el mar, y selva amena,
llena de naves, la ribera jonia:
que la falta de ramas, hierba y flores 55
flámulas adornaban de colores.
Los dos cabos de Sunio y Cinosura,
donde el Atica estéril se remata,
cubren naciones que a probar ventura
pisan por alta mar campos de plata; 60
cabo de Maina conducir procura,
imitando a Corón y Chelonata,
soldados fuertes, y el valiente Alcino
la gente de Patraso y Navarino.
Entre el Peneo y el famoso Alceo, 65
desde Elide y Olimpia, la remota
Micenas y Argos vienen, y el maleo[4]
seno, donde desagua el claro Eurota;
pasado el promontorio siceleo,
los engios[5] siguen la naval derrota, 70
y los de Acaya, Tebas y Corinto,
ardientes rayos del planeta quinto[6].
Donde el río Strimón, del dulce Orfeo
sepulcro transparente, margen pone
al reino macedón; viene Tereo; 75
la Tracia a guerra y a furor dispone.
Valiente con el ático trofeo,
Amor solicitó que le corone
el rey de Atenas, y al nacer su fama,
vencedor macedónico le llama. 80
En un caballo cuya clin enlazan
rosas de nácar a debidos trechos,
tan airoso, que piensa que le abrazan
las altas manos los fogosos pechos;
cuyas estampas aceradas trazan 85
orbes, que deja con los pies deshechos,
tan veloces, que aun linces no divisan
si en las arenas o en el aire pisan.
Los dorados balcones de palacio,
donde fue la hermosura arquitetura, 90
pues en cualquiera intercolunio espacio
estaba en vez de estatuas la hermosura,
laureado pasea el joven tracio;
no fugitiva ya, sino segura.
Dafnes en su cabeza[7], por la parte 95
que Venus deja a Apolo y sigue a Marte.
De tantas damas la hermosura ociosa
en las lucientes armas de manera
se retrataba, que la más hermosa
sin levantar los ojos conociera; 100
formando espejos de su luz fogosa,
Progne, princesa ilustre, reverbera
en el armado pecho de Tereo:
que no defienden armas el deseo.
Desconociera en su divina cara, 105
opuesta al sol, su resplandor la nieve,
que porque alguna parte la quitara,
a ser rubio el cabello no se atreve;
comienza en pardo y en trigueño para,
pagando en rizos lo que al sol le debe, 110
sol de sus ojos que le encrespa luego,
para mostrar la vecindad del fuego.
A su dosel estaban coronados
de dos arcos sin cuerda, tan serenos
y en tanta luz y actividad templados, 115
que a ser su fuego más, mataran menos;
la boca en dos claveles animados,
sin envidiar la grana a los amenos
campos de las mejillas, que a las rosas
prestaran sangre a no quedar celosas. 120
Tierno la mira el rey, no le responde,
tirana de sus ojos, Progne bella;
que está el amor, si alguno ignora adonde,
en el imperio de una misma estrella.
Quien tarde a lo que debe corresponde, 125
o ingrato paga o no le tiene en ella;
que en afectos y efectos tan humanos,
si no repugna el cielo, no hay tiranos.
Era Tereo un joven que encubría
feroz ingenio con blandura grave; 130
ya de enrizar el bozo presumía;
edad que quiere amar, no sé si sabe;
moreno de color, que permitía
entre menos rigor mezcla süave;
alto de cuerpo y de hombros dilatado, 135
tierno gustoso, y ofendido airado.
Aquella noche, Pandión, contento
de presumir el yerno que imagina,
espléndido convite y opulento
previene al joven, que a su gusto inclina; 140
baja la sombra en el silencio atento,
que la postrera línea al sol termina,
y saca en nube parda y importuna
disforme rostro la purpúrea luna.
Sale Progne a la mesa, y de la mano 145
conduce a la divina Filomena,
ángel por hermosura en velo humano,
gloria a los ojos y a las almas pena;
pintarla Zeusis presumiera en vano,
pero pudiera retratar a Helena, 150
sin que hurtaran jazmines y claveles
a cinco perfecciones, sus pinceles.
Rubio el cabello transformar pudiera
la escura noche como sol en día,
y el de sus ojos convertir en cera 155
la nieve humana más helada y fría;
la boca, donde halló la primavera,
cuando el abril al mayo desafía,
la perfección de la primera rosa,
dejó, por celestial, de ser hermosa. 160
No diera el cuello a perfección humana
ventaja en la blancura, sí no viera
sus manos propias, que la nieve cana,
de amor, si no de envidia, deshiciera;
así, de la razón dulce tirana, 165
las voluntades, fugitiva, altera;
así, señora de cuanto ha mirado,
se queda libre en su primero estado.
En dos lustros y medio el sol había
doce veces no más corrido el Toro[8] 170
desde que vieron el primero día
los años, ya por ella siglo de oro.
La sala toda en suspensión tenía,
así del rey por único tesoro,
como por ver en su belleza grave 175
cuanto naturaleza puede y sabe.
Cenó Tereo por los ojos, dando
sustento al alma de otros ojos bellos,
a Progne dulcemente contemplando,
vivo por ellos y muriendo en ellos; 180
pero aunque estaba ardiendo, y deseando
la prisión de sus lazos y cabellos,
dicen que, del amor que le tenía,
el eco en Filomena respondía.
Bien puede persuadir su entendimiento 185
quien viere en profecía su vitoria,
que sólo puede amor del pensamiento
pasar más adelante la memoria;
llegar puede veloz conocimiento
a prometer de la hermosura gloria, 190
amar lo por venir en otro empleo,
y antes que llegue Amor llegar Deseo.
Aquella noche el viejo rey de Atenas
concertadas dejó las tristes bodas,
de agüeros ciertos y de enojos llenas, 195
puesto que alegres y engañadas todas.
¿Por qué dulce principio, Amor, ordenas,
donde trágicos fines acomodas?
¡Ay! Dieras ocasión contra su efecto,
si no te excusa el celestial decreto. 200
Duerme el contento padre, y cuando mira
la noche igual los polos estrellados,
su difunta mujer, bañada en ira,
le da con triste voz brazos helados;
él, de su sombra, en sueños, se retira, 205
y ella, entre mil suspiros abrasados,
«¡Oh Pandión! —le dice—, ¿por qué huyes,
cuando tu imperio y sucesión destruyes?»
Tienta el anciano rey la débil sombra,
que le parece que oprimirle intenta; 210
ella otra vez con triste voz le nombra,
y con amores trágicos le afrenta;
últimamente más feroz se nombra,
y con pesado cuerpo le atormenta;
«Arminda soy», le dice; y él al viento, 215
si en sueños puede ser, escucha atento.
«Arminda soy; yo soy tu esposa cara,
madre de Progne y Filomena hermosa;
en estas bodas míseras repara,
tragedia de tus hijas lastimosa.» 220
Pintaba cielo y tierra el alba clara,
aquél de resplandor y éste de rosa,
cuando, afligido, el rey, triste, despierta,
y el sueño sale por la córnea puerta.
Ya por precisos discurrir los hados, 225
ya porque el sueño imaginó fingido,
los dioses de las bodas invocados,
dio a Progne hermoso y bárbaro marido.
Asistieron los numes enlutados
entre las sombras del escuro olvido, 230
Venus llorosa en el común deseo,
y muerta el hacha el trágico Himeneo.
En vez de musas, las funestas aves
cantaron, por los frisos y acroteras,
por las pizarras altas y arquitrabes, 235
fúnebres himnos, alternando fieras.
Manda Tereo prevenir las naves,
rimbomba el bronce herido las riberas,
y sale del metal la voz fingida,
alma del viento y ley de la partida. 240
Abraza Pandïón a Progne, y llora;
dura pensión de un rey, que de su tierra
destierra, si se casa, lo que adora,
y a veces para siempre lo destierra.
Retrato Filomena del Aurora, 245
perlas da a Progne, y en su nácar cierra:
porque en partidas tales halla gloria
en conservar su pena la memoria.
Al casto pecho encomendó Tereo
incastos brazos, cuyo fuego helado 250
soplan alas de amor; arde el deseo,
y queda el fuego por nacer sembrado;
la nave, haciendo sólo el masteleo[9], rompe las crespas ondas al salado
tridente, y los tritones y sirenas 255
desprecian por la quilla las arenas.
Mas cuando ya de velamentos carga,
y soberbias de si las blancas lonas,
veloz al viento las escotas larga,
temblando obencaduras y coronas[10]; 260
la tierra, que parece que se alarga,
en perspectiva muestra las personas,
y con saber su error, se maravilla
de ver siempre correr la firme orilla.
Llegó Tereo con su amada esposa 265
a la tierra, en que dio, cantando Orfeo,
pies a la selva de Estrimón umbrosa,
por cuya orilla vio la del Leteo;
provincia por mujeres siempre odiosa
y lamentable al coro pegaseo, 270
que vio su lira, y, con mortal tristeza,
sirena de sus aguas, su cabeza.
Bañó templado el sol las armas bellas
del frigio vellocino en su tesoro
un lustro alegre, y viose en sus estrellas 275
el pez de plata cinco veces oro[11]; en tanto que, benévolo por ellas,
gozaba con pacífico decoro
Progne su esposo, sin temer desdicha,
que para posesión se tiene a dicha. 280
Bello Cupido, sin Anteros, nace
Itis, hermoso niño, al matrimonio
paz, a amor gloria y bien, que satisface
sólo, con tanto ejemplo en testimonio.
La Fama, que las mismas cosas que hace, 285
deshace, como el Tiempo, del mar Jonio
vuela al Bosforo tracio diligente,
Mercurio en lengua y alas eminente.
Refiere que la infanta Filomena
creció con tanta gracia y hermosura, 290
de tantas partes y donaires llena,
que el limite mortal pasar procura;
Progne, tan lejos de su sangre ajena,
aunque de celos y de amor segura,
con mil deseos de su hermosa hermana, 295
sueña en su vista su esperanza vana.
En los robustos brazos de Tereo,
tierna, amorosa y dulce se regala;
intrépida le dice su deseo,
con que su amor al de su hermana iguala; 300
pasar quiere los campos de Nereo,
y no sólo la mar, que donde exhala
Etna fuego voraz, poner se atreve
con abrasado amor plantas de nieve.
¡Oh condición de nuestra sangre extraña, 305
debiendo ser en los efetos propia!
Lejos nos solicita y acompaña,
y cerca nos parece cosa impropia.
El pecho de su esposo en perlas baña;
en sus ojos mirándole se copia, 310
cuando pide mujer, que afecto ardiente
muestra hasta ver lo que pidió presente.
Tierno Tereo al amoroso llanto
de Progne, dice: «No es razón que a Atenas
vuelvas, esposa, aunque tras tiempo tanto 315
te llamen ansias y te inciten penas;
el mar del más valiente horror y espanto,
montes de sal, euripos[12] y sirenas, pasan los hombres, que obligados nacen
a los prodigios que los cielos hacen. 320
»Yo iré por Filomena; a mí me toca
romper las ondas, los escollos duros,
donde el ático seno desemboca,
y Estinfalo[13] le ofrece arroyos puros.»
Progne la ausencia juzga, amando, poca, 325
los cuidados que en ella están seguros
no son de amor, que amor cuanto ama teme,
por más que quien se va en amar sé extreme.
Gustosa Progne, el tracio rey se parte
de la que fue Bisando, donde agora 330
Grecia, que tanto honró Minerva y Marte,
bárbaro, sin honor, imperio adora;
la ciudad de las aguas mueve el arte,
que en tanta claridad la senda ignora,
y buscando camino por el cielo, 335
niega, neutral, la deuda al patrio suelo.
A Atenas llega, y Pandíón recibe
su yerno, aun no traidor, y de la pena
de la ausencia de Progne, alegre vive,
que no la juzga de su pecho ajena; 340
mas luego el joven la traición concibe,
y le baña los ojos Filomena
de luz, que le dejó de incendios lleno:
que suele, ardiendo, ser el sol veneno.
La fama culpa, que alabarla intenta, 345
y en imposibles lo que dice abona;
aumenta el nuevo amor la vista atenta,
y el ser que va tomando perficiona;
de la sangre más viva se alimenta,
que las venas del alma no perdona, 350
si lo son las potencias, cuya calma,
como si fuera cuerpo, sangra el alma.
Aquella noche pasa el joven triste
en mortales cuidados y congojas;
ya se deja vencer, ya se resiste. 355
¡Oh Amor, todo lo rindes y despojas!
Ya cuando el alba los jazmines viste,
vecina al sol de clavellinas rojas,
fin a su amor indigno constituye,
y el alma a la esperanza restituye. 360
A Filomena, tierno y cauteloso,
persüade y oprime a la jornada,
pintándole de Progne el amoroso
afecto, de quien es tan deseada;
cuéntale que la nombra el niño hermoso 365
con amores y lengua regalada,
y que es retrato suyo en los cabellos
y en la hermosura de los ojos bellos.
Los palacios espléndidos que vive,
el oro, plata, joyas y diamantes, 370
el quieto mar, que la ciudad recibe
en hombros de sus puertos circunstantes;
las coronadas barcas le describe,
de tendales de seda y de triunfantes
laureles, que en la mar forman pensiles 375
en popas de cristales y marfiles;
la pesca por la mar o por los ríos,
ya de nudosa red, ya débil caña,
y cómo hasta en los mismos centros fríos
engaña el arte y la codicia engaña; 380
y en los amenos bosques y sombríos
valles, tal vez en áspera montaña,
la caza de las aves y las fieras,
guerra de burlas y temor de veras.
Dícele que verá rendir leones 385
sus encrespados cuellos a los traces,
que los suelen sacar de los arzones
del ligero jinete, pertinaces;
que desbaratan fuertes escuadrones,
y deshacen, feroces y voraces, 390
armado un hombre, y que segura puede
ver cuanto al fiero el pecho humano excede.
Los jardines le pinta siempre hermosos,
las retóricas fuentes, porque luego
son todas artificios sonorosos, 395
y las burlas del agua en las del fuego;
los estanques, que nadan bulliciosos
ánades mansos con lascivo fuego,
y el cisne, que compite con la espuma,
con alta presunción nave de pluma. 400
A BALTASAR ELISIO DE MEDINILLA[01]
EPÍSTOLA TERCERA
Elisio, ocupaciones y negocios
al estudio, a la pluma, al gusto adversos,
que apenas al amor permiten ocios,
tal vez me obligan, aunque son diversos,
a responder a vuestros versos prosa, 5
tal como agora a vuestra prosa versos.
En fe tan pura, limpia y amorosa,
lo primero no fue descortesía,
ni lo segundo diferente cosa.
Aquel lazo del alma vuestra y mía 10
que el estudio juntó con las estrellas,
los cuerpos solamente nos desvía.
Y aunque en silencio, porque gustan de ellas,
yace algún tiempo sepultado el gusto,
no debe vuestro amor formar querellas: 15
que yo os tengo presente, y tan al justo
venís agora con mi propio genio,
que no os podrá romper mortal disgusto.
Minerva invicta quotiescumque venio,
ad scribendum tantos detractores, 20
quamvis fero cequanimiter, invenio,
ut tabulam ab horream et colores,
quibus pingere valeo jam conceptos
animi partus et ingenii flores[14].
Con esto a los amigos más perfetos[15] 25
tengo quejosos de mi largo olvido,
si es uno el escribir de sus precetos[16].
Magis industries, quam fortunce fido[17];
ocultóme de todos; mas ¿qué importa?,
porque si no soy visto, soy oído, 30
Diferente ejercicio me reporta
que no responda a quien tan mal me trata,
y tal edad a tal paciencia exhorta.
Evacuandis cordibus est lata
et tennis lingua, ostium, os et verba 35
in vía augescunt, temere delata[18].
De muchas desventuras me preserva;
a lo menos yo sigo otro camino,
latentem anguem si conspicio in herba[19].
Verdad es que mil veces pierdo el tino 40
del rumbo en que navego y paro en voces:
Elisio, soy mortal, no soy divino.
Relinchos sufro ya, pero no coces;
por lo menos permítanme las quejas,
pues andan en mi trigo tantas hoces. 45
¡Dichoso aquel que las lucientes rejas
arrima a las paredes ahümadas,
más debajo de pajas que de tejas,
y las coyundas fuertes desatadas,
al macilento buey el heno arroja, 50
las piernas al pesebre reclinadas,
mientras que su mujer, del fuego roja,
que del afeite no, con los manteles
su capotudo ceño desenoja!
Allí, mejor que en sillas y doseles, 55
el pecho pone a la grosera estopa,
sin cuidados, porteros y canceles.
El tosco jarro es la dorada copa,
y en el sabroso pan, aunque moreno,
cifra la gula, que entorpece a Europa. 60
Sale el vapor del nabo y del relleno;
la gruesa vaca la mostaza aviva,
a pesar de la salva[20] y del veneno.
Remata el blanco rábano y la oliva
la cena alegre, y en la pobre cama 65
pasan los dos la noche fugitiva.
¿Qué es menester más honra ni más fama,
Elisio, en esta vida trabajosa,
donde tanto reloj a morir llama?
Huyen los días; el que ayer lustrosa 70
mostró la barba, hoy de carbón teñida,
la espera de ceniza vergonzosa:
que muchos, de quien es aborrecida,
hallaron en la tinta al tiempo engaños,
pero a la muerte no, fin de la vida. 75
Bendiga el cielo aquellos desengaños,
que me trajeron al presente asilo
antes de ver precipitar mis años.
Mucho pudo conmigo el falso estilo
de un amigo traidor[21]: que hay entre nobles 80
tantos gitanos como baña el Nilo.
Son propios de mujer los tratos dobles,
porque es pedirles que lealtad mantengan
olorosas cermeñas a los robles.
Mas que los hombres, siendo nobles, vengan 85
a hacer viles oficios de villanos,
y que diez años en engaño os tengan;
si no son desengaños en las manos,
canonícelos otro majadero,
y sufra infamias por deleites vanos. 90
Vos entendéis lo que deciros quiero:
capítulo de embustes de madama,
libro segundo, párrafo tercero.
Asido estoy de tan valiente rama,
que ni falsa mujer ni doble amigo 95
me servirán de pulgas en la cama.
Con vos quisiera yo, si vos conmigo,
pasar otros estudios diferentes
que por sendas más fáciles prosigo.
Aquí a la margen de nevadas fuentes, 100
coronadas de hierbas y de flores,
moldura del cristal de sus corrientes
(o en esos montes, para hablar mejores,
o en la ribera, donde ya sentados
escuchábamos dulces ruiseñores; 105
viendo la risa de los verdes prados,
que dejaron las gomas del rocío,
para el oro de Febo preparados;
al son del agua del sagrado río,
adonde el viento con las verdes cañas 110
compone flautas por lo más sombrío;
dando materia lirios, espadañas,
bosque, agua, fuentes, árboles y flores,
aves, peñas, ganados y montañas);
habláramos los dos de los favores 115
que hace aquel señor que me ha sufrido[22], y dé la diferencia en sus amores;
miráramos el cielo, revestido
de azul y plata al alba, o al ocaso
de sangre y oro a círculos teñido. 120
Fuera nuestro divino Garcilaso
el rey profeta, el cardenal famoso,
para entender algún difícil paso.
¡Y ojalá que asistiera el milagroso
ingenio del amigo que padece 125
donde sabéis, que es el callar forzoso[23]!
Mas bien puedo decir que le encarece
por único en el mundo quien conoce
lo que su ingenio y su virtud merece.
Espero en Dios que su justicia goce 130
la libertad que buenos le desean,
por mucho que la envidia se reboce.
Lo que quisieren de mis cosas crean;
si algunos dicen que le soy ingrato,
que ni hablan bien ni en bien hacer se emplean, 135
yo sé que en letras, en virtud, en trato,
en generoso pecho, en cortesía,
que en lo moral es el mayor ornato,
no tiene igual de donde nace el día
hasta el último círculo en que muere, 140
cuando de nuestros ojos se desvía.
Volviendo, en fin, adonde el alma quiere
que asistan los sentidos divertidos,
que con razón a lo demás prefiere,
digo que allí sentados y encendidos 145
de amor de aquel Amor omnipotente,
y a su contemplación divina asidos,
escribiéramos versos dulcemente,
ya en la lengua vulgar, ya en la latina,
prestándonos los números[24] la fuente. 150
Allí mejor que en la pintada china,
bebiéramos los dos perlas deshechas,
cayendo por la barba plata fina.
¡Oh vida santa, libre de sospechas,
de traiciones, cuidados y de agravios, 155
anchura destas cárceles estrechas!
Hinche la ciencia a los soberbios sabios,
ensanche a los señores la grandeza,
abra el dinero a la ambición los labios;
duerma en plumas de cisne la pereza, 160
y con la de Calígula vomite
la gula, afrenta de naturaleza;
arda en lascivia y su beldad marchite
la blanda, juvenil, loca hermosura;
vidas, airada, la venganza quite; 165
opóngase la envidia a la luz pura
del sol cuando las sombras tiene iguales,
y báñese en azahar el que murmura;
muera el ingenio pobre a los umbrales
del avariento rico; al pretendiente 170
engañen esperanzas inmortales;
sirva quien tiene estrella, diligente,
y saque al fin de tan prolijos años
fuego en el corazón, nieve en la frente;
y yo, con estos justos desengaños, 175
pase la poca vida que me queda
cansando propios y admirando extraños:
que no se me da nada que en la rueda
sobre la popa del gigante santo,
papagayo andaluz, hablando exceda[25]; 180
pues vos sabéis que nunca ofende tanto
quien habla por costumbre en lo que ignora,
que más que en sus iguales ponga espanto.
Bien haya la que agora le enamora,
pues se lleva de aquí tan gran poeta, 185
aunque deje sin retos a Zamora.
Bien habla de la brida y la jineta,
bien pinta caballitos y veranos,
lepidum caput, repentona seta.
Aquí también veréis ciertos enanos, 190
si los príncipes son caballerías,
que se llamaron pardos[26] cortesanos.
En sus mesas comiendo como arpías,
con harta maldición de los criados,
que los dejan sin platos muchos días; 195
hablar en los poetas desdichados,
en las comedias y en sus versos tristes:
que también van allí con los bocados.
¡Oh vosotros, hidalgos, que nacistes
de estiércol y ámbar, y jamás pasastes 200
de cuatro redondillas que escribistes!,
callad mientras coméis, ya que llegastes
a veros entre platos diferentes
de lo que no heredastes ni comprastes.
¡Oh dulce murmurar de los ausentes! 205
¡Mal hubiese la fábula y poesía,
que su principio dieron a las fuentes!
Mas todo aquesto es ya filatería[27],
pues es, para los miedos de la muerte,
quejarse de la vida, niñería. 210
Murióse un hombre aquí, ¡qué triste suerte!
en cuatro días, con cien mil ducados:
que el oro es poderoso, mas no es fuerte.
Mirad para negocios intricados,
cuentas, cambios, recambios y papeles, 215
qué términos tan breves y engañados.
El primero, entre médicos crueles,
que al rico por la bolsa el pulso toman,
y no corren jamás sin cascabeles;
y como en el tercero flebotoman[28], 220
el segundo se pasa en «esperemos»,
que indicaciones de aparato asoman.
Pues cuando ya del daño las tenemos,
está el enfermo y su mujer llorosa,
él en lo extremo, y ella haciendo extremos, 225
acude allí la trápala furiosa
del oro, del cuidado y las cautelas,
y, partiéndose, dicen que reposa
el alma, pues, calzadas las espuelas,
aquí se deja el oro, allí los tratos, 230
y sin ir por la mar previenen velas.
Cuando tocan al arma estos rebatos,
y salen a la playa los sentidos,
¿qué importan escrituras y contratos?
¡Oh ricos de la tierra divertidos! 235
Si cuanto más tenéis partís más tristes,
¿de qué sirven los bienes adquiridos?
La muerte de los dos que me escribistes,
a quien el Tajo sepultó en su arena,
y con tanta razón encarecistes, 240
me dio, sábelo Dios, notable pena.
¡Ay, de la Muerte, gustos importunos,
que olvidos come, que descuidos cena!
Tan presto se merienda los ayunos
como los hartos del capón de leche, 245
y pasados por agua sorbe algunos:
que no hay remedio humano que aproveche
para esconderse, como el arco pida,
o para negociar que no le fleche.
¡Que siempre ha de vivir esta homicida! 250
Pues no dudéis, Elisio, que hay remedio,
y yo he pensado que es la buena vida.
Pero ya es tiempo de poner en medio
las cosas que diviertan sus castigos,
si bien es su memoria el mejor medio. 255
¡Dichoso vos, que allá con los amigos,
los libros digo yo, pasáis los días,
de vuestra santa ocupación testigos!
Cuando las noches del invierno frías,
el mozo a los balcones se desvela, 260
y celos quiere ver por celosías;
y de sus mismos pasos centinela,
a las siestas del picaro verano
en agua ardiente del sudor se pela;
cual otro paraninfo[29] soberano, 265
vos ensalzáis la estrella, la azucena,
la Esther divina del linaje humano.
Escribid, dilatad la dulce vena;
nada os estorbe: que a sufrir anima
la propia envidia, la alabanza ajena. 270
Antes, en fin, de la postrera lima
quisiera, Elisio, ver vuestro poema;
por lo menos será cuando se imprima[30].
Pero si vos ponéis por lima extrema
la Reina del Sagrario algunas horas, 275
ningún peligro vuestra musa tema:
que no hay para escribir tales auroras.
A DON DIEGO FÉLIX QUIJADA Y RIQUELME[02]
EPÍSTOLA CUARTA
Amor me manda que mi vida os cuente,
don Diego amigo, en forma de poeta,
si hallase el gusto estilo suficiente.
No es ésta excusa, escapatoria, treta;
Dios sabe que quisieran mis deseos 5
poblar la estafetífera maleta.
Destos de amor dulcísimos correos
yo sé que tengo más que el mar espumas,
palacio envidias y Madrid ateos.
Pero el hacer tan infinitas sumas, 10
como sabéis, de fáciles virotes[31], me ocupa el tiempo acomodando plumas.
Hállome bien en versos tagarotes[32],
que vuelan por corrales de comedias
a entretener ociosos marquesotes. 15
Suelen algunas parecer tragedias,
merced de los barbados licenciados,
que las entienden con el vulgo a medias:
Los versos más sonoros, más limados,
altas imitaciones y concetos 20
no es verde hierba para todos prados.
Al que aborrecen oyen inquïetos,
como si fuera así Celio y Otavio:
que no nacieron todos tan discretos.
Sale al teatro aborrecido Fabio; 25
no le escuchan por él, y anda el poeta
a mendigar algún aplauso al sabio.
Con esto yo tal vez, no sé si es treta,
donaires de Ganasa y de Trastulo[33]
les digo que me trajo la estafeta.30
Las sales de Marcial y de Catulo
allá las hurten páticos cinedos[34]; que yo por limpio ejemplo me regulo.
El vulgo a las acciones llama enredos:
tiene razón, y quien mejor los hace 35
enriquece Riquelmes y Pinedos[35].
La urbanidad civil no me desplace;
no sé qué es criticar, aunque podría,
por lo que a la ignorancia satisface.
Barbiponiente he visto la poesía; 40
hablando de dragmáticos poemas,
temo que es Helicón Fuenterrabía.
El mundo tuvo siempre algunas temas.
¡Bien haya el inventor de las tortillas,
que así mezcló las claras con las yemas! 45
¡Oh cómo os escribiera maravillas
si fuera yo de aquestos nadadores
que van a mariscar por las orillas!
En ajenos trabajos inventores,
pasan a nuestra lengua la extranjera, 50
destruyendo libreros y impresores.
Trasladan el librazo comoquiera,
y dirigido a un príncipe, le venden
el nombre de la página primera.
Tras esto, con la lengua y pluma ofenden 55
los estudios y márgenes de aquellos
de quien después secretamente aprenden.
Pues escribir de historiadores bellos,
que, como los antiguos ciniflones[36], se rizan los bigotes y cabellos, 60
es ofender con bajas locuciones
vuestros oídos, hechos a la fama
de tan heroicos y ínclitos varones.
Herrera viva, a quien divino llama
la envidia misma, y Garcilaso viva: 65
ciña a los dos la siempre verde rama.
Laberintos enfáticos escriba
poeta Minotauro, que no importa;
redime el tiempo la verdad cautiva.
Desto que a muchos tiene el alma absorta, 70
diciendo que de Apolo a Magallanes
se pudo hallar navegación más corta,
celebro los primeros capitanes;
que los que agora son imitadores,
quedáronse en melindres y ademanes. 75
¡Ay!, mi primera juventud, que en flores
pasó lo que debiera en dulce fruto,
dulce canté, porque canté de amores.
Murió lo verde y acercóse el luto,
porque a tener el tiempo no es bastante 80
ni sabio Salomón ni griego astuto.
Aqui todos caminan de portante,
todos pretenden, y presumen todos
en premio fugitivo honor constante.
No sé quién puso a los galanes godos[37], 85
que más parece sarraceno traje,
y más con las muñecas en los codos.
Rezaba un portugués, y daba al paje
que iba detrás las cuentas, y decía
que deytase otra conta[38], en su lenguaje. 90
Y aquí la castellana bizarría
lleva en los hombros una pieza entera
de holanda almidonada todo el día.
Mas cuanto a trajes y del alma afuera
el uso no se excusa, poco importa; 95
haya buen siglo capa, calza y cuera[39];
mas donde todo se cercena y corta,
aunque vaya en jumento la paciencia,
perdiendo los estribos se reporta,
en todo cuanto letras, experiencia, 100
estudios y cuidado el mundo llama,
pues lo que no es verdad no cabe en ciencia.
De cuantos coronó febea rama,
jamás supe la causa de dos temas:
perdone de Aristóteles la fama; 105
que no hallaréis en todos sus problemas,
supuesto que la máquina os asombre
de tantas variedades de dilemas,
por qué causa, en hablando de algún hombre
o bien o mal, allí se muestra luego, 110
como si le llamaran por su nombre.
La otra es que cómo está tan ciego
quien es, en los defetos de otros, lince,
y dentro de si mismo ignora el fuego,
no hay mota tan sutil que no despince 115
en toda falta ajena y en la propia,
cuantas veces en vida pierde quince.
Lo primero es buscar en Etiopia
cabellos rubios; lo segundo tiene
réplica alguna, pero toda impropia. 120
Que el amor natural, cuando ya viene
a estar solo en un hombre, bien conoce
con qué vicios su dueño se entretiene.
Y así se ve que afuera desconoce
los vicios que le ofenden en secreto, 125
por más que en barba y calva se remoce.
¿Queréis un cuento que escribió Fileto,
un sabio que no fue de los de Grecia?
Pues escuchalde para el mismo efeto:
Liseno, ya patricio de Venecia, 130
no la fundada en el señor Neptuno,
sino en el eco que responde necia,
dio en ser galán, si lo era en corte alguno,
con inorme corcova en las espaldas,
siendo a todos y a todas importuno. 135
Negaba a gorras, cuanto más a faldas,
aquel defeto con igual destreza:
¡oh necios!, o creeldas o encerraldas.
Júpiter, conociendo su flaqueza,
la misma carga le pasó delante 140
que le puso detrás naturaleza,
y dijole: «Pues fue causa arrogante
el no ver tu defeto como ajeno,
el ser de tus espaldas vivo Atlante,
»agora le verás». Pero Liseno 145
hizo una treta a Júpiter notable,
que no la hiciera el asno de Sileno[40].
Y porque fuese el mal comunicable,
fingióse sastre y inventó los petos,
con que fue su defeto razonable. 150
De suerte que mirando los efetos
que él mismo en otros de algodón fingía,
desmintió la verdad de sus defetos[41].
Tal es del propio amor la filautía[42];
pero yo no me agrado y satisfago 155
que tanta pueda ser su fuerza impía.
No hay hombre, no hay camello, no hay cuartago
que a la naturaleza no dé luego
de lo que recibió, carta de pago.
¿Qué importa que se esté para sí ciego, 160
si todos han de ver lo bueno o malo,
y lo excelente en vos, señor don Diego?
La sangre del hidalgo Arias Gonzalo
retaba por nacer aquel valiente,
que a muchos hombres de este tiempo igualo. 165
Si florece un ingenio, antes que intente
dar a luz el fruto de sus años
ya que tiene quien le rete y quien le afrente.
¡Oh España, grandes fueron tus engaños
desde que Dios mezcló, por tu castigo, 170
al montañés honor reinos extraños!
Tan poco bien le debe al rey Rodrigo,
como en Jerusalén a Vespasiano,
que vendió tan barato su enemigo.
Padezco yo sin límite en humano 175
planeta los cuadrados[43] desta gente, a quien mi proceder se oculta en vano.
¡Ay Dios!, si os viera yo, no en la corriente
del claro Betis, de quien sois Apolo,
ceñido del laurel resplandeciente, 180
sino en aqueste pobre, humilde y solo
bosque de Manzanares, que no ha visto
las naves que permite el otro polo.
Aquí jamás se espera ni se ha visto
siquiera un barco de la vez; ¿qué fuera 185
si viniera de Arcturo y de Calisto[44]?
Pero podéis creer que en su ribera,
no del árbol de Palas[45] coronada, ni donde Apolo amante reverbera,
pero del verde salce y la intricada 190
vid, que crece en las ramas del espino,
con sus cándidas flores abrazada;
que desde allí se ve del gran Felino,
que guarde Dios, el sumptüoso templo[46], mayor que el de Semiramis y Nino, 195
Como lejos del vulgo me contemplo,
por dicha en mis engaños os contara
futuras cosas del pasado ejemplo.
Manzanares corriente se parara,
y hiciera poco, que en verano es río
que con cualquiera música se para. 200
Pero ya recostado en lo sombrío,
que tantos juncos, mimbres y verbena
dosel le tejen a su asiento frío,
oyera que os cantaba Filomena, 205
ya en olmo verde, ya en mi ruda pluma,
dulce a los dos, aunque imitada, pena.
No porque yo de presumir presuma
agradaros a vos, Marte, de Febo
valiente ingenio, en breve o larga suma: 210
mas porque he visto un ruiseñor, que, nuevo
en estas selvas, canta al alba pura
lo que me debe y lo que yo le debo[47]
No os quiero encarecer tanta hermosura;
que no creeréis que es este amor platónico, 215
cosa por estos tiempos mal segura.
Confúndase el estilo babilónico
en murmurar amor tan firme y casto
a un ángel dulce, a un ruiseñor armónico,
Dejo qué pueda ser; yo sé que basto 220
a sólo amar el alma con la mía,
en que la vida honestamente gasto.
Mal hubiesen los años la porfía
de aquel estar las noches castellanas
a ver peinar escarcha al alba fría. 225
Amar la juventud empresas vanas
paréceme muy bien, ¡Dichoso el hombre
que supo amar lo que permiten canas!
¿Qué importa, Félix, que al grosero asombre
pensar que en solas almas vive el gusto, 230
que al cuerpo descortés impuso el nombre?
Yo tengo aquel amor por solo y justo,
que no se mancha en lo que al alma daña,
después de ser tan áspero disgusto.
Diréis que traigo nuevo amor a España; 235
por Dios que os engañáis con vuestros años,
aunque vuestra virtud me desengaña.
Dijo Menandro en estos desengaños
que quien hasta las canas difería
del natural amor los dulces daños, 240
lo que a la misma juventud debía,
pagaba justamente; ¿quién pensara
que tal restitución de mí tendría?
Si esto no fuera así, no le llamara
de la inmortalidad Platón deseo, 245
ni el alma, que lo es, sin cuerpo amara.
Un argumento desto en vos empleo;
pues que sois catedrático, escuchalde,
que vuestra solución saber deseo.
Dice Augustín que es el amor en balde 250
de lo que no se ve ni se conoce:
el alma no se ve, respuesta dalde.
El filósofo quiere que se goce,
por lo que vemos, lo que nunca vimos,
aforismo que nadie desconoce. 255
Así por lo visible conocimos
lo invisible de Dios, cuya grandeza
en la naturaleza percibimos.
¿Quién mira de las flores la belleza,
libro abierto en sus hojas? ¿Quién, sacando 260
el sol por el oriente la cabeza,
que no conozca que su Autor, mostrando
su divino poder en las criaturas,
es principio sin fin, sin cómo y cuándo?
Así el amar humanas hermosuras, 265
cristales de las almas en esencias,
de virtudes angélicas y puras,
se puede hacer mirando las potencias;
pero diréis que tienen fundamentos
en más altas y ocultas diferencias. 270
Gozar se pueden dos entendimientos,
como agora yo a vos, que no os he visto,
y dar la voluntad sus pensamientos.
Mas como el apetito tan malquisto
de la razón, en femenil belleza, 275
que es el que yo, platónico, resisto,
no da lugar a tanta sutileza,
no sé cómo esta conclusión responde,
si vos no presidís a mi rudeza.
Mas ¿no os causa donaire ver adonde 280
vine a parar de tal principio? Amando,
ninguna cosa el corazón esconde.
Allá pensaba ir, pero cortando
Atropos fiera el hilo de una vida
que estaba nuestras vidas animando, 285
suspendió don Francisco la partida,
y quedamos aquí con tanto luto,
que cuanto fue placer el llanto olvida.
No a vos, mi justo amor, porque en tributo
debido al mar de vuestro ingenio inmenso, 290
presto veréis, si es esto flor, el fruto.
Que es justo que yo os pague el mismo censo
que los pequeños ríos a los mares;
cosa, Félix, que ya prevengo y pienso:
así se rinde al Betis Manzanares. 295
BELARDO A AMARILIS
EPÍSTOLA SÉPTIMA
Agora creo, y en razón lo fundo,
Amarilis indiana, que estoy muerto,
pues que vos me escribís del otro mundo.
Lo que en duda temí tendré por cierto,
pues, desde el mar del Sur, nave de pluma 5
en las puertas del alma toma puerto.
¡Qué clara, qué copiosa y dulce suma!
Nunca la hermosa vida de su dueño
voraz el tiempo consumir presuma.
Bien sé que en responder crédito empeño; 10
vos, de la línea equinocial, sirena,
me despertáis de tan profundo sueño.
¡Qué rica tela, qué abundante y llena
de cuanto al más retórico acompaña!
¡Qué bien parece que es indiana vena! 15
Yo no lo niego, ingenios tiene España:
libros dirán lo que su musa luce,
y en propia rima imitación extraña;
mas los que el clima antártico produce
sutiles son, notables son en todo; 20
lisonja aquí ni emulación me induce.
Apenas de escribiros hallo el modo,
si bien me le enseñáis en vuestros versos,
a cuyo dulce estilo me acomodo.
En mares tan remotos y diversos, 25
¿cómo podré yo veros, ni escribiros
mis sucesos, o prósperos o adversos?
Del alma que os adora sé deciros
que es gran tercera la divina fama;
por imposible me costáis suspiros. 30
Amo naturalmente a quien me ama,
y no sé aborrecer quien me aborrece:
que a la naturaleza el odio infama.
Yo os amo justamente, y tanto crece
mi amor, cuanto en mi idea os imagino 35
con el valor que vuestro honor merece.
A vuestra luz mi pensamiento inclino,
de cuyo sol antípoda me veo,
cual suele lo mortal de lo divino,
aunque para correr libre el deseo 40
es rémora pequeña el mar de España
y todo el golfo del mayor Nereo.
El ciego, que jamás se desengaña,
imagina mayor toda hermosura,
y le deleita más lo que le engaña; 45
así yo, penetrando la luz pura
de vuestro sin igual entendimiento,
tendré más sol en noche más escura.
Mas ¿qué os diré de mí? Porque no siento
que un átomo merezca de alabanza 50
quien tiene presunción de su talento.
Deciros faltas es desconfianza,
y porque yo jamás las dije ajenas,
no quiero hacer de mí tan gran mudanza:
que no era gala de quien sirve apenas 55
pintarse con defetos a quien tiene
aquellas obras cuales son por buenas.
Si me decís quién sois, y que previene
un platónico amor vuestro sentido,
que a provocaros desde España viene, 60
para quereros yo licencia os pido:
que dejaros de amar injuria fuera,
por eso mismo que de vos lo he sido.
Pues escuchad de mi persona afuera,
que dicen que fue buena no ha mil años, 65
y donde algún aliento persevera,
partes, sin dar a la distancia engaños:
que adonde amor es alma, el cuerpo es sombra,
y la misma alabanza desengaños.
Tiene su silla en la bordada alfombra 70
de Castilla el valor de la Montaña
que el valle de Carriedo España nombra.
Allí otro tiempo se cifraba España,
allí tuve principio; mas ¿qué importa
nacer laurel y ser humilde caña? 75
Falta dinero allí, la tierra es corta;
vino mi padre del solar de Vega:
así a los pobres la nobleza exhorta.
Siguióle hasta Madrid, de celos ciega,
su amorosa mujer, porque él quería 80
una española Elena, entonces griega.
Hicieron amistades, y aquel día
fue piedra en mi primero fundamento
la paz de su celosa fantasía.
En fin, por celos soy, ¡qué nacimiento! 85
Imaginalde vos, que haber nacido
de tan inquieta causa fue portento.
Apenas supe hablar, cuando advertido
de las febeas musas, escribía
con pluma por cortar versos del nido. 90
Llegó la edad y del estudio el día,
donde sus pensamientos engañando
lo que con vivo ingenio prometía,
de los primeros rudimentos dando
notables esperanzas a su intento, 95
las artes hice mágicas volando.
Aquí luego engañó mi pensamiento
Raimundo Lulio, laberinto grave,
rémora de mi corto entendimiento.
Quien por sus cursos estudiar no sabe, 100
no se fíe de cifras, aunque alguno
de lo infuso de Adán su genio alabe.
Matemática oí: que ya importuno
se me mostraba con la flor ardiente
cualquier trabajo, y no admití ninguno. 105
Amor, que Amor en cuanto dice miente,
me dijo que a seguirle me inclinase:
lo que entonces medré mi edad lo siente.
Mas como yo beldad ajena amase[48],
dime a letras humanas, y con ellas 110
quiso el poeta Amor que me quedase.
Favorecido, en fin, de mis estrellas,
algunas lenguas supe, y a la mía
ricos aumentos adquirí por ellas.
Lo demás preguntad a mi poesía: 115
que ella os dirá, si bien tan mal impresa,
de lo que me ayudé cuando escribía.
Dos veces me casé, de cuya empresa
sacaréis que acerté, pues porfiaba:
que nadie vuelve a ver lo que le pesa. 120
Un hijo tuve, en quien mi alma estaba;
allá también sabréis por mi elegía
que Carlos de mis ojos se llamaba.
Siete veces el sol retrocedía
desde la octava parte al Cancro fiero, 125
igualando la noche con el día,
a círculos menores, lisonjero,
y el de su nacimiento me contaba,
cuando perdió su luz mi sol primero.
Allí murió la vida que animaba 130
la vida de Jacinta. ¡Ay muerte fiera,
la flecha erraste al componer la aljaba!
¡Cuánto fuera mejor que yo muriera
que no que en los principios de su aurora
Carlos tan larga noche padeciera! 135
Lope quedó, que es el que vive agora[49].
¿No estudia Lope? ¿Qué queréis que os diga,
si él me dice que Marte le enamora?
Marcela[50] con tres lustros ya me obliga
a ofrecérsela a Dios, a quien desea; 140
si Él se sirviere, que su intento siga.
Aquí, pues no ha de haber nadie que crea
amor de un padre, no es decir exceso
que no fue necia y se libró de fea.
Feliciana el dolor me muestra impreso 145
de su difunta madre en lengua y ojos[51]: de su parto murió. ¡Triste suceso!
Porque tan gran virtud a sus despojos
mis lágrimas obliga y mi memoria:
que no curan los tiempos mis enojos. 150
De sus costumbres santas hice historia
para mirarme en ellas cada día,
envidia de su muerte y de su gloria.
Dejé las galas que seglar vestía;
ordenéme, Amarilis; que importaba 155
el ordenarme a la desorden mía.
Quien piensa que yo amé cuanto miraba,
vanamente juzgó por el oído;
engaño que aun apenas hoy se acaba.
Los dulces versos tiernamente han sido 160
piadosa culpa en los primeros años.
¡Ay, si los viera yo cubrir de olvido!
Bien hayan los poetas que en extraños
círculos enigmáticos escriben,
pues por ocultos no padecen daños. 165
Los claros pensamientos que perciben
sin molestia, Amarilis, los oídos,
menos seguros de ser castos viven.
Tiernos concetos del amor nacidos
no son para la vida imperfecciones, 170
ni está sujeta el alma a los sentidos.
Matemáticas son demostraciones,
la variedad del gusto y la mudanza
indigna de los ínclitos varones.
No pienso que a la vida parte alcanza, 175
juzgando bien de la amorosa pluma,
si el alma es posesión, la fe esperanza.
Dígalo mi salud cuando presuma
mayor descompostura el maldiciente,
que forma torres sobre blanda espuma. 180
Y así podréis amarme justamente,
como yo os amo, pues las almas vuelan
tan ligeras, que no hay amor ausente.
Ésta es mi vida; mis deseos anhelan
sólo a buen fin, sin pretensiones locas, 185
que por tan corta vida se desvelan.
Dijo el Petrarca con razones pocas
que de Laura esperaba la hermosura
(¡oh casto amor, que a lo inmortal provocas!),
después de muerta en la celeste y pura 190
parte que peregrinas impresiones
no admite, como aquí la noche escura.
Mi vida son mis libros, mis acciones
una humildad contenta, que no envidia
las riquezas de ajenas posesiones. 195
La confusión a veces me fastidia,
y aunque vivo en la Corte, estoy más lejos
que está de la Moscovia la Numidia.
Tócanme solamente los reflejos
de los grandes palacios a mis ojos, 200
más solos que las hayas y los tejos.
Para dar a la tierra los despojos
que sirvieron al alma de cortina,
¿quién trueca blanda paz por sus enojos?
Yo tengo una fortuna peregrina,205
que tarde la venció poder humano:
así me destinó fuerza divina.
Tal vez la estimación me finge enano,
tal vez gigante, y yo con igual frente
ni pierdo triste ni contento gano. 210
Séneca lo enseñó divinamente,
que el aplauso vulgar y el vituperio
han de sentir los sabios igualmente.
El hombre que gobierna bien su imperio
desprecia la objeción y la alabanza 215
deste, aunque infame, breve cautiverio;
porque dar él mordaz desconfianza
al hombre ya provecto no es cordura,
que por ventura dice lo que alcanza.
Estimo la amistad sincera y pura 220
de aquellos virtuosos que son sabios:
que sin virtud no hay amistad segura.
Que de la ingratitud tal vez mis labios
formen alguna queja, no es delito:
que han hecho muchos necios los agravios. 225
De mi vida, Amarilis, os he escrito
lo que nunca pensé; mirad si os quiero,
pues tantas libertades me permito.
No he querido con vos ser lisonjero
llamándoos hija del divino Apolo, 230
que mayores hipérboles espero.
Pues aunque os tenga tan distinto polo,
os podrán alcanzar mis alabanzas
a vos, de la virtud ejemplo solo.
Que no son menester las esperanzas 235
donde se ven las almas inmortales,
ni sujetas a olvidos ni a mudanzas.
No se pondrá jamás en los umbrales
deste horizonte el sol, aunque perciba
Anfitrite sus perlas y corales, 240
sin que le diga yo que así la esquiva
Dafne sus rayos amorosa espere,
presa en laurel la planta fugitiva;
os diga cuánto el pensamiento os quiere;
que os quiere el pensamiento, y no los ojos: 245
que éste os ha de querer mientras no os viere.
Sin ojos ¿quién amó? ¿Quién en despojos
rindió sin vista el alma? ¡Oh gran victoria,
amor sin pena y gloria sin enojos!
Que no hay gloria mortal, si llaman gloria 250
la que es mortal, como querer adonde
se baña en paz del alma la memoria.
Aquí los celos el amor esconde,
aunque os he dicho que nací de celos,
y si ellos no le llaman, no responde. 255
Por varios mares, por distintos cielos
muchas cosas se dicen que no tienen
tanta verdad al descubrir los velos.
Celias de sólo el cielo me entretienen;
no las temáis, que Celias de la tierra 260
a ser infiernos de las almas vienen.
Si tanta tierra y mar el paso cierra
a celos, y no amor imaginado,
huya de nuestra paz tan fiera guerra
Y pues habéis el alma consagrado 265
al cándido pastor de Dorotea,
que inclinó la cabeza en su cayado,
cantad su vida vos, pues que se emplea
virgen sujeto en casto pensamiento,
para que el mundo sus grandezas vea. 270
Que vuestro celestial entendimiento
le dará gloria accidental cantando
entre las luces del impíreo asiento.
Honrad la patria vuestra propagando
de tan heroicos padres la memoria, 275
su valor generoso eternizando,
pues lo que con la espada su vitoria
ganó a su sangre, vos, en dulce suma,
coronando laurel de mayor gloria,
dos mundos de Filipe vuestra pluma. 280
EL JARDÍN DE LOPE DE VEGA
Al licenciado Francisco de Rioja, en Sevilla.
EPÍSTOLA OCTAVA
Divino ingenio, a quien están sujetas
romanas musas, griegas y españolas,
que ennobleces, aumentas y interpretas;
tú, que del cortesano mar las olas
cuerdo olvidaste, y donde quietas yacen 5
vives las horas del estudio solas;
claro Febo andaluz, por quien ya nacen,
en vez de olivas, lauros en el Betis,
que más ardientes los ingenios hacen;
la gran ciudad por quien discurre a Tetis, 10
mayor que la que dio, famosa, a Nino
la hija del gran ídolo Dercetis[52],
honrada ya de tu laurel divino,
se precia más de ti que de la infusa
ciencia del Esmírneo y Venusino[53]. 15
Como la tierra innoble, aunque difusa,
vemos estar de la naturaleza,
que es el aire animable circunfusa;
así la ciencia, aunque es mayor grandeza,
tu parte superior sublime baña 20
poco menos que angélica belleza.
Tú, pues, por quien la línea más extraña
de nuestro polo ha de ofrecer gustosa
memoria a las corónicas de España,
oye de mi jardín la artificiosa 25
máquina, donde vivo, retirado,
si no virtuosa vida, nunca ociosa.
Yace en el centro de un ameno prado,
como virtud de extremos tan viciosos,
un cuadro hibleo a Flora dedicado. 30
Sirven de cerca pámpanos hojosos
de mil hermosas intricadas parras,
a quien abrazan álamos esposos.
Rúbricas verdes las primeras arras
rinden a los decrépitos sarmientos, 35
que suben a ceñir pardas pizarras.
La puerta firme en sólidos cimientos
de rústica se viste arquitectura,
y la adornan también mis pensamientos.
No trato aquí la griega compostura,40
la montea[54] y perfil del edificio, clara en el arte, y en la lengua escura.
Pudiera el oriental polo ser quicio,
donde jambas, linteles y tresdoses[55]
sustenta en jaspe el terso frontispicio. 45
¡Oh Apolo, aquí te ruego que reposes,
pues consagré tus hechos a sus nichos,
pudiendo dedicarlos a otros dioses!
Dos pilastras cuadradas a los dichos
mármoles van subiendo, y la cornisa 50
adornan hieroglíficos caprichos.
Allí la fuente, que con tanta prisa
agotan los poetas aguadores,
a Momo causa boquituerta risa.
No faltan inscripciones y primores 55
al zócalo que corre por lo bajo,
si bien al arco superior mayores.
Como en las basas puse al claro Tajo,
que coronado de membrillos sube,
de las azudas inmortal trabajo; 60
también puse el Parnaso en una nube,
a quien Pegaso vil, con quien en vano
estuve siempre mal y siempre estuve, 34
bañaba de cristal, pero en la mano
fantástica una letra que decía: 65
«Pegaso siempre para mí Seyano[56].»
Desta famosa puerta al mediodía,
que forman blancos mármoles, dorando
el capitel que al sol rayos envía,
por un verde pretil se va pasando 70
a un arenoso cuadro, en que una fuente
está fingiendo perlas y engañando.
Como viene tan alta la corriente,
aquello mismo que bajó levanta,
por imitar a su perene oriente. 75
Y entre los versos que ella propia canta,
dice que el arte en la naturaleza
imperio tiene con violencia tanta[57].
De aquí se pasa a la mayor belleza
que ha visto el mundo en sus milagros todos, 80
que es una estatua de imperial grandeza.
Dicen que fue del tiempo de los godos.
¡Notable calidad en cosas mías!
¡Venturas hay por peregrinos modos!
Ésta, en un cuerpo (¡extrañas fantasías!), 85
retrata a Salmacis ceñida a Troco[58]: tal puede arder amor en aguas frías.
La ninfa en mármol muestra el amor loco,
como pudiera en carne, y el mancebo
tibio, que siente sus singultos, poco. 90
Coronados están de verde acebo
dos sátiros lascivos en la basa,
como el que quiso competir con Febo.
De aquesta fuente undísona se pasa
a cuatro cuadros de diversas flores,95
eternos incensarios de mi casa.
Entre varios dibujos y labores
las armas de los Carpios representan
con veintidós castillos vencedores.
Y no os riáis, que estos hidalgos cuentan 100
que vienen de Bernardo (ellos lo dicen);
sobre campo de golas los asientan.
Yo no lo sé, por Dios, mas no desdicen
destas antigüedades sus papeles;
dejaldos que sus armas solenicen. 105
Y creedme que plumas y pinceles
han hecho sucesiones y linajes:
tanto puede Virgilio, tanto Apeles.
La virtud no repara en viles trajes:
a Alcestes dio Marón sangre troyana,110
lo mismo agora que Amadís y Agrajes[59].
Bien dijo Juvenal: gente romana,
sólo insigne en la sangre, y que no importa
de los mayores la portada cana.
Mejor Ovidio en el De Ponto exhorta 115
a lo que obliga la mayor nobleza,
imagen que de ajeno árbol se corta.
En unas falta origen por pereza,
en otras la venganza afrentas cría,
y en ninguna faltó naturaleza. 120
Hicieron la humildad y cortesía
más hidalgos que el tiempo; que éste aprueba
por largos años posesión tardía;
y la humildad perdona alguna prueba:
demostración tan cierta y matemática, 125
que hará sangre decrépita la nueva.
¡Qué necia digresión! Mas no es dragmática
la epistolar poesía; estad gustoso,
que ya están los paréntesis en prática.
Volviendo a mi jardín, del oloroso 130
cuadro que os dije, a un sitio peregrino
se pasa por un prado nemoroso.
Ofrece en un estanque cristalino
las bulliciosas ondas a los ojos
Baco en el agua, así le templa el vino. 135
No le coronan frágiles hinojos,
sino verdes y arpadas pempinelas,
a pesar de la juncia y lirios rojos.
Pequeños barcos de dobladas velas
parecen cisnes, que por alas remos, 140
para correr su mar calzan espuelas.
Los árboles retratan Polifemos,
y mirándose en él con ojos de hojas,
estampan en las nubes sus extremos.
Aquí las vides, por otubre rojas, 145
trepan, en vez de yedra; que no gusto
que les aprieten tanto sus congojas.
Síguese luego un plátano robusto,
mayor que el cordobés que dedicaba
Marcial al césar Domiciano Augusto. 150
Aquí dicen algunos que a la Cava
forzó el último godo. ¿Quién creyera
que tal memoria en mi jardín estaba?
Luego de hierba una celeste esfera
ocupa el mayor cuadro y forma vivos 155
los signos donde Apolo reverbera.
En círculos aquí vegetativos
los trópicos se ven y los coluros[60], los solsticios hiemales, los estivos;
la línea equinocial y en verdes muros 160
el horizonte, el moble meridiano,
si bien todos en tierras están seguros.
¿Qué es ver por el zodiaco el humano
Sagitario, dulcísimo poeta[61], y el arco de Beoda, armado en vano? 165
No pudo la figura estar perfecta;
de treinta y una estrellas no cabían
en una cifra a un círculo sujeta.
Allí los otros discurrir se vían
media parte del cielo, que debajo, 170
como no era voluble, se encubrían.
Aquí, a manera de vistoso atajo,
se corona de verdes balaústres
margen que lo pudiera ser del Tajo;
y a espaldas de floridos alegustres 175
están algunos césares romanos,
que describe Suetonio[62], tan ilustres;
luego algunos ingenios castellanos,
andaluces también y portugueses,
con libros y laureles en las manos. 180
¿Quién duda que tú aquí lugar tuvieses,
Francisco ilustre, y mi querido Elisio[63]?
Elisio, que me pesa que no vieses;
Elisio, que ya vive el campo elisio,
muerto por una espada rigurosa, 185
que pienso que animó licor dionisio.
Aquí tuvo lugar el verso y prosa
de don Tomás Tamayo[64], en cuyo estilo alta deidad científica reposa;
Hortensio[65] celestial, a quien Zoílo 190
respeta el dulce, el casto, el alto ingenio,
Crisóstomo español, nuevo Cirilo;
con Alonso de Salas[66] tengo a Eugenio
de Narbona[67], famoso toledano, y a Bonilla[68] andaluz, celeste genio; 195
aquí don Juan de Jáurigui[69], en la mano
de Apolo el arco y el pincel de Apeles;
aquí don Diego Félix[70], sevillano;
aquí don Luis de Góngora, en laureles
los olivos del Betis transformando 200
para su honor, que no por ser crueles;
aquí al retor de Villahermosa[71] honrando
al Ebro con el coro pegaseo,
y al divino Ledesma equivocando[72];
aquí de Valdivieso[73] el santo empleo, 205
de Luis Vélez[74], florido y elocuente, la lira, que ya fue del dulce Orfeo;
Garay[75], en tantas letras eminente,
y el docto Marco Antonio de la Vega[76], ceñida de laurel la ilustre frente; 210
en don Juan de Fonseca[77] el mármol niega,
que no pudo dar alma tan divina,
sí bien Lisipo al fin del arte llega.
Descubre en artificio peregrina
de don Diego Jiménez[78] la sonora 215
lira lustrosa, imagen cristalina;
y de Pedro de Soto[79] un mármol dora
la fama en mil canciones celebradas
hasta los cercos de la blanca aurora.
De Lobo portugués[80] las matizadas 220
primaveras se ven en basas de oro,
de acantos y narcisos coronadas.
Aquí don Luis Ferrer[81] con tal decoro
muestra el semblante en pórfido del Turia,
que le respeta de Aganipe el coro. 225
Retrata un blanco mármol de Liguria
a Gaspar Aguilar[82], a quien ha hecho, avaro el siglo, en no premiarle, injuria.
De Salucio del Poyo[83] muestra el pecho
bronce inmortal, por basa la tragedia, 230
de Avalos gloria, del privar despecho.
El divino pincel del mudo Heredia[84]
(que entera no pudiera) al doctor Mira[85]
de su figura retrató la media.
Don Félix Arias[86], relevado, admira, 235
ya con heroica espada en el Piamonte,
y ya en España con la dulce lira.
Resplandece en su fábrica Belmonte[87],
don Lorenzo Vander[88] honra a Granada, y Miguel Sánchez[89] el Castalio monte. 240
Tiene Martín Chacón[90] la frente, ornada
de verdes hojas, español Tibulo,
en cándido alabastro retratada;
y en un jacinto del doctor Angulo[91]
viva la efigie, a cuya docta frente 245
de Dafne los desdenes acumulo.
Fray Juan Bautista[92] a su pincel valiente
halló un Ticiano en jaspes de colores,
menos el rostro de cristal luciente
Mezcladas al laurel diversas flores, 250
dieron al catalán fray Tomás Roca[93]
las artes liberales mil favores;
y, por el nombre, en una excelsa roca
colocaron tan alto su retrato,
que por laureles las estrellas toca. 255
Para fray Diego López[94] el recato
doró la lengua en Ágata preciosa,
y aun le llamó la misma envidia ingrato.
La mano en este siglo más famosa,
aunque el valor de intrépida la culpe, 260
lo que no pudo ser de artificiosa,
para que el imposible la disculpe,
dos hermanos Ramírez[95], dos Apolos, dos Prados en metal dorado esculpe;
y como del jardín opuestos polos, 265
los nueve de la fama hicieron once,
Juan Blas de Castro y Palomares[96] solos.
A Gil González de Ávila[97] en un bronce
puso la historia humana y la divina,
y el estudio inmortal a Manuel Ponce[98]. 270
A la inmortalidad Liñán[99] camina
en una estatua, que de plata y oro
sólo el color, si vive, determina.
Camoes, que ya vio del indio y moro
cuánto su espada obró, cuánto su pluma, 275
dejó a su patria por mayor tesoro,
de tal manera al nieto de la espuma,
deidad impone en voz enternecida,
porque el bronce animado hablar presuma,
que parece que dice a su querida 280
Raquel que mais servirá, se naon fora
pera tan longo amor tan curta a vida[100].
Juan Bautista Marino[101], que enamora
las piedras, Anfión es, sol del Taso,
si bien el Taso le sirvió de aurora. 285
Polimnia, de marfil, en el Parnaso,
ciñe a Gregorio Hernández[102] mil laureles, al lado del divino Garcilaso.
Pararon los buriles y cinceles
en el docto Tribaldos de Toledo[103], 290
para quien fue Vicencio[104] griego Apeles.
Con tal vivacidad jurarte puedo
que está Luis de Cabrera[105] retratado, que parece que tuvo el arte miedo;
ni pudo prevenir mayor cuidado 295
para Francisco Sánchez[106] la escultura: así quedó el artífice turbado.
En un arco formó la arquitetura
de Juan Luis de la Cerda[107], honor de España, un pedestal a su inmortal figura. 300
Mariana[108], cuyos labios cerca y baña
del teólogo aítar celeste fuego,
vivo en diamante, a quien le mira engaña.
Diáfano cristal retrata luego
un Pedro generoso, honor y gloria 305
de Castro, Lemos y del Sil gallego[109].
Una basa, que ciñe varia historia
del conde de Salinas[110], dulcemente los conceptos consagra a la memoria.
Al pie de la pegásida corriente, 310
Villamediana el menosino coro
honra en puro metal resplandeciente;
como Simón Xabelo[111] el lirio de oro,
corona de su patria y del latino
y griego verso, pasíteo[112] decoro. 315
En urna de alabastro el cristalino
Turia, de don Guillen[113] a la alta musa, jazmines dedicó, laurel previno.
Y Dafnes, ya de su desdén excusa,
el mármol parió de don Juan de Vera[114], 320
enamorada, coronó difusa;
y de la mar del Sur, de la frontera
del bárbaro, Amarilis, bella indiana,
en versos Safo, en flores primavera[115].
Aquí Espinel la lira castellana 325
muestra dépositar en el sagrado
templo, aunque fue divina, cuando humana.
Aqui el insigne Mariner[116], versado
en cuanto supo ya la escuela griega,
premiado en griego, porque no premiado; 330
de Antonio López[117], portugués, la vega
de su nombre encarece un verde jaspe,
que en arte y resplandor los ojos ciega.
Retratado en un mármol arimaspe[118],
pudiera don Antonio de Mendoza[119] 335
ser gloria del amante de Campaspe[120],
La envidia tantos áspides destroza
a los pies de Silveira lusitano[121], cuantos laureles y coronas goza;
y ocupan frente digna y docta mano 340
en nicho de alabastro, lustre en nieve,
a Sebastián Francisco de Medrano[122].
La imagen que la lengua hispana debe
a Emanuel Süeiro[123] ilustra un arco, que al que forma en el agua el sol se atreve; 345
y a pesar de la furia de Aristarco,
Zárate[124] vive un cuadro de pintura a quien Dafnes tejió lustroso marco.
Honró con su retrato la escultura
don Juan de Arguijo, y dio a la fama gloria 350
Juan Pérez[125], retratado en plata pura.
Aquí tiene dignísima memoria
el maestro Aguilar[126], y está postrado Galeno al nombre del doctor Vitoria[127].
Don Francisco de Herrera Maldonado[128], 355
celebrando la virgen palestina
en prosa y verso, canta retratado.
Sánchez[129], a quien la altiva frente inclina
Henares, que escuchó la lengua santa,
de duplicada cátreda dotrina; 360
y en imagen famosa se levanta
el singular ingenio de Pedrosa[130], Crisólogo, que a España se trasplanta.
Herrera[131] tiene aquí la más famosa
estatua que vio Grecia dignamente, 365
en verso sin igual, divino en prosa.
De don Francisco López[132] no consiente
mi amor más alabanza que ser mío,
porque en el alma retratarle intente.
Mas porque ya del campo me desvío, 370
la docta pluma, en frey Miguel[133] divina, supla por mí lo que a su fe confío.
Y sólo don Antonio de Molina[134]
término ponga al número infinito,
que el monte de las musas peregrina. 375
Ni méritos les pongo ni les quito;
yo pinto mi jardín sin dar lugares,
y que ellos se los tomen les permito.
Concierto hice con los dioses lares,
que han de honrar una breve chimenea, 380
de ambrosia no, de rústicos manjares.
En lo demás yo pienso que hermosea
la clara majestad a la poesía:
el que quisiere lo contrario crea.
Quien tiene natural, nunca porfía 385
en las sentencias ser anfibologio,
como un cierto poeta de ataujía[135],
que, por decir reloj, dijo horologio,
pues basta que, con breves pensamientos,
dedique a todo ingenio un breve elogio. 390
Siempre tuve de honrar dulces intentos,
siempre tuve por necia valentía
quitar, y no poner, merecimientos.
La envidia nunca fue sabiduría.
Reprehender al que más quien sabe menos 395
es vanidad injerta en bobería.
Mas volviendo a mis cuadros, siempre amenos,
aqui descanse yo, y allá la envidia
rompa laureles de vitorias llenos.
Correspondientes a la diosa Gnidia, 400
a Juno y Palas en marfil retrata
mejor cincel que de Lisipo y Fidia;
y la fachada un sátiro remata,
que ofrece a Apolo un cuadro de pintura,
en ébano engastado y tersa plata. 405
Aquí un famoso perro es la figura
más principal, a quien ladrando atajan,
sin advertir en él descompostura,
mil intrépidos gozques, que trabajan
por inquietar su vida, con algunos 410
que a Manzanares desde el Tormes bajan.
Nombres tienen allí los importunos,
mas sólo os diré dos, Raminto y Maya[136], ahitos de ladrar, de ciencia ayunos.
No es este Maya aquel famoso Amaya, 415
de quien en tierna edad canté contento
la Dragontea de la indiana playa[137];
es un cierto sabueso macilento,
ingrato a las riberas de Corbones[138], que no degeneró su nacimiento. 420
Después de algunas fuentes y invenciones,
un hexágono forman a caballo
algunos nobles y ínclitos varones.
Aquí dirás, y es bien, que cómo callo
el Guzmán generoso, el de Olivares, 425
en quien ciencia y virtud iguales hallo.
Pero también es justo que repares
en que alabanzas cortas son ofensas,
y que todas en él serán dispares.
Bien pienso yo que de mi celo piensas 430
que a mayor ocasión Euterpe guarda
asunto de virtudes tan inmensas.
Aquí para la imagen se acobarda
del duque de Pastrana[139] el bronce, el oro, si bien del vivo imitación gallarda; 435
aquí, grave terror del turco y moro,
el gran marqués de Santa Cruz[140], mostrando la majestad del ínclito decoro.
Tengo al marqués Espínola[141] animando
los españoles, a quien tanto deben, 440
cuando estaban las armas expirando;
y aunque al conde de Fuentes[142] no se atreven
ni musas, ni cinceles, ni buriles,
por más que a referir sus glorias prueben,
le puse entre bombardas y esmeriles, 445
dos lauros recibiendo de las manos
del Córdoba andaluz y el griego Aquiles[143];
y entre galos, flamencos y germanos
al docto condestable de Castilla[144], honrando tres elogios castellanos. 450
Y puse por octava maravilla
al claro Pimentel de Benavente[145], a quien los nueve dan décima silla;
y en el lugar a su valor decente,
al generoso duque de Berganza[146], 455
ceñida de laurel la heroica frente;
principe de magnánima esperanza,
y de los reyes lusitanos gloria,
pues tanta parte de su sangre alcanza.
Del retrato saqué de mi memoria 460
al gran duque de Sesa[147], a quien debiera en láminas de bronce eterna historia.
Mas porque no te canse, y porque fuera
infinito el proceso si pintara
de tantos héroes la suprema esfera, 465
sólo te alabo en escultura rara
tres gracias, cuya acción, por ser tan viva,
a la naturaleza admira y para.
Están pidiendo a Júpiter reciba
por cuarta gracia algún entendimiento, 470
que en la inmortalidad su nombre escriba;
y el Panonfeo[148] dios, mirando atento
la divina Leonor Pimentel, muestra
que sólo mereció su pensamiento.
Esta heroina es la Mecenas nuestra, 475
reina deste jardín y de sus flores,
naturaleza más hermosa y diestra.
Alegre de sus gracias y favores
entre la copia de tan dulces fuentes,
que unas piden cristal y otras colores, 480
hace oficio de sol, en sus corrientes
es iris celestial, y en verdes plantas
aurora en cercos de oro transparentes.
Mas si de tanta máquina te espantas,
en Venus pongo fin al jardín mío, 485
fénix de mármol en bellezas tantas.
La esbelteza de Italia, español brío,
hace tan vivo y amoroso efeto,
que pone en contingencia el albedrío.
En esta perfeción el arquiteto 490
mostró mayor primor, enamorado
de la escultura, celestial sujeto.
Está a los pies del Cupidillo alado,
rendido, en forma de gigante, Alcides,
cuanto posible fue proporcionado. 495
Mas tú, si mis pequeñas fuerzas mides,
¿quién duda que estarás como dudoso,
y que la cuenta del jardín me pides?
Pues todo cuanto he dicho es fabuloso,
menos las alabanzas y retratos 500
de quien he sido historiador famoso.
Que sin mirar si algunos son ingratos,
los adorné de elogios y epigramas,
llamándolos Horacios y Torcatos.
Todos los ciñen vitoriosas ramas: 505
que todo lo demás fábula ha sido,
si así la parte verisímil llamas.
Nunca mayor se ha escrito ni se ha oído;
porque es tan esencial en el poeta,
como es el alma al corporal vestido. 510
Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene solos dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta.
Aquí son dos muchachos ruiseñores,
y dos calderos de agua forman fuente 515
por dos piedras o conchas de colores.
Pero, como de poco se contente
naturaleza, para mí son viles Hibla,
monte feraz, Tempe eminente,
hespérides, adóneos y pensiles. 520
A DON JUAN DE ARGUIJO, VEINTICUATRO DE SEVILLA
EPÍSTOLA NONA
En humilde fortuna, mas contento,
aquí, señor don Juan, la vida paso;
ella pasa por mí, yo por el viento.
Y como nadie sabe el postrer paso,
de toda loca vanidad me río, 5
por no perder el seso como el Taso[149].
No, porque tanto del ingenio fío,
que me tiraran piedras los tasistas,
que aun no quieren dejarnos albedrío.
Yo he visto enloquecer dos mil versistas, 10
a quien el seso la afición ofusca,
en seguir su opinión monjas bautistas.
Difícilmente la verdad se busca,
si quisieren saber qué mundo corre,
traslado a la academia de la Crusca[150]. 15
Así con aficiones me socorre
la contraria opinión, si bien no ha sido
tal que su fama al gran Torcato borre.
Es nuestro entendimiento parecido,
por las especies que recibe dentro, 20
a la potencia del común sentido.
Sale con las fantasmas al encuentro
que de las cosas exteriores siente,
y por más noble, se las lleva al centro.
No puede inteligible constar ente, 25
como sin luz no viven las colores,
sin este noble entendimiento agente.
Con esto, de las formas exteriores
percibe cada cual su estimativa,
y da lugar, si sabe, a las mayores. 30
Mas cuando la potencia aprehensiva
se deja gobernar de afición loca,
no hay luz que alumbre y resplandezca viva.
Pero diréis que a mí por qué me toca
aristotelizar epistolando, 35
si no es que el Ariosto me provoca.
Peregrina invención, furioso Orlando,
defiéndete de tantos Rodamontes
que están en el Torcato idolatrando[151]:
que hay hombres que, si no es que por los montes
más ásperos camine la poesía, 40
vestida de remotos horizontes,
no la tendrán en más que yo la mía;
mirad si lo encarezco; mas ¿qué importa,
si vive la verdad donde solía? 45
Pero volviendo a lo que más me exhorta,
que es el discurso de mi humilde vida,
me admira el verla tan ligera y corta.
Pasan las horas de la edad florida,
como suele escribir ringlón de fuego 50
cometa por los aires encendida.
Viene la edad mayor, y viene luego,
tal es su brevedad, y finalmente
pone templanza el varonil sosiego.
Mas cuando un hombre de sí mismo siente 55
que sabe alguna cosa, y que podría
comenzar a escribir más cuerdamente,
ya se acaba la edad, y ya se enfría
la sangre, el gusto, y la salud padece
avisos varios que la muerte envía. 60
De suerte que la edad, cuando florece,
no sabe aquello que adquirió pasando,
y cuando supo más, desaparece.
¡Oh quién pudiera recoger, rasgando
tanto escrito papel, pues cuando un hombre 65
comenzara mejor está acabando!
Pero deste discurso no os asombre
el propuesto rigor, que en fin se adquiere
por lo pasado algún humilde nombre.
Tal vez la edad a la mitad prefiere 70
los dos extremos de la vida humana:
tal, fuerza el escribir, tal, luz requiere.
Sale bañada en plata la mañana,
vestida de aires frescos y de olvido,
habiéndose de ver tan presto cana; 75
deja las pajas del caliente nido
el pajarillo por la hierba y flores,
del horror de la noche detenido;
cubren nuestro cénit los resplandores,
y pénense en quietud al mediodía 80
hasta las sombras que hace el sol menores.
Así la edad, que en su principio ardía,
en el medio se muestra más quïeta,
y a la tarde decrépita se enfría.
¿Cuál es la edad mejor para el poeta? 85
No sé cómo os lo diga: que en España
es varia en opiniones esta seta.
Dicen que en todo siglo, ¡cosa extraña!,
ha de tener Apolo un hombre solo;
rigor que la verdad nos desengaña. 90
Bueno estuviera monseñor Apolo
con sólo un hombre en tiempo de cien años,
y hablando nuestra lengua el otro polo.
Veleyo nos dejó los desengaños,
igualando a Virgilio con Rabirio[152], 95
que Lipso[153] entre sus notas juzga extraños.
Nombra a Ovidio y Tibulo, y por delirio
tiene alabar ingenios mientras viven:
que a mí me cuesta un áspero martirio.
En fin, en una edad muchos escriben; 100
pero si en ésta no ha de haber más de uno,
¡oh cuántos a escucharme se aperciben!
Dijera yo que no llegó ninguno
donde Bartolomé Leonardo[154] llega, aunque se enoje la opinión de alguno: 105
que tener a ninguno se le niega
la que quisiere, pues es suyo el gusto,
y la amistad, como la patria, ciega.
A nadie la verdad causó disgusto.
Divino aragonés, ciñe las sienes 110
no del árbol vitorioso y siempre augusto.
Tú solo el cetro del imperio tienes
en esta edad por natural, por arte,
con que a mezclar lo dulce y útil vienes.
Pero dejando la opinión aparte, 115
que ni quita lugar ni canoniza
de bello a Adonis ni de bravo a Marte,
sabed que un gran señor nos autoriza
en una floridísima academia[155]
que el agua de Aganipe fertiliza. 120
Esto es decir que las virtudes premia
en tiempo que escribir docta poesía
se llama entre los bárbaros blasfemia.
Señalan presidente, eligen día,
dan sujetos[156] a todos, y despierta 125
la emulación, que los ingenios cría.
Y para que sepáis cómo concierta
Apolo este ejercicio, oíd el caso
antes que otra materia me divierta.
En la dorada cumbre del Parnaso, 130
donde el trabajo y la virtud famosa
descubren senda a su difícil paso,
corona un llano de arboleda hermosa
eterna primavera, y todo el suelo
cubre Narciso en flor y Clicie en rosa. 135
De un risco en punta, con tan presto vuelo
se despeña una fuente, que hasta el prado
no se alcanzara a no volverse en hielo.
Cuelgan del olmo y del laurel sagrado
en festones diversos mil escudos 140
de negra banda y de cuartel dorado.
Jamás le inquietan animales rudos;
que, por respeto de las sacras musas,
hasta los arroyuelos pasan mudos.
Allí de la ciudad, de las confusas 145
voces del vulgo, vi un mancebo hermoso
con las tres Gracias, que merece infusas.
Retirado asimismo, y codicioso
de la fama inmortal que dan las letras,
y ceñido del árbol vitorioso, 150
«¡oh tú, dije, mancebo!, que penetras
las nubes del olvido cortesano,
y tan divina luz de Apolo impetras,
»¿ayer no estabas con la diestra mano
el caballo espumoso revolviendo 155
a los ojos del Júpiter hispano,
»y él, a tu acero y voz obedeciendo,
pisando fuego más que en el arena,
al aire las estampas imprimiendo?
»¿No fue primero móvil tu serena 160
vista, cuando tras si llevó los cielos
de la hermosura que la tuya ordena?
»Pues ¿cómo aquí para abrasarla en celos
de nueve damas eres docto Apolo,
tus casas Delfos y tus salas Délos?» 165
Templó la luz el sol de nuestro polo,
el Mecenas de España mantüano,
que mientras la aumentaba le vi solo.
Y vi sentados en el verde llano,
en forma de academia, hombres famosos, 170
desde el Tajo español al Gange indiano.
Los árboles miraban envidiosos
el laurel de sus frentes, y decían,
de verse en tantas honras codiciosos:
«¡Que de una ingrata vuestro honor confían 175
ingenios raros! ¡Que un desdén os goza!»
Y las fuentes llorando respondían.
Traspuso Febo su oriental carroza,
cuando vi juntos a don Juan de España[157]
y al galán don Antonio de Mendoza[158]; 180
aquél, que enmudeció la rima extraña
con la española; y éste, que enternece
a Dafne en lauro y a Siringa en caña.
Al docto lusitano, que ennoblece
las castellanas musas; al divino 185
Silveira[159], en cuya silva Amor florece.
Vi que aumentaba el celestial camino
con todas las grandezas que atesora
del cielo de la luna al cristalino.
Y que Pedro de Vargas[160] la sonora 190
lira templaba, que su nombre hacía
claro a los cercos de la blanca aurora.
Y al famoso Luis Vélez, que tenía
en éxtasis las musas, que a sus labios
iban por dulce néctar y ambrosía. 195
Arias[161] tan digno, entre varones sabios,
de gran lugar, estaba componiendo
paces del alma, y de la vida agravios.
Y vi que estaba una corona haciendo
Barrionuevo[162] ingenioso, de mil flores, 200
y al darla a Apolo, al mismo dios diciendo:
«Ciñan tus nobles sienes sus colores,
pues en cuantos de amor tomaron pluma,
ninguno como tú trató de amores.»
Luego con puro estilo en larga suma 205
pintar la diosa del amor, y el llanto,
que a ser fuego inmortal nació de espuma.
A don Antonio de Mendoza[163] en tanto
que en verdes años, de esperanzas llenos,
promete a España honor, a Italia espanto, 210
y a Bosque[164] vi, que entre los más amenos
cantaba, al son del agua, cómo crecen
con el desdén las esperanzas menos.
Y luego, con la vida que merecen
versos debidos al albano Vida[165], 215
los que por Medinilla resplandecen,
para que se conozca traducida
el arte de escribir con los precetos[166], tan poco usada, aunque tan bien reñida.
Aquí llega también de los discretos 220
señores deste tiempo alguna parte,
y al igual de la causa los efetos.
Pero sus altos nombres dejo aparte,
cansado de escribir en su alabanza,
con pura voluntad, si no con arte. 225
Dicen que no se queje quien no alcanza
premio de sus estudios; pocos tiene
quien el silencio tiene por venganza.
Venció Alejandro a Poro[167] en la perene
fuente de Hidaspe, y Doricleo[168], poeta, 230
no ingrato a los cristales de Hipocrene,
viendo su dicha a no alcanzar sujeta
cosa que pretendiese, al indio Poro
volvió la pluma, a Grecia toda aceta[169].
Pintóle vencedor contra el decoro 235
de la verdad, y al macedón vencido,
cuando le coronaba Dafne en oro.
Supo Alejandro el caso, y conducido
a su presencia el desleal soldado,
la causa le pidió de haber mentido. 240
«Los reyes, dijo al rey el griego airado,
estáis sólo sujetos a la fama,
la fama sola al escritor premiado.
»Y pues la pluma, como alaba, infama,
de aquí a cien años, que no habrá testigos, 245
Poro tendrá tu vitoriosa rama;
»que mejor premiarán los enemigos,
¡oh rey!, estas heridas y estos versos
que la lisonja vil de tus amigos.»
Pero ¿por dónde vine a tan diversos 250
pensamientos, don Juan, y digresiones,
ni sentenciosas ellas, ni ellos tersos?
Las cartas ya sabéis que son centones,
capítulos de cosas diferentes,
donde apenas se engarzan las razones. 255
Las varias opiniones de las gentes
me dieron ocasión para escribiros,
y la pluma siguió los acidentes.
De críticos no tengo qué deciros;
no faltan por acá; dinero falta; 260
éste, que no laurel, cuesta suspiros.
Una inorante reprehensión esmalta
el oro de una joya bien escrita,
y donde más la humilla más la exalta.
Ni el sueño lo que el otro erró me quita,265
ni presunción me ha de engañar tan vana,
que a muchos en su daño solicita.
Dicen que un portugués cada mañana,
oíd si era discreto y cortesano,
si bien no afecto a gente castellana,270
decía, y con razón, que no era en vano:
Gracias os dou, Siñor, por as mercedes
de naon facerme bestia, o castellano.
¡Oh tú, mi corto ingenio!, darlas puedes:
que crítico ni bestia no naciste, 275
con que es razón que satisfecho quedes.
Loores ajenos profesaste, y fuiste
agradecido siempre, con que alcanzas
a vivir retirado, mas no triste.
Caducas están ya mis esperanzas, 280
mas no pude decir que tuve alguna
en tantas ocasiones y mudanzas.
Encerróse conmigo mi fortuna
en un rincón de libros y de flores:
ni me fue favorable ni importuna. 285
En tierna edad canté guerras y amores;
para sin protección disculpa tengo
de no ser más que letras los errores.
Y no penséis que al desengaño vengo,
divino ingenio, vos, tarde y sin gusto; 290
años ha que le tengo y le entretengo.
Las pretensiones no me dan disgusto,
porque conozco mi contraria estrella,
y porque conocer me fue más justo.
Vos sois la imagen más valiente y bella 295
para ejemplo del mundo; a vuestro asilo
en víctima me ofrezco, viendo en ella
mi historia propia por mejor estilo.
LA CIRCE
A DON FRANCISCO DE HERRERA MALDONADO[01]
EPÍSTOLA CUARTA
Las quejas que de mí tendréis por justas,
honor del Tajo y del Parnaso gloria,
y que mi justo amor las llama injustas,
Francisco, a quien respeta mi memoria,
que intenta a vuestro claro entendimiento, 5
si no bronce inmortal, eterna historia;
aunque os pueden mover a sentimiento,
con otro nombre ocupación las llama
mi fe, mi voluntad, mi rendimiento.
De mal correspondiente me dan fama; 10
porque, como el ausencia causa olvido[1], no ha de olvidarse de escribir quien ama.
No ha sido ingratitud, desdicha ha sido;
que nunca a mí me falta alguna pena
entre las pajas de mi pobre nido. 15
Bien es verdad que la fortuna ajena
suele hacer infeliz la propia mía,
que a menores cuidados me condena.
Mas yo quiero pagaros en un día
deuda de un año, que intentarlo agora 20
más tiene de humildad que de osadía.
Así, las dulces musas, al aurora,
de ambrosia os bañen los sonoros labios,
donde Apolo sus joyas atesora,
que perdonéis, Francisco, los agravios 25
de tanta dilación, si ha sido exceso,
con la modestia de los hombres sabios.
Tal vez de eterno estudio el grave peso,
sin las obligaciones del oficio,
cuyo cuidado, como vos, profeso, 30
sin tener otro gusto ni ejercicio,
me conducen al campo, que a la vida
fue siempre saludable beneficio.
Allí la parte superior rendida,
de la contemplación de tanta idea, 35
descansa, por las flores, divertida,
o ya en la fértil copia de Amaltea,
o cuando en la mitad deste horizonte
Febo por alta nieve se pasea.
De suerte que mirar vestido un monte 40
de plata helada, o ver un campo verde,
por donde el pensamiento se remonte,
sin que de tantas penas se le acuerde,
para volver con ánimo a las musas,
parte del tiempo justamente pierde. 45
Y no penséis que califico excusas;
que han menester el ocio, aunque pequeño,
para volver en sí las más infusas.
Dio la Naturaleza al hombre el sueño
para descanso al cuerpo fatigado, 50
que de la nutrición también es dueño;
y como entonces vive sin cuidado
que impidan las virtudes animales,
de que es su entendimiento molestado,
lo que suelen obrar las naturales[2] 55
recibe en el descanso justo aumento,
aunque las obras son tan desiguales.
No menos el humano entendimiento
tiene por sueño el ocio, en que repara
lo que perdió por el estudio atento. 60
Y desto viene a ser máxima clara
enflaquecer los hombres estudiosos,
cuya animal virtud tan poco para.
Así me suelen dar ratos ociosos
algún descanso, pero no sin pena, 65
pues los amigos han de estar quejosos.
Pero advertid de qué manera ordena
el discurso del tiempo que ha pasado
la obligación, de ocupaciones llena.
Marcela[3], de mi amor primer cuidado, 70
se trató de casar, y libremente
una noche me dijo el desposado.
Yo, viendo que era término prudente
examinar mejor su pensamiento,
que hay cosas que gobierna el acidente, 75
hice mis diligencias, siempre atento
a no quitarla el gusto, si tenía
en la verdad del alma fundamento;
mas creciendo sus ansias cada día,
determinéme a dársela a su Esposo, 80
que con tan grande amor la pretendía.
Era galán, discreto, rico, hermoso,
altamente nacido, y con un Padre
que no es menos que todopoderoso.
Yo os juro que por parte de su Madre 85
toca en sangre real, y que es tan buena,
que no hay gloria y virtud que no le cuadre.
Es Madre de tan altas gracias llena,
que las dispensa Dios por ella al mundo;
lirio, rosa, ciprés, palma, azucena. 90
Con esto yo (si bien rigor profundo
apartarla de mí) las escrituras,
tierno, concierto y, concertado, fundo.
Las esposas de Dios, las almas puras,
que aquí llaman Descalzas trinitarias, 95
que andan descalzas, pero van seguras,
advertidas las cosas necesarias,
y adornando su templo mi cuidado
de ricas telas, de riquezas varias,
previenen a la boda el Desposado, 100
supuesto que él estaba prevenido,
si bien las hace siempre disfrazado.
Visten un Niño, que de sol vestido
(no digo bien, que él viste al sol), y luego
se suena en voz alegre que ha venido. 105
Sale Marcela, y perdonad os ruego
si el amor se adelanta; que quien ama,
juzga de las colores como ciego.
No vi en mi vida tan hermosa dama,
tal cara, tal cabello y gallardía: 110
mayor pareció a todos que su fama.
Ayuda a la hermosura la alegría,
al talle el brío, al cuerpo, que estrenaba
los primeros chapines aquel día.
Madrina, de la mano la llevaba 115
la señora marquesa de la Tela[4], que pues no la deshizo, hermosa estaba.
No pudo encareceros a Marcela
hipérbole mayor que su hermosura:
si a la envidia deslumbra, al sol desvela. 120
Aunque iba nuestra novia tan segura,
el marqués de Povar[5] fue con la guarda honrando su modestia y compostura;
pero mejor el Ángel de la Guarda,
que la llevaba a su divino esposo, 125
para quien años deciséis la guarda.
Iba el duque de Sesa[6] generoso,
y otros señores, de quien siempre he sido
honrado, no por bueno, por dichoso.
Cantó las letras tierno y bien oído 130
el canario del cielo, de su canto
dulce traslado, Florian florido,
Ponce y Valdés[7]; que encareceros cuanto
extremaron sus gracias, fuera agora
contar las luces al celeste manto. 135
Sonaba el arpa de Anfión[8] sonora
entre mis versos, dulces por llorados,
que no por ayudados del del aurora.
Estaba de la puerta en los sagrados
umbrales el Esposo, que tenía 140
una Niña en los brazos regalados.
Niño el esposo y niña le traía;
que gusta Dios, para tratar de amores,
de disfrazarse en tanta niñería;
y como si ella le pidiera flores, 145
cubierto dellas el divino Infante,
a desmayos de amor le dio favores.
Aquel descalzo templo militante
estaba con las velas encendidas,
y los velos del tálamo delante. 150
Marcela, las dos rosas encendidas,
y bañada la boca en risa honesta,
miróme a mí para apartar dos vidas;
y el alma, a tanta vocación dispuesta,
con una reverencia dio la espalda 155
a cuanto el mundo llama aplauso y fiesta;
y ofreciéndole al Niño la guirnalda
de casta virgen, abrazo su Esposo,
besándole los ojos de esmeralda.
Cerró la puerta el cielo a mi piadoso 160
pecho, y llevóme el alma que tenía;
de que no fueron mil estoy quejoso.
Bañóme en tierno llanto de alegría,
que mis pocas palabras y turbadas
con sentimiento natural rompía. 165
Volvimos a la iglesia, y despojadas
las galas de la novia, piedras y oro,
las vi en sayales toscos transformadas;
cortados los cabellos, que el decoro
tienen de la hermosura, sin cabellos, 170
testigo de las vírgines el coro,
asió su Esposo la ocasión por ellos,
y se la tuvo un año por tan suya,
que apenas nos quedó reliquia dellos.
Pidióme luego a voces que concluya 175
el casamiento; así con Él se hallaba,
porque el deseo del contento arguya;
y la que yo tan tiernamente amaba,
que, más galán que padre, en oro y seda
su persona bellísima engastaba, 180
como la rosa que marchita queda,
cayó en sí misma al expirar el día,
perdió la pompa la purpúrea rueda.
Sobre unas pajas ásperas dormía,
y, descalza y desnuda, en pobre mesa, 185
el alma por los ojos descubría.
Fundando el fin de tan gloriosa empresa
en darle el velo, y que a su dulce Esposo
besase los sagrados pies, profesa.
Peinaba el vellocino luminoso 190
con rayos de oro el sol, y el prado en flores
bañaba alegre el céfiro amoroso,
cuando, por dar descanso a sus temores,
que aún no pensaba verse en gloria tanta,
pintó la iglesia de oro y de colores. 195
Lo poco que la fábrica levanta
con varios hieroglíficos y versos
a las máquinas altas se adelanta.
Gradas de tela, flores, vasos tersos,
forman altar vistoso relevados, 200
en oro iguales y en labor diversos.
Sustentaban las piras de los lados
los dos mejores primos, el lucero
y el sol, del alba hermosa acompañados.
En medio estaba el cándido Cordero, 205
que disfrazado al desposorio vino,
a quien la novia recibió primero.
El dulce Hortensio[9], Hortensio peregrino,
elocuente Crisóstomo segundo,
Crisólogo español, Tubo divino 210,
predicó tan valiente y tan profundo,
que nunca vi más rico al dulce Esposo,
ni con menos valor pintado el mundo.
Fue el coro de la música famoso,
y celebró con devoción la misa 215
un caballero docto y generoso[10].
En claveles, en gloria, en cielo, en risa
bañado el dulce Esposo, trujo el velo,
de las arras espléndidas divisa.
Allí postrada en el sagrado suelo, 220
sus exequias penúltimas cantaron,
tan triste el mundo cuanto alegre el cielo.
Todas, una por una, la abrazaron,
fuéronse con su Esposo, y a la mesa
con el divino Niño la sentaron. 225
Allí Marcela vive, allí profesa;
lejos del loco mundo y sus engaños,
del cielo sigue la divina empresa.
¡Oh santos, oh floridos desengaños,
pues tan hermosa virgen, tierna y casta, 230
consagra al Dios de amor deciséis años!
Esto, Francisco, de Marcela basta.
Lope[11] se fue a la guerra; que la guerra muchos estudios fértiles contrasta.
Por eso no os le di, que en vuestra tierra 235
sirviéndoos, se criara más seguro
que en ésta, de quien tanto se destierra.
Creciera yedra en tan valiente muro,
y de vuestras virtudes aprendiera
aquel estilo vuestro, honesto y puro; 240
mas, ya que Lope de Belona fiera
quiere seguir el arte, tan distinto
de lo que yo pensé que le tuviera;
ya que del cortesano labirinto
salió a otro cielo, haced, Francisco, cuenta 245
que halló las armas del planeta quinto.
Un Aquiles cristiano representa
el gran Marqués de Santa Cruz[12], que el nombre entre los nueve de la fama intenta.
A su sombra podrá Lope ser hombre, 250
si no es que la fiereza de Minerva
tierno le canse o tímido le asombre.
Mas, como nace, crece y se conserva
la tierna vid al verde tronco asida,
y por los prados fértiles la hierba, 255
la sombra de Bazán le dará vida;
Bazán, terror del Asia, honor de España,
la espada en sangre bárbara teñida;
aquel valor de la marcial campaña,
a quien su padre consagró a la guerra, 260
de sus vitorias la mayor hazaña;
aquél que entre sus límites encierra
con tanto sol las fugitivas lunas,
adonde el tracio Bosforo las cierra;
aquél por quien están temblando algunas 265
a las espaldas del numida Atlante,
menguadas en sus prósperas fortunas;
aquél que, retratado en un diamante,
los pórfidos ocupa de la fama,
con el eterno bronce resonante, 270
¡Oh quién pudiera a su divina llama
(puesto que fuera con humilde suma,
que todo se recibe de quien ama)
llegar las alas, acercar la pluma!
Mas no quiere mi suerte, que me lleva 275
de un orbe en otro, como breve espuma.
Esto en ejemplos fáciles se prueba
de tantas varias fábulas escritas,
que apenas queda al mundo cosa nueva.
Ya tienen las culturas inauditas 280
un castellano Horacio en una puente,
aficionado a voces trogloditas[13].
Dice que quiero yo que se contente
de bajos ornamentos la poesía,
sintiendo lo contrario quien no siente. 285
Yo la lengua defiendo; que en la mía
pretendo que el poeta se levante,
no que escriba poemas de ataujía[14].
Con la sentencia quiero que me espante,
de dulce verso y locución vestida, 290
que no con la tiniebla extravagante.
Finalmente, después de defendida
esta nueva opinión, dice lo mismo,
sin que otra cosa la verdad le pida.
Allí nos acusó de barbarismo 295
gente ciega vulgar, y que profana
lo que llamó Patón[15] culteranismo.
Yo voy con la dotrina castellana,
que fray Ángel Manrique[16] me aconseja, por fácil senda, permitida y llana; 300
y tengo para mí que quien se aleja
de la opinión de ingenio tan divino,
la luz del sol por las tinieblas deja.
Por esta senda a la alta cumbre vino
el Príncipe famoso de Esquilache[17], 305
sin envidiar el griego ni el latino.
No que en diciendo «sombras de azabache»
se han de entender los negros, y las crestas
llamándolas «turbantes de Alarache»[18].
Estancias tiene el Príncipe compuestas, 310
fértiles de arte y de divino ingenio,
a cuantas hizo Italia contrapuestas.
Y ¿qué ejemplo mayor que vuestro genio,
que así mezcláis lo dulce con lo grave,
poeta toledano, que no armenio? 315
Declárese quien sabe y quien no sabe;
no emprenda ser Merlín si no es Virgilio;
¿de qué sirven las jarcias si no hay nave?
A mí me basta sólo vuestro auxilio;
que el honor de un varón tan eminente 320
derriba todo bárbaro concilio.
Dándole en una epístola elocuente
gracias a Cicerón Planeo[19], su amigo, por la defensa de su honor, ausente,
le dijo (y yo por vos lo mismo digo): 325
«obligado he quedado a ser tan bueno,
como he tenido la opinión contigo».
Y pues también la ingratitud condeno
a ser agradecido a tu alabanza,
cuanto de merecerla estoy ajeno; 330
con esto, y la segura confianza
que tendréis de mi amor, por esta enmienda,
que desde enero hasta diciembre alcanza,
os dejo aquí, después de la encomienda
del güertecillo y libros, todo flores; 335
que como ya perdí la mejor prenda,
no hay que esperar que las tendré mayores.
AL DOCTOR MATÍAS DE PORRAS[02], CORREGIDOR Y JUSTICIA MAYOR DE LA PROVINCIA DE CANTA EN EL PIRÚ
EPÍSTOLA QUINTA
Después, señor doctor, que me dejastes,
y sin morir al otro mundo os fuistes,
que gran parte del alma me llevastes,
paso la vida en soledades tristes,
creciendo de mis males el aumento 5
desde los bienes que perder me vistes[20].
Si bien el nuevo oficio me da aliento;
que si por él no fuera, de mis años
cayera por la tierra el fundamento.
¡Oh vanas esperanzas, cuán extraños 10
son los caminos por quien va la vida
pasando días y adquiriendo engaños!
La entrada, que de todos conocida,
comienza los discursos y los pasos,
hasta el estado de la edad florida, 15
ignora siempre los futuros casos,
porque todos sabemos los orientes,
pero ningún nacido los ocasos.
¡Por cuántas variedades de acidentes
pasan los hombres, nunca imaginados, 20
de cuanto imaginamos diferentes!
En los tiempos floridos ya pasados,
que siempre los pasados son floridos,
pasaron al descuido mis cuidados.
Olvido de los pasos que perdidos 25
lleva la juventud en sus antojos,
al vuelo de las aves parecidos;
cuando a la furia de unos libres ojos
se sujetan del alma las potencias,
por quien suelen llorar tantos enojos; 30
entonces; quién tendrá las resistencias
debidas al peligro y a los daños,
que nos muestran después las experiencias?
¿Que sujete el Amor a sus engaños
esta divina luz agente y pura, 35
sin admitir los ojos desengaños?
Y ¿que en el dulce Argel de la hermosura
esta ilustre potencia esté cautiva,
pues siendo más que el sol, es noche oscura;
luz que, por especial prerrogativa, 40
en la frente del alma Dios nos puso,
de aquella dignidad intelectiva;
este luciente rayo en ella infuso,
de la divinidad vestigio claro,
y en tanta claridad viva confuso? 45
Pero diréis, doctor, que no reparo
en que dijo el Filósofo (y ha sido
de nuestro juvenil error amparo)
que es forzoso tener de algún sentido
principio el natural conocimiento, 50
de quien ha de entender lo conocido;
luego podrá, con este fundamento,
si entiende por los ojos la hermosura,
el alma disculpar su entendimiento.
No que inmediatamente su luz pura 55
las especies reciba intelegibles,
porque fuera llamar su luz escura;
pero por las ideas perceptibles
que de la estimativa comprehende;
y que él las recibió de las visibles, 60
paréceme que aquí también se entiende
que no ha salido del error pasado
quien con tantas disculpas le defiende.
Que no pretendo yo que disculpado
quede el error de tantos en mí solo; 65
pero tengo pesar de haber errado.
Hable aquel sabio que de polo a polo
no tuvo igual, y más cuando contemplo
la vanidad en cuanto mira Apolo.
Hable de amor aquel gigante ejemplo, 70
postrado entre los jaspes y colunas
que abrazaron la cúpula del templo.
Ya, en efeto, pasaron las fortunas
de tanto mar de amor, y vi mi estado
tan libre de sus iras importunas, 75
cuando amorosa amaneció a mi lado
la honesta cara de mi dulce esposa,
sin tener de la puerta algún cuidado;
cuando Cadillos, de azucena y rosa
vestido el rostro, el a[l]ma me traía, 80
contando por donaire alguna cosa.
Con este sol y aurora me vestía,
retozaba el muchacho, como en prado
cordero tierno al prólogo del día.
Cualquiera desatino mal formado 85
de aquella media lengua era sentencia,
y el niño a besos de los dos traslado.
Dábale gracias a la eterna ciencia,
alteza de riquezas soberanas,
determinado mal a breve ausencia; 90
y contento de ver tales mañanas,
después de tantas noches tan escuras,
lloré tal vez mis esperanzas vanas;
y teniendo las horas más seguras,
no de la vida, mas de haber llegado 95
a estado de lograr tales venturas,
íbame desde allí con el cuidado
de alguna línea más, donde escribía,
después de haber los libros consultado.
Llamábanme a comer; tal vez decía 100
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.
Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Garlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho. 105
Tal vez que de la mano me llevaba,
me tiraba del alma, y a la mesa,
al lado de su madre, me sentaba.
Allí, doctor, donde el cuidado cesa,
y el ginovés discreto cerrar manda, 110
que aun una carta recebir le pesa,
sin ver en pie por una y otra banda
tanto criado, sin la varia gente
que aquí y allí con los servicios anda;
sin ver el maestresala diligente, 115
y el altar de la gula, cuyas gradas
viste el cristal y la dorada fuente;
sin tantas ceremonias tan cansadas
(si bien confieso el lustre a la grandeza,
y el ser las diferencias respetadas), 120
nos daba honesta y liberal pobreza
el sustento bastante; que con poco
se suele contentar naturaleza.
Pero en aqueste bien (¡ay Dios, cuán loco
debe de ser quien tiene confianza, 125
por quien a justo llanto me provoco,
en bienes tan sujetos a mudanza!)
me quitó de las manos muerte fiera
el descanso, el remedio y la esperanza.
Yo ví para no verla (¡quién pudiera 130
volverla a ver!) mi dulce compañía,
que imaginaba yo que eterna fuera.
Pero excusando la tristeza mía
por un lienzo de Rómulo[21] famoso, veréis el sentimiento de aquel día. 135
Pintóme en hieroglífico un hermoso
prado con aguas, lejos[22], perspectiva de un campo para mí tan lastimoso.
Allí caía de una verde oliva
una paloma blanca ensangrentada, 140
dejando el pequeñuelo pollo arriba;
el padre, por lo alto de la amada
prenda, mirando el caso atroz y fuerte,
y enfrente una pistola disparada:
sobre ella sólo el rostro de la muerte, 145
como la mano del delito autora:
¡qué trágico pintor, qué triste suerte!
Con estos pensamientos a la aurora,
y con estas memorias a la tarde,
que quien siempre padece, siempre llora, 150
aunque por tanta indignidad cobarde,
el ánimo dispuse al sacerdocio,
porque este asilo me defienda y guarde.
La epístola, solícito, negocio;
dalmática evangélica me visto, 155
puestas las musas por gran tiempo en ocio.
De todo cuanto es bien mortal desisto;
humilde adquiero la cruzada estola,
y la suprema dignidad conquisto.
No fuera aquí mi soledad tan sola, 160
como os tuviera a vos; que el tiempo adverso
la fe de los amigos acrisola.
En la parte mayor del universo
estáis sirviendo agora aquel Apolo
que honró las musas con ilustre verso. 165
En fin, estáis, doctor, en otro polo;
que pudo bien el Príncipe[23] llevaros, como era sol, aunque me deja solo;
que tanto le gocéis quiero envidiaros,
pues a sus dos crepúsculos lucero, 170
veis la corona de sus rayos claros.
Pero también saber de vos espero
cómo os halláis en Lima, tierra extraña,
tan lejos ya de vuestro sol primero;
cómo pasáis la soledad de España; 175
España, al fin, que es vuestra patria y mía,
puesto que el mismo sol os acompaña.
Pero, en efeto, cuando cierra el día
su luz a España, a Lima le amanece,
y sucede a la luz la sombra fría. 180
Tal mudanza de cielo se me ofrece
que hacerla debe en todo; mas no importa,
que aquello es dia en que la luz parece.
Esa provincia, aunque en extremo es corta,
es larga de riquezas en que trata, 185
con que la ausencia al sufrimiento exhorta.
De la ciudad que llaman de la Plata
(nunca tan dulce nombre se aniquile)
hasta Pasto se extiende y se dilata.
No son las noches de la negra Tile; 190
igual la mira el sol, y en medio puesto
el mar del Sur de Popayán a Chile.
Los llanos que gozáis es sitio opuesto
a las sierras fragosas y los Andes;
Andes, del indio término compuesto. 195
No hay prados de más verde hierba en Flandes,
con no llover jamás, aunque la sierra
molestan siempre tempestades grandes.
Debe de humedecer el mar la tierra;
en fin, sin ríos, lleva el campo, enjuto, 200
cuanto con lluvias el de España encierra.
La sierra con mil selvas lleva en fruto
por montes asperísimos y opacos
(cual es el principal, tal el tributo)
gran copia de vicuñas y guanacos, 205
cuya caza es mejor que de otras fieras,
con otras aves y animales flacos.
Mas nunca en montes, bosques y riberas
vemos andar quien de los libros trata:
que no son burlas para tantas veras. 210
Mejor será cazar el oro y plata
que le tocó a la línea de Castilla,
y que hoy por Magallanes se dilata;
cosa que a todo el orbe maravilla.
¿Que Alejandro, pontífice romano, 215
que Carlos Quinto halló en la sacra silla,
el mundo dividiese el orbe indiano
con una línea sola imaginaria,
al bravo portugués y al castellano?
El oro, pues es caza necesaria 220
a quien al otro mundo peregrina
por tanto cielo y tanta mar contraria,
críe el valle de Jauja, y la vecina
tierra de Chinea y Andagaila el trigo;
que vos no vais a Lima por harina. 225
La plata en barras prósperas bendigo,
la cosecha del sol en granos de oro,
puesto que no le he sido muy amigo.
Pero desdice mucho del decoro
que se debe al honor, pasar dos mares, 230
y de su inmensa copia de tesoro
volver un hombre pobre a Manzanares,
sino traer el nuevo mundo a cuestas,
y descansar entre los patrios lares.
Pasó a las Indias con las manos puestas 235
por su favor un hombre de Zamora,
para rogar y recibir dispuestas.
Éste por largo tiempo (que en un hora
no se ganó Zamora) adquirir pudo
treinta mil pesos, la codicia autora. 240
Vino a su patria, y no por necio y rudo,
mas para parecer filosofante,
no quiso que ganase un solo escudo,
y dijo: «Si el descanso es importante,
yo me quiero comer este dinero, 245
sin dar, sin emprestar, sin ser tratante.
»No quiero censos, ni mohatras quiero,
pues hijos no me heredan, que me lleven
a ver las Relaciones del Botero[24].
»Mis años, cuando mucho (aunque los ceben 250
Baco en aromas y perdiz pintada),
durar quince años cortésmente deben.
»Treinta mil pesos, plata ya labrada,
justos les caben a dos mil por año,
con que queda la vida rematada.» 255
Hízolo así, gastando sin engaño
cada año dos mil pesos, y al postrero
olvidóse la muerte de su daño.
Pues como vio gastado su dinero
(su vida a la limosna remitida), 260
andaba por las calles muy severo,
diciendo en voz de todos entendida:
«Señores, den por Dios a un hombre honrado,
a quien faltó dinero y sobró vida.»
No tengo yo por hombre el que ha pasado 265
tanta mar turbulenta, tanto cielo,
sin tierra, entre dos tablas enterrado,
y vuelve a España con el mismo pelo,
si por ventura no le muda en canas,
y a ver sin sol el castellano hielo. 270
Tantas las nuevas son cuantas mañanas
amanece en la corte el claro Febo;
mas ya sabéis que todas salen vanas;
que, como priva más lo que es más nuevo,
nos comemos de nuevas cada día: 275
cosa, doctor, que yo ni doy ni llevo.
Soy, como vos, por el contrario día,
antípoda del patío de palacio,
en cuyas losas este humor se cría.
No traigo, como algunos, cartapacio 280
donde escribir y trasladar gacetas;
que no anda mi fortuna tan despacio.
En materia de bárbaros poetas
había que decir notablemente,
y más donde hay tan pocas estafetas. 285
Pero ni aun esto el tiempo me consiente,
perdido el gusto en lo que a todos sobra,
porque hay después que os fuistes brava gente.
Hay ya maestros de cortar la obra,
y otros que juntan, cosen y desviran; 290
autor que paga y recetor que cobra.
Éstos a aquellos envidiosos miran,
y porque los alaben los consortes,
lo que aborrecen en presencia admiran.
Ya conocéis el rumbo destos nortes; 295
como me respondáis, tened por cierto
que tendréis que pagar algunos portes.
Veréis escribir versos a concierto,
saliendo un fiero monstro destas bodas[25], que parece la vida de Roberto[26] 300.
Y que un cierto gramático de Rodas
ha hecho dos tramoyas vergonzantes,
y dice que es el príncipe de todas[27].
Bien puedo hablar así por consonantes,
que no se quejarán formando agravios, 305
pues hablo de los rudos y ignorantes.
Porque si son los únicos y sabios,
ninguno querrá ser de los que digo,
ni moverá contra mi honor los labios.
Yo soy, doctor, vuestro mayor amigo, 310
vuestra virtud y letras me aficionan;
que sola esta verdad puede conmigo.
Parcas son estos hombres, no perdonan,
y en alabando alguno en cortesía,
como si fuese obligación, se entonan. 315
Aquella condición tan necia mía
se cansa ya de verse despreciada.
¡Mal haya condición que cuervos cría!
Si el estilo doméstico os enfada,
en Lima estáis, doctor, y yo en la vuestra; 320
porque también valdrá sobre borrada.
Ni de tanta amistad antigua nuestra
podréis dar a los hombres de ese mundo
más amorosa y evidente muestra.
Besad por mí la mano a aquel fecundo 325
ingenio[28], cuyos partos dan a España gloria y honor, y en cuanto el mar profundo
corona, cerca, ciñe y baña.
FAUSTI SABEALI[03]
CARMEN
Demulsi tigres, firmavi flumina et tequor placavi Eumenides, tergeminumque canem.
Inter serpentes, Ínter jera tartara tutum, me miserum!, thraces desecuere nurus.
Crudeles et plusquam tigres, flumina et cequor, plusquam etiam Eumenides, tergeminusque canis.
SONETO
Los tigres ablandé, paré los ríos,
templé la mar con mi sonoro canto,
Euménides, Cerbero y Radamanto,
seguro entre el rigor de áspides fríos.
¡Mísero yo!, que locos desvaríos 5
de las mujeres tracias, entre tanto,
me dieron muerte, convirtiendo en llanto
los dulces ecos de los versos míos.
Así Fausto lloró del claro Orfeo
la muerte con afrentas desiguales, 10
poeta ilustre, y músico divino;
mas olvidóse de decir Sabeo,
que, como eran mujeres bacanales,
el vino disculpó su desatino.
COELII SEDULII[04]
CARMEN
Sola fuit mulier, patuit qua janua letho: et qua vita redit, sola fuit mulier.
SONETO
¿Qué Scitia fiera, qué Cimeria escura
fue patria de aquel bárbaro que trata
ofensa de mujer con alma ingrata,
más que las almas de los montes dura?
¿Qué Baco le infundió sangre tan pura, 5
que así —fuera de sí— rompe y maltrata
la imagen donde el cielo más retrata
su cristalina luz, y su hermosura?
¡Qué mal la deuda general advierte
mano que en tal flaqueza imprime herida, 10
pues nunca fue blasón de brazo fuerte!
Porque si fue mujer la que atrevida
abrió tan dura puerta a nuestra muerte,
también lo fue la que nos dio la vida.
SONETO
La parte doce de los peces[29] de oro
tocó la luna cándida de plata
en dignidad de Venus[30], que retrata de mi ascendente el natural decoro.
Si tú en el mismo grado, o si en el toro 5
tienes el sol, no me serás ingrata:
indisoluble amor nos prende y ata,
y por aspecto celestial te adoro.
Verdad es que no pueden las estrellas
vencer, bella Leonarda[31], el albedrío, 10
y que el hombre nació para vencellas.
Mas yo de lo que puedo me desvío,
y les permito que me venzan ellas:
así es honesto y dulce el amor mío.
SONETO
Si vas a conocer un gran poeta,
¿qué señas llevas tú, Leonido hermano?
¿Ha de ser alto o ha de ser mediano?
¿Ha de andar a la brida o la jineta?
¿Ha de ser texto o ha de ser receta? 5
¿Ha de hablar bergamasco[32] o castellano?
¿Ha de ser barbinegro o barbicano,
lampiño Alexis o barbón Dameta[33]?
Tú, que tan sabio en todas artes eres,
que sepa este secreto me permite, 10
y algunos te diré, si me le enseñas.
Silvio, si conocer poetas quieres,
a las obras impresas te remite:
que aquéllas son las verdaderas señas.
SONETO
Justissime vivís, si altos reprehendis, quod ipse non facis[34]. Diog., lib. I.
De letras grandes el ajeno escrito,
y el propio error del propio amor borrado,
todo hombre juzga, y el juicio errado
tiene en su idea bárbara prescrito[35].
Es la culpa del hombre el sobrescrito, 5
y así juzga el culpado del culpado,
que, de sus propias culpas olvidado,
es juez severo de cualquier delito.
Vive, Licinio, tú, vida tan buena,
que de toda virtud parezcas templo, 10
riñe ejemplar y cándido[36] condena.
No como agora indigno te contemplo:
que el hombre ha de culpar la vida ajena,
no con su entendimiento, con su ejemplo.
SONETO
Habla Tebandro, y saca de la frente
una disparatada librería;
y si escribe, parece algarabía,
gramática de niño balbuciente.
La memoria es tesoro, y excelente, 5
pero es, si no hay doctrina, hipocresía;
parece ciencia, y es bachillería;
que no hay ciencia en el mundo de repente.
El jüicio vulgar le da la gloria
del inmenso parlar, confuso y vario: 10
que sin doctrina es bárbara la historia.
Y yo siento, Damón, por lo contrario,
que es pregonero vil de su memoria,
y de su entendimiento secretario.
SONETO
Pravus est amator ille vulgaris, qui Corpus magis quam animum amat[37]. Plat., De amore.
Pasaba el claro Eveno a Deyanira
Neso, centauro; Alcides, sin sospecha,
en la contraria margen, por la estrecha
senda del agua, la contempla y mira.
Mas viendo que la fuerza, ardiendo en ira, 5
del arco venenoso se aprovecha,
toma el centauro la sangrienta flecha,
y en estas voces últimas expira[38].
No fuera tan cruel mi airada suerte
si amara tu hermosura con modestia, 10
y del ser racional me aprovechara.
Ser hombre y bestia me causó la muerte,
que no te codiciara como bestia,
si con la parte superior te amara.
SONETO
Immortalis est inuria, tunc vivit, cum mortuam esse credis[39]. Plaut. in Persa.
Albano, a nadie ofendas en tu vida,
y si ofendieres, teme iguales daños;
no te fíes del curso de los años,
mira que el ofendido nunca olvida.
Escribe en agua el ofensor la herida, 5
que no le dan ejemplos desengaños,
y el que la recibió, fingiendo engaños,
la tiene en duro mármol esculpida.
Imagínale siempre con la mano
sobre tu corazón, que en las supremas 10
deidades no está Némesis en vano;
presume siempre fuego y que te quemas;
si calla, teme y guarda el pecho, Albano;
pero si te amenaza, no le temas.
SONETO
Tyrannis forma brevis[40]. Socrat.
Silvio, ¿para qué miras las rüinas
deste edificio, fáciles vitorias
del tiempo en largos años, cuyas glorias
con lágrimas parece que imaginas?
Estas colunas, ya del sol vecinas, 5
hojas son que rompió de sus historias,
ejemplo a las humanas vanaglorias,
que respetaron mal fuerzas divinas.
No mires piedras donde vive y dura
reliquia alguna deste excelso templo; 10
mira, Silvio, de Filis la hermosura.
Que si te acuerdas, como yo contemplo,
que fue dorado sol y es noche escura,
¿en quién podrás hallar tan breve ejemplo?
SONETO
Amor geminus. Ex Marsilio Ficino, In conviv. Plat.
Como de aquella imagen que recibe
del cuerpo engendra Amor la fantasía,
que los sentidos de la luz desvía
a su apetito irracional proclive;
así de las especies que percibe 5
de la razón, el puro Amor se cría:
aquél la voluntad sin ojos guía,
y éste en el cielo contemplando vive.
De aquesta celestial naturaleza
es, Francisco[41], mi amor, amor sagrado, 10
que el otro amor ya fuera en mí bajeza.
Esto le debo al tiempo, que me ha dado
conocimiento de inmortal belleza
por lo que de la vida me ha quitado.
SONETO
Tú, que epitafios a los vivos haces,
y en tu imaginación muertos los tienes;
¿qué exequias para ti, qué honras previenes?
Pero si no las tienes, no las traces.
Todos yacen por ti. Tú, ¿por quién yaces? 5
¿Qué funesto ciprés das a tus sienes?
¿Qué mal dirás de ti? Porque los bienes
vendrán aun a ti mismo pertinaces.
No es bien que vivos como muertos trates,
y aun muertos con libelos descubiertos: 10
no es tanta tu virtud que lo presuma.
Pues que no los heredas, no los mates:
que abrir las sepulturas a los muertos
más es del azadón que de la pluma.
SONETO
Beatus qui invenit arnicum verum[42]. Eccl., cap. 35.
Yo dije siempre, y lo diré, y lo digo,
que es la amistad el bien mayor humano;
mas ¿qué español, qué griego, qué romano
nos ha de dar este perfeto amigo?
Alabo, reverencio, amo, bendigo 5
aquél a quien el cielo soberano
dio un amigo perfeto, y no es en vano;
que fue, confieso, liberal conmigo.
Tener un grande amigo y obligalle
es el último bien, y, por querelle, 10
el alma, el bien y el mal comunicalle;
mas yo quiero vivir sin conocelle;
que no quiero la gloria de ganalle
por no tener el miedo de perdelle.
SONETO
Cuéntame, Lidia, que la reina Helena
nació de un güevo, y que el rocín troyano
parió mil hombres, y con fiera mano
vengado a Pirro y muerta a Policena.
Cuéntame, Lidia, el caso de Porsena, 5
pues conociste a Scévola romano;
cuéntame las desdichas de Seyano,
pues tú le viste en la sangrienta arena.
O si esto es mucho, porque no te alteres,
cuéntame la traición que a Valdovinos 10
hicieron de Carloto los engaños;
y no me cuentes que casarte quieres:
que no es justo que diga desatinos
mujer de tanto ingenio y tantos años.
JOHANNIS SECUNDI[05]
Ausus fórmica nanus conscendere tergum, credebat domito sese elephante vehi.
At vero ut cursu fertur nimis illa superbo, infelix media praecipitatur humo.
Calcatusque miser. Quid rides, invide, casum, dixit, communem cum Phaetnte mihi? Epig. lib. unus.
SONETO
Subió, atrevido, miserable enano
en una hormiga, de su cuerpo Atlante,
gloriosa de llevar su semejante:
tal puede en proporción el arte humano.
Sin espuela en el pie, rienda en la mano, 5
caminaba tan bravo y arrogante,
como pudiera el César más triunfante
en el aplauso del laurel romano.
Corrió la hormiga y dio con él en tierra,
y entonces dijo: «Envidia, ¿qué te ríes? 10
De una suerte caímos yo y Faetonte».
Lidio, camina en paz, no me des guerra,
que es grande diferencia, aunque porfíes,
caer de hormiga y de celeste monte.
SONETO
Honorata altos, se ipsum honorat[43]. Chrysost. Hom. 25, super Epist. ad Heb.
Yo he visto en tierra y mar casos extraños,
en mal y en bien materias prodigiosas
a eternos versos, a historiales prosas,
Celio, por el discurso de mis años;
guerras, paces, amor, envidia, engaños, 5
letras premiadas, armas vitoriosas,
imperios nuevos, muertes poderosas,
de toda humana gloria desengaños.
Y no he visto jamás, aunque he notado
lo que el orbe más bárbaro contiene: 10
que deje de dar honra el que es honrado;
que sí de la que da también le viene,
¿cómo la puede dar el deshonrado?
Que nadie puede dar lo que no tiene.
SONETO
Vive en las flores del rosado Oriente
un ave sola al mundo, a quien decoro
guarda hasta el mismo sol, el pico de oro,
los ojos de un safiro trasparente;
con punta de rubí, ciñe su frente 5
de azules plumas un turbante moro,
sin nácar, plata, y púrpura no hay poro
que no produzga pluma diferente.
Salve, fénix hermosa, a quien consagro
cuantas mirras Sabá, y inciensos, corta, 10
y en cuanto el Ganges y Eufrates pasean.
Este honor de su patria, este milagro,
Licinio, no eres tú, pues ¿qué te importa,
si no lo puedes ser, que otros lo sean?
FAUST. SAB.[06]
Ut cantu, est visu tua sic miserabilis, Orpheu, quasit a Euridice, perdita est Euridice.
SONETO
Pasó las negras aguas del Leteo,
pidiendo al reino del eterno llanto
su ya difunta esposa, en dulce canto,
el siempre amante en vida y muerte Orfeo.
Ganó el Amor allí tan gran trofeo, 5
que le volvió a Euridice Radamanto,
mas no pudiendo estar sin verla tanto,
quedóse con la sombra su deseo.
Deja, Lisena, el arte con que mides
el reino de Plutón, de engaños lleno: 10
Amor no es fuerza, voluntad se nombra.
Que si a tan bajos dioses favor pides,
cuando pienses que tienes a Fileno,
podrás apenas abrazar la sombra.
SONETO
Vecinitas mala instar infortunii est.
Concediendo el gran Júpiter las fiestas
en que había convites celestiales,
por algunos servicios personales,
a cualquier animal cosas honestas,
le pidió el caracol, las manos puestas 5
—que así lo escriben fábulas morales—,
le concediese por servicios tales
que pudiese llevar su casa a cuestas.
Rióse el buey, y díjole: «¿A qué efeto,
bestia infeliz, con general asombro 10
pides tan gran trabajo y desatino?»
Y respondióle el caracol discreto:
«Buey, yo me entiendo, que, mi casa al hombro,
mejor me mudaré de un mal vecino».
A LA INGRATITUD
SONETO
Vides y arpadas nuezas[44] a labores
un verde templo estaban componiendo,
cuando en ellas, medroso ciervo, huyendo,
se libró de valientes cazadores.
Luego que los lebreles voladores 5
pasaron la campaña discurriendo,
como inútiles ya, quedó rompiendo
pámpanos, lazos, hojas, fruto y flores.
Como se descubrió, viola[45] un montero,
y tirando una flecha venenosa, 10
cayó diciendo: «Justamente muero;
»pues ingrata rompí la selva hermosa
que la vida me dio, que ya no espero:
así es la ingratitud al cielo odiosa.»
A VICENCIO GARDUCHO, PINTOR ILUSTRE[46]
SONETO
Si Atenas tus pinceles conociera,
¡qué poca gloria diera a Apolodoro[47], ni en parió mármol ilustrara el oro
el nombre a Zeuxis, que a tus obras diera!
Parrasio en la palestra se rindiera, 5
como en el grave estilo Metrodoro;
ni pluma se atreviera a tu decoro;
sólo pintarte tu pincel pudiera.
Bien pueden tus colores alabarse,
y el arte de tu ingenio peregrino, 10
cuanto puede imitar docta cultura.
Que si el cielo quisiera retratarse,
sólo fiara a tu pincel divino
la inmensa perfección de su hermosura.
SONETO
Iniicietque manus formae damnosa senectud[48]. Ovid., lib. 3 de Trist.
Flora, aunque viva, para el mundo muerta,
Leonardo, yace en sí, sepulcro duro
de güesos, que el azogue mal seguro
tiene por alma para vida incierta.
La boca, un tiempo manutisa abierta, 5
reliquias viles, derribado el muro
que la lengua cercó de marfil puro,
de toda vecindad está desierta
Aunque ha vengado a tantos, ¿quién dijera
que aquella primavera se acabara, 10
y que tal sequedad le sucediera?
¡Oh frágil hermosura!, ¿quién pensara
que el tiempo con el trato se atreviera
a ponerte las manos en la cara?
SONETO
Tuvo Platón por firme fundamento
que toda inteligible especie estaba,
desde el punto que el alma se formaba,
asida a nuestro humano entendimiento;
y que las ciencias que estudiaba atento, 5
era que el alma entonces se acordaba
por la especie existente, que causaba
de lo que ya pasó conocimiento.
Reprobóle Aristóteles, diciendo
que era tabla desnuda susceptiva, 10
hasta saber las ciencias, torpe y rudo.
Yo, por tu ejemplo, la verdad entiendo,
Mario, pues es tu forma intelectiva
de toda ciencia espíritu desnudo.
SONETO
Fabio, yo creo que eres más valiente
que pinta Homero al griego Telamonio,
más dichoso en amor que Marco Antonio,
y que el astuto Ulises, elocuente.
Demóstenes no fue tan eminente, 5
como nos dan tus prosas testimonio;
ni fue tan liberal el Macedonio,
ni el severo Catón fue tan prudente.
Yo creo que no hay cosa tan perfeta,
tan linda, tan suprema, tan altiva, 10
tan docta, tan sutil, tan elegante;
pero no he de creer que eres poeta
aunque digas «ostenta», «brilla», y «liba»[49], con lo demás durillo relevante.
SONETO
De la abrasada eclíptica que ignora,
intrépido, corrió las líneas de oro
mozo infeliz, a quien el verde coro[50]
vio sol, rayo temió, difunto llora.
Centellas, perlas no, vertió el aurora, 5
llamas el Pez austral, bombas el Toro,
Etnas la nieve del Atlante moro,
la mar incendios, y cenizas Flora.
Así me levanté, y a la presencia
llegué de un sol; así también me asombra, 10
cayendo en noche eterna de su ausencia.
Así a los dos el Po Faetones nombra,
pero muertos con esta diferencia:
que él quiso ser el sol, y yo la sombra.
ACT. SINC. SANAZARII[07]
CARMEN
Immemor ac miseree cur ensem linquis Elisa, Aeneaf Prófugas non gravet illa rates.
Anne parum fuerat causam daré mortis acerba, ni ferrum fugiens tu quoque triste daresf Tolle precor, gélidas tecum hoc jam tolle per undas: discessu, sat est, si perit illa tuo.
SONETO
¿Para qué dejas olvidado, Eneas,
la espada a Elisa[51], fugitivo amante?
Carga tu nave prófuga y errante
su peso más que tus hazañas feas.
¿No basta dar la causa que deseas 5
sin dar la espada? Llévala delante
por las frígidas ondas, que bastante
será tu ausencia a que morir la veas.
¡Oh más dura y cruel!, si en tus enojos
imitas su crueldad para olvidarme, 10
no me dejes memorias por despojos.
¿Qué más espada quieres que dejarme?
Vuelve la luz a tus hermosos ojos,
que basta su rigor para matarme.
HABIENDO MUERTO SU MAJESTAD UN JABALÍ EN EL PARDO
SONETO
Opuesto al español, como al tebano[52],
el animal que a Venus tanto ofende[53], las medias lunas, que del sol defiende[54], de espumoso furor argenta en vano.
El rayo artificial, la tierna mano, 5
con privación de un sol[55], al aire extiende, divide instantes, átomos enciende,
por senda estrecha, tronador Vulcano.
Cayó el terror del Pardo; el horizonte
todo tembló; y, entre el humor adusto, 10
Adonis dio sus flores más perfetas[56].
Vengóse Venus. No te admires, monte,
que menos rayo de Filipe augusto,
estrellas fijas, encendió cometas[57].
A LA MÁSCARA EN QUE SALIO SU MAJESTAD
SONETO
De azules rayos coronó la frente
Febo, a los ojos de su misma aurora,
fénix deidad que tantas plumas dora
cuantos orbes bañó su sacro oriente.
Sintió su viva luz el polo ausente, 5
que la mitad de su corona ignora;
temió la noche, que la luna adora,
y retiró su sombra al ocidente.
Envidiosa de si la Envidia estaba
viendo correr al sol, dando colores, 10
al aire, que seguirle deseaba.
Levantóse a sus claros resplandores
todo el jardín de Amor que le miraba:
que cuando sale el sol, crecen las flores.
EN LA ENTRADA DEL SERENÍSIMO PRÍNCIPE DE GALES[08]
SONETO
Arco divino, que, en color, celosa
Iris del cielo de la gran Bretaña,
después de tanta tempestad, España
te mira en breve esfera luminosa;
hijo del gran Neptuno y de la hermosa 5
reina del mar en su cerviz montaña,
donde la selva Calidonía[58] baña eterna de cristal corona undosa,
tú que en cielo portátil partes solo
luz con el sol, en paz, amor y celo 10
triforme resplandece en nuestro polo;
dilata esmaltes al celeste velo,
que en darte su lugar promete Apolo
que nuestra luna ilustrará tu cielo.
A UN CADAHALSO[09]
SONETO
Estos que presumió mármoles parios
la esperanza mortal, siempre fingida,
mudos testigos son de una caída,
a quien ceden valor cónsules Marios.
Aquí sujeto ya de dos contrarios, 5
glorioso fin calificó la vida;
nació la fama de una breve herida,
materia al mundo de discursos varios.
Corrióse la Fortuna de haber sido
causa del nombre que muriendo alcanza 10
quien ella pretendió cubrir de olvido;
y el ejemplo mayor de su mudanza
con tan alta virtud quedó vencido:
que respetó su muerte la venganza.
SONETO
Semper enim praeclari et sapientis hominis esse judicavi, stultorum et improvissimorum calumnias magno animo posse parvi faceré. Natal, Com, de Momo.
No te fatigues, Celio, porque veas
la soberbia mordaz del ignorante,
—que nunca en vidro se rompió diamante—,
si la defensa de tu honor deseas.
Al limpio, al noble, al docto es bien que creas, 5
que si todo ha de amar su semejante,
¿cómo ha de amar un bárbaro arrogante
de tu ingenio las cándidas ideas?
Cuando la envidia a la virtud contrasta,
deja correr el siglo, y no te asombres; 10
defiéndase, pues es tan limpia y casta.
Retírate contento destos nombres,
que para despreciar el mundo, basta
ser los hombres juzgados de los hombres.
SONETO
Claudio, si no inventé las bigoteras
ni he traducido libros de toscano;
si respeté; severo, al tiempo cano,
sin envidiar ajenas primaveras;
si arbitrios, si fantásticas quimeras 5
no me han tenido pervertida y vano;
si hablé, como mis padres, castellano,
sin dar mohatras[59] ni labrar esteras;
si siempre alabo a cuantos son versistas,
y no quiero que a mí nadie me alabe, 10
y confieso que todos me prefieren,
¿qué murmuran de mi los censuristas?
Si sé, ¿por qué no estiman al que sabe?
Y si soy ignorante, ¿qué me quieren?
SONETO
¡Oh qué envidia me da, Fernando, el hombre
que se tiene por sabio, y que no sabe,
pues no le falta un necio que le alabe,
si tiene algún discreto que le asombre!
El que cree que es rico y gentilhombre 5
ya vive vida próspera y süave;
buena es la discreción, pero es muy grave,
y mata por las leyes de su nombre.
Mejor es no saber, siendo arrogante,
si el hombre, porque es sabio, desconfía, 10
y vive vida al necio semejante.
No digas tal, Leónido, porque el día
que afrenta su ignorancia al inorante,
bien sabe conocer que no sabía.
A JUAN DE VANDER HAMEN VALDERRAMA,
PINTOR INSIGNE[010]
SONETO
Al Olimpo de Júpiter divino,
donde rayos de sol forman doseles,
a quejarse de vos —oh nuevo Apeles—,
con triste voz, Naturaleza vino.
Dijo que vuestro ingenio peregrino
le hurtó, para hacer frutas, sus pinceles;
que no pintáis, sino criáis, claveles,
como ella en tierra, vos en blanco lino.
Júpiter, las querellas escuchadas,
hizo traer un lienzo, y viendo iguales con las que ella crió las retratadas,
mandó que vos pintéis las naturales,
y ella pueda sacar de las pintadas,
quedándose en el cielo, originales.
RIMAS DE TOMÉ DE BURGUILLOS
DESCONFIANZA DE SUS VERSOS
Los que en sonoro verso y dulce rima
hacéis conceto de escuchar poeta
versificante en forma de estafeta,
que a toda dirección número imprima,
oíd de un caos la materia prima, 5
no culta como cifras de receta,
que en lengua pura, fácil, limpia y neta,
yo invento, Amor escribe, el tiempo lima.
Estas, en fin, reliquias de la llama
dulce que me abrasó, si de provecho 10
no fueren a la venta, ni a la fama,
sea mi dicha tal, que, a su despecho,
me traiga en el cartón quien me desama:
que basta por laurel su hermoso pecho.
PROPONE LO QUE HA DE CANTAR EN FE DE LOS MÉRITOS DEL SUJETO
Celebró de Amarilis la hermosura
Virgilio en su bucólica divina,
Propercio de su Cintia, y de Corina
Ovidio en oro, en rosa, en nieve pura;
Catulo de su Lesbia la escultura 5
a la inmortalidad pórfido inclina;
Petrarca por el mundo, peregrina,
constituyó de Laura la figura;
yo, pues Amor me manda que presuma
de la humilde prisión de tus cabellos, 10
poeta montañés, con ruda pluma,
Juana, celebraré tus ojos bellos:
que vale más de tu jabón la espuma,
que todas ellas, y que todos ellos.
DEDICATORIA DE LA LIRA CON QUE PIENSA CELEBRAR SU BELLEZA
A ti la lira, a ti de Delfo y Delo,
Juana, la voz, los versos y la fama;
que mientras más tu hielo me desama,
más arde Amor en su inmortal desvelo.
Crióme ardiente salamandra el cielo, 5
como sirena a ti, menos la escama;
para ser mariposa no eres llama:
fuerza será mariposar en hielo.
Mi amor es fuego elementar segundo;
de Scitia tu desdén los hielos bebe: 10
tal imposible a mi esperanza fundo.
Pues a decir que fuéramos se atreve
(cuando no los hubiera en todo el mundo)
yo Amor, Juana desdén, su pecho nieve.
DISCULPA LA HUMILDAD DEL ESTILO CON LA DIVERSIÓN DE ALGUNA PENA
Versos de almíbar y de miel rosada
Amor me pide siempre que me topa;
y dame acíbar en la dulce copa
de un partido clavel, gloria penada.
Yo cantaré con lira destemplada, 5
¡oh sirena bellísima de Europa!,
tu enfaldo[1] ilustre, tu jabón, tu ropa, del patrio río en su cristal bañada.
Quien no me entiende como yo me entiendo
sepa, dejando lo Aristarco[2] aparte, 10
que del profano vulgo me defiendo.
Bien fuera justo del flamenco Marte[3]
cantar las iras, pero yo pretendo
templar tristezas despreciando el arte.
CUENTA EL POETA LA ESTIMACIÓN QUE SE HACE EN ESTE TIEMPO DE LÓS LAURELES POÉTICOS
Llevóme Febo a su Parnaso un día,
y vi por el cristal de unos canceles
a Homero y a Virgilio con doseles,
leyendo filosófica poesía.
Vi luego la importuna infantería 5
de poetas fantásticos noveles,
pidiendo por principios más laureles
que anima Dafnes y que Apolo cría.
Pedíle yo también por estudiante,
y díjome un bedel: «Burguillos, quedo: 10
que no sois digno de laurel triunfante».
Por qué?», le dije; y respondió sin miedo:
«Porque los lleva todos un tratante
para hacer escabeches en Laredo».
PÉSALE DE SER POETA Y SE LE DEBE CREER. HABLA CON EL PARNASO
Excelso monte, cuya verde cumbre
pisó difícil poca planta humana,
aunque fuera mejor que fuera llana
para subir con menos pesadumbre.
Tú que del sol a la celeste lumbre 5
derrites loco la guedeja cana,
y por la hierba de color de rana
deslizas tu risueña mansedumbre,
a tu fuente conducen mi persona,
poeta en pelo mientras tengo silla, 10
vanos deseos de inmortal corona.
Que para don Quijote de Castilla,
desdichas me trajeron a Helicona,
pudiéndome quedar en la Membrilla.
NO SE ATREVE A PINTAR SU DAMA MUY HERMOSA POR NO MENTIR QUE ES MUCHO PARA POETA
Bien puedo yo pintar una hermosura,
y de otras cinco retratar a Elena,
pues a Filis también, siendo morena,
ángel, Lope llamó, de nieve pura.
Bien puedo yo fingir una escultura, 5
que disculpe mi amor, y en dulce vena
convertir a Filene en Filomena,
brillando claros en la sombra escura.
Mas puede ser que algún letor extrañe
estas musas de Amor hiperboleas, 10
y viéndola después se desengañe.
Pues si ha de hallar algunas partes feas,
Juana, no quiera Dios, que a nadie engañe:
basta que para mí tan linda seas.
ALUDE A LA SAETA DE FILIPO, PADRE DEALEJANDRO, QUE LE SACÓ DE LOS OJOS CRISTOBOLO, EXCELENTE MÉDICO
Púsose Amor en la nariz el dedo,
jurando, por la vida de Accidalia[4], castigar mi rigor, aunque a Tesalia,
fuese por hierbas para algún enredo.
Y Juana, por la puente de Toledo, 5
más en holanda que en tabí[5] de Italia, pasó con cuatro puntos de sandalia[6]: ¡máteme Amor si medio punto excedo!
Del pie a mis ojos, de su pie despojos,
tal flecha de oro entonces enherbola[7], 10
como la que a Filipo daba enojos.
Pero halló el macedón farmacopola[8],
yo no; que, con la flecha por los ojos,
remedio espero de la muerte sola.
DICE EL MES EN QUE SE ENAMORÓ
Érase el mes de más hermosos días,
y por quien más los campos entretienen,
señora, cuando os vi, para que penen
tantas necias de Amor filaterías[9].
Imposibles esperan[10] mis porfías, 5
que como los favores se detienen,
vos triunfaréis cruel, pues a ser vienen
las glorias vuestras, y las penas mías.
No salió malo este versillo octavo,
ninguna de las musas se alborote 10
si antes del fin el sonetazo alabo.
Ya saco la sentencia del cogote;
pero si, como pienso, no le acabo,
echaréle después un estrambote.
DESCRIBE UN MONTE SIN QUÉ NI PARA QUÉ
Caen de un monte a un valle, entre pizarras
guarnecidas de frágiles helechos,
a su margen carámbanos deshechos,
que cercan olmos y silvestres parras.
Nadan en su cristal ninfas bizarras, 5
compitiendo con él cándidos pechos,
dulces naves dé Amor, en más estrechos
que las que salen de españolas barras.
Tiene este monte por vasallo a un prado
que para tantas flores le importuna: 10
sangre[11] las venas de su pecho helado.
Y en este monte y líquida laguna,
para decir verdad como hombre honrado,
jamás me sucedió cosa ninguna.
TÚRBASE EL POETA DE VERSE FAVORECIDO
Dormido, Manzanares discurría
en blanda cama de menuda arena,
coronado de juncia y de verbena,
que entre las verdes alamedas cría,
cuando la bella pastorcilla mía, 5
tan sirena de Amor, como serena,
sentada y sola en la ribera amena,
tanto cuanto lavaba, nieve hacía.
Pedíle yo que el cuello me lavase,
y ella sacando el rostro del cabello, 10
me dijo que uno de otro me quitase.
Pero turbado de su rostro bello,
al pedirme que el cuello le arrojase,
así del alma, por asir del cuello.
SATISFACIONES DE CELOS
Si entré, si vi, si hablé, señora mía,
ni tuve pensamiento de mudarme,
máteme un necio a puro visitarme,
y escuche malos versos todo un día.
Cuando de hacerlos tenga fantasía, 5
dispuesto el genio, para no faltarme
cerca de donde suelo retirarme,
un menestril se enseñe a chirimía.
Cerquen los ojos, que os están mirando,
legiones de poéticos mochuelos, 10
de aquellos que murmuran imitando.
¡Oh si os mudasen de rigor los cielos!
Porque no puede ser (o fue burlando)
que quien no tiene amor pidiese celos.
LO QUE HICIERA PARIS SI VIERA A JUANA
Como si fuera cándida escultura
en lustroso marfil de Bonarrota,
a París pide Venus en pelota
la debida manzana a su hermosura.
En perspectiva, Palas su figura 5
muestra, por más honesta, más remota;
Juno sus altos méritos acota
en parte de la selva más escura;
pero el pastor a Venus la manzana
de oro le rinde, más galán que 10
honesto, aunque saliera su esperanza vana.
Pues cuarta diosa, en el discorde puesto,
no sólo a ti te diera, hermosa Juana,
una manzana, pero todo un cesto.
A LA IRA CON QUE UNA NOCHE LE CERRÓ LA PUERTA
¿Qué estrella saturnal, tirana hermosa,
se opuso, en vez de Venus, a la luna,
que me respondes grave y importuna,
siendo con todos fácil y amorosa?
Cerrásteme la puerta rigurosa, 5
donde me viste sin piedad alguna,
hasta que a Febo en su dorada cuna
llamó la aurora en la primera rosa.
¿Qué fuerza imaginó tu desatino,
aunque fueras de vidro de Venecia, 10
tan fácil, delicado y cristalino?
O me tienes por loco o eres necia:
que ni soberbio soy para Tarquino,
ni tú romana para ser Lucrecia.
A UN PEINE, QUE NO SABÍA EL POETA SI ERA DE BOJ U DE MARFIL
Sulca del mar de Amor las rubias ondas,
barco de Barcelona y por los bellos
lazos navega altivo, aunque por ellos,
tal vez te muestres y tal vez te escondas.
Ya no flechas, Amor, doradas ondas 5
teje de sus espléndidos cabellos;
tú con los dientes no le quites dellos,
para que a tanta dicha correspondas.
Desenvuelve los rizos con decoro,
los paralelos de mi sol desata, 10
boj o colmillo de elefante moro,
y en tanto que, esparcidos, los dilata,
forma por la madeja sendas de oro,
antes que el tiempo les convierta en plata.
QUÉJASE DEL POCO RESPETO QUE JUANA TIENE A SUS LETRAS, EN QUE SE VE LA NECEDAD DE LOS QUE AMAN
Aquí de Amor, que mata la dureza
de Juana, sin respeto de su grado,
el más impertinente licenciado
que en sus leyes formó naturaleza.
Lo de menos valor es la corteza 5
en cuantas cosas vemos que ha criado,
y a ti, al contrario, el corazón te ha dado
de dura piedra en exterior belleza.
Pues no pueden mis quejas ablandarte,
bien merecieras, Juana rigurosa, 10
suceder en el mármol de Ánaxarte.
Pero ¿en qué piedra, para ser mi losa,
pudiera el dulce Ovidio transformarte[12], si ya eres jaspe de azucena y rosa?
PREGÓNASE EL POETA PORQUE NO SE HALLA EN SÍ MISMO
Quien supiere, señores, de un pasante
que de Juana a esta parte anda perdido,
duro de cama y roto de vestido,
que en lo demás es blando como un guante;
de cejas mal poblado, y de elefante 5
de teta la nariz, de ojos dormido,
despejado de boca y mal ceñido,
Nerón de sí, de su fortuna Atlante;
el que[13] del dicho Bártulo supiere
por las señas extrínsecas que digo, 10
vuélvale al dueño, y el hallazgo espere;
mas; que sirven las señas que prosigo,
si no le quiere el dueño, ni él se quiere?
Tan bien está con él, tan mal consigo.
PROMETIERON FAVORECERLE PARA CUANDO TUVIESE SESO
Señora mía, vos habéis querido
a cautela de amor entretenerme,
de suerte que ya estoy para perderme
al mayor imposible reducido.
Para el tiempo que cobre mi sentido, 5
piadosa, prometéis favorecerme;
si fuistes vos quien pudo enloquecerme,
¿dónde hallaré lo que he por vos perdido?
Vos sois la culpa, vos la causadora
deste deliquio y amoroso exceso:10
tanto vuestra hermosura me enamora.
Pero si está mi seso y mi suceso
en el que me quitáis, dulce señora,
dejad de ser hermosa y tendré seso.
DICE CÓMO SE ENGENDRA AMOR, HABLANDO COMO FILÓSOFO
Espíritus sanguíneos vaporosos
suben del corazón a la cabeza,
y, saliendo a los ojos, su pureza
pasan a los que miran, amorosos.
El corazón, opuesto, los fogosos 5
rayos sintiendo en la sutil belleza,
como de ajena son naturaleza,
inquiétase en ardores congojosos.
Esos puros espíritus que envía
tu corazón al mío, por extraños10
me inquietan, como cosa que no es mía.
Mira, Juana, qué amor; mira qué engaños
pues hablo en natural filosofía
a quien me escucha jabonando paños.
ENVIDIA A UN SASTRE QUE TOMABA LA MEDIDA DE UN VESTIDO A UNA DAMA
Más eres sol que sastre (¡extraño caso!),
Jaime, pues sólo el sol dicen que ha sido
quien a la aurora le cortó vestido
con randas de oro, en turquesado[14] raso.
Tú le mides el pecho, aunque de paso, 5
y yo en mis versos mis desdichas mido,
cortando galas en papel perdido,
a manera de sastre del Parnaso.
Este soneto, Jaime, cosa es clara,
que si dijese aquí lastre o arrastre10
el consonante dice en lo que para.
Mas si envidiar un sastre no es desastre,
cuando te acerques a su hermosa cara,
se tú el poeta y déjame ser sastre.
POR LAS SEÑAS DESTE SONETO, CONSTA QUE SE HIZO POR NAVIDAD
5
Juana, para sufrir tu armado brío
ya no hay defensa en Bártulo ni en Baldo;
Juana ¿qué olla te vertí, qué caldo,
que tratas como a perro el amor mío?
Juana, si tus estampas sigo al río, 5
cargas de piedras el honesto enfaldo[15]; Juana, antenoche te pedí aguinaldo,
y me llamaste licenciado frío.
Cruel naturaleza en nieve pura
la fábrica exterior del cuerpo informa,10
alma tan criminal, áspera y dura:
que mal el cuerpo al alma se conforma,
pues fue, de tan hermosa arquitectura,
la materia cristal, bronce la forma.
A LAS FUGAS DE JUANA EN VIENDO AL POETA, CON LA FÁBULA DE DAFNE
Como suele correr desnudo atleta
en la arena marcial al palio opuesto,
con la imaginación tocando el puesto,
tal sigue a Dafne el fúlgido planeta.
Quitósele al coturno la soleta[16], 5
y viéndose alcanzar, turbó el incesto,
vuelto en laurel su hermoso cuerpo honesto,
corona al capitán, premio al poeta.
Si corres como Dafne, y mis fortunas
corren también a su esperanza vana,10
en seguirte anhelantes y importunas,
¿cuándo serás laurel, dulce tirana?
Que no te quiero yo para aceitunas[17], sino para mi frente, hermosa Juana.
QUE AL AMOR VERDADERO NO LE OLVIDAN EL TIEMPO NI LA MUERTE. ESCRIBE EN SESO
Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.
Tan vivo está el jazmín, la pura rosa, 5
que, blandamente ardiendo en azucena,
me abrasa el alma de memorias llena:
ceniza de su fénix amorosa.
¡Oh memoria cruel de mis enojos!,
¿qué honor te puede dar mi sentimiento,10
en polvo convertidos sus despojos?
Permíteme callar sólo un momento:
que ya no tienen lágrimas mis ojos,
ni concetos de amor mi pensamiento.
AL BAÑO DE DOS NINFAS ALOQUES[01]
Una morena y otra blanca dama,
siendo por sus riberas y malezas
Manzanares la tabla destas piezas,
de su breve cristal hicieron cama.
La escultura en las dos era de fama, 5
compitiendo colores y bellezas,
si bien de dos iguales gentilezas
más la blancura se apetece y ama.
En esta clara y fácil competencia,
un galán que pasaba por la orilla10
dijo, por sosegar la diferencia:
«Buenas entrambas son a maravilla,
la una de jazmines de Valencia,
la otra de polvillos[18] de Sevilla.»
ENCARECE EL POETA EL AMOR CONYUGAL DESTE TIEMPO
Fugitiva Eurídice entre la amena
hierba de un valle, por la nieve herida
del blanco pie, de un áspid escondida,
pisándola clavel, cayó azucena.
Lloróla Orfeo, y a la eterna pena 5
bajó animoso, y con la voz teñida
en lágrimas, pidió su media vida:
así la lira dulcemente suena.
La gracia entonces, con tremendo labio,
Plutón concede al conyugal deseo10
del marido, más músico que sabio.
En fin, sacó su esposa del Leteo;
pero en aqueste tiempo, hermano Fabio,
¿quién te parece a ti que fuera Orfeo?
DE LA BUENA COSECHA DE POETAS CONFORME AL PRONÓSTICO DE LOS ALMANAQUES
A Baltasar Elisio de Medinilla
Si de poetas la abundancia apruebas,
Elisio, en nuestro hispánico destrito,
a los panes y peces te remito,
si no sabes el número que llevas.
Año de brevas, y de malas nuevas, 5
nunca le veas, tiene el vulgo escrito[19]; mas cierto matritense manuescrito
dice poetas donde dijo brevas.
¿Piensas que alguno, en tantos, la campaña
podrá cantar de Marte, en las ajenas,10
con las banderas de la invicta España,
las naves contra Holanda de armas llenas?
Pero de tal acción te desengaña
sobrar poetas y faltar mecenas.
QUÉJASE A VENUS EL POETA CON UN POCO DE MÁS SESO QUE SUELE
Luciente estrella con quien nace el día,
que el escuro crepúsculo interpreta,
alma[20] Venus gentil, luz que sujeta cuanto mortal naturaleza cría;
dulce, dispara a la enemiga mía 5
flecha sutil en forma de cometa;
así de trino estés con el planeta[21]
que parece español en la osadía.
Si sales a la tarde en el safiro,
purpúreo ya, si al alba en oro y grana,10
siempre me ves en un mortal suspiro.
¡Oh dulce, hasta del cielo, envidia humana!
Pues siempre al lado de tu sol te miro,
tú a mí jamás al de mi hermosa Juana.
DÁNDOLE A UNA DAMA UN ABANILLO QUE SE LE HABÍA CAÍDO
Este que en el jardín de vuestra cara,
céfiro artificial, templó la rosa,
rosa donde yo fuera mariposa,
si Venus licenciados transformara;
este padre del aire, en cuya clara 5
región tanta cometa luminosa
sale encendida de la luz hermosa
que de esos ojos el Amor dispara,
pongo en mi frente y doy a vuestra pura
nieve, con el debido acatamiento,10
con que podéis, señora, estar segura
que no os podrá faltar este elemento,
ni faltará jamás vuestra hermosura,
si fuera el tiempo como soy el viento.
JUNTÁBANSE EN UNA CASA, A MURMURAR DE LOS QUE SABÍAN, CIERTOS HOMBRES QUE NO SABÍAN
Cubre banda de pájaros difusa
torre de iglesia o capitel de quinta;
de negra vana[22] las pizarras tinta máquina chilladora circunfusa.
Pero al primer rumor de voz intrusa, 5
cuando más el pirámide[23] se pinta, partiendo el aire, de volante cinta,
con descompuesto error huye confusa.
Así cubren, Leonel, los detractores
tu casa en rudo son, y los espanta10
la voz de los canoros ruiseñores.
Chillen en tanto, pues, que los levanta
el rumor de las aguas y las flores
para aplaudir: que Filomena canta.
QUE NO HAY REMEDIO CONTRA MALOS VECINOS
Trujo un galán de noche una ballesta
al sitio en que una dama requebraba,
con que de su ventana retiraba
una vecina, en escuchar, molesta;
entonces ella, una caldera puesta 5
en la cabeza, volvió a ver si hablaba;
tiraba el caballero, y resonaba
en el herido cobre la respuesta.
En carros dijo él Momo[24] peregrino
que las casas debieran fabricarse, 10
O como son portátiles al chino;
que a quien le conviniere recatarse
de lengua y ojos de un traidor vecino,
no tiene más remedio que mudarse.
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