Villancicos 7 Sor Juana

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ASUNCIÓN, 1685

Villancicos que se cantaron en la S. I. Metropolitana de Méjico, en honor de María Santísima, Madre de Dios, en su Asunción triunfante, y se imprimieron en el año de 1685.

PRIMERO NOCTURNO

VILLANCICO I

Coplas
AL TRÁNSITO DE MARÍA,
el Cuerpo y Alma combaten:
el Cuerpo, por no dejarla;
y el Alma, por no apartarse.
No de la unión natural
tan estrecho abrazo nace:
que vencen los superiores,
los impulsos naturales.
Tan breve el hermoso Cuerpo
10 espera vivificarse,
que repugna la materia
la introducción al cadáver.
Como no tuvo la Muerte
razón para ejecutarle,
no la pagó como deuda,
y la aceptó como examen.
Que pues ni fió ni tuvo
delito, no hay ley que mande
que como principal muera
20 ni como fiadora pague.
Murió por imitación,
y para que no se hallase
señal alguna en el Hijo,
que no tuviese la Madre.
Y para doblar sus triunfos:
porque es consecuencia grande
de morir tan generosa,
resucitar tan triunfante.
Estribillo
Viva, reine, triunfe y mande:
30 que quien a morir se atreve
y paga lo que no debe,
bien la Corona merece
que en sus sienes se ennoblece;
y le es dos veces debida
por suya y por adquirida
con una hazaña tan grande.
¡Viva, reine, triunfe y mande!

VILLANCICO II

PUES LA IGLESIA, SEÑORES,
canta a María,
de fuerza ha de cantarle
la Letanía.
¡Oigan, óiganla todos con alegría,
que es de la Iglesia, aunque parece mía!
Coplas
De par en par se abre el Cielo
para que entre en él María,
porque a la Puerta del Cielo
10 puerta del Cielo reciba.
—Ianua Caeli. —Ora pro nobis.
El Sol, de sus bellos rayos
le da vestidura rica,
y las estrellas coronan
a la Estrella Matutina.
—Stella Matutina. —Ora pro nobis.
Su hermosura copia el Cielo
en superficies bruñidas,
sirviendo de espejo claro
20 al Espejo de justicia.
—Speculum iustitiae. —Ora pro nobis.
Todas las gloriosas almas
que tuvo la Ley antigua
se le postran, adorando
su naturaleza misma.
—Regina Patriarcharum. —Ora pro nobis.
También a sus pies postradas
las tres altas Jerarquías,
la reconocen Señora
30 de la celestial milicia.
—Regina Angelorum. —Ora pro nobis.
Cuantos Bienaventurados
la eterna mansión habitan
del Empíreo, en fin, gozosos,
por su Reina la apellidan.
—Regina Sanctorum Omnium. —Ora pro nobis.

VILLANCICO III

Estribillo
¡ÉSTA ES LA JUSTICIA, OIGAN EL PREGÓN,
que manda hacer el Rey nuestro Señor
en su Madre intacta,
porque cumplió
su voluntad con toda perfección!
¡Oigan el pregón, oigan el pregón!
Coplas
Triunfante Señora,
ya que tu Asunción
se sube de punto,
10 quiero alzar la voz.
¡Oigan el pregón!
Manda el Rey Supremo,
que, porque vivió
María sin culpa,
pára sin dolor.
¡Oigan el pregón!
Vivió Inmaculada;
y así, fue razón
que muera María
20 conforme vivió.
¡Oigan el pregón!
Mérito es su muerte,
y no obligación:
pues pagó el tributo
que nunca debió.
¡Oigan el pregón!
A la misma muerte
con la suya honró,
porque hasta la muerte
30 goce su favor.
¡Oigan el pregón!
Por otro motivo,
que todos, murió:
no de hija de Adán,
de Madre de Dios.
¡Oigan el pregón!
Por aquellas causas
el Señor mandó,
que goce la Gloria,
40 pues la mereció.
¡Oigan el pregón!

SEGUNDO NOCTURNO

VILLANCICO IV

Estribillo
LAS FLORES Y LAS ESTRELLAS
tuvieron una cuestión.
¡Oh, qué discretas que son,
unas con voz de centellas
y otras con gritos de olores!
Óiganlas reñir, señores,
que ya dicen sus querellas:
(1 Voz).—¡Aquí de las Estrellas!
(2 Voz).—¡Aquí de las Flores!
10 (Tropa).—¡Aquí de las Estrellas,
aquí de las Flores!
Coplas
—Las Estrellas, es patente
que María las honró;
tanto, que las adornó
con sus ojos y su frente.
Luego es claro y evidente
que éstas fueron las más bellas.
(Coro).—¡Aquí de las Estrellas!
—¿Qué flor en María no fue
20 de las Estrellas agravios,
desde el Clavel de los labios
a la Azucena del pie?
Luego más claro se ve
que éstas fueron las mejores.
(Coro).—¡ Aquí de las Flores!
—En su vida milagrosa,
la Inmaculada Doncella
fue intacta como la Estrella,
no frágil como la Rosa.
30 Luego es presunción ociosa
querer preceder aquéllas.
(Coro).—¡Aquí de las Estrellas!
—Su fragancia peregrina,
más propia la simboliza
la Rosa que aromatiza,
que la Estrella que ilumina.
Luego a ser Rosa se inclina,
mejor que a dar resplandores.
(Coro 2).—¡Aquí de las Flores!
40 —Por lo más digno eligió
de lo que se coronó,
y es su corona centellas.
(Coro 1).—¡Aquí de las Estrellas!
—Lo más hermoso y lucido
es su ropaje florido,
y lo componen colores.
(Coro 2).—¡Aquí de las Flores!
—Estrellas sube a pisar,
y en ellas quiere reinar,
50 coronándolas sus huellas.
(Coro 1).—¡Aquí de las Estrellas!
—Entre Flores adquirió
esa gloria que alcanzó;
luego éstas son superiores.
(Coro 2).—¡Aquí de las Flores!
(1 voz).—¡Fulmínense las centellas!
(Coro 1).—¡Aquí de las Estrellas!
(2 voz).—Dispárense los ardores!
(Coro 2).—¡Aquí de las Flores!
60 (1 voz).—¡Aquí, aquí de las querellas!
(2 voz).—¡Aquí, aquí de los clamores!
(1 voz).—¡Batalla contra las Flores!
(2 voz).—¡Guerra contra las Estrellas!
(Coro 1).—¡Batalla contra las Flores!
(Coro 2).—¡Guerra contra las Estrellas!

VILLANCICO V

Coplas
A LA QUE TRIUNFANTE,
bella Emperatriz,
huella de los aires
la región feliz;
a la que ilumina
su vago confín,
de arreboles de oro,
nácar y carmín;
a cuyo pie hermoso
10 espera servir
el trono estrellado
en campo turquí;
a la que confiesa,
cien mil veces mil,
por Señora el Ángel,
Reina el Serafín;
cuyo pelo airoso,
que prende sutil
en garzotas de oro
20 banderas de Ofir,
proceloso y crespo
se atreve a invadir,
con golfos de Tíbar,
reinos de marfil;
de quien aprendió
el Sol a lucir,
la Estrella a brillar,
la Aurora a reír,
cantemos la gala,
30 diciendo, al subir:
¡Pues vivió sin mancha,
que viva sin fin!
Estribillo
Y pidamos, a una voz,
que ampare al pobre redil:
pues aunque no hay más que ver,
siempre queda qué pedir.

VILLANCICO VI

Coplas
A LAS EXCELSAS IMPERIALES PLANTAS
de la triunfante poderosa Reina
que corona de Estrellas sus dos sienes
y sus dos pies coronan las Estrellas;
a la que, de laureles adornada
y tremolando victoriosas señas,
caudal Águila vuela a las alturas,
fragante Vara sube a las esferas;
a la que en giros rápidos de luces,
10 si del que la hospedó valle se ausenta,
cuanto con la presencia más se aparta,
tanto con la piedad en él se queda;
a la que se abatió hasta ser Esclava
por merecer el título de Reina,
zanjando, en los cimientos de humildades
los edificios de mayor alteza;
a Aquella que, aunque se confiesa Esclava,
se excluye de la culpa, pues expresa
el soberano Dueño a quien se humilla,
20 porque sólo de Dios serlo pudiera,
celebremos alegres, pues hoy logra
del Aquilón en la mansión suprema,
gozar por su humildad el Trono Empíreo
que pretendió Luzbel con su soberbia.
Estribillo
Y cantemos humildes
con voces tiernas,
que el ir la Reina hermosa
a la Gloria eterna,
¡sea norabuena!
30 —El gozar triunfante
la Silla suprema,
¡Norabuena sea!
—Pues en la que sube
lo ha de ser por fuerza,
—¡Sea norabuena!
¡Norabuena sea!

TERCERO NOCTURNO

VILLANCICO VII

Cabeza
FUE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
de tan general contento,
que uno con otro elemento
la festejan a porfía.
Y haciendo dulce armonía,
el Agua a la Tierra enlaza,
el Aire a la Mar abraza,
y el Fuego circunda el Viento.
¡Ay qué contento,
10 que sube al Cielo María!
¡Ay qué alegría,
ay qué contento,
ay qué alegría!
Coplas
(Entre Dos, y responde la Tropa.)
  1. —En dulce desasosiego,
por salva a sus Pies Reales,
dispara el Agua cristales,
y tira bombas el Fuego;
caja hace la Tierra, y luego
forma clarines el Viento.
20
  1. —¡Ay qué contento!
  1. —Al subir la Reina hermosa,
cubierta de grana fina
descuella la Clavellina,
y rompe el botón la Rosa;
la Azucena melindrosa
da al aire el ámbar que cría.
  1. —¡Ay qué alegría!
  1. —Las Aves con picos de oro
saludan mejor Aurora,
30 y una y otra voz sonora
sale de uno y otro coro,
cuyo acento no es, sonoro,
de humano, imitado, acento.
  1. —¡Ay qué contento!
  1. —Pues ¿cómo serán aquellas
fiestas, donde asisten graves
Ángeles en lugar de Aves,
y en vez de Rosas, Estrellas,
a quien sus hermosas huellas
40 han de pisar este día?
  1. —¡Ay qué alegría!
  1. —¡Que nuestra Naturaleza
al Solio de más grandeza
suba sobre el firmamento!
  1. —¡Ay qué contento!
  1. —¡Que por gracia y hermosura,
pueda una pura Criatura
gozar tanta Monarquía!
  1. —¡Ay qué alegría!
50
  1. —Gócela siglos sin cuento.
  1. —¡Ay qué contento!
  1. —Pues la mereció María.
  1. —¡Ay qué alegría!
¡Ay qué alegría! ¡Ay qué contento!

VILLANCICO VIII.—ENSALADA

(En tono de Jácara la Introducción, a dos voces.)
1.—YO PERDÍ EL PAPEL, SEÑORES,
que a estudiar me dio el Maestro
de esta fiesta, porque yo
siempre la música pierdo.
2.—Pues no os dé ningún cuidado,
que otras cosas cantaremos;
que el punto propio es cantar,
aunque no es el punto mesmo.
  1. —¿Pues qué podemos decir?
10
  1. —Lo que dictare el cerebro,
cualquier cosa, y Dios delante,
pues delante lo tenemos.
Y haremos, una Ensalada
de algunos picados versos,
más salada que una hueva
y más fresca que el invierno.
  1. —Vaya, pues, y empiece usted.
  1. —En nombre de Dios, comienzo.
Érase aquel valentón
20 que a Malco cortó en el Huerto
la oreja.
  1. —¡Cuerpo de tal!,
¿ahora sale con San Pedro,
que es día de la Asunción?
  1. —¿Pues que viene a importar eso?
Al Tránsito de la Virgen,
donde todos concurrieron
los Apóstoles, ¿no estuvo
entre todos asistiendo,
más presente que un regalo?
30 ¿Pues qué importa que cantemos:
érase San Pedro, cuando
la Virgen se subió al Cielo?
  1. —Nada importa; pero yo
quiero cantar, si me acuerdo,
una Letrilla en latín,
y que vendrá bien sospecho,
por un tono del Retiro:
con que vendrá a ser acierto,
pues se retira María,
40 que del Retiro cantemos.
  1. —Vaya, pues, y no sea largo.
  1. —No soy liberal de versos.
Coplas
O Domina Speciosa,
o Virgo praedicanda,
o Mater veneranda,
o Genitrix gloriosa,
o Dominatrix orbis generosa!
Maerorem abstulisti
Mundi, quem honorasti;
50 Aspidem superasti,
Genitorem genuisti:
ideoque omnium Regina dicta fuisti.
Monilibus ornata
Regia cum maiestate,
et mira varietate
virtutum coronata,
super omnes es Caelos exaltata.
Supplices te exoramus
ut preces nostras audias
60 miserrimosque exaudias;
te, Domina, rogamus,
et ad Matrem mitissimam clamamus.
Prosigue la Introducción
  1. —Bueno está el Latín; mas yo
de la Ensalada, os prometo
que lo que es deste bocado,
lo que soy yo, ayuno quedo.
Y para darme un hartazgo,
como un Negro camotero
quiero cantar, que al fin es
70 cosa que gusto y entiendo;
pero que han de ayudar todos.
  1. —Todos os lo prometemos.
  1. —Pues a la mano de Dios,
y transfórmome en Guineo.

NEGRO

—¡Oh Santa María,
que a Dioso parió,
sin haber comadre
ni tené doló!
—¡Rorro, rorro, rorro,
80 rorro, rorro, ro!
¡Qué cuaja, qué cuaja, qué cuaja,
qué cuaja te doy.
—Espela, aún no suba,
que tu negro Antón
te guarra cuajala
branca como Sol.
—¡Rorro, rorro, ro! &
—Garvanza salara
tostada ri doy,
que compló Cristina
90 máse de un tostón.
—¡Rorro, rorro, ro! &
—Camotita linda,
fresca requesón,
que a tus manos beya
parece el coló.
—¡Rorro, rorro, ro! &
—Mas ya que te va,
ruégale a mi Dios
que nos saque lible
de aquesta plisión.
—¡Rorro, rorro, ro! &
—Y que aquí vivamo
100 con tu bendició,
hasta que Dios quiera
que vamos con Dios.
—¡Rorro, rorro, ro! &
Prosigue la Introducción
  1. —Pues que todos han cantado,
yo de campiña me cierro:
que es decir, que de Vizcaya
me revisto. ¡Dicho y hecho!
Nadie el Vascuence murmure,
que juras a Dios eterno
que aquésta es la misma lengua
110 cortada de mis Abuelos.

VIZCAÍNO

Señora Andre María,
¿por qué a los Cielos te vas
y en tu casa Aranzazú
no quieres estar?
¡Ay, que se va Galdunái,
nere Bizi, guzico Galdunái!
Juras a Dios, Virgen pura,
de aquí no te has de apartar;
que convenga, no convenga,
120 has de quedar.
¡Galdunái, ay, que se va,
nere Bizi, guzico Galdunái!
Aquí en Vizcaya te quedas:
no te vas, nere Biotzá;
y si te vas, vamos todos,
¡ba goaz!
Galdunái, &.
Guatzen, Galanta, contigo;
guatzen, nere Lastaná:
que al Cielo toda Vizcaya
130 has de entrar.
Galdunái, &.

pintores: John Frederick Kensett

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BIOGRAFIA  John Frederick Kensett

John Frederick Kensett (22 de marzo de 1816-14 de diciembre de 1872) fue un pintor y grabador estadounidense. Pintor de paisajes, perteneció a la segunda generación de la escuela del río Hudson y adoptó la técnica y los principios del luminismo.

Kensett estudió grabado con su padre Thomas y su tío Alfred Dagget mientras asistía a la Academia de Cheshire. Hasta 1838 trabajó como grabador en New Haven, luego decidió viajar a Europa con Asher Durand y John William Casilear para estudiar pintura. En Europa conoció a Benjamin Champney, con quien trabajó; juntos recorrieron a lo largo y ancho del Viejo Continente dibujando, tomando notas y pintando. Durante estos viajes, Kensett descubrió una afinidad particular con la pintura de paisaje holandesa de 1600, y luego regresaron a América en 1847. Kensett abrió su estudio en Nueva York e hizo una serie de viajes tanto al noreste, especialmente en la costa, como a las Montañas Rocosas de Colorado, intercalándolas con algunos retornos a Europa. Sus pinturas mostraban los paisajes de Nueva Inglaterra, el estado de Nueva York y su costa. Perteneció a la segunda generación de la escuela del río Hudson y, más tarde, al actual luminista, así como a David Johnson, Sanford Robinson Gifford, Fitz Hugh Lane, Jasper Francis Cropsey y Martin Johnson Heade. Fue considerado un pariente cercano, espiritual y estilístico de los impresionistas, debido a sus efectos de iluminación en la atmósfera. Su estilo, sin embargo, evolucionó gradualmente con el tiempo, pasando de la forma tradicional de la «escuela del río Hudson» al estilo más refinado del luminismo, que adoptó plenamente especialmente en los últimos años. En 1851 pintó un inmenso lienzo que representa el Monte Washington visto desde el Valle de Conway. Esta obra se convirtió en un icono del «arte de la Montaña Blanca» , se reprodujo en grabados en muchas copias y tuvo una gran difusión. Fue comprado por la American Art Union. Durante su vida Kensett fue ampliamente apreciado y elogiado, y también disfrutó de éxito financiero que a menudo utilizó para ayudar a otros artistas.

La conquista del imperio inca

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Un inmejorable libro de Historia.  Entrevistas y primer capítulo :

https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/plata-sangre-conquista-imperio-inca-guerras-civiles-peru/

Plata y sangre. La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú

Antonio Espino López

La conquista del Imperio inca a manos de un puñado de españoles sigue fascinando por lo que tiene de empresa quijotesca y desmedida. ¿Cómo pudieron Pizarro, Almagro y poco más de un centenar de hombres someter al Estado más poderoso y mejor organizado de América, capaz de poner en pie de guerra a millares de guerreros, y que había conquistado uno tras otro, implacablemente, a sus vecinos? En Plata y sangre. La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú, Antonio Espino, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona, responde a la cuestión con brillantez, en una narración vibrante que aúna el descubrimiento de un mundo ignoto con el análisis de cómo las innovaciones militares que se estaban desarrollando en Europa se adaptaron al nuevo continente.

Unas innovaciones que, además, iban sin solución de continuidad a emplearse en la negra tarea de matarse unos españoles a otros, ante la mirada impertérrita y la colaboración forzosa de unos indígenas cuyo mundo se tambaleaba. Si la conquista fascina, su envés son las guerras civiles que diezmaron a la primera generación de conquistadores del Perú. La ambición, el orgullo y la desmesura, combustibles de unos hombres que se sentían sin límite, estallaron en una vorágine cainita, y cuadros de piqueros y arcabuceros remedaron sobre los cerros andinos las sangrientas batallas de la revolución militar europea. Un ejército desplegado en el campo de batalla no deja de ser un compendio de las características, cualidades, defectos, virtudes y limitaciones de la sociedad que lo organiza y de los hombres que lo componen. Hombres como Pedro de Valdivia, curtido en Italia y conquistador de Chile, Gonzalo Pizarro, que acarició romper con España y coronarse rey, o Francisco de Carvajal, el Demonio de los Andes. Todos ellos encontraron en el Perú mucha plata, sí, pero también mucha sangre.