
–¿Te importa si los demás te compadecen? –Sí, pero me compadecen sin que lo merezca. –¿Y es por eso por lo que sufres? ¿No es el que sufre merecedor de compasión? –Sí. –¡Entonces qué van a estar compadeciéndose de ti sin que lo merezcas! En las mismas cosas en las que compadeces, por la compasión, te haces a ti mismo merecedor de compasión. ¿Qué dice, pues, Antístenes? ¿Nunca lo oíste? «De reyes es, Ciro, obrar bien y oír hablar mal de uno.» (Disertaciones, IV, 6, 18-20.)
X Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe a un hombre, a no ser que este la pronuncie y la escuche cada día, y al tiempo la emplee en su vida. (Epicteto, apud Estobeo, Florilegio, III, 29, 84.)
XI. A los que quieren ser admirados Cuando uno ocupa en la vida la posición que le corresponde, no aspira a otra. –Hombre, ¿qué quieres que te suceda? –A mí me basta con desear y aborrecer de manera conforme a la naturaleza; con usar, como es mi naturaleza, el impulso y la repulsión, el propósito, la intención y el asentimiento. –¿Entonces por qué te paseas por ahí como si te hubieras tragado un palo? –Quisiera que cuantos se encontrasen conmigo me admirasen y me siguieran exclamando: «¡Oh, qué gran filósofo!». –¿Y quiénes son esos por los que quieres ser admirado? ¿No serán esos mismos de los que sueles decir que están locos? ¿Qué ocurre? ¿Quieres ser admirado por los locos? (Disertaciones, I, 21, 1-4.)
XII. Que la lógica es necesaria Cuando uno de los presentes le dijo: –Convénceme de que la lógica es útil. –¿Quieres –contestó– que te lo demuestre? –Sí. –¿Entonces debo argumentar con un razonamiento demostrativo? Como el otro asintió: –¿Cómo sabrás si empleo sofismas contigo? Al quedarse callado el hombre: –Ya ves –dijo– cómo tú mismo reconoces que estas cosas son necesarias, pues sin ellas ni siquiera eres capaz de saber si son necesarias o no son necesarias. (Disertaciones, II, 25, 1.)
XIII. Contra los Académicos64 Dice [Epicteto]: si uno se resiste a lo que es por completo evidente, contra este no es fácil encontrar un argumento con el que hacer que cambie de opinión. Y esto no surge ni de la capacidad de aquel ni de la debilidad del enseñante, sino que cuando sigue obstinado a pesar de haber sido acorralado, ¿cómo va uno a seguir empleando con él el razonamiento? Ahora bien, hay dos clases de obstinación: la obstinación del intelecto y la de la vergüenza, cuando alguien se empeña en no admitir lo que es claro y no ceder en la disputa. Ahora bien, la mayoría tememos la necrosis corporal y lo intentamos todo para no caer en tal situación; en cambio, la necrosis del alma no nos importa nada. Y, por Zeus, en cuanto a la misma alma, si uno se encuentra en tal estado que no es capaz de seguir ni de comprender nada, pensamos de él que está mal. Pero si son la vergüenza y el respeto los que se han necrosado, a eso hasta lo llamamos «capacidad»65 . –¿Tienes la certeza de que estás despierto? –No –responde uno–. No más que cuando en sueños me imagino que estoy despierto. –¿No hay ninguna diferencia, entonces, entre esta representación y aquella? –Ninguna. ¿Y voy a seguir dialogando con él? ¿Qué fuego o qué hierro le tengo que aplicar para que se dé cuenta de que está necrosado? ¡Incluso dándose cuenta finge que no! Es peor todavía que un cadáver. Este no nota la contradicción: está mal. Este otro, advirtiéndola, no se mueve ni saca provecho: todavía está peor. Le han mutilado su decencia y su pudor, y no le han mutilado la razón, pero sí lo han embrutecido. ¿Y a esto voy a llamarlo yo «capacidad»? ¡En la vida! Como tampoco llamaría así a la actitud de los libertinos por la que todo cuanto se les ocurre lo hacen y lo dicen en público. (Disertaciones, I, 5, 1-10.)
XIV –Dime eso que no debes decir. –No lo diré, porque eso sí depende de mí. –Entonces te encadenaré. –Hombre, ¿pero qué dices? ¿A mí? Encadenarás mi pierna, que mi elección ni Zeus puede someterla. (Disertaciones, I, 1, 23.)
XV «Cuando se trata de la salvación del alma y del respeto hacia nosotros mismos, tenemos que actuar incluso sin medida», como Arriano elogia que dijera Epicteto. (Arnobio, Adversus gentes, II, 78.)
XVI. De Arriano, discípulo de Epicteto El que se irrita por el presente y por lo que el azar le ha dado es un profano en la vida, mientras que el que soporta digna y razonablemente lo que se deriva de esas cosas es merecedor de ser considerado un hombre bueno. (Estobeo, Florilegio, IV, 44, 65.)
XVII Un filósofo de renombre de la corriente estoica sacó ante mí el libro V de las Disertaciones del filósofo Epicteto, que, tal y como fueron preparadas por Arriano, concuerdan sin duda con los escritos de Zenón y de Crisipo. En este libro, escrito naturalmente en griego, leemos lo siguiente: Las representaciones del alma, a las que los filósofos llaman phantasíai, por las cuales la mente humana, con la primera imagen visual de lo que ocurre, es impulsada de inmediato hacia el deseo de la cosa, no proceden ni de nuestra voluntad ni de nuestro arbitrio, sino que llegan a ser conocidas por los seres humanos gracias a una cierta fuerza propia. Sin embargo, los actos de asentimiento, a los que llaman synkatathḗseis66 , por medio de los cuales se reconocen esas mismas representaciones, son voluntarios y proceden del arbitrio de los seres humanos. Por tanto, cuando se produce un estruendo aterrador, ya provenga del cielo o de un derrumbe, o de un anuncio repentino de un peligro de cualquier tipo, incluso el ánimo del sabio tiene que perturbarse, contraerse y palidecer por un momento, no por la creencia de un mal, sino por ciertos movimientos rápidos y automáticos que se anticipan a la actuación de la mente y la razón. Pero el sabio enseguida no aprueba […] tales representaciones terroríficas de su ánimo, sino que las aparta y las rechaza, y no le parece que haya nada en ellas tan temible. Y dicen que esta es la diferencia entre el ánimo del insensato y el del sabio: que el insensato de verdad piensa que estas representaciones son de hecho tan terribles y crueles como le parecen a su alma en el impulso inicial, […] y las aprueba con su asentimiento. […]. El sabio, en cambio, tras perturbarse brevemente y de manera superficial en el color y en el gesto, ou synkatatíthetai67 , sino que conserva su estado y el sentido de su parecer, el que tuvo siempre acerca de las representaciones de este tipo: que dichas representaciones no deben ser temidas en absoluto aunque asusten por su apariencia falsa y su terror ilusorio. En el libro que mencioné, leí que esto es lo que el filósofo Epicteto pensaba y decía, tomándolo de las teorías estoicas. (Epicteto apud Aulo Gelio, Noches áticas, XIX, 1, 14-20.



