pintores: Mieris

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1 BIOGRAFIA

2 RESUMEN

Willem van Mieris (Leiden, 1662 – Leiden,  1747) Pintor holandés. Hijo de Frans van Mieris ‘el viejo’, hermano de Jan van Mieris, se formó en su ciudad natal antes de entrar en el Gremio de SanLucas. Fue también uno de los miembros fundacionales de la Tekenacademie de Leiden en 1694. Trabajó como profesor donde tuvo, entre otros, alumnos como Catharina Backer, Abraham Alensoon y Hieronymous van de Mij. La ceguera le obligó a su retiro el 1736. Fue extraordinariamente prolífico y mostró un estilo cercano al de su padre y el de Francis van Bossuit si bien no llegó a alcanzar el éxito y la admiración de los mismos. Murió en Leiden en enero de 1747.

3 OBRAS

  • Lady with Parrot (1685)
  • The Escaped Bird (1687)
  • A Seated Man (1688)
  • Cimon and Iphigeneia (1698)
  • Family Reunion (17th century)
  • Diana and her Nymphs (1702)
  • A Gentleman Offering a Lady a Bunch of Grapes (1707)
  • A Poultry Seller (1707)
  • The Apothecary (1710)
  • Man with Pipe (1710)
  • The Lute Player (1711)
  • Expulsion of Hagar (1724)
  • The Spinner (first half of the 18th century)
  • Interior with a Mother Attending her Children (1728)
  • An Old Man Reading (1729)
  • Green Grocer (1731), oil onwood, 40 x 34 cm,
  • Ecce Homo (18th century)
  • Suzanna and the Elders

lovecraft: La llamada de Cthulhu

donut - copia

La llamada de Cthulhu
[Cuento completo.]
H.P. Lovecraft

Es imposible que tales potencias o seres hayan sobrevivido… hayan sobrevivido a una época infinitamente remota donde… la conciencia se manifestaba, quizá, bajo cuerpos y formas que ya hace tiempo se retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad… formas de las que sólo la poesía y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo con el nombre de dioses, monstruos, seres míticos de toda clase y especie…
Algernon Blackwood
1. El bajorrelieve de arcilla

No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas. Algunos teósofos han sospechado la majestuosa grandeza del ciclo cósmico del que nuestro mundo y nuestra raza no son más que fugaces incidentes. Han señalado extrañas supervivencias en términos que nos helarían la sangre si no estuviesen disfrazados por un blando optimismo. Pero no son ellos los que me han dado la fugaz visón de esos dones prohibidos, que me estremecen cuando pienso en ellos, y me enloquecen cuando sueño con ellos. Esa visión, como toda temible visión de la verdad, surgió de una unión casual de elementos diversos; en este caso, el artículo de un viejo periódico y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que ningún otro logre llevar a cabo esta unión; yo, por cierto, si vivo, no añadiré voluntariamente un sólo eslabón a tan espantosa cadena. Creo, por otra parte, que el profesor había decidido, también, no revelar lo que sabía, y que si no hubiese muerto repentinamente, hubiera destruido sus notas.

Tuve por primera vez conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi tío abuelo, George Gammel Angell, profesor honorario de lenguas semíticas de la Universidad de Brown, Povidence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad vastamente conocida en materia de antiguas inscripciones y a él habían recurrido con frecuencia los conservadores de los más importantes museos. Muchos deben por lo tanto recordar su desaparición, acaecida a la edad de noventa y dos años. Las oscuras razones de su muerte aumentaron aún más el interés local. El profesor había muerto mientras volvía del barco de Newport, y, según afirman los testigos, luego de recibir el empellón de un marinero negro. Éste había surgido de uno de los curiosos y sombríos pasajes situados en la falda abrupta de la colina que une los muelles a la casa del muerto, en la Calle Williams. Los médicos, incapaces de descubrir algún desorden orgánico, concluyeron, luego de un perplejo cambio de opiniones, que la muerte debía atribuirse a una oscura lesión del corazón, determinada por el rápido ascenso de una cuesta excesivamente empinada para un hombre de tantos años. En ese entonces no vi ningún motivo para disentir de ese diagnóstico, pero hoy tengo mis dudas… y algo más que dudas.

Como heredero y ejecutor de mi tío abuelo, viudo y sin hijos, era de esperar que yo examinara sus papeles con cierta atención. Trasladé con ese propósito todos sus archivos y cajas a mi casa de Boston. El material ordenado por mí será publicado en su mayor parte por la Sociedad Norteamericana de Arqueología; pero había una caja que me pareció sumamente enigmática, y sentí siempre repugnancia a mostrársela a otros. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinar el llavero que el profesor llevaba siempre consigo. Logré abrirla entonces, pero me encontré con otro obstáculo mayor y aún más impenetrable. ¿Qué significado podían tener ese curioso bajorrelieve de arcilla, y esas notas, fragmentos y recortes de viejos periódicos? ¿Se había convertido mi tío, en sus últimos años, en un devoto de las más superficiales imposturas? Resolví buscar al excéntrico escultor que había alterado la paz mental del anciano.

El bajorrelieve era un rectángulo tosco de dos centímetros de espesor y de unos treinta o cuarenta centímetros cuadrados de superficie; indudablemente de origen moderno. Los dibujos, sin embargo, no eran nada modernos, ni por su atmósfera ni por su sugestión; pues aunque las rarezas del cubismo y el futurismo sean numerosas y extravagantes, no suelen reproducir esa críptica regularidad de la escritura prehistórica. Y la mayor parte de los dibujos parecía ser ciertamente alguna especie de escritura. A pesar de mi familiaridad con los papeles y colecciones de mi tío, no logré identificarla, ni sospechar siquiera alguna remota relación.

Sobre esos supuestos jeroglíficos había una figura de carácter evidentemente representativo, aunque la ejecución impresionista impedía comprender su naturaleza. Parecía una especie de monstruo, o el símbolo de un monstruo, o una forma que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un pulpo, un dragón y la caricatura de un ser humano, no traicionaré el espíritu del dibujo. Sobre un cuerpo escamoso y grotesco, provisto de alas rudimentarias, se alzaba una cabeza pulposa y coronada de tentáculos; pero era el contorno general lo que la hacía más particularmente horrible. Detrás de la figura se embozaba una arquitectura ciclópea.

Las notas que acompañaban a este curioso objeto, además de unos recortes de periódicos, habían sido escritas por el profesor mismo y no tenían pretensiones literarias. El documento en apariencia más importante estaba encabezado por las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escritas cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido. El manuscrito se dividía en dos secciones: la primera tenía el siguiente título: «1925, Sueño y obra onírica de H. A. Wilcox, Calle Thomas 7, Providence, R.I.», y la segunda: «Informe del inspector John R. Legrasse. Calle Bienville 121, Nueva Orleáns, a la Sociedad Norteamericana de Arqueología, 1928. Notas del mismo y del profesor Webb». Las otras notas manuscritas eran todas muy breves: relatos de sueños curiosos de diferentes personas, o citas de libros y revistas teosóficos (principalmente La Atántida y la Lemuria perdida de W. Scott-Elliot), y el resto comentarios acerca de la supervivencia de las sociedades y cultos secretos, con referencia a pasajes de tratados mitológicos y antropológicos como la La rama dorada de Frazer, y El culto de las brujas en Europa Occidental de la señorita Murray. Los recortes de periódicos aludían principalmente a casos de alienación mental y a crisis de demencia colectiva en la primavera de 1925.

La primera parte del manuscrito principal relataba una historia muy curiosa. Parece que el 1° de marzo de 1925 un joven delgado, moreno, de aspecto neurótico y presa de gran excitación, había visitado al profesor Angell con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces todavía fresco y húmedo. En su tarjeta se leía el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi tío había reconocido en él al hijo menor de una excelente familia, con la que estaba ligeramente relacionado. Wilcox, que desde hacía un tiempo estudiaba dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, y que vivía en el hotel Fleur de Lys muy cerca de esta institución, era un joven precoz de genio indudable, pero muy excéntrico. Desde su infancia había llamado la atención por las historias y sueños extraños que se complacía en relatar. Se denominaba a sí mismo «físicamente hipersensitivo»; pero la gente seria de la vieja ciudad comercial lo consideraba simplemente «raro». No había frecuentado nunca a los de su propia clase y poco a poco había ido retirándose de toda actividad social. Actualmente sólo era conocido por algunos estetas de otras ciudades. La Asociación Artística de Providence, deseosa de preservar su conservadorismo, lo había desahuciado.

En aquella visita, decía el manuscrito, el escultor había pedido bruscamente la ayuda de los conocimientos arqueológicos de su huésped para identificar los jeroglíficos. El joven hablaba de un modo pomposo y descuidado que impedía simpatizar con él. Mi tío le respondió con sequedad, pues la evidente edad de la tableta excluía toda posible relación con las ciencias arqueológicas. La réplica del joven Wilcox, que impresionó bastante a mi tío como para que la reprodujera palabra por palabra, tuvo ese énfasis poético que caracterizaba sin duda su conversación habitual.

-Es nueva, es cierto -le dijo-, pues la hice anoche mientras soñaba con extrañas ciudades; y los sueños son más viejos que la cavilosa Tiro, la contemplativa Esfinge o Babilonia, guarnecida de jardines.

Y comenzó a narrar una historia desordenada que, de pronto, despertó en mi tío un recuerdo. El anciano se mostró febrilmente interesado. La noche anterior había habido un leve temblor de tierra -el más violento de los que habían sacudido Nueva Inglaterra en esos últimos años- que había afectado terriblemente la imaginación de Wilcox. Ya en cama, y por primera vez en su vida, había visto en sueños unas ciudades ciclópeas de enormes bloques de piedra y gigantescos y siniestros monolitos de un horror latente, que exudaban un limo verdoso. Muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y de las profundidades de la tierra, de algún punto indeterminado, venía una voz que no era una voz, sino más bien una sensación confusa que sólo la fantasía podía traducir en esta unión de letras casi imposibles: Cthulhu fhtagn.

Esta mezcla de letras fue la llave del recuerdo que excitó y perturbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con minuciosidad científica, y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve que el joven había estado esculpiendo en sueños, vestido sólo con su ropa de dormir, y temblando de frío. Mi tío culpó a su avanzada edad, dijo Wilcox más tarde, el no reconocer con rapidez los jeroglíficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas le parecieron un poco fuera de lugar a su visitante, especialmente aquellas que trataban de relacionar a este último con sociedades y cultos extraños; y Wilcox no pudo entender por qué mi tío le prometió repetidamente guardar silencio si admitía ser miembro de una de las tan innumerables sectas paganas o místicas. Cuando el profesor quedó al fin convencido de que Wilcox ignoraba de verdad toda doctrina o cultos secretos, le suplicó que no dejara de informarle acerca de sus sueños. Este pedido dio sus frutos, pues a partir de esa primera entrevista el manuscrito menciona las visitas diarias del joven y la descripción de sorprendentes visiones nocturnas cuyo tema principal era siempre unas construcciones ciclópeas de piedra, húmedas y oscuras, y una voz o inteligencia subterránea que gritaba una y otra vez, en enigmáticos y sensibles impactos, algo indescriptible. Los dos sonidos que se repetían con más frecuencia eran los representados por las palabras Cthulhu y R’lyeh.

El 23 de marzo, continuaba el manuscrito, Wilcox faltó a la cita. Una investigación realizada en el hotel reveló que había sido atacado por una fiebre de origen desconocido y que lo habían llevado a la casa de sus padres, en la Calle Waterman. Se había puesto a gritar en medio de la noche, despertando a varios artistas que vivían en el mismo hotel, y desde entonces había pasado alternativamente de la inconsciencia al delirio. Mi tío telefoneó en seguida a la familia, y desde ese momento siguió de cerca el caso, yendo a menudo a la oficina del doctor Tobey, en Thayer Street, médico de cabecera del joven. La mente febril de Wilcox alimentaba, aparentemente, extrañas imágenes; el doctor se estremeció al recordarlas. No sólo incluían una repetición de los sueños anteriores, sino también una criatura gigantesca «de varios kilómetros de altura» que caminaba o se movía pesadamente. Wilcox nunca lo describía en todos sus detalles, pero las pocas e incoherentes palabras que recordaba el doctor Tobey convencieron al profesor de que aquél era el monstruo que el joven había intentado representar. Cuando Wilcox se refería a su obra, añadió el doctor, caía en seguida, invariablemente, en una especie de letargo. Cosa rara, su temperatura no estaba nunca por encima de lo normal; sin embargo, su estado se parecía más al de una fiebre violenta que al de un desorden del cerebro.

El 2 de abril a las tres de la tarde, la enfermedad cesó de pronto. Wilcox se sentó en la cama, asombrado de encontrarse en la casa de sus padres, e ignorando totalmente lo que había ocurrido en sus sueños o en la realidad desde el 22 de marzo. Como el médico declarara que estaba curado, a los tres días volvió a su hotel. Pero ya no le fue de ninguna utilidad al profesor Angell. Junto con su enfermedad se habían desvanecido todos aquellos sueños, y luego de oír durante una semana los relatos inútiles e irrelevantes de unas muy comunes visiones, mi tío dejó de anotar los pensamientos nocturnos del artista.

Aquí terminaba la primera parte del manuscrito, pero las abundantes notas invitaban de veras a la reflexión. Sólo el escepticismo inveterado que informaba entonces mi filosofía puede explicar mi persistente desconfianza. Las notas describían lo que habían soñado diversas personas en el mismo período en que el joven Wilcox había tenido sus extrañas revelaciones. Mi tío, parecía, había organizado rápidamente una vasta encuesta entre casi todos aquellos a quienes podía interrogar sin parecer impertinente, pidiendo que le contaran sus sueños y le comunicaran las fechas de todas sus visiones notables. Las reacciones habían sido variadas; pero el profesor recibió más respuestas que las que hubiese obtenido cualquier otro hombre sin la ayuda de un secretario. Aunque no conservó la correspondencia original, las notas formaban un completo y muy significativo resumen. La aristocracia y los hombres de negocios -la tradicional «sal de la tierra» de Nueva Inglaterra- dieron un resultado casi completamente negativo, aunque hubo algunos pocos casos de informes de impresiones nocturnas, siempre entre el 13 de marzo y el 2 de abril, período de delirio de joven escultor. Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afectados, aunque por lo menos cuatro vagas descripciones sugerían la visión fugaz de extraños paisajes, y uno de ellos hablaba del temor a algo anormal.

Las respuestas más pertinentes procedían de artistas y poetas, que si hubieran podido comparar sus notas hubieran sido presas del pánico. Ante la falta de las cartas originales, llegué a sospechar que el compilador había estado haciendo preguntas insidiosas o había deformado el texto de la correspondencia para corroborar lo que había resuelto ver. Por eso persistí en la creencia de que Wilcox, conociendo de algún modo los viejos documentos reunidos por mi tío, había estado engañándolo. Estas respuestas de los artistas narraban una perturbadora historia. Entre el 28 de febrero y 2 de abril gran parte de ellos había tenido sueños muy curiosos, alcanzando su máxima intensidad en el tiempo del delirio del escultor. Una cuarta parte hablaba de escenas y sonidos semejantes a los descritos por Wilcox y algunos confesaban su terror ante una criatura gigantesca y sin nombre. Un caso, que las notas describían con énfasis, era particularmente triste. El sujeto, un arquitecto muy conocido, algo inclinado al ocultismo y la teosofía, se volvió completamente loco la noche que llevaron al joven Wilcox a la casa de sus padres, y murió meses después gritando que lo salvaran de algún escapado habitante del infierno. Si mi tío hubiese conservado los nombres de estos casos, en vez de reducirlos a números, yo hubiera podido hacer alguna investigación personal. Pero, como estaban las cosas, sólo pude encontrar a unos pocos. Todos, sin embargo, confirmaron las notas. Me pregunté a menudo si aquellos a quienes había interrogado el profesor Angell se habían sentido tan intrigados como este grupo. Nunca les di explicaciones, y es mejor así.

Los recortes de prensa, como ya he dicho, trataban de casos de pánico, manía y excentricidad, siempre en el mismo período. El profesor Angell debió de haber empleado una agenda de recortes, pues el número de estos extractos era prodigioso, y además procedían de todos los rincones del mundo. Uno describía un suicidio nocturno en Londres: un hombre había saltado por una ventana luego de lanzar un grito horrible. En una confusa carta al editor de un periódico sudamericano un fanático anunciaba, apoyándose en sus visiones, un futuro siniestro. Un despacho de California relataba que una colonia teosófica había comenzado a usar vestiduras blancas ante la proximidad de un «glorioso acontecimiento», que no llegaba nunca, mientras las noticias de la India se referían cautelosamente a una seria agitación de los nativos, producida a fines de marzo. Las orgías vudúes se habían multiplicado en Haití, y en África se había hablado de unos cantos misteriosos. Los oficiales norteamericanos radicados en Filipinas habían tenido ciertas dificultades con algunas tribus, y en la noche de 22 de marzo los policías de Nueva York habían sido molestados por levantinos histéricos. Confusos rumores recorrieron también el oeste de Irlanda, y un pintor llamado Ardois-Bonnot exhibió en 1926, en el salón de primavera de París, un blasfemo Paisaje de Sueño. En los asilos de alienados los desórdenes fueron tan numerosos que sólo un milagro logró impedir que el cuerpo médico advirtiera curiosas semejanzas y sacara apresuradas conclusiones. Una rara colección de recortes, de veras; apenas concibo hoy el crudo racionalismo con que los hice a un lado. Pero quedé convencido de que el joven Wilcox había tenido noticias de unos sucesos anteriores mencionados por el profesor.

2. El informe del inspector Legrasse

Los sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta importancia al sueño del escultor y al bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parecía, el profesor Angell había visto los odiosos contornos del monstruo anónimo, había meditado sobre los desconocidos jeroglíficos, y había oído las sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía traducir… Todo esto en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con preguntas y ruegos. Esta experiencia anterior había ocurrido diecisiete años antes, en 1908, mientras la Sociedad Norteamericana de Arqueología celebraba su consejo anual, en Saint-Louis. El profesor Angell, por su autoridad y sus méritos, había desempeñado un papel importante en todas las deliberaciones, y a él se acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la convocatoria para hacer preguntas y plantear problemas.

El jefe de ese grupo no tardó en convertirse en centro de atracción de todo el congreso. Era un hombre de aspecto muy común, mediana edad, y que había hecho el viaje de Nueva Orleáns a Saint-Louis en busca de cierta información que no había podido obtener en su distrito. Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de policía. Traía consigo el objeto de su viaje: una estatuita de piedra, repugnante y grotesca, muy antigua aparentemente, cuyo origen no había logrado determinar.

No debe creerse que el inspector Legrasse se interesara por la arqueología. Todo lo contrario; su deseo de instruirse tenía como único origen razones puramente profesionales. La estatuita, ídolo, fetiche o lo que fuese, había sido capturada meses antes en los pantanos boscosos del sur de Nueva Orleáns, en el curso de una expedición contra una presunta ceremonia vudú. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la policía comprendió que se hallaba ante un culto totalmente ignorado, e infinitamente más diabólico que los del vudú. Los confusos e increíbles relatos arrancados por la fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ahí el deseo de la policía de consultar a alguna autoridad para identificar así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto hasta sus fuentes.

El inspector Legrasse no había esperado que su pedido convocara una impresión semejante. La aparición de la curiosa estatuita bastó para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon al inspector para contemplar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal antigüedad abrían perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoció la escuela escultórica de la que había nacido la estatua, y sin embargo centenares y hasta miles de años parecían haberse posado en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra desconocida.

La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con más minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros de altura y estaba finamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta criatura, que exhalaba una malignidad antinatural, parecía ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o bloque rectangular, cubierto de indescriptibles caracteres. Las puntas de las alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras que las garras largas y curvas de las plegadas extremidades asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de la altura del pedestal. La cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia el dorso de las garras enormes que apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más sutilmente terrorífico a causa de la imposibilidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad era innegable; sin embargo, nada permitía relacionarlo con algún tipo de arte de los comienzos de la civilización.

El material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada parecido, en la geología o la mineralogía, a aquella pieza jabonosa, verdinegra, de estrías doradas o iridiscentes. Los caracteres de la base eran igualmente desconcertantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pesar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales en esta esfera, pudo descubrir el más remoto parentesco lingüístico. Tanto la figura como el material pertenecían a algo increíblemente lejano, totalmente distinto de la humanidad que conocemos: algo sugería, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no habían participado.

Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la cabeza y se confesaban incapaces de resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo raramente familiar en la efigie y los jeroglíficos, y al fin, no sin reticencia, confesó lo que sabía. Este hombre era el hoy desaparecido William Channing Webb, profesor de antropología en la Universidad de Princeton y explorador de bastante renombre.

Cuarenta y ocho años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había podido descubrir. En la costa occidental de Groenlandia se había encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religión, un culto demoníaco curioso, lo había impresionado sobremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y repulsiva. Era aquella una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se referían estremeciéndose. Databa, decían, de épocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. Junto a ritos anónimos y sacrificios humanos había invocaciones de origen tradicional dirigidas a un demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb había oído esa invocación en boca de un viejo angekok, o brujo sacerdote, y la había transcrito fonéticamente, hasta donde era posible, en caracteres romanos. Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en ese culto, y alrededor del cual bailaban los esquimales cuando la aurora boreal brillaba muy por encima de los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que se parecía, por lo menos en todos los rasgos esenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.

Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareció excitar al inspector Legrasse, que abrumó al profesor a preguntas. Habiendo copiado una invocación recitada por uno de los oficiantes del pantano, rogó al profesor Webb que tratase de recordar las sílabas recogidas en Groenlandia. Siguió una comparación exhaustiva de todos los detalles y un instante de sombrío silencio cuando el profesor y el detective convinieron en la virtual identidad de las frases. He aquí, en sustancia (la división de las palabras fue establecida de acuerdo con las pausas tradicionales observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdotes de Luisiana habían cantado a sus ídolos:

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.

Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le habían revelado el sentido de esas palabras. Era algo así:

En su casa de R’lyeh el fallecido Cthulhu espera soñando.

Y entonces, respondiendo a un ruego general, el inspector relató minuciosamente su experiencia con los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran importancia a esa historia. Tenía cierto parecido con las ensoñaciones más extravagantes de los teósofos y los creadores de mitos, y revelaba una asombrosa imaginación de carácter cósmico que nadie hubiese esperado entre parias y vagabundos.

El 1° de noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleáns había recibido un alarmado mensaje de la región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su mayor parte de Laffite, eran presas del pánico a causa de algo desconocido que había invadido la región durante la noche. Se trataba en apariencia de un culto vudú, pero de una especie más terrible que todo lo que ellos conocían. Desde que el malévolo tamtam había comenzado a sonar incesantemente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias mujeres y niños. Se habían oído gritos irracionales, chillidos desgarradores y cantos lúgubres, y unas llamas diabólicas habían bailado en la espesura. Los vecinos, añadía el aterrorizado mensajero, no podían soportarlo.

En las primeras horas de la tarde veinte policías partieron en dos carricoches y un automóvil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransitable abandonaron los vehículos y durante varios kilómetros chapotearon en silencio a través de los espesos bosques de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. Raíces tortuosas y nudos malignos de musgo español retardaban la marcha, y de vez en cuando una pila de piedras húmedas o los fragmentos de una pared en ruinas hacían más depresiva aquella atmósfera que los árboles deformados y las colonias de hongos contribuían a crear. Al fin apareció un miserable conjunto de chozas, y los histéricos colonos corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tamtams se oía débilmente a lo lejos, la brisa traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un resplandor rojizo parecía filtrarse por entre el follaje pálido, más allá de las interminables avenidas de la noche selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habitantes del lugar se negaron a avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de horror donde ninguno de ellos había puesto el pie.

La región en que ahora entraba la policía tenía tradicionalmente muy mala fama, y en su mayor parte no había sido explorada por hombres blancos. Algunas leyendas se referían a un lago secreto en que vivía una colosal e informe criatura, algo parecida a un pólipo y de ojos fosforescentes, y, según los colonos, unos demonios de alas de murciélago salían a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que éste estaba allí desde antes que La Salle, de los indios, y aun de las bestias y pájaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en sueños a los hombres, y eso bastaba para que éstos se mantuviesen alejados. La orgía vudú se desarrollaba en los límites extremos del área aborrecida, pero aun así el emplazamiento era bastante malo, y eso quizá había aterrorizado a los colonos más que los chillidos o incidentes.

Sólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano, acercándose a la luz rojiza y a los apagados tamtams. Hay una cualidad vocal propia de las bestias; y nada más terrible que oír una de ellas cuando el órgano de donde proviene debería emitir otra. Una furia animal y una licencia orgiástica se exacerbaban allí hasta alcanzar alturas demoníacas con gritos y aullidos extáticos que reverberaban en los bosques tenebrosos como ráfagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los gritos y lo que parecía un coro de voces roncas entonaba la odiosa melopea1:

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.

Por fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto perdió el conocimiento, y otros dos lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la orgía. Legrasse roció con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el espectáculo fascinados por el horror.

En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de tal vez un acre de extensión, desprovista de árboles y bastante seca. Allí saltaba y se retorcía una horda de anormalidades humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta híbrida muchedumbre bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera circular. De vez en cuando se abrían las cortinas de fuego y se podía distinguir en el centro un bloque de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba la funesta estatuita. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban con la cabeza hacia abajo los cuerpos extrañamente mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el anillo de fieles, moviéndose de izquierda a derecha en una bacanal interminable entre el círculo de cadáveres y el círculo de fuego.

Pudo haber sido sólo la imaginación o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un impresionable español, creyó oír que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales que procedían de un lejano y sombrío lugar, situado en lo más profundo de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. Gálvez, a quien más tarde encontré e interrogué, era desbordantemente imaginativo. Llegó a decir que había oído el débil golpear de unas grandes alas y que había vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detrás de los árboles más lejanos. Pero creo que estaba demasiado influido por las supersticiones locales.

La inactividad de los hombres paralizados fue comparativamente de poca duración. El deber venció pronto todas las dudas, y aunque los celebrantes debían de llegar al centenar, la policía, confiada en sus armas de fuego, irrumpió en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos golpes, disparos y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a vestirse rápidamente, y que rodeó de policías. Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus cómplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por Legrasse.

Examinados en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en su mayor parte marineros, y había algunos negros y mulatos, procedentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto matiz vudú a aquel culto heterogéneo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que se trataba de algo más antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.

Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos que eran muy anteriores al hombre y que habían llegado al joven mundo desde el cielo. Esos Antiguos se habían retirado ahora al interior de la tierra y al fondo del mar, pero sus cadáveres se habían comunicado en sueños con el primer hombre, quien inventó un culto que nunca había muerto. Este era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido siempre y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran sacerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la ciudad submarina de R’lyeh para reinar otra vez sobre la Tierra. Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición; y el culto secreto estaría allí, esperándolo.

Mientras tanto no podían decir nada más. Se trataba de un secreto que ni la tortura podría arrancarles. La humanidad no era lo único consciente en la Tierra, pues había unas formas que emergían de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Antiguos. Ningún ser humano había visto a los Antiguos. El ídolo de piedra representaba al gran Cthulhu, pero nadie podía decir si los otros eran o no como él. Nadie era capaz de descifrar ahora la antigua escritura; muchas cosas se transmitían oralmente. La invocación ritual no era el secreto. Éste no se comunicaba nunca en voz alta. El canto significaba: «En su casa de R’lyeh el fallecido Cthulhu espera soñando».

Sólo dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se les ahorcó; el resto fue enviado a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los crímenes rituales, y afirmaron que los culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras que habían venido hasta ellos desde su refugio inmemorial en el bosque encantado. Pero nada coherente se pudo saber de aquellos aliados misteriosos. Lo que la policía logró obtener salió en su mayor parte de un viejísimo mestizo llamado Castro, quien pretendía haber tocado puertos distantes y hablado con los jefes inmortales del culto en las montañas de China.

El viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas leyendas que empequeñecían las especulaciones de los teósofos y hacían de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres habían gobernado la Tierra. Habían vivido en grandes ciudades, y sus vestigios podían encontrarse aún -le habían dicho a Castro los inmortales de China- en unas piedras ciclópeas de algunas islas del Pacífico. Habían muerto muchísimo antes de la aparición del hombre, pero había artes que podrían revivirlos cuando los astros volvieran a ocupar su justa posición en los cielos de la eternidad. Estos seres, indudablemente, procedían de las estrellas y habían traído sus imágenes con ellos.

Estos Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso. Tenían forma -¿no lo probaba acaso esta imagen estelar?-, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando eran desfavorables, no podían vivir. Pero aunque ya no viviesen, no habían muerto en realidad. Yacían todos en casas de piedra en la gran ciudad de R’lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el día que las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su gloriosa resurrección. Pero en esa época alguna fuerza exterior debía ayudar a la liberación de sus cuerpos. Los conjuros que impedían que se descompusieran impedían también que se moviesen, y los Antiguos tenían que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurrían millones de años. Conocían todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía en la transmisión del pensamiento. En ese mismo instante hablaban en sus tumbas. Cuando, luego de un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los Grandes Antiguos hablaron a los más sensibles moldeándoles los sueños.

Aquellos primeros hombres, murmuró Castro, establecieron el culto con que se adoraba a los ídolos de los Grandes Antiguos; ídolos traídos de estrellas oscuras en una época infinitamente lejana. Ese culto no moriría hasta que las estrellas volvieran a ser favorables. Los sacerdotes sacarían entonces al gran Cthulhu de su tumba para que reviviese a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tiempo sería fácil de conocer, pues entonces la humanidad se parecería a los Grandes Antiguos: salvaje y libre, más allá del bien y del mal, sin moral y sin ley. Y todos los hombres gritarían y matarían, y gozarían alegremente. Los Antiguos, liberados, enseñarían nuevos modos de gritar y matar y gozar, y el mundo entero ardería en un holocausto de libertad y éxtasis. Mientras tanto, el culto, con apropiados ritos, debía conservar el recuerdo de aquellos días antiguos y presagiar su retorno.

En los primeros tiempos algunos hombres escogidos habían hablado en sueños con aquellos seres, pero luego algo había pasado. La gran ciudad de piedra de R’lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primigenio en que nadie había pensado ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas espectrales. Pero los recuerdos no morían, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad volvería a la superficie. Entonces los viejos espíritus de la Tierra, mohosos y sombríos, saldrían de sus subterráneos y propagarían los rumores recogidos allá, en olvidados fondos del océano. Pero de ellos el viejo Castro no se atrevía a hablar. Se interrumpió de pronto y ni la persuasión ni las sutilezas pudieron arrancarle otras informaciones. Tampoco quiso mencionar, curiosamente, el tamaño de los Antiguos. En cuanto al culto, afirmó que su centro debía encontrarse en los desiertos intransitados de Arabia, donde Irem, la ciudad de los Pilares, sueña aún intacta y secreta. No tenía relación alguna con la brujería europea y sólo era conocido por sus miembros. Ningún libro aludía a él, aunque los chinos inmortales decían que en el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred había un sentido oculto que el iniciado podía interpretar de muy diversas maneras, especialmente en el tan discutido dístico:

No está muerto quien puede yacer eternamente,
y en épocas extrañas hasta la muerte puede morir.

Legrasse, profundamente impresionado, y no poco intrigado, había buscado sin éxito las filiaciones históricas del culto. Castro, aparentemente, había dicho la verdad al afirmar que era un secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna sobre el culto o la imagen, y ahora recurría a las mayores autoridades y se encontraba nada menos que con el episodio de Groenlandia del profesor Webb.

El ferviente interés que despertó el relato de Legrasse, corroborado por la presencia de la estatuita, tuvo algún eco en las cartas que intercambiaron luego los miembros del congreso; pero apenas hay alguna mención en el informe oficial. La prudencia es preocupación primordial de aquellos que se enfrentan a menudo a la charlatanería y la impostura. Legrasse prestó durante un tiempo la estatua al profesor Webb, pero a la muerte de este último le fue devuelta, y está desde entonces en su casa. Allí la he visto no hace mucho tiempo. Es de veras algo estremecedor, e indiscutiblemente parecida a la escultura labrada en sueños por el joven Wilcox.

No me asombró que mi tío se hubiese excitado con el relato del joven. ¿Qué pudo pensar al saber, ya enterado de la información recogía por Legrasse, que un joven sensible no sólo había soñado la figura y los jeroglíficos de las imágenes del pantano y de Groenlandia, sino que también había oído en sueños tres de las palabras de la fórmula repetida por los maestros de Luisiana y los diabólicos esquimales? Era natural que el profesor Angell hubiese iniciado instantáneamente una minuciosa investigación, aunque yo en mi fuero interno sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del culto, y había inventado una serie de sueños para acrecentar el misterio ante los ojos de mi tío. El relato de los otros sueños y los recortes coleccionados por el profesor parecían corroborar la historia del joven; pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto me llevaron a adoptar las conclusiones que estimé más razonables. De modo que luego de estudiar otra vez el manuscrito y comparar las notas teosóficas y antropológicas con la descripción del culto que había hecho Legrasse, viajé a Providence para ver al escultor e increparle el haberse burlado de tal modo de un sabio anciano.

Wilcox vivía aún, solo, en el Fleur de Lys de la Calle Thomas, desagradable imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII. La fachada de estuco del hotel lucía ostentosamente entre las encantadoras casas coloniales y a la sombra del más hermoso campanario georgiano que pudiera verse en Norteamérica. Encontré a Wilcox en sus habitaciones, sumido en su labor, y comprendí en seguida, por las piezas que lo rodeaban, que su genio era profundo y auténtico.

Creo que durante un tiempo Wilcox figurará entre los grandes decadentes; pues ha cristalizado en arcilla, y reflejará un día en el mármol, esas pesadillas y fantasías evocadas en prosa por Arthur Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visibles en versos y pinturas.

Moreno, frágil y de aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvió lánguidamente y sin dejar su silla me preguntó qué deseaba. Cuando le dije quién era, manifestó cierto interés, pues mi tío había excitado su curiosidad al examinar sus raros sueños, aunque sin expresar las razones de ese examen. Sin sacarlo de su ignorancia, traté prudentemente de hacerlo hablar.

Poco tiempo me bastó para convencerme de que era absolutamente sincero; hablaba de sus sueños de un modo inequívoco. Esos sueños, y su residuo subconsciente, habían influido profundamente en su arte, y me mostró una estatua mórbida cuyo modelado me estremeció, casi, por la fuerza de su oscura sugestión. No recordaba haber visto el original excepto en el bajorrelieve creado durante un sueño, pero los contornos se habían formado insensiblemente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma gigantesca de la que había hablado en su delirio. Comprobé muy pronto que no sabía nada del culto, salvo lo que el constante interrogatorio de mi tío había dejado escapar, y traté otra vez de concebir de qué modo podía haber recibido esas impresiones sobrenaturales.

Hablaba de sus sueños de un modo extrañamente poético, haciéndome ver con terrible claridad la ciudad ciclópea de piedra verde y musgosa -cuya geometría, añadió curiosamente, era totalmente errónea-, y oí otra vez con un temor expectante el subterráneo llamado mental: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.

Esas palabras figuraban en la temible invocación que evocaba el sueño-vigilia de Cthulhu en su bóveda de piedra de R’lyeh, y a pesar de mis racionales ideas me sentí profundamente perturbado. Wilcox, era indudable, había oído hablar casualmente del culto, y lo había olvidado en seguida en la masa de las lecturas y concepciones igualmente fantásticas. Más tarde, en virtud de su impresionable carácter, el culto había encontrado un modo de expresión subconsciente en los sueños, el bajorrelieve de arcilla y la estatua que yo estaba ahora contemplando. De modo que la superchería había sido involuntaria. El joven tenía unos modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me desagradaban de veras; pero yo ya estaba dispuesto a admitir tanto su genio como su honestidad. Me despedí amablemente, y le deseé todo el éxito que su talento prometía.

El asunto del culto continuó fascinándome y a veces imaginaba poder adquirir un gran renombre investigando su origen y relaciones. Visité Nueva Orleáns, hablé con Legrasse y otros de los que habían participado en aquella vieja expedición, examiné la estatuita y hasta interrogué a los prisioneros que todavía vivían. El viejo Castro, por desgracia, había muerto hacía varios años. Lo que escuché entonces de viva voz, aunque no fue más que una confirmación detallada de los escritos de mi tío, acrecentó mi interés, y tuve la seguridad de estar sobre la pista de una religión muy antigua y secreta cuyo descubrimiento me convertiría en un antropólogo famoso. Mi actitud era aún entonces absolutamente materialista, como aún quisiera que lo fuese, y por una inexplicable perversidad mental rechacé la coincidencia de los sueños y los recortes coleccionados por el profesor Angell.

Hubo algo, sin embargo, que comencé a sospechar y que ahora creo saber: la muerte de mi tío no fue nada natural. Cayó al suelo en la colina, en una de las estrechas callejuelas que partían de unos muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del descuidado empujón de un marinero de tez oscura. Yo no había olvidado que los oficiales de Luisiana se distinguían por la mezcla de sangres y sus intereses marinos, y no me hubiera sorprendido conocer la existencia de agujas venenosas y métodos criminales secretos tan faltos de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos. Legrasse y sus hombres, es cierto, no habían sido molestados; pero en Noruega acaba de morir un marino que veía cosas. ¿No pudieron haber llegado a oídos siniestros las investigaciones realizadas por mi tío luego de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell murió porque sabía o quería saber demasiado. Es posible que me espere un fin semejante, pues yo también he aprendido mucho.

3. La locura del mar

Si el cielo decidiese algún día acordarme un insigne favor, borraría totalmente de mi memoria el descubrimiento que hice, por simple casualidad, al echar una ojeada a una hoja de periódico que recubría un estante. Era un viejo número del Boletín de Sidney del 18 de abril de 1925, con el cual no hubiese podido dar en mi vida cotidiana. Había pasado inadvertido hasta para la agencia de recortes que había estado coleccionando ávidamente durante esa época materiales para mi tío. Había yo casi abandonado mis investigaciones cerca de lo que el profesor llamaba el «culto de Cthulhu» y me encontraba de visita en casa de un docto amigo de Patterson, Nueva Jersey, conservador del museo local y mineralogista de renombre. Examinando un día los ejemplares de reserva, amontonados en desorden en los estantes de una de las salas del fondo del museo, mi mirada se detuvo en la rara ilustración de uno de los periódicos extendido bajo las piedras. Era el Boletín de Sidney que he mencionado. Mi amigo tenía corresponsales en todos los países extranjeros imaginables. La imagen era una fotografía en sepia de una odiosa estatuita de piedra casi igual a la que Legrasse había encontrado en el pantano.

Despojé vivamente a la hoja de su precioso contenido, leí el artículo con cuidado y lamenté su brevedad. Lo que sugería, sin embargo, era de suma importancia para mi ya vacilante búsqueda. Arranqué cuidadosamente la noticia con el propósito de ponerme en seguida en acción. He aquí el contenido:

Misterioso barco a la deriva rescatado en alta mar

El Vigilant arribó remolcando a un yate neozelandés armado. Un muerto y un sobreviviente a bordo. Relatan combates furiosos y muertes en alta mar. Marinero rescatado se niega a dar detalles de la misteriosa experiencia. Ídolo extraño hallado en su poder. Se iniciará una investigación.

El carguero Vigilant de la compañía Morrison, procedente de Valparaíso, arribó esta mañana a su puesto de amarre en la Bahía de Darling remolcando al yate Alert de Dunedin N.2 con serias averías, pero dotado aún de un poderoso armamento. El yate fue avistado el 12 de abril a los 34°21′ de latitud sur, y a los 152°17′ longitud oeste, con un muerto y un sobreviviente a bordo.

El Vigilant dejó Valparaíso el 25 de marzo, y el 2 de abril fue alejado considerablemente de su curso, en dirección sur, por excepcionales tormentas y enormes olas. El 12 de abril avistó el buque a la deriva. En apariencia había sido abandonado, pero luego descubrió que llevaba un sobreviviente en estado de delirio, y un hombre muerto por lo menos desde hacía una semana.

El sobreviviente apretaba entre sus manos una piedra horrible de origen desconocido, de unos treinta centímetros de alto, cuyo origen los profesores de la Universidad de Sidney, la Sociedad Real y el museo de la Calle College no pudieron determinar, y que el hombre afirmaba haber descubierto en la cabina del yate, en un altarcito rudimentario.

Este hombre, ya recobrado, relató una historia de piratería y violencia sumamente extraña. Se trata de un noruego llamado Gustaf Johansen, de cierta cultura, segundo oficial en la goleta Emma de Auckland, que partió para el Callao el 20 de febrero, con una tripulación de 20 hombres.

El Emma, dijo, fue retrasado y alejado considerablemente de su ruta por la tormenta del 1° de marzo, y el 22 del mismo mes a los 49°51′ de latitud sur y a los 128°54′ de longitud este encontró al Alert conducido por una tripulación de canacos2 y mestizos de aspecto patibulario. El capitán Collins no obedeció la orden de virar, y la tripulación del yate abrió fuego sin aviso con una batería de cañones de bronce particularmente pesada.

Los marineros del Emma, dijo el sobreviviente, se resistieron con valentía, y aunque la goleta comenzó a hundirse, pues varios proyectiles habían alcanzado la línea de flotación, lograron acercarse al enemigo y lo abordaron poniéndose a luchar en cubierta. Como los tripulantes del yate combatían de un modo torpe y cruel, tuvieron que matarlos a todos.

Tres de los hombres del Emma, incluso el capitán Collins y el primer oficial Gree, murieron; y los ocho restantes, bajo el mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron a navegar en la dirección seguida originalmente por el yate, a fin de descubrir por qué motivo se les había ordenado cambiar de rumbo.

Al día siguiente desembarcaron en una islita que no figuraba en ningún mapa. Seis de los hombres murieron allí, aunque Johansen se mostró particularmente reticente a este respecto y dijo que habían caído en una grieta entre las rocas.

Más tarde, parece, Johansen y sus compañeros volvieron al yate y trataron de hacerlo navegar, pero fueron vencidos por la tormenta del 2 de abril.

Desde ese día hasta el 12 de abril, fecha en que fue recogido por el Vigilant, Johansen no recuerda nada, ni siquiera cuándo murió su compañero William Briden. La muerte no se debió aparentemente a otra causa que a privaciones.

Cables procedentes de Dunedin informan que el Alert era muy conocido como barco de carga y tenía muy mala reputación. Pertenecía a un curioso grupo de mestizos cuyas frecuentes incursiones nocturnas a los bosques atraían no poca curiosidad. Luego de la tormenta y los temblores de tierra del 1° de marzo se había hecho apresuradamente a la vela.

Nuestro corresponsal en Auckland afirma que el Emma y sus tripulantes gozaban de una excelente reputación y que Johansen es un hombre digno de toda confianza.

El almirantazgo va a iniciar una investigación sobre este asunto, durante la cual se tratará de convencer a Johansen para que hable más libremente.
Esto era todo, además de la diabólica imagen, ¡pero qué pensamientos despertó en mi mente! Estas nuevas y preciosas noticias acerca del culto de Cthulhu probaban que éste tenía fieles seguidores tanto en el mar como en la tierra. ¿Qué motivo había impulsado a la híbrida tripulación a ordenar el regreso del Emma mientras navegaban con su ídolo? ¿Qué isla desconocida era aquella en que habían muerto seis de los tripulantes, acerca de la cual el contramaestre Johansen se mostraba tan reticente? ¿Qué resultado había tenido la investigación del almirantazgo y qué se sabía del odioso culto en Dunedin? Y lo más extraordinario, ¿qué profunda y natural relación de hechos era esta que daba una significación maligna e innegable a los sucesos tan cuidadosamente anotados por mi tío?

El 1° de marzo -el 28 de febrero de acuerdo con el huso horario internacional- se habían producido una tormenta y un terremoto. El Alert y su malencarada tripulación habían dejado rápidamente Dunedin como obedeciendo un imperioso llamado, y en el otro extremo de la Tierra poetas y artistas habían comenzado a soñar con una ciclópea ciudad submarina mientras un joven escultor modelaba, en sueños, la forma del terrible Cthulhu. El 23 de marzo la tripulación del Emma desembarcaba en una isla desconocida, perdiendo allí seis hombres; y en esa misma fecha los sueños de algunas personas alcanzaron su mayor intensidad y se oscurecieron con el terror de un monstruo maligno y gigantesco, mientras un arquitecto se volvía loco y un escultor caía presa del delirio. ¿Y qué pensar de esa tormenta del 2 de abril, fecha en que cesaron todos los sueños de la ciudad sumergida, y Wilcox salió indemne de aquella fiebre extraña? ¿Qué pensar igualmente de aquellas alusiones del viejo Castro a los Antiguos venidos de las estrellas y a su reino próximo, y a su culto, y a su gobierno de los sueños? ¿Estaba balanceándome en el borde de un abismo de horrores cósmicos, insoportables para un ser humano? En todo caso no afectaron sino a la mente, pues el 2 de abril puso término de algún modo a la monstruosa amenaza que había sitiado el alma de los hombres.

Aquella tarde, luego de haber pasado el día enviando telegramas y haciendo urgentes preparativos, me despedí de mi huésped y tomé un tren para San Francisco. En menos de un mes llegué a Dunedin, donde, sin embargo, descubrí que se sabía muy poco de los extraños miembros del culto que habían vivido en las posadas marineras. El vagabundeo en los muelles era asunto demasiado común, y no valía la pena mencionarlo; pero algo oí a propósito de una expedición terrestre realizada por estos mestizos durante la cual se escuchó el débil golpear de unos tambores y se vio un fuego rojo en las colinas lejanas.

En Auckland me enteré de que Johansen había vuelto a Sidney, donde acababa de sometérsele a un inútil interrogatorio, con el pelo totalmente cano, y que luego de vender su casita de la Calle West había regresado con su mujer a su viejo hogar, en Oslo. De su aventura no dijo a sus amigos más de lo que ya sabían los oficiales del almirantazgo, y todo lo que pudieron hacer fue darme su nueva dirección.

Volví entonces a Sidney y hablé sin éxito con gente de mar y miembros de la corte. Vi el Alert en Circular Quay, en la bahía de Sidney, pero nada me reveló su casco. La imagen en cuclillas, de cabeza de pulpo, cuerpo de dragón, alas escamosas y pedestal con jeroglíficos, se conservaba en el museo de Hyde Park. La examiné con cuidado y descubrí que estaba exquisitamente labrada, y tenía el mismo profundo misterio, terrible antigüedad y sobrenatural rareza de material que el ejemplar más pequeño de Legrasse. Para los geólogos, me dijo el conservador del museo, la estatua era un enigma monstruoso, y juraban que no había en el mundo una roca parecida. Recordé, estremeciéndome, lo que había dicho el viejo Castro a Legrasse a propósito de los primeros Grandes Antiguos: «Vinieron de las estrellas y trajeron consigo sus imágenes».

Profundamente perturbado resolví visitar al oficial Johansen en Oslo. Llegué a Londres, me reembarqué en seguida para la capital de Noruega, y un día de otoño eché pie a tierra en un limpio desembarcadero, a la sombra del Egeberg.

La casa de Johansen, descubrí, estaba situada en la Ciudad Vieja del rey Harold Haardrada, que había conservado el nombre de Oslo durante los siglos en que la ciudad principal adoptara el nombre de Cristianía. Hice el corto viaje en un taxi y golpeé con el corazón tembloroso la puerta de una casa vieja y limpia de frente enyesado. Salió a recibirme una mujer de cara triste, vestida de negro, quien me comunicó en un inglés vacilante que Gustav Johansen no era ya de este mundo.

No había sobrevivido mucho a su regreso, pues su aventura marina de 1925 le había destrozado la salud. La mujer no sabía más que el público, pero Johansen había dejado un largo manuscrito, que trataba «asuntos técnicos», escrito en inglés con la intención manifiesta de que su esposa no lo entendiese. Mientras paseaba por una callejuela, cerca del muelle de Gothenburg, un atado de viejos periódicos, salido de la ventana de un altillo, lo golpeó y lo hizo caer. Dos marineros indios lo ayudaron en seguida a levantarse, pero el hombre murió antes de que llegase la ambulancia. Los médicos, incapaces de precisar la causa del deceso, lo habían atribuido a un malestar del corazón y a un debilitamiento general.

Sentí entonces que un oscuro terror, que no me abandonaría hasta que a mí también me fuese acordado el eterno reposo, «accidentalmente» o por otro motivo, me traspasaba los huesos. Habiendo persuadido a la viuda de que mi conocimiento de esos «asuntos técnicos» me autorizaba a poseer el manuscrito, me llevé el documento y comencé a leerlo en el barco que me conducía a Londres.

Era un relato simple, desordenado; un diario de mar redactado de memoria en que se intentaba recoger día a día aquel último y terrible viaje. No lo transcribiré literalmente a causa de sus oscuridades y redundancias, pero mi resumen bastará para explicar por qué el rumor de las aguas contra los costados del buque se me hizo tan intolerable que tuve que taponarme los oídos.

Johansen, gracias a Dios, no lo sabía todo, aunque vio la ciudad y el monstruo; pero yo ya no podré dormir en paz mientras recuerde el horror que espera emboscado del otro lado de la vida, en el tiempo y el espacio, y aquellas malditas criaturas que vinieron de los astros más antiguos y que sueñan en las profundidades del mar, conocidas y favorecidas por un culto de pesadilla decidido a lanzarlas sobre nuestro planeta cada vez que algún terremoto vuelva a elevar la monstruosa ciudad de piedra al aire y la luz del sol.

El viaje de Johansen había comenzado tal como lo declarara él mismo ante el almirantazgo. El Emma había dejado Auckland en lastre el 20 de febrero, y sintió todo el impacto de esa tempestad consecutiva al terremoto que arrancó a los abismos marinos el horror que pobló los sueños de los hombres. Recobrado el gobierno, el buque navegó favorablemente hasta encontrarse con el Alert el 22 de marzo (y sentí la pena del oficial al describir el bombardeo y el hundimiento de su nave). De los mestizos del yate, Johansen hablaba con un horror realmente significativo. Había algo abominable en ellos que hacía que su destrucción pareciese casi un deber, y Johansen se sorprende ante la acusación de crueldad que contra él y sus compañeros hizo la corte. Ya en el yate capturado, Johansen y sus hombres, impulsados por la curiosidad, prosiguen viaje hasta avistar una alta columna de piedra que emerge del océano, y a los 49°9′ de latitud oeste, y 126°43′ de longitud sur, se encuentran ante una costa barrosa, y una albañilería ciclópea cubierta de algas que no puede ser sino la sustancia tangible del terror supremo del universo: la ciudad muerta de R’lyeh, construida hace millones de años, antes de los comienzos de nuestra historia, por las enormes y espantosas criaturas que descendieron desde unos astros desconocidos. Allí yacen el gran Cthulhu y sus compañeros, ocultos en unas bóvedas verdes y húmedas desde donde envían, luego de incalculables ciclos, pensamientos que aterrorizan a los hombres sensibles y reclaman imperiosamente a los fieles del culto que inicien el peregrinaje de la liberación y la restauración. El oficial Johansen ignoraba todo esto, ¡pero Dios sabe bien que había visto bastante!

Creo que emergió de las aguas sólo la cima de la ciudadela, coronada por un enorme monolito, donde yace el gran Cthulhu. Cuando imagino el tamaño de todo lo que puede esconder el fondo del océano, siento deseos de morir sin esperar ya más. Johansen y sus hombres se sintieron aterrados ante la majestad cósmica de esta húmeda Babilonia habitada por demonios, y debieron sospechar, instintivamente, que no pertenecía ni a éste ni a ningún otro planeta similar. En todas las líneas de la estremecida descripción de Johansen se advierte el mismo pavor; ante el tamaño indescriptible de los bloques de piedra verde, ante la altura vertiginosa del monolito labrado, ante la asombrosa identidad de esas colosales estatuas y bajorrelieves con la rara imagen encontrada en la sentina del Alert.

Sin conocer el futurismo, Johansen describe, al hablar de la ciudad, algo muy parecido a una obra futurista. En vez de referirse a una estructura definida, algún edificio, se reduce a hablar de vastos ángulos y superficies pétreas… superficies demasiado grandes para ser de este mundo, y cubiertas por jeroglíficos e imágenes horribles. Menciono estos ángulos pues me recuerdan los sueños que me relató Wilcox. El joven escultor afirmó que la geometría de la ciudad de sus sueños era anormal, no euclidiana, y que sugería esferas y dimensiones distintas de las nuestras. Ahora un marino ilustrado tenía ante la terrible realidad la misma impresión.

Johansen y sus hombres desembarcaron en la playa de esta monstruosa acrópolis y se treparon, resbalando, por los titánicos y musgosos escalones que ningún ser humano hubiera podido edificar. El sol mismo parecía deformado cuando se lo miraba a través de las miasmas polarizadas que emanaban de esta perversión submarina; una amenaza tortuosa acechaba en esos ángulos desconcertantes donde una segunda mirada descubría una concavidad donde se había creído ver la convexidad.

Todos los exploradores, aun antes de ver algo definido (salvo las rocas, los musgos y las algas) se sintieron presas de un indefinible terror. Todos habrían escapado si no hubiesen temido la burla de los otros, y sólo de mala gana se decidieron a buscar -vanamente, como comprendieron más tarde- algo que sirviese de recuerdo.

Rodríguez, el portugués, fue el primero en llegar a la base del monolito y les gritó a los otros lo que acababa de descubrir. Poco más tarde los hombres contemplaron curiosamente una enorme puerta de piedra labrada con el ya familiar bajorrelieve del pulpo-dragón. Se parecía, dice Johansen, a la enorme puerta de un granero. Todos vieron allí una puerta, ya que estaba encuadrada en un umbral, un dintel y dos montantes, pero nadie pudo decidir si estaba situada horizontalmente, como la puerta de una trampa, o algo inclinada, como la puerta exterior de un altillo. Como lo hubiese dicho Wilcox, la geometría del lugar era errónea. Uno no podía estar seguro de que el mar y el suelo fueran horizontales, de modo que la posición relativa de todo el resto parecía variar fantásticamente.

Briden presionó sobre la piedra en diversos sitios sin resultado. Luego Donovan palpó con delicadeza los bordes, apretando separadamente cada punto. Subió con lentitud a lo largo de la grotesca moldura de piedra -puede decirse que subió si se admite que la puerta no era al fin y al cabo horizontal-, y los hombres se preguntaron cómo una puerta podía ser tan enorme. Al fin, muy suavemente, muy lentamente, la parte superior del panel comenzó a inclinarse hacia adentro, y todos vieron que la piedra se balanceaba.

Donovan se deslizó o trepó de algún modo a lo largo de uno de los montantes, y los hombres se pusieron a observar el curioso retroceso de la puerta monstruosa. En este fantástico mundo de deformaciones prismáticas, la piedra se desplazaba anormalmente en diagonal, despreciando todas las leyes de la materia y la perspectiva.

La abertura mostraba una oscuridad casi material. Estas tinieblas tenían realmente una cualidad positiva, pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que debían ser visibles. Al fin surgió de aquella cárcel milenaria algo así como una humareda que oscureció la luz del sol mientras se elevaba hacia el cielo, empequeñecido y arrogado, con la ayuda de sus alas membranosas. El olor que salía de aquellos abismos recién abiertos era insoportable, y Hawkins, que tenía el oído fino, creyó oír allá abajo un sonido chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban aún cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad verde y gelatinosa a través de la tenebrosa abertura hasta elevarse pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.

La letra del pobre Johansen es apenas inteligible en esta parte. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, cree que dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo está más allá de toda posible descripción. No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos. Una montaña que caminaba. ¡Dios! ¿Puede extrañar que en el otro lado de la Tierra enloqueciese un gran arquitecto, y que en aquel telepático instante la fiebre devorara al pobre Wilcox? El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables, y lo que un viejo culto no había podido lograr por su voluntad, un puñado de inocentes marineros lo hacía por accidente. Luego de millones y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.

Tres hombres fueron barridos por aquellas patas membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen en paz, si hay algún descanso en el universo. Eran Donovan, Guerrera y Angstrom. Parker resbaló mientras los otros tres sobrevivientes se precipitaban frenéticamente en un escenario infinito de rocas verdosas. Johansen jura que fue absorbido hacia arriba por un ángulo que no debía estar allí; un ángulo agudo que se había comportado como si fuese obtuso. De modo que sólo Briden y Johansen llegaron al bote, y se dirigieron desesperadamente hasta el Alert mientras la montañosa monstruosidad descendía por los escalones de piedra resbaladiza y se detenía, titubeando, a orillas del agua.

Las calderas habían quedado funcionando a pesar de que todos habían bajado a tierra, y bastaron unos pocos segundos de frenéticas corridas entre ruedas y motores para poner en marcha el Alert. Lentamente, entre los horrores distorsionados de esa escena indescriptible, la hélice comenzó a golpear las aguas. Mientras tanto, en la costa mortal, sobre aquellas construcciones que no eran de este mundo, el monstruo gigantesco venido de las estrellas emitía unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el veloz navío de Ulises. En seguida, con más audacia que los cíclopes de la leyenda, el gran Cthulhu penetró en las aguas e inició la persecución con golpes que levantaron enormes olas. Briden volvió la vista y enloqueció. Desde entonces rió a intervalos hasta que la muerte lo alcanzó en su cabina mientras Johansen vagaba delirando de un lado a otro.

Pero Johansen no había abandonado la partida. Comprendiendo que el monstruo alcanzaría seguramente el Alert antes de que la presión llegase al máximo, resolvió intentar algo desesperado, y, acelerando los motores, subió rápidamente a la cubierta e hizo girar el timón. En la superficie de las aguas hubo un remolino espumoso, y mientras crecía la presión del vapor, el valiente noruego dirigió el navío contra aquella montaña gelatinosa que se alzaba sobre las sucias espumas como la popa de un galeón demoníaco. La horrible cabeza de pulpo, envuelta en tentáculos, llegaba casi hasta la punta del bauprés3; pero Johansen no retrocedió.

Hubo un estallido como el de un globo que se desinfla, un líquido inmundo como el que surge de un hendido pez luna, una hediondez que el cronista no se atrevió a describir. Durante un instante una nube verde, acre y enceguecedora, envolvió al buque, y un hervor maligno quedó a popa, donde -Dios del cielo- la esparcida plasticidad de aquella entidad celeste estaba recombinándose y recobrando su forma primitiva, mientras el Alert se alejaba más y más, y ganaba velocidad.

Eso fue todo. Desde ese momento Johansen se contentó con meditar sombríamente sobre el ídolo de la cabina y preparar unas pocas comidas para él y su enloquecido compañero, que reía a carcajadas. No trató de dirigir el navío; después de aquel incidente quedaba un gran vacío en su alma. Luego sobrevino la tormenta del 2 de abril, que terminó de nublar su conciencia. Recordaba confusamente infinitos abismos líquidos de espectrales paredes giratorias, vertiginosos desplazamientos por mundos huidizos en la cola de un cometa y saltos convulsivos de las profundidades del mar hasta la luna y luego otra vez hasta el mar, todo envuelto en el coro de carcajadas de las antiguas divinidades y de los verdes demonios del Tártaro, de alas de murciélago.

Luego de esas pesadillas vino el rescate, el Vigilant, el tribunal del almirantazgo, las calles de Dunedin y el largo viaje de retorno a la casa natal, junto al Egeberg. Nada podía contar; pasaría por loco. Lo escribiría todo antes de morir, pero su mujer no debería sospechar nada. La muerte sería para él beneficiosa sólo si borraba los recuerdos.

Tal era el documento que leí. Lo he guardado en la caja de lata junto con el bajorrelieve de arcilla y los papeles del profesor Angell. Incluiré este relato, esta prueba de mi propia cordura donde se ha unido lo que espero que nunca volverá a unirse. He contemplado todo lo que en el universo puede haber de horroroso, y aun los cielos de la primavera y las flores del verano me parecerán desde ahora impregnados de veneno. Pero no creo que viva mucho. Como desaparecieron mi tío y el pobre Johansen, así desapareceré yo. Conozco demasiado y el culto todavía existe.

Cthulhu existe también, supongo, en ese refugio de piedra que le sirve de abrigo desde que el sol era joven. Su ciudad maldita se ha hundido otra vez, pues el Vigilant navegó por aquel lugar después de la tormenta de abril; pero sus ministros en la Tierra bailan aún, y cantan y matan en lugares aislados, alrededor de monolitos de piedra coronados de imágenes. Cthulhu tuvo que haber sido atrapado por los abismos submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror. ¿Quién conoce el fin? Lo que ha surgido ahora puede hundirse y lo que se ha hundido puede surgir. La abominación espera y sueña en las profundidades del mar, y sobre las vacilantes ciudades de los hombres flota la destrucción. Llegará el día… ¡pero no debo ni puedo pensarlo! Ruego que si no sobrevivo a este manuscrito, mis ejecutores testamentarios cuiden de que la prudencia sea mayor que la audacia e impidan que caiga bajo otros ojos.
1. Melopea: Canto monótono.
2. Canaco o kanak: pueblo que vive principalmente en Nueva Caledonia, pero también en Vanuatu, Australia, Papúa y Nueva Guinea.
3. Bauprés: Palo grueso colocado oblicuamente en la proa de un navío.

compositores: Vals

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BIOGRAFIA

Francesc Valls (Barcelona?, C.1671 – Barcelona, ​​3 de junio de 1747) fue un compositor catalán. Se desconocen sus primeros años de vida y su formación. La primera referencia data de 1688 cuando alcanzó el cargo de maestro de capilla en la Basílica de Santa María de Mataró pocos meses antes de alcanzar el mismo cargo en la Catedral de Santa María de Girona. Mantuvo ese cargo hasta el 1,696 cuando recibió el nombramiento como maestro de capilla de la Basílica de Santa María del Mar de Barcelona. Ese mismo año entró a colaborar con  Joan Barter. La muerte de Barter en 1709 implicó la asunción oficial de Valles del cargo de maestro de capilla de la catedral, que ya mantuvo hasta su jubilación (algunas fuentes apuntan a que fue el 1726, otros en 1741). Allí compuso abundante música religiosa y secular y ejerció como teórico, escribiendo entre otros el famoso tratado Mapa Armónico Práctico (1742), y profesor con alumnos como  Pere Rabassa, Antoni Jordi y Domingo Terradelles.Fue uno de los mejores compositores españoles de su tiempo. Murió en Barcelona en junio de 1747

OBRA;

Vocal religiosa:

9 masses, some with orch:
De difuntos, 7vv, E-PAMc;
De difuntos, 8vv;
De difuntos, 10vv, 1723, Ac;
De dos tiples;
De tiple solo;
De tiple y tenor;
Haec est virgo sapiens, 9vv;
Regalis, 5vv, 1740;
Scala aretina, 11vv, 1702, ed. J. López-Calo (London, 1978);
Tu es Petrus, 8vv;
Sine nomine, 16vv;
Sine nomine, 12vv

Letanías a la SS Virgen, 6vv, VAc;
9 Magnificat settings, 6–8vv

Motets etc.:
Beata quae credidisti, MA;
Beatus vir;
Conceptio gloriose Virginis Mariae, MA (Bbc);
Confitebor; Credidi;
Dies irae, dies illa;
Dixit Dominus; Domine [? ne infurore];
Domine probasti; Himno de S Agustín, PAMc;
In exitu;
Laetatus sum;
Lauda Jerusalem;
Laudate Dominus;
Libera me, Domine;
Memento;
Nunc dimittis;
O sacramentum pietatis, MA;
Parce mihi, PAMc;
Primer salmo de prima;
Salve regina;
Suscipe verbum, MA;
Tercer salmo de prima;
Tota pulchra, in A. Martín y Coll: Arte de canto llano y canto de órgano (Madrid, 1719)

Oratorios (texts only):
Oratorio místico y alegórico, Barcelona, Convent of S Cayetano, 13 Oct 1717;
El cultivo del alma, figurando en la parábola de la viña, Valencia, Oratorio de S Felipe Neri, 1720;
Eco la voz divida, Barcelona, Convent of Our Lady of Mercy, ?1736;
Oratorio de S Domingo, Zaragoza, Seo

Villancicos:
Adoren los hombres finezas de amor, 3vv, MA;
Al combite que Amor oy previene, 8vv, MA;
Assy a los serafines, 12vv, MA;
Cual puede ser;
Del amor el exemplo mas cabal, 8vv;
Entre golfos de dulzuras, 4vv, in MA;
Es tan violento el estrago de tus ojos peregrinos, 4vv, MA;
Fue la assumpción de María [=Del amor el exemplo mas cabal];
Pueble del ayre los vagos al cielo, 14vv;
Quien será dezid el arco para herir, 12vv, MA;
Ya el sol puede estender su claridad, 4vv, MA;
Others, lost, cited in Horch (1969) and Bermejo and others (1990)
Other vernacular works, MA, Bbc, VAc

Instrumental: 

c70 fugues and canons, MA

Literatura:

Respuesta del Licenciado Francisco Valls, Presbytero, Maestro de Capilla en la Santa Iglesia Cathedral de Barcelona, á la censura de Don Joachim Martínez, organista de la Santa Iglesia de Palencia contra la defensa de la entrada de el tiple segundo en el ‘Miserere nobis’ de la Missa ‘Scala aretina’ (Barcelona, 1716)
Mapa armónico práctico: breve resumen de las principales reglas de música sacado de los más clássicos authores especulativos y prácticos, antiguos y modernos illustrado con differentes exemplares, para la más segura enseñanza de muchachos (MS, E-Bbc, Bu, Mn*, MO)
Arte de composición (MS, Bbc 163)

PINTORES: MAKOVSKY

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1 RESUMEN

Konstantin Jegorowitsch Makowski [Константин Егорович Маковский] (Moscú, 20 de junio de 1839 – Petrogrado, 17 de septiembre de 1915) fue un pintor ruso. En 1851 entró en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú y en 1858 en San Petersburgo. En 1873 pintó el famoso cuadro«Los niños que huyen de la tormenta». Más tarde viajó a Egipto y Serbia. El resultado de estas visitas fueron pinturas como «Los mártires búlgaros» que recibió el reconocimiento internacional. A principios de 1880 se inclinó por el retrato, convirtiéndose en uno de los retratistas de moda en Rusia. Más tarde organizó exposiciones personales de sus pinturas. En la Exposición  de París de 1889, recibió una medalla de oro por varias obras :«La muerte de Iván el Terrible»,  «El Juicio de París»…. Murió en Petrogrado en septiembre de 1915.

2 BIOGRAFIA

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TALES
1. Según escriben Herodoto, Duris y
Demócrito, el padre de Tales fue Examio, y su
madre, Cleobulina, de la familia de los Telidas,
que son fenicios muy nobles descendientes de
Cadmo y de Agenor, como lo ratifica Platón.
Fue el primero que tuvo el nombre de sabio,
cuando se nombraron así los siete, siendo Arconte
en Atenas Damasipo, según escribe Demetrio
Falereo en el Catálogo de los arcontes.
Fue hecho ciudadano de Mileto, cuando estuvo
allá en compañía de Neleo, que fue echado de
Fenicia; o bien, como dicen muchos, fue natural
de la misma Mileto y de sangre noble.
2. Además de los negocios públicos se
dedicó al estudio de la Naturaleza. Algunos
dicen que nada dejó escrito; pues la Astrología
náutica que se le atribuye, es de Foco Samio.
Calímaco lo cree inventor de la Ursa menor,
diciendo en sus yambos:
Del Carro fue inventor, cuyas estrellas
dan rumbo a los fenicios navegantes.
Pero, según otros, escribió dos obras, que
son: Del regreso del sol de un trópico a otro, y
Del equinoccio; lo demás -dijo- era fácil de entender.
Algunos suponen que fue el primer estudioso
de la Astrología, y predicó los eclipses
del sol y cambios del aire, como escribe Eudemón
en su Historia astrológica; y que por
esta causa lo celebraron tanto Jenófanes y
Herodoto. Lo mismo asevera Heráclito y
Demócrito.
3. Muchos opinan que fue el primero en
defender la inmortalidad del alma; de este grupo
es el poeta Querilo. Fue el primero que averiguó
el trayecto del sol de un trópico a otro; y
el primero que, comparando la magnitud del
sol con la de la luna, manifestó ser ésta setecientas
veinte veces menor que aquel, como
escriben varios. El primero que llamó triacada a
la tercera década del mes; y también el primero,
según algunos, que disputó de la Naturaleza.
Aristóteles e Hipias dicen que Tales atribuyó
alma a cosas inanimadas, demostrándolo mediante
la piedra imán y el electro. Pánfilo escribe
que al aprender de los egipcios la Geometría,
inventó el triángulo rectángulo en un semicírculo,
y que sacrificó un buey a causa del
hallazgo. Otros, lo atribuyen a Pitágoras; uno
de los cuales es Apolodoro logístico. También
promovió mucho lo que dice Calímaco en sus
Yambos que halló Euforbo Frigio, a saber, el
triángulo escaleno y otras cosas respecto a la
especulación de las líneas.
4. Se sabe que en asuntos de gobierno sus
consejos fueron muy útiles; pues cuando Creso
envió embajadores a los de Mileto, solicitando
su confederación en la guerra contra Ciro, lo
estorbó Tales, lo cual, al resultar Ciro victorioso,
fue la salvación de Mileto. Refiere Clitón
que fue amante de la vida privada y solitaria,
como leemos en Herác1ides. Algunos mencionan
que fue casado y que tuvo un hijo llamado
Cibiso; otros dicen que vivió soltero, y adoptó
un hijo de su hermana; y que al preguntarle por
qué no tenía hijos, respondió que por lo mucho
que deseaba tenerlos. También se cuenta que
cuando su madre le pidió que se casara, respondió
que todavía era temprano; y que pasados
algunos años, al urgirlo su madre con más
fuerza, dijo que ya era tarde. Escribe Jerónimo
de Rodas, en el libro II De las cosas memorables,
que al querer Tales manifestar la facilidad
con que podía enriquecerse, en cuanto supo
que habría gran cosecha de aceite, tomó en
amendo muchos olivares, y ganó muchísimo
dinero con esto.
5. Dijo que el agua es el primer principio de
las cosas; que el mundo está animado y lleno de espíritus.
Fue el creador de las estaciones del año, y
asignó a éste trescientos sesenta y cinco días.
No tuvo ningún maestro, excepto que cuando
viajó por Egipto se familiarizó con los sacerdotes
de aquel país. Jerónimo dice que midió las
pirámides por medio de la sombra, proporcionándola
con la nuestra cuando es igual al
cuerpo. Y Minies afirma que vivió en compañía
de Trasíbulo, tirano de Mileto.
6. Se sabe lo del trípode que encontraron
en el mar unos pescadores, y el pueblo de Mileto
lo envió a los sabios. Fue el caso que ciertos
jóvenes jonios compraron a unos pescadores de
Mileto un lance de red, y como en ella sacaron
un trípode; se originó la controversia sobre ello,
hasta que los milesios consultaron el oráculo de
Delfos, y obtuvieron esta respuesta:
¿A Febo preguntáis, prole milesia, cuyo
ha de ser el trípode? Pues dadle a quien fuere el
primero de los sabios.
Así que lo dieron a Tales; él lo dio a otro
sabio; éste a otro, hasta que paró en Salón, el
cual, diciendo que Dios era el primer sabio, envió
el trípode a Delfos.
7. Calímaco cuenta esto de otro modo en
sus Yambos, como tomado de Leandrio Milesio,
y dice: Cierto arcade llamado Baticles, dejó una
taza para que se diera al primero de los sabios.
Habiéndola dado a Tales, y vuelta al mismo hecho el
giro de los demás sabios, la dio a Apolo Didimeo,
diciendo:
Gobernando Nileo a los milesios hizo a
Dios Tales este don precioso que dos veces había
recibido.
Lo cual, escrito en prosa, dice: Tales Milesio,
hijo de Examio, dedicó a Apolo Délfico este ilustre
don que había recibido dos veces de los griegos.
El que llevó la taza de unos sabios a otros era
hijo de Batilo, y se llamaba Tirión, como dice
Eleusis en el libro De Aquiles, y Alejo Mindio
en el nono De las cosas fabulosas.
8. Eudoxo Cnidio y Evantes Milesio mencionan
que Creso dio una copa de oro a cierto
amigo para que la regalara al más sabio de Grecia,
y que después de dársela a Tales, de uno en
otro sabio vino a parar a Quilón. Al preguntar a
Apolo quién era más sabio que Quilón, respondió
que Misón. De este hablaremos más adelante.
Eudoxo pone a Misón por Cleóbulo, y Platón lo
pone por Periandro. La respuesta de Apolo fue:
Cierto Misón Eteo, hijo de Queno, en la
ciencia sublime es más perito.
El que hizo la pregunta fue Anacarsis.
Démaco Plateense y Clearco dicen que Creso
envió la taza a Pitaco, y de él pasó a los otros
sabios; pero Andrón, tratando del trípode,
afirma que los argivos pusieron el trípode por
premio de la virtud al más sabio de los griegos,
y habiendo considerado a Aristodemo Esparciata
como tal, éste lo cedió a Quilón. Aleeo
recuerda a Aristodemo de esta manera:
Pronunció el Esparciata Aristodemo
aquella nobilísima sentencia: El rico es sabio; el
pobre, nunca bueno.
9. Hay quienes dicen que Periandro envió
a Trasíbulo, tirano de Mileto, una nave cargada,
y habiendo zozobrado en los mares de Cos,
hallaron después el trípode unos pescadores.
Pero Fanódico escribe que fue hallado en el mar
de Atenas, remitido a la ciudad, y por decreto
público enviado a Biante. El porqué se dirá
cuando tratemos de Biante. Otros dicen que lo
fabricó Vulcano, y se lo regaló a Pélope el día
de sus nupcias; que vino a quedar en poder de
Menelao; que lo robó Alejandro con Helena, y,
por último, Lácenas lo arrojó al mar de Cos,
diciendo que sería motivo de discordias. Después,
cuando unos de Lebedo compraron a los
pescadores un lance de red y encontraron el
trípode, se inició una discusión sobre ello. Llegaron
a Cos las querellas; pero como nada se
decidía, dieron parte a Mileto, que era la capital.
Los milesios enviaron comisionados para
que arreglaran el problema, pero al no conseguirlo,
tomaron las armas contra Coso Viendo
que morían muchos de ambas partes, el oráculo
dijo que se diera el trípode al varón más sabio, y las
partes convinieron en darlo a Tales. Éste, después
que circuló por los demás y regresó a su
mano, lo dedicó a Apolo Didimeo. A los de Cos
el oráculo les respondió así:
No cesará de Cos y de Mileto la famosa
contienda, mientras tanto que ese trípode de
oro (que Vulcano tiró al mar) no salga de vuestra
patria y llegue a casa del varón que sepa lo
pasado, presente y venidero.
Y a los milesios, dijo:
¿A Febo preguntáis, prole milesia…?
Como ya lo habíamos mencionado.
10. En las Vidas, Hermipo atribuye a Tales
lo que otros dicen de Sócrates. Tales decía que
por tres cosas daba gracias a la fortuna: la primera,
por haber nacido hombre y no bestia; la segunda, por
ser varón y no mujer; y la tercera, por ser griego y
no bárbaro. Se cuenta que cuando una vieja lo
sacó de casa para que observara las estrellas, se
cayó en un hoyo, y como se quejó de la caída, la
vieja le dijo: ¡Oh, Tales, tú presumes de ver lo que
está en el cielo, y no ves lo que tienes a los pies! Ya
escribió Timón que fue muy dedicado a la Astronomía,
y lo nombra en sus Sátiras, diciendo:
Así como el gran Tales astrónomo fue y
sabio entre los siete.
Según dice Lobón Argivo, sólo escribió
unos doscientos versos; y que a su retrato se
pusieron estos:
Tales es el presente a quien Mileto en su
seno nutrió; y hoy le dedica, como el mayor
astrónomo, su imagen.
Entre los versos adomenos, son de Tales
los siguientes:
Indicio y seña de ánimo prudente nos da
quien habla poco. Alguna cosa sabia alguna
cosa ilustre elige siempre: Quebrantarás así
locuacidades.
11. Estas sentencias se le atribuyen: De los
seres, el más antiguo es Dios, por ser ingénito; el
más hermoso es el mundo, por ser obra de Dios; el
más grande es el espacio, porque lo encierra todo; el
más veloz es el entendimiento, porque corre por todo;
el más fuerte es la necesidad, porque todo lo vence;
el más sabio es el tiempo, porque todo lo descubre.
También dijo que entre la muerte y la vida no hay
diferencia alguna; y cuando alguien le preguntó:
Pues ¿por qué no te mueres tú?, respondió: Porque
no hay diferencia. A uno que deseaba saber quién
fue primero, la noche o el día, le respondió: La
noche fue un día antes que el día. Al preguntarle
otro si los dioses veían las injusticias de los
hombres, contestó: Y aun los pensamientos. A un
adúltero que le preguntó si juraría no haber
cometido adulterio, respondió: Pues ¿no es peor
el perjurio que el adulterio?
12. Cuando le preguntaron qué cosa es
difícil, respondió: Conocerse a sí mismo. Y al preguntarle
qué cosa es fácil, dijo: Dar consejo a
otros. ¿Qué cosa es suavísima? Conseguir lo que
se desea. ¿Qué cosa es Dios? Lo que no tiene principio
ni fin. ¿Qué cosa vemos raras veces? Un
tirano viejo. ¿Cómo sufrirá uno más fácilmente
los infortunios? Viendo a sus enemigos peor tratados
de la fortuna. ¿Cómo viviremos mejor y más
santamente? No cometiendo lo que reprendemos en
otros. ¿Quién es feliz? El sano de cuerpo, abundante
en riquezas y dotado de entendimiento. Decía
que nos debemos acordar de los amigos ausentes
tanto como de los presentes. Que no es cosa loable
hermosear el exterior, sino adornar el espíritu con
las ciencias. También decía: No te enriquezcas con
injusticias; ni publiques un secreto que te han confiado.
El bien que hicieras a tus padres, espéralo de
tus hijos. Opinó que las inundaciones del Nilo
son causadas por los vientos etesios que soplan
contra la corriente.
13. Apolodoro, en sus Crónicas, dice que
Tales nació el año primero de la Olimpiada
XXXV, y murió el setenta y ocho de su edad, o
bien el noventa, habiendo fallecido en la Olimpiada
LVIII, como escribe Sosícrates. Vivió en
los tiempos de Creso, a quien prometió que lo
haría pasar el río Halis sin usar un puente, esto
es, dirigiendo las aguas por otro cauce.
14. Demetrio de Magnesia, en la obra que
escribió de los Colombreños, dice que hubo
otros cinco Tales. El primero fue un retórico
calanciano, imitador despreciable; el segundo,
un pintor sicionio muy ingenioso; el tercero, fue
muy antiguo y del tiempo de Hesíodo, Homero
y Licurgo; el cuarto, lo nombra Duris en su Libro
de la pintura; y el quinto, es moderno y no
muy conocido, al cual menciona Dionisio en su
Critica.
15. Tales, el sabio, murió estando en unos
espectáculos gimnásticos, afligido del calor, sed
y debilidad propia, por ser ya viejo. En su sepulcro
se puso este epigrama:
Túmulo esclarecido, aunque pequeño, es
este; pues encierra la grandeza de los orbes
celestes, que abreviados tuvo en su entendimiento
el sabio Tales.
Existe otro mío en el libro I de los Epigramas,
o Colección de metros, y es:
Las gimnásticas luchas observando atento
en el estadio el sabio Tales, arrebátale Júpiter
Eleo. Bien hizo en acercarle a las estrellas,
cuando por la vejez ya no podía las estrellas
mirar desde la tierra.
De Tales es aquella sentencia: Conócete a ti
mismo, aunque Antístenes, en las Sucesiones,
dice que es de Femonoe, y se la adjudicó
Quilón.
16. De los siete sabios, cuya memoria en
general es digna de este lugar, se dice lo siguiente:
Damón Cirineo, que escribió De los
filósofos, los censura a todos; pero en especial a
los siete. Anaximenes dice que fueron más afectos
a la poesía que otra cosa. Dicearco, que no
fueron sabios ni filósofos, sino sólo hombres
expertos y legisladores. Dice también haber
leído el Congreso de los siete sabios en presencia
de Cipseto, que escribió Arquétimo Siracusano.
Euforo refiere que se congregaron los
siete en presencia de Creso, excepto Tales.
Otros dicen que también se hallaron juntos en
Panionio, en Corinto y en Delfos. Hay igualmente
opiniones diversas acerca de sus dichos
o sentencias, atribuyéndose algunas a otros,
como la siguiente:
Dijo el sabio Quilón Lacedemonio: Todo
exceso es dañoso: obrar a tiempo es el mejor y más
laudable.
17. También hay controversia en cuanto a
su número; pues Leandrio pone a Leofante
Gorsiada, natural de Lebedo o de Efeso, y a
Epiménides Cretense, en vez de Cleóbulo y
Misón; Platón, en su Protágoras, pone a Misón
por Periandro. Eforo, por Misón a Anacarsis;
otros añaden a Pitágoras. Dicearco, por consentimiento
general, cita cuatro, que son: Tales,
Biante, Pitaco y Solón. Luego nombra otros seis:
Aristodeino, Pánfilo, Quilón Lacedemonio,
Cleóbulo, Anacarsis y Periandro; de los cuales
elige tres. Algunos agregan a Acusilao y a Caba
o Escabra Argivo. Hermijo, en su tratado De los
sabios, apunta diecisiete, y deja que el lector
elija de ellos los siete que quiera. Son estos:
Solón, Tales, Pitaco, Biante, Quilón, Cleóbulo,
Periandro, Anacarsis, Acusilao, Epiménides,
Leofanto, Ferecides, Aristodemo, Pitágoras,
Laso (hijo de Carmantides o de Simbrino, o
bien, según dice Aristoxeno, hijo de Cabrino
Hermioneo) y Anaxágoras. Finalmente, Hipoboto,
en su libro De los filósofos, los menciona
en el orden siguiente: Orfeo, Lino, Solón, Periandro,
Anacarsis, Cleóbulo, Misón, Tales,
Biante, Pítaco, Epicarmo y Pitágoras.
18. Se atribuyen a Tales las epístolas siguientes:
TALES A FERECIDES
He sabido que eres el primer jonio que
estás para publicar en Grecia un escrito acerca
de las cosas divinas. Tal vez será mejor consejo
publicar estas cosas por escrito, que no fiarlas a
algunos pocos que no hagan mucho caso del
bien común. Quisiera, si te parece bien, que me
comunicaras lo que escribes; e incluso si lo
permites, pasaré a Sirón a verte, porque es verdad
que no somos tan estólidos yo y Solón
Ateniense, que habiendo navegado a Creta a fin
de hacer nuestras observaciones, y a Egipto
para comunicarnos con los sacerdotes y astrónomos,
lo dejemos de hacer ahora para ir a verte.
Así que irá Solón conmigo, si gustas, ya que
tú, enamorado de ese país, pocas veces pasas a
Jonia, ni solicitas la comunicación con los forasteros;
antes bien, según pienso, el escribir es tu
única ocupación. Nosotros, que nada escribimos,
viajamos por Grecia y Asia.
TALES A SOLÓN
19. Si te vas de Atenas, creo que puedes
habitar con mucha comodidad en Mileto, porque
es colonia vuestra, pues en ella no sufrirás
ninguna molestia. Si detestas a los tiranos de
Mileto, como haces con todos los demás tiranos,
podrás vivir alegre en compañía de nosotros
tus amigos. Biante te envió a decir que pasaras
a Priena; si determinas vivir en Priena,
iremos también nosotros a habitar contigo.
SOLÓN
l. Solón, hijo de Execestides, nativo de Salamina,
quitó a los atenienses el gravamen que
llamaban sisactia, que era una especie de redención
de personas y bienes. Se hacía comercio de
personas, y muchos servían por pobreza. Se
debían siete talentos al patrimonio de Solón; él
perdonó a los deudores, e instó a los demás con
su ejemplo a hacer lo mismo. Esta ley se llamó
sisactia, la razón de cuyo nombre es evidente.
Después estableció otras leyes (cuya lista sería
largo enumerar), y las publicó escritas en tablas
de madera.
2. También fue célebre otro hecho suyo.
Se disputaban con las armas los atenienses y
megarenses la isla de Salamina, su patria; hasta
que habiéndose ya derramado mucha sangre,
comenzó a ser delito capital en Atenas proponer
la adquisición de Salamina mediante las
armas. Entonces Solón, fingiéndose loco de
repente, salió coronado a la plaza, donde por
medio de un pregonero, leyó a los atenienses
ciertas elegías que había compuesto sobre Salamina,
y los conmovió tanto que renovaron la
guerra contra los megarenses y los vencieron,
motivados por esta sutileza de Solón. Los principales
versos con que indujo a los atenienses
son estos:
Primero que ateniense, ser quisiera isleño
folegandrio, o sicinita. Aun por ellas la patria
permutara,
puesto que ha de decirse entre los hombres:
Este es un ateniense de los muchos que a Salamina
abandonada dejan.
Y después:
Vamos a pelear por Salamina, isla rica y
preciosa, vindicando el gran borrón que nuestro
honor padece.
3. También indujo a los atenienses a que
tomaran el Quersoneso Táurico. Para que no
pareciera que los atenienses habían tomado a
Salamina sólo por las armas, y no por derecho,
abrió diferentes sepulcros e hizo ver que los
cadáveres estaban sepultados de cara al Oriente,
lo cual era rito de los atenienses al enterrar
sus muertos. Lo mismo demostró con los edificios
sepulcrales, construidos de cara al Oriente
y esculpidos con los nombres de las familias, lo
cual era propio de los atenienses. Se dice que al
Catálogo de Homero, después del verso
Ayax de Salamina traía doce naves, añadió
el siguiente: y las puso donde estaban las
falanges
de los atenienses.
4. Con esas acciones tuvo en su favor al
pueblo, que gustoso aceptaría que fuera su rey;
pero él no sólo no se aprovechó, sino que aun,
como dice Sosícrates, se opuso en forma rotunda
a su pariente Pisístrato, cuando supo que
intentaba tiranizar a la República. Cuando el
pueblo estaba congregado, Solón salió armado
con peto y escudo, y manifestó las intenciones
de Pisístrato. Además, también se mostró dispuesto
a ayudar, diciendo: Oh, atenienses, yo soy
entre vosotros más sabio que unos y más valeroso
que otros; soy más sabio que los que no advierten lo
que planea Pisístrato, y más valeroso que los que lo
conocen y callan por miedo. El Senado, que apoyaba
a Pisístrato, decía que Solón estaba loco,
pero él respondió:
Dentro de un breve tiempo, oh atenienses,
la verdad probará si estoy demente.
Los élegos que pronunció sobre la dominación
tiránica que premeditaba Pisístrato, son
los siguientes:
Como las nubes, nieves y granizos arrojan
truenos, rayos y centellas, así en ciudad de
muchos poderosos caerá el ciego pueblo en
servidumbre.
Como Solón no quiso apoyar a Pisístrato,
que finalmente tiranizó a la República, dejó las
armas delante del Pretorio, diciendo: ¡Oh, patria!,
te he ayudado con palabras y con hechos. Luego
navegó a Egipto y Chipre. Estuvo con Creso,
y al preguntarle éste a quién consideraba feliz,
respondió que a Tello Ateniense, a Cleobis y a
Bito, con lo demás que de esto se cuenta. Algunos
dicen que habiéndose adornado Creso una
vez con toda clase de ornatos, y sentándose en
su trono, le preguntó si alguna vez había visto
un espectáculo más bello, a lo que respondió:
Lo había visto en los gallos, faisanes y pavos, pues
éstos resplandecían con adornos naturales y de maravillosa
hermosura.
5. Después viajo a Cilicia; fundó un ciudad
a la que llamó Solos, y la pobló de habitantes
atenienses, los cuales, como al paso del
tiempo perdieran en parte el idioma patrio, se
dijo que solecizaban. De aquí se llamaron estos
solenses, y los de Chipre solios. Al enterarse que
Pisístrato quería seguir reinando, escribió a los
atenienses:
Si oprimidos os veis, echad la culpa sobre
vosotros mismos, no a los dioses. Dando a algunos
poder, dando riquezas, compráis la servidumbre
más odiosa. De ese varón os embelesa
el habla, y nada reparáis en sus acciones.
Cuando Pisístrato tuvo conocimiento de
la partida de Solón, le escribió esto:
PISÍSTRATO A SOLÓN
6. Ni yo soy el primer ateniense que se
encumbró con el reino, ni me arrogo cosas que
no me pertenezcan, como descendiente de
Cécrop. Sólo tomo lo mismo que los atenienses
juraron dar a Codro y sus descendientes, y no
se lo dieron. Respecto a lo demás, en nada peco
contra los dioses ni contra los hombres, pues
gobierno según las leyes que tú mismo diste a
los atenienses, observándose mejor así que por
democracia. No permito que se perjudique a
nadie; y aunque soy rey, no me diferencio de la
plebe, excepto por la dignidad y el honor, contentándome
con los mismos estipendios otorgados
a los que reinaron antes. Cada ateniense
separa el diezmo de sus bienes, no para mí,
sino con el fin de que haya fondos para los gastos
de los sacrificios públicos, utilidades comunes
y guerras que puedan ofrecerse. No me
quejo de ti porque anunciaste al pueblo mis
planes, ya que los anunciaste más por el bien de
la República que por el odio que me tengas,
como también porque ignorabas la calidad de
mi gobierno, pues de poder saberlo, quizá te
hubieras adherido a mis acciones, y no te
hubieras ido. Regresa, pues, a tu casa, y créeme,
aun sin juramento, que en Pisístrato nada habrá
ingrato para Solón. Sabes que ningún detrimento
han padecido por mí ni siquiera mis enemigos.
Si gustas ser uno de mis amigos, serás de
los más íntimos, pues no veo en ti ninguna infidelidad
ni dolo. Pero si no deseas vivir en
Atenas, haz como quieras, con tal que no estés
ausente de la patria por causa mía.
7. Solón decía que el término de la vida son
setenta años. También parece que son suyas estas
ilustres leyes: Quien no alimente a sus padres,
será infame, y lo mismo quien consuma su patrimonio
en glotonerías. El que viviera ocioso, pueda ser
acusado por quien quiera acusarlo. Lisias dice, en
la Oración que escribió contra Nicia, que
Dracón fue quien dejó escrita dicha ley, y que
Solón la promulgó. También, que quien hubiese
padecido el nefas fuera removido del Tribunal.
8. Reformó los honores que se daban a los
atletas, y estableció que a quien ganara en los
juegos olímpicos se le dieran quinientas dracmas;
al que en los ístmicos, cien; y así en las
demás competencias. Decía que ningún bien se
seguía de engrandecer semejantes honores;
antes bien, debían darse a los que hubieran
muerto en la guerra, para criar e instruir a sus
hijos a expensas del público, pues con este
estímulo se portarían fuertes y valerosos en los
combates; como lo hicieron Policelo, Cinegiro,
Calmaco y todos los que pelearon en Maratón.
Lo mismo que Harmodio, Aristogitón, Milcíades
y otros infinitos. Pero los atletas y gladiadores,
además de ser de mucho gusto, aun
cuando vencen son perniciosos, y antes son
coronados contra la patria que contra sus contendientes.
Y en la vejez son ropa vieja, a quien
dejó la trama, como dice Eurípides. Por este
motivo los premios fueron modificados por
Solón.
9. También fue autor de la ilustre ley que
dice: El curador no cohabite con la madre de los
pupilos; y que no pueda ser curador aquel a quien
pertenezcan los bienes de los pupilos cuando mueran
éstos. También que los grabadores de sellos en anillos,
al vender uno, no retuvieran otro con el mismo
grabado. Que a quien sacara el ojo que le quedaba a
un tuerto, se le sacaran los dos. Y estas otras: No
tomes lo que no pusiste; pues quien haga lo contrario,
será reo de muerte. El príncipe que fuese hallado
embriagado, será condenado a la pena de muerte.
10. Trató de que se coordinaran los poemas
de Homero, para que sus versos y contexto
tuvieran entre sí mayor correlación. Vemos
entonces que Solón ilustró más a Homero que
Pisístrato, como dice Dieuquidas en el libro V
de la Historia Megárica. Los principales versos
eran:
A Atenas poseían, etc.
También Solón fue el primero que llamó
viejo y nuevo al último día del mes, y el primero
que estableció los nueve arcontes (magistrados)
para sentenciar las causas, como escribe
Apolonio en el libro II De los legisladores.
Cuando hubo una sedición entre los de la
ciudad, los del campo, y marinos, no apoyó a
ninguna de las partes.
11. Decía que las palabras son imagen de las
obras. Rey, el de mayores fuerzas. Las leyes son como
las telarañas, pues enredan lo leve y de poca
fuerza, pero lo grande las rompe y se escapa. Que la
palabra debe sellarse con el silencio, y el silencio, con
el tiempo. Que los que pueden mucho con los tiranos
son como las notas numerales que usamos en los
cálculos; pues así como cada una de ellas ya vale
más, o menos, igualmente los tiranos exaltan a unos
y abaten a otros. Al preguntarle por qué no había
hecho ley contra los parricidas, respondió: Porque
espero que no los haya. Y ¿de qué forma no
harán los hombres injusticias? Aborreciéndolas
los que no las padecen igualmente que los que las
padecen. También dijo que de las riquezas nace el
fastidio, y del fastidio, la insolencia. Dispuso que
los atenienses contaran los días según el trayecto
de la luna. Prohibió a Tespis la representación
y enseñanza de tragedias, por considerarla
una inútil falsilocuencia. Y cuando Pisístrato se
hirió a sí mismo, Solón dijo: De allí provino esto.
12. Apolodoro menciona en el libro De las
sectas filosóficas, que daba a los hombres estos
consejos: Ten por más fiel la probidad que el juramento.
Piensa en acciones ilustres. No hagas amigos
de pronto, ni dejes los que ya hubieras hecho. Manda
cuando ya hubieras aprendido a obedecer. No aconsejes
lo más agradable, sino lo mejor. Toma por guía
la razón. No te familiarices con los malos. Venera a
los dioses. Honra a los padres.
13. Se dice que cuando Mímennos escribió:
Ojalá que sin males ni dolencias, que lo
consumen todo, circunscriban el curso de mi
vida sesenta años, lo reprendió, diciendo:
Si créenme quisieras, esto borra. Mimnenno,
y no te ofendas te corrija. Refúndelo al
momento, y así canta: Mi vida se tennine a los
ochenta.
Los adomenos de Solón que se celebran
son:
Examina los hombres uno a uno, y observa
si con rostro placentero ocultan falsedad sus
corazones, y si hablan con doblez palabras claras
de oscuro entendimiento precedidas.
Se sabe que escribió: leyes, oraciones al
pueblo, algunas exhortaciones para sí mismo,
elegías, sobre las Repúblicas de Salamina y
Atenas, hasta cinco mil versos; diversos y ambos
y éxodos. A su efigie se puso este epigrama:
La ilustre Salamina, que del Medo el orgullo
abatió, fue dulce madre del gran Solón,
legislador divino.
14. Tuvo su mayor auge cerca de la
Olimpiada XLVI, en cuyo tercer año fue príncipe
de los atenienses, como dice Sosícrates, y fue
cuando instituyó las leyes. Murió en Chipre el
año ochenta de su edad. Dejó a los suyos orden
de llevar sus huesos a Salamina, reducirlos a
cenizas y esparcirlas por toda la ciudad. Por
esta razón Cratino le hace hablar en su Quirón
de este modo:
Habitó, según dicen, esta isla, por todo el
pueblo de Ayax esparcido.
En mi Panmetro, ya citado, en que procuré
componer epigramas en todo tipo de versos
y ritmos acerca de los varones célebres en
doctrina, hay sobre Solón uno que dice lo siguiente:
De Solón Salaminio al frío cuerpo, de
Chipre el fuego convirtió en cenizas, que de su
patria en los fecundos campos producirán ubérrimas
espigas; pero el alma ya fue derechamente
a la celeste patria conducida por los ligeros
ejes, en que un tiempo sus soberanas leyes
dejó escritas.
Se considera suya la sentencia: Nihil nimis.
Dioscórides refiere en sus Comentarios que
cuando Solón lloró por habérsele muerto un
hijo (cuyo nombre no se sabe), al decirle uno
que de nada le aprovechaba el llanto, respondió:
Por eso mismo lloro, porque de nada me aprovecha.
Sus epístolas son las siguientes:
SOLÓN A PERIANDRO
15. Me dicen que muchos ponen asechanzas
contra ti. Aunque quieras exterminarlos, no
podrás ser precavido; te las pondrá el que menos
sospeches; uno, porque te tema; otro, conociéndote
digno de muerte, por ver que no hay
cosa que no temas. Aun hará obsequio al pueblo
el menos sospechoso que te quite la vida.
Para quitar la causa, lo mejor sería dejar el imperio;
pero si quieres absolutamente perseverar
en él, será preciso que tengas fuerzas mayores
que las de la ciudad. De esta manera ni habrá
quien te sea temible, ni te desharás de ninguno.
SOLÓN A EPIMENIDES
16. Ni mis leyes, en la realidad, habían de
ser de gran emolumento para los atenienses, ni
menos lo fuiste tú con irte de la ciudad; pues no
sólo pueden auxiliar a las ciudades los dioses y
los legisladores, sino también los que siempre
forman la multitud, a cualquier parte que se
inclinen. A estos les son provechosos los dioses,
y las leyes, si proceden debida y rectamente;
pero si administran mal, de nada les sirven. No
cedieron ciertamente en mayor bien mil leyes y
establecimientos; porque los que manejaban el
común han perjudicado con no estorbar que
Pisístrato se convirtiera en rey, ni dieron crédito
a mis predicciones. Él, que halagaba a los
atenienses, fue más creído que yo, que los
desengañaba. Armado delante del Senado, dije
que yo era más sabio que los que no advertían que
Pisístrato quería tiranizarlos, y más valeroso que los
que por miedo no le repelían. Pero ellos creyeron
que Solón estaba loco. Por último, di público
testimonio en esta forma: ¡Oh patria! Solón está
aquí dispuesto a darte socorro de palabra y de obra,
aunque, por el contrario, creen estos que estoy loco.
Así, único enemigo de Periandro, me ausento de ti.
Esos otros sean, si gustan, sus alabarderos. Sabes,
oh amigo, con cuánta sagacidad invadió el solio.
Empezó adulando al pueblo; después,
hiriéndose a sí mismo, salió ante el Senado,
diciendo a gritos que lo habían herido sus contrarios,
y suplicó que le concedieran cuatrocientos
alabarderos de guardia. Y ellos, sin escuchar
mis amonestaciones, se los otorgaron, armados
con clavas; y en seguida subyugó a la República.
Así que en vano me esforzaba en libertar a
los pobres de la servidumbre, puesto que en el
día todos son esclavos de Pisístrato.
SOLÓN A PISÍSTRATO
17. Creo que de ti no me vendrá ningún
daño, puesto que antes de tu reinado era tu
amigo, y hoy no te soy más enemigo que los
demás atenienses que aborrecen el estado
monárquico. Que piense cada quien si le parece
mejor ser gobernado por uno o por muchos.
Confieso que eres el más benigno de los tiranos;
sin embargo, veo que no me conviene volver a
Atenas, no sea que se queje alguno de que
habiendo yo puesto el gobierno de ella en manos
de todos igualmente, y abominando el
monárquico, ahora con mi regreso parezca lisonjear
tus acciones.
SOLÓN A CRESO
18. Me causa gran maravilla la amistad
que me tienes; y te juro por Minerva que, de no
haber ya resuelto habitar en un gobierno democrático,
querría mejor vivir en tu reino que
en Atenas, violentamente tiranizada por Pisístrato.
Pero yo vivo más gustoso en donde los
derechos son iguales entre todos. Bajaré, no
obstante, ahí, siquiera por ser tu huésped un
breve tiempo.
QUILÓN
l. Quilón, hijo de Damageto fue lacedemonio.
Compuso algunas elegías hasta en doscientos
versos. Decía que las previsiones que se
pueden comprender por raciocinios son obra del
varón fuerte. A su hermano, que se indignaba de
que no le hacían éforo siéndolo él, respondió:
Yo sé sufrir injurias, pero tú no. Fue hecho éforo
hacia la Olimpiada LV, aunque Pánfilo dice que
en la LVI; y que fue primer éforo siendo arconte
Eutidemo, como dice Sosícrates. Que el primero
estableció que los éforos estuviesen unidos al
rey; aunque Sátiro dice que esto lo había establecido
ya Licurgo. Herodoto dice, en el libro
primero, que estando Hipócrates sacrificando
en Olimpia, como las calderas hirviesen por sí
solas, le aconsejó Quilón que no se casara, o que
dejara a la mujer si ya era casado, y renunciara
a los hijos.
2. Se dice que cuando le preguntó Esopo
qué era lo que hacía Júpiter, respondió: Humilla a
los excelsos, y eleva a los humildes. Al preguntarle
en qué se diferencia el sabio del ignorante, contestó:
En las buenas esperanzas. Y al cuestionarle qué
cosa era difícil, respondió: Guardar el secreto, emplear
bien el ocio y sufrir injurias. Daba los preceptos
siguientes: Detener la lengua, principalmente
en convites; no hablar mal del prójimo, si no
queremos oír de él cosa que nos pese; no amenazar a
nadie, por ser cosa de mujeres; acudir primero a los
infortunios que a las prosperidades de los amigos;
casarse sin pompa; no hablar mal del muerto; honrar
a los ancianos; cuidarse de sí mismo; escoger antes el
daño que el lucro torpe, porque lo primero se siente
sólo una vez, lo segundo para siempre; no burlarse
del desgraciado; que el poderoso sea humano, para
que los prójimos antes lo celebren que lo teman;
aprender a mandar bien en su casa; que no corra
más la lengua que el entendimiento; reprimir la ira;
no perseguir con baldones la adivinación; no querer
imposibles; no apresurarse en el camino; no agitar la
mano cuando se habla, por ser cosa de necios; obedecer
las leyes; amar la soledad.
3. Entre sus adomenos éste fue el más
aceptable: Por la piedra de toque se examina el oro,
dando prueba de sus quilates, y por el oro se prueba
el ánimo del hombre bueno o del malo. Cuentan
que, siendo ya viejo, decía que no se acordaba
de haber obrado en su vida injustamente; sólo
dudaba de una cosa, y era, que cuando una vez
tenía que condenar en justicia a un amigo, y
queriendo proceder según las leyes, le instó a
que le recusase, y así cumplió con la ley y con el
amigo. Fue celebradísimo, especialmente entre
los griegos, por haber predicho lo de Citere, isla
de Laconia, pues al tener observada su situación,
dijo: ¡Ojalá nunca hubiese existido, o bien se
hubiese sumergido acabada de nacer! Tenía bien
previsto lo que sucedió después, ya que Demarato,
al huir de Lacedemonia, aconsejó a Jerjes
que pusiera sus naves en esta isla. Y si Jerjes lo
hubiera ejecutado, con seguridad Grecia hubiera
venido a su poder. Pero después Nicias, en la
guerra del Peloponeso, ganó la isla, la hizo presidio
de los atenienses, y causó grandes daños a
los lacedemonios.
4. Quilón era breve en el hablar, por cuya
causa Aristágoras Milesio llama quilonio a este
estilo, y dice que también lo usó Branco, quien
construyó el templo de los branquidas.
5. En la Olimpiada LII ya estaba viejo; en
ese tiempo florecía Esopo, el compositor de
fábulas. Según dice Hermipo, Quilón murió en
Pisa, dando la felicitación a su hijo, que había
salido vencedor en los juegos olímpicos, en la
lucha de puñetazos. Murió de tanto placer, y
debilidad de la vejez. Todos los de la competencia
lo honraron en la muerte. Mi epigrama a
Quilón es el siguiente:
A ti mil gracias, Pólux rutilante, con cuyo
auxilio de Quilón el hijo consiguió el acebuche
siempre verde, en lucha de puñetazos. Si su
padre, al contemplar al hijo coronado, murió de
gozo, nadie le condene: ¡Dichoso yo, si tal mi
muerte fuera!
A su imagen se puso esta inscripción:
La fuerte en lanza y valiente Esparta
sembró a Quilón, primero de los siete.
Apotegma suyo es: ¿Prometes? Cerca tienes
el daño. Suya es también esta breve carta:
QUILÓN A PERIANDRO
6. Me escribes sobre la expedición que
quieres emprender contra los que están ausentes
de ahí, en la cual irás tú mismo. Yo juzgo
que un monarca tiene en peligro hasta las cosas
de su casa, y tengo por feliz al tirano que muere
en su cama sin violencia.

Diogenes laercio Los filosofos

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PROEMIO
I. Hay quienes piensan que la Filosofía se
originó entre los bárbaros, pues como dice
Aristóteles en su Mágico, y Soción en el libro
XXIII De las sucesiones, los magos la inventaron
entre los persas; los caldeos entre los asirios
y babilonios; los gimnosofistas, entre los indios,
y entre los celtas y galos, los druidas, con los
llamados semnoteos. Que Oco fue fenicio; Zamolxis,
tracio, y Atlante, líbico. Los egipcios
dicen que Vulcano, hijo del Nilo, fue quien inició
la Filosofía, y que sus profesores eran sacerdotes
y profetas. Que desde Vulcano hasta Alejandro
Macedón transcurrieron cuarenta y ocho
mil ochocientos sesenta y tres años; en los cuales
hubo trescientos setenta y tres eclipses de
sol y ochocientos treinta y dos de luna. Desde
los magos (el primero fue Zoroastro entre los
persas) hasta la destrucción de Troya pasaron
cinco mil años, según Hermodoro Platónico en
sus escritos de Matemáticas. Janto de Lidia calcula
seiscientos años desde Zoroastro hasta el
pasaje de Jerjes, y dice que después de Zoroastro
hubo muchos otros magos, como: Ostanas,
Astrapsicos, Gobrias y Pazatas, hasta que Alejandro
destruyó Persia.
II. Quienes opinan esto, atribuyen a los
bárbaros, en forma ignorante, las ilustres acciones
de los griegos, entre los cuales no sólo comenzó
la Filosofía, sino también la humanidad.
Museo fue ateniense, y Lino, tebano. Museo fue
hijo de Eumolpo, y según cuentan, el primero
que escribió en verso la Generación de los dioses,
y De la esfera, como también que todas las
cosas proceden de una y se resuelven en la misma.
Dicen que murió en Falera y le pusieron por
epitafio esta elegía:
En este monumento sepultado guarda el
suelo falérico a Museo, hijo de Eumolpo, muerto
cuanto al cuerpo.
Los eumólpidas de Atenas todavía tienen
este apellido de Eumolpo, padre de Museo.
III. Lino fue hijo de Mercurio y de la musa
Urania. Él escribió en verso la creación del
mundo, el curso del sol y de la luna y la generación
de los animales y frutos. Su obra comienza
de esta manera:
Hubo tiempo en que todo fue creado
unidamente.
De donde, al tomarlo Anaxágoras, dijo
que todas las cosas fueron creadas al mismo tiempo,
y sobreviniendo la mente divina las puso en orden.
Y que Lino murió en Eubea de una flecha que le
lanzó Apolo, y se le puso este epitafio:
Aquí yace el cuerpo del tebano Lino, cual
hijo de la musa Urania, hermosamente coronado.
Así que la Filosofía comenzó con los griegos,
puesto que hasta en el nombre excluye
cualquier origen bárbaro.
IV. Aquellos que atribuyen su invención a
los bárbaros, citan a Orfeo Tracio, y dicen que
fue un filósofo muy antiguo. No sé si es posible
llamar filósofo a quien dijo ciertas cosas de los
dioses; porque, ¿qué nombre se puede dar a
quien atribuye a los dioses todas las pasiones
humanas, y hasta aquellas sucias acciones por
la boca que aun los hombres cometen algunas
veces? Dicen que murió despedazado por las
mujeres; pero del epitafio que hay en Dión,
ciudad de Macedonia, se deduce que lo mató
un rayo. Dice lo siguiente:
Aquí dieron las Musas sepultura al tracio
Orfeo con su lira de oro. Jove, que reina en tronos
celestiales, con flecha ardiente le quitó la
vida.
Los que adjudican a los bárbaros la creación
de la Filosofía, exponen también el modo
en que la trató cada uno de ellos. Dicen que los
gimnosofistas y los druidas filosofaron, mediante
enigmas y sentencias, que se ha de adorar
a Dios; que a nadie se ha de hacer daño, y que se ha
de ejercitar la fortaleza. Clitarco, en el libro XII,
agrega que los gimnosofistas no temían a la
muerte; que los caldeos se dedicaron a la Astronomía
y las predicciones; y los magos, al
culto, sacrificios y súplicas a los dioses, como si
sólo ellos fueran escuchados, y manifestaron su
sentir en orden a la esencia y generación de los
dioses mismos, creyendo que son el fuego, la
tierra y el agua. Que no admiten sus representaciones
o esculturas, y están en contra de los
que opinan que también hay diosas.
V. En el libro XXIII, Soción dice que los
magos tratan mucho de la Justicia; que consideran
impiedad quemar los cadáveres, y que está
permitido casarse uno con su madre o con su
hija. Que hacen adivinaciones y predicciones, y
dicen que se les aparecen los dioses; que el aire
está lleno de visiones que, fluyendo de los
cuerpos, con los vapores se hacen visibles a los
ojos de más aguda vista, y que prohíben el maquillaje
del rostro y usar oro. Visten de blanco,
duermen sobre tierra, comen hierbas, queso y
pan ordinario; utilizan una caña como báculo, y
en su extremo ponen un queso y se lo van comiendo.
Aristóteles dice en su Mágico que ignoran
el arte de adivinar por encantos. También
Dinón lo dice en el libro IV de su Historia,
y añade que Zoroastro fue muy dedicado a la
observación de los astros, deduciéndolo por el
significado de su nombre. Lo mismo escribe
Hermodoro. Aristóteles, en el libro primero De
la Filosofía, supone a los magos más antiguos
que los egipcios, y que tenían dos principios en
el mundo, un genio bueno y otro malo; uno
llamado Júpiter y Orosmades; y el otro, Plutón
y Arimanio. También Hermipo lo menciona en
el libro primero De los magos; Eudoxo, en su
Periodo. Y Teopompo, en el libro VIII De la
historia filípica.
VI. Dice éste, por sentencia de los magos,
que los hombres han de resucitar, y entonces serán
inmortales. Y que las cosas existen a beneficio de sus
oraciones. Esto mismo refiere Eudemón de Rodas.
Ecato dice, como doctrina de ellos, que los
dioses fueron engendrados. Clearco Solense escribe,
en el libro De la enseñanza, que los gimnosofistas
descienden de los magos. Algunos opinan
que de ellos descendían los judíos. Los que
hablan de los magos reprenden a Herodoto;
pues es falso que Jerjes haya disparado dardos
contra el sol y que haya echado grillos en el
mar, como Herodoto dice, ya que los magos los
consideraban dioses. Pero sí derribó sus estatuas
e imágenes.
VII. La filosofía de los egipcios acerca de
los dioses y de la justicia era esta: que la materia
fue el principio de las cosas, y que de ella procedieron
después por separado los cuatro elementos y los
animales perfectos. Que el sol y la luna son dioses;
uno llamado Osiris y la otra, Iris; y que los representan
simbólicamente mediante la figura del escarabajo,
el dragón, el gavilán y otros animales. También
lo dice Manetón, en su Epítome de las cosas
naturales, y Hecateo, en el libro primero de la
Filosofía de los egipcios; agregando que les
construyen templos y esculpen esas estatuas porque
no conocen la figura de Dios; que el mundo fue creado,
es corruptible y de forma esférica; que las estrellas
son fuego, y por la mezcla equilibrada de sus
influjos la tierra produce algo; que la luna se eclipsa
cuando entra en la sombra de la Tierra; que el alma
permanece en el cuerpo cierto tiempo, y luego
transmigra a otro; que la lluvia proviene de los cambios
del aire. Muchas cosas debaten sobre la Fisiología,
según se ve en Hecateo y Aristágoras.
Tienen también sus leyes acerca de la justicia, y
las atribuyen a Mercurio. De los animales elevaron
al rango de dioses a los que son útiles al
ser humano. Y finalmente, dicen que ellos fueron
los inventores de la Geometría, la Astrología
y la Aritmética. Con esto es suficiente en
lo que respecta a la invención de la Filosofía.
VIII. Acerca del nombre, Pitágoras fue el
primero que lo utilizó al llamarse filósofo
cuando conversaba familiarmente en Sición con
Leontes, tirano de los sicioneses o fliaseos, como
menciona Heráclides Póntico en el libro De
la intercepción de la respiración: Ninguno de los
hombres -dijo Pitágoras- es sabio; sólo Dios lo es.
Antes la Filosofía se llamaba sabiduría, y sabio
el que la profesaba y llegaba a lo máximo de su
perfección; pero el que se dedicaba a ella se
llamaba filósofo; aunque los sabios se llamaban
también sofistas, e incluso los poetas; pues Cratino,
en su Arquíloco, citando a Homero y a
Hesíodo, así los llama. Fueron considerados
sabios: Tales, Solón, Periandro, Cleóbulo,
Quilón, Biante y Pitaco. Además, Anacarsis,
Escita, Misón Queneo, Ferecides Siro y Epiménides
Cretense. Algunos añaden a Pisístrato
Tirano.
IX. Las sectas o sucesiones de la Filosofía
fueron dos: una desciende de Anaximandro, y
otra de Pitágoras. Del primero fue maestro Tales;
y de Pitágoras, Ferecides. Una se llamó
jónica porque Tales, maestro de Anaximandro,
era de Jonia, nacido en Mileto; la otra se llamó
italiana porque Pitágoras, su creador, vivió casi
siempre en Italia. La secta jónica termina con
Clitomaco, Crisipo y Teofrasto; la italiana, con
Epicuro, pues a Tales sucedió Anaximandro; a
este, Anaxímenes; a Anaxímenes, Anaxágoras;
a este, Arquelao; a Arquelao, Sócrates, quien
inventó la Moral. A Sócrates siguieron sus
discípulos, principalmente Platón, instituidor
de la Academia primitiva. A Platón sucedieron
Espeusipo y Jenócrates; a éste le siguió Polemón;
a Polemón, Crantor y Crates; a éste,
Arcesilao, que introdujo la Academia media; a
Arcesilao siguió Lacides, inventor de la Academia
nueva; a Lacides siguió Caméades; y a
Caméades, Clitómaco. Así termina la secta jónica.
X. En Crisipo terminó de este modo: a
Sócrates le siguió Antístenes; a éste, Diógenes
Cínico; a Diógenes, Crates Tebano; a Crates,
Zenón Citio; a Zenón, Cleantes, y a Cleantes,
Crisipo. Por último, en Teoftasto acabó así: a
Platón le siguió Aristóteles, y a Aristóteles, Teofrasto.
De esta manera finalizó la secta jónica.
La italiana, en la forma siguiente: a Ferecides le
siguió Pitágoras; a Pitágoras, Telauges, su hijo;
a éste, Jenófanes; a Jenófanes, Parménides; a
Parménides, Zenón de Elea; a éste, Leucipo, y a
Leucipo, Demócrito. A Demócrito le siguieron
muchos, pero los más notables son Nausifanes
y Naucides, a los cuales siguió Epicuro.
XI. Algunos filósofos se llamaron dogmáticos;
otros, efécticos. Los dogmáticos enseñan
las cosas como comprensibles. Los efécticos se
abstienen de ello, suponiéndolo todo incomprensible.
Algunos de ellos han dejado escritos;
otros, no escribieron. Entre estos últimos están
Sócrates, Estilpón, Filipo, Menedemo, Pirro,
Teodoro, Caméades, Brisón y, según algunos,
Pitágoras y Aristón Quío, que sólo escribieron
cartas. Otros dejaron un escrito nada más, como
Meliso, Parménides y Anaxágoras. Zenón escribió
mucho; Jenófanes, más aún; Demócrito
más < a superó Crisipo y Epicuro, excedió le
Demócrito; que más Aristóteles, éste;>
XII. Los filósofos tomaron sus apellidos,
unos de pueblos, como los eleenses, megarenses,
erétricos y cirenáicos. Otros los tomaron de
algunos parajes, como los académicos y los estoicos;
otros, de algunas circunstancias, como
los peripatéticos; otros, de sus cavilaciones,
como los cínicos; otros, de ciertas afecciones,
como los eudemónicos; otros, finalmente, de su
opinión, como los llamados filaletes, los eclécticos
y los analogéticos. Algunos tomaron el
nombre de su maestro, como los socráticos,
epicúreos y semejantes; otros, se llamaron físicos
porque escribieron de Física; otros morales
por la doctrina moral que enseñaron; otros, por
último, se llaman dialécticos por ejercitarse en
argumentos y sutilezas.
XIII. Entonces, las partes de la Filosofía
son tres: Física, Moral y Dialéctica. La Física
trata del universo y de las cosas que contiene; la
Moral de su vida humana y cosas pertenecientes
a ella; y la Dialéctica examina las razones de
ambas. Hasta Arquíloco predominó la Física.
Desde Sócrates comenzó la Moral, y desde
Zenón de Elea, la Dialéctica. De la Moral hubo
diez sectas, que son: académica, cirenaica, elíaca,
megárica, cínica, erétrica, dialéctica, peripatética,
estoica y epicúrea.
XIV. Platón fue el fundador de la Academia
primitiva; de la media, Arcesilao, y de la
nueva, Lacides. De la secta cirenaica lo fue
Aristipo de Cirene; de la elíaca, Fedón de Elea;
de la megárica, Euclides Megarense; de la cínica,
Antístenes Ateniense; de la erétrica, Menedemo
de Eritrea; de la dialéctica, Clitómaco
Cartaginés; de la peripatética, Aristóteles Estagirita;
de la estoica, Zenón Citio; y finalmente,
la epicúrea se llama así por su autor, Epicuro.
XV. En su tratado De las sectas filosóficas,
Hipoboto dice que fueron nueve: primera, la
megárica; segunda, la erétrica; tercera, la cirenaica;
cuarta, la epicúrea; quinta, la anniceria;
sexta, la teodórica; séptima, la zenónica o estoica;
octava, la académica antigua; y novena, la
peripatética. De la cínica, eleática y dialéctica
no hace mención. La pirrónica se estima poco
por su oscuridad, pues unos dicen que es secta,
y otros que no lo es. Parece que lo es, dicen;
porque llamamos secta a la que sigue, o tiene
todas las apariencias de seguir, alguna norma
de vida; por cuya razón podemos muy bien
llamar secta a la de los escépticos. Pero si por
secta entendemos la tendencia a los dogmas
que tienen séquito, no se podrá llamar secta,
puesto que carece de dogmas. Hasta aquí de los
principios, sucesiones, varias partes y número
de sectas que tuvo la Filosofía. Aunque no hace
mucho tiempo que Potamón Alejandrino introdujo
la secta electiva, eligiendo de cada una de
las otras lo que le pareció mejor. Según escribe
en sus Instituciones, son dos los modos de indagar
la verdad. El primero y principal es aquel
con que formamos juicio. El otro es aquel por
medio de quien lo formamos, como con una
imagen muy exacta. También piensa que la
causa material y eficiente, la acción y el lugar
son el principio de las cosas; pues siempre inquirimos
de qué, por quién, cuáles son y en
dónde se hacen. Y dice que el fin al cual deben
dirigirse todas las cosas es la vida perfecta por medio
de todas las virtudes, incluso los bienes naturales e
inesperados del cuerpo.
Pero entremos en materia acerca de la vida
de los filósofos, y el primero es:
TALES

oscar wide: el principe feliz

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Oscar Wilde

El Príncipe Feliz
La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa.

—Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada.
—Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua.
—De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos.
—¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel?
—Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación.
—¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos.
El junco le hizo una amplia reverencia.
La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano.
—Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos.
A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante.
—No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa.
Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias.
—Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes.
—¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar.
—¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Y diciendo esto, se echó a volar.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad hay algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado.
Y así diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor.
En seguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.
En ese mismo momento cayó otra gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo.
Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio… ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contesto la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá… ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente.
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—… allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina… ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?… tengo los pies clavados en este pedestal.
—Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contesto— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció.
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente.
—¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor!
—Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas!
La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.
Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—¡Qué raro! —agrego—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían.
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta.
Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: “¡Qué extranjera tan distinguida!“. Cosa que a la golondrina la hacía feliz.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra!
Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua.
Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones.
Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras.
Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡Fuera de ahí!  les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto.
—Mi estatua esta recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad.
—¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar.
Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
—¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo.
—El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo.
—¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores.
—Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohiba a los pájaros venirse a morir aquí.
El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea.
Entonces mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz.
—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir que harían con el metal.
—Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez.
Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Aurea Ciudad.

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados