Archivos de la categoría Literatura

cuentos fantasticos 4

tumblr_moal8fbtAm1r4zr2vo1_r1_500

Honoré de Balzac

EL ELIXIR DE LARGA VIDA

AL lector: al comienzo de su carrera literaria recibió el autor, de manos de un amigo muerto hacía tiempo, el tema de esta obra, que más tarde encontró en una antología a principios de este siglo; y, según sus conjeturas, se trata de una fantasía creada por Hoffmann de Berlín, publicada en algún almanaque alemán y olvidada por sus editores. La Comédie Humaine es lo suficientemente original para que el autor pueda confesar una copia inocente; como La Fontaine ha tratado a su manera, y sin saberlo, un hecho ya contado. Esto no ha sido una broma como estaba de moda en 1810, época en la que todo autor escribía cosas atroces para complacer a las jovencitas. Cuando el lector llegue al elegante parricidio de don Juan, intente adivinar cuál sería la conducta, en situaciones más o menos semejantes, de gentes honestas que en el siglo diecinueve toman dinero de rentas vitalicias con la excusa de un catarro, o que alquilan una casa a una anciana por el resto de sus días. ¿Resucitarían a sus arrendatarios? Desearía que «pesadores‑jurados» examinasen concienzudamente qué grado de similitud puede existir entre don Juan y los padres que casan a sus hijos por interés. La sociedad humana, que según algunos filósofos avanza por una vía de progreso, ¿considera como un paso hacia el bien el arte de esperar pasar a mejor vida? Esta ciencia ha creado oficios honestos, por medio de los cuales se vive de la muerte. Algunas personas tienen como ocupación la de esperar un fallecimiento, la abrigan, se acurrucan cada mañana sobre el cadáver, lo convierten en almohada por la noche: se trata de los coadjutores, cardenales supernumerarios, tontineros, etc. Hay que añadir gente elegante presurosa por comprar una propiedad cuyo precio sobrepasa sus posibilidades, pero que consideran lógica y fríamente el tiempo de vida que les queda a sus padres o a sus suegras, octogenarias o septuagenarias diciendo: «Antes de tres años heredaré seguramente, y entonces…» Un asesino nos desagrada menos que un espía. El asesino lo es quizá por un arrebato de locura, puede arrepentirse, ennoblecer. Pero el espía es siempre un espía; es espía en la cama, en la mesa, andando, de noche, de día; es vil a cada momento, ¿qué es, pues, ser un asesino, cuando un espía es vil? Pues bien, ¿no acabamos de reconocer que hay en la sociedad unos seres que llevados por nuestras leyes, por nuestras costumbres y nuestros hábitos piensan sin cesar en la muerte de los suyos y la codician? Sopesan lo que vale un ataúd mientras compran cachemira para sus mujeres, subiendo la escalera del teatro, queriendo ir a la Comedia o deseando un coche. Asesinan en el momento en que los seres queridos, llenos de inocencia, les dan a besar por la noche frentes infantiles, mientras dicen:
‑Buenas noches, padre.
A todas horas ven los ojos que quisieran cerrar, y que cada mañana se abren a la luz como el de Belvídero en esta obra. ¡Sólo Dios sabe el número de parricidios que se cometen con el pensamiento! Imaginemos a un hombre que tiene que pagar mil escudos de renta vitalicia a una anciana, y que ambos viven en el campo, separados por un riachuelo, pero tan extraños uno a otro como para poderse odiar cordialmente, sin faltar a las humanas conveniencias que colocan una máscara sobre el rostro de dos hermanos, de los cuales uno obtendrá el mayorazgo y otro una legitimación. Toda la civilización europea reposa en la herencia como sobre un eje, sería una locura suprimirla; pero, ¿no se podría hacer como con las máquinas que son el orgullo de nuestra época, es decir, perfeccionar el engranaje principal?
Si el autor ha conservado la vieja fórmula AL LECTOR en una obra en la que trata de representar todas las formas literarias, es para incluir una observación relativa a algunos trabajos, y sobre todo a éste. Cada una de sus composiciones está basada en ideas más o menos nuevas cuya expresión le parece útil, puede haber considerado la prioridad de ciertas fórmulas, de ciertos pensamientos que, más tarde, han pasado al campo literario, y una vez allí quizá se han vulgarizado. Las fechas de la publicación primitiva de cada obra no deben, pues, serles indiferentes a aquellos lectores que quieran hacerles justicia. La lectura proporciona amigos desconocidos y ¡qué amigo, el lector! tenemos amigos conocidos que no leen nada nuestro. El autor espera haber pagado su deuda dedicando esta obra DIIS IGNOTIS. (1846)

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que sólo un gran señor podía disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada; algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.
Una parecía decir:
‑Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.
Otra:
‑Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.
Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
‑En el fondo de mi corazón siento remordimientos ‑decía‑. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto ¡tanto! que podría sacrificaros la eternidad.
La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
‑¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.
La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
‑¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara!‑ después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.
‑¿Cuándo serás Gran Duque? ‑preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.
‑¿Y cuándo morirá tu padre? ‑dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.
‑¡Ah, no me habléis de ello! ‑exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero‑. ¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!
Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Balthazar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
‑Señor, vuestro padre se está muriendo.
Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse pur un: «Lo siento, esto no pasa todos los días.»
¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.
Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirije al tribunal.
Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa ‑decía‑ que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.
‑Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber ‑exclamaba a veces sonriendo.
Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
‑Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.
Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: ¡ah, es don Juan que vuelve! Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena, contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes, dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella miraja, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.
Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.
‑¡Te divertías! ‑exclamó el anciano cuando vio a su hijo.
En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Dun Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.
Bartolomé dijo:
‑No te quiero aquí, hijo mío.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.
‑¡Qué remordimientos, padre! ‑dijo hipócritamente.
‑¡Pobre Juanito! ‑continuó el moribundo con voz sorda‑, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?
‑¡Oh! ‑exclamó don Juan‑, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor, ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).
Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.
‑Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo ‑exclamó el moribundo‑, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.
«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
‑Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.
‑No se trata de esa vida ‑dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que sólo nacen en la cabecera de los moribundos‑. Escúchame, hijo ‑continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo‑, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.
«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.
‑Pero ‑continuó en voz alta‑, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.
‑Dios soy yo ‑replicó el anciano refunfuñando.
‑No blasfeméis ‑dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.
‑¿Quieres escucharme? ‑exclamó el moribundo, cuya boca crujió.
Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.
‑Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta! mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.
‑Es el colmo del delirio ‑dijo don Juan.
‑He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.
‑Ya está, padre.
‑Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.
‑Aquí está.
‑He empleado veinte años en… ‑en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir‑: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con este agua, y renaceré.
‑Pues hay bastante poco ‑replicó el joven.
Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.
‑¡Vaya!, se acabó el buen hombre ‑exclamó don Juan.
Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al fnal de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se extremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.
‑¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? ‑dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.
‑Su padre era un buen hombre ‑le respondió ella.
Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
‑Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fánfarrón impío? ¡Ama a su padre!
‑¿Os habéis fijado en el perro negro? ‑preguntó la Brambilla.
‑Ya es inmensamente rico, ‑dijo suspirando Blanca Cavatolino.
‑¡Y eso qué importa! ‑exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.
‑¿Cómo que qué importa? ‑exclamó el Duque‑. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!
Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.
‑Dejadme solo aquí ‑dijo con voz alterada‑ y no entréis hasta que yo salga.
Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último sólo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
‑¡Veamos!
El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!» Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.
‑¡Ah! ¡Ah! ‑dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.
Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.
‑¡Bien podría haber vivido cien años! ‑exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.
De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.
«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.
‑¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? ‑se preguntaba.
‑Sí ‑dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.
‑¡Ja! Ja! ¡Aquí hay brujería! ‑exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero‑. ¡Está ardiendo! ‑gritó sentándose.
Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.
Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre…!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.
«¿Sabría él el secreto?»,, se preguntó don Juan mirando al fiel animal.
Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN.
Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias, Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. Amando sólo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrujecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho.»
Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, sólo iba allí adonde quería ser llevado. Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! ‑se dijo‑. No procede de un dios. Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.
Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rió de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
‑Si es absolutamente preciso elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.
‑Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.
‑¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? ‑respondió Belvídero‑. ¡Pues bien! tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.
‑¡Ah! si es así como entiendes la vejez ‑exclamó el papa‑ corres el riesgo de ser canonizado.
‑Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.
Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.
‑San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder ‑dijo el papa a don Juan‑, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar…
Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madame, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.
Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.
Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.
El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos canto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz, una molesca ciática y una gota brutal. Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad.» De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien sólo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.
Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.
‑Felipe ‑le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe», aquel padre inflexible.
‑Escúchame, hijo mío ‑continuó el moribundo. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama… El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.
Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.
‑Tú merecías otro padre, ‑continuó don Juan‑. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.
‑¡Oh, padre!
‑Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.
‑¡Oh, decídmela pronto, padre!
‑Tan pronto como haya cerrado los ojos ‑continuó don Juan‑, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con este agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.
Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
‑Coge bien el frasco ‑y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.
Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:
‑¡Milagro! ‑y todos los españoles repitieron‑: ¡Milagro!
Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan‑de‑Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.
El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo se doblaban allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.
Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los ex‑votos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Sólo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.
‑¡Te Deum laudamus!
Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquirectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del inferno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.
‑¡Te Deum laudamus! ‑decía la asamblea.
‑¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unus estúpidos con vuestro viejo Dios!
Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.
‑¡Deus sabaoth, sabaoth! ‑gritaron los cristianos.
‑¡Insultáis la majestad del infierno! ‑contestó don Juan con un rechinar de dientes.
Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.
‑El santo nos bendice ‑dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.
Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.
Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
‑Sancte Johannes ora pro nobis ‑entendió claramente‑: ‑¡Oh, coglione!
»‑¿Qué pasa ahí arriba? ‑exclamó el deán al ver moverse el relicario.
‑El santo hace diabluras, ‑respondió el abad.
Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.
‑¡Acuérdate de doña Elvira! ‑gritó la cabeza devorando la del abad.
Éste profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.
Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.
‑¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? ‑gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

París, octubre 1830

cuentos fantasticos 3

tumblr_mpmm3pMsIC1r4zr2vo1_r1_500

Walter Scott

LA HISTORIA DE WILLIE EL VAGABUNDO
(1824)

PUEDE que hayáis oído hablar de Sir Robert Redgauntlet, del señorío de Redgauntlet, que vivió en estas tierras hace ya mucho tiempo. Siempre se le recordará en la región; nuestros padres solían contener el aliento cuando oían su nombre. Ya estaba con los Highlanders en tiempos de Montrose y estuvo nuevamente en las colinas con Glencairn en el año de 1652; y cuando volvió el rey Carlos II ¿quién gozaba más de su favor sino el señor de Redgauntlet? Fue armado caballero en la corte de Londres por la propia espada del rey. Y como era prelatista acérrimo vino a estas tierras, fiero como un león, con el nombramiento de teniente (y, por lo que sé, de loco) para aplastar a los Whigs y a los Covenanters del país. Y no se anduvo con contemplaciones. Porque los Whigs eran tan tercos como fieros los caballeros y se trataba de ver quien se cansaría primero. Redgauntlet era partidario de emplear mano dura y su nombre era tan conocido en el país como los de Claverhause o Tom Dalyell. Ni valle, ni ladera, ni montaña, ni cueva servían para ocultar a la pobre gente de las montañas cuando Redgauntlet salía en su persecución con cuernos de caza y sabuesos, como si de ciervos se tratase. Y la verdad es que, cuando alcanzaban a alguien, no se andaban con más ceremonias que con un corzo. Tan sólo le preguntaban: «¿Quieres prestar juramento?» Y si no: «Preparados, listos, ¡fuego!», y allí yacía el renegado.

Temido y odiado era Sir Robert a lo largo y ancho de la región. La gente pensaba que tenía tratos con el diablo, que era inmune al acero, y que las balas rebotaban en su armadura como el granizo en la piedra, que tenía una yegua que podía transformarse en liebre en la pared de Garrifra‑gawns, y más cosas por el estilo, que contaré más adelante. La maldición más suave que le dirigían era: «¡Que el diablo se lleve a Redgauntlet!»
Sin embargo, no era un mal amo para los suyos, y sus vasallos le querían. Y los escuderos y soldados que cabalgaban con él durante las persecuciones, como llamaban los Whigs a aquellos tiempos turbulentos, hubieran estado dispuestos en cualquier momento a brindar a su salud hasta quedarse ciegos.
Pues bien, habéis de saber que mi abuelo vivía en los dominios de Redgauntlet. El lugar se llamaba Primrose‑Knowe. Mi familia había vivido allí desde los tiempos de los bandoleros y aun antes. Era un sitio agradable, y estoy convencido de que el aire es más fresco y sano allí que en ninguna otra parte de la comarca. Hoy día está desierto. Hace sólo tres días estuve sentado en el roto umbral de la puerta y me alegré de no poder ver la ruina en que se había convertido.
Pero me estoy desviando de mi historia. Allí habitaba mi abuelo, Sieenie Steenson, que había sido en su juventud algo bribón y un poco vagabundo y era un buen gaitero. Era famoso tocando Hoopers and Girders y no había en Cumberland quien le superase con Jockie Latin. Desde Berwick a Carlisle no había nadie mejor en la back‑lilt. Los hombres como Steenie no tienen madera de Whig, así que se hizo Tory, como los llamaban entonces, lo que ahora llamamos jacobitas, simplemente porque sentía una especie de necesidad de pertenecer a uno de los dos bandos. No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.
Resulta que Steenie era un poco el favorito de su señor, y conocía a toda la gente del castillo, y a menudo le mandaban buscar para que tocase la gaita mientras se divertían. Al viejo Dougal McCallum, el mayordomo, que había servido a Sir Robert en las duras y en las maduras, en los buenos y en los malos tiempos, en la adversidad y en la fortuna, le gustaba muchísimo la gaita, y de ahí le venía a mi abuelo su buen cartel ante el señor, porque Dougal hacía lo que quería con su amo.
Bueno, llegó la Revolución, que debiera de haber roto los corazones de Dougal y su amo. Pero el cambio no fue tan grande como ambos se temían y otros deseaban. Mucho fanfarronearon los Whigs sobre lo que le iban a hacer a sus viejos enemigos, y en especial a Sir Robert Redgauntlet. Pero había demasiados señores importantes comprometidos en el asunto como para poder hacer tabla rasa y empezar el mundo desde los cimientos, así que el Parlamento hizo la vista gorda; y Sir Robert, salvo que tuvo que conformarse con cazar zorros en vez de Covenanters, siguió siendo el hombre que siempre había sido. Sus fiestas eran tan ruidosas y sus salones estaban tan bien iluminados como siempre, aunque es posible que echara de menos las multas de los no conformistas que solían irle a engordar la despensa y la bodega; porque lo cierto es que empezó a interesarse por las rentas de sus vasallos mucho más de lo que acostumbraba. Y éstos se esforzaban por pagar a tiempo ya que, si no, el señor se disgustaba muchísimo. Y era tan temible que nadie se atrevía a provocar su ira, pues profería tales juramentos, se ponía tan furioso y adquiría un aspecto tan terrible que la gente pensaba que era el mismísimo demonio.
Bueno, mi abuelo no era un buen administrador, tampoco es que fuera despilfarrador, pero no tenía la virtud del ahorro, y se atrasó en dos recibos de la renta. Consiguió salir del primer aprieto el domingo de Pentecostés con buenas palabras y canciones de su gaita, pero, al llegar el día de San Martín, el oficial de guardia le transmitió la orden de que se presentase con la renta un día determinado o tendría que exiliarse del señorío. Arduo trabajo le costó conseguir el dinero. Pero tenía buenos amigos y por fin consiguió reunir el importe, mil monedas de plata. La mayor parte del dinero procedía de un vecino al que llamaban Laurie Lapraik, un zorro astuto. Laurie poseía todo tipo de riquezas, le ponía una vela a Dios y otra al Diablo y era Whig o Tory, pecador o santo según soplasen los vientos. Era un maestro en este mundo de la Revulución, pero le gustaba bastante un soplo de aire mundano de vez en cuando y alguna que otra canción de gaita y, sobre todo, pensó que hacía un buen negocio con el dinero que le prestaba a mi abuelo a cambio de todos los bienes de Primrose‑Knowe como garantía.
Allá que se fue mi abuelo al castillo de Redgauntlet, con la bolsa pesada y el corazón ligero, contento de escapar a la ira de su señor. Bueno, pues lo primero de lo que se enteró en el castillo fue de que a Sir Robert le había dado un ataque de gota del enfado, porque no había aparecido antes de las doce. No era sólo por el dinero, creía Dougal, sino porque no le gustaba tener que prescindir de mi abuelo. Dougal se alegró mucho de ver a Steenie y lo condujo al gran salón de roble, y allí estaba el señor sentado en completa soledad, excepto por la compañía de un mono feo y grande que era su animal favorito; era una bestia maligna que gastaba muchas bromas pesadas ‑difícil de complacer y fácil de enfadar‑, correteaba por todo el castillo parloteando y gritando, robando y mordiendo a la gente, sobre todo cuando iba a hacer mal tiempo o iba a haber problemas de gobierno. Sir Robert lo llamaba Mayor Weir, como a un brujo que habían quemado; y a muy poca gente le gustaba, ni el nombre ni la criatura ‑creían que había algo extraño en ella‑, y mi abuelo no se sintió precisamente feliz cuando la puerta se cerró tras él y se encontró solo en la habitación con el señor, Dougal McCallum y el Mayor, cosa que nunca antes le había ocurrido.
Sir Robert estaba sentado o mejor dicho tendido, en un gran sillón, con su magnífica bata de terciopelo y los pies sobre un taburete, porque sufría de gota y arenilla, y su rostro estaba tan pálido y descompuesto como el de Satanás. El Mayor Weir estaba sentado frente a él, con una casaca roja de encaje y la peluca del señor en la cabeza, y juro que cuando Sir Robert se retorcía de dolor, el mono lo hacía también y formaban una pareja tan perversa cumo aterradora. El abrigo de cuero del señor colgaba de una percha a su espalda, y el sable y las pistolas estaban a su alcance; porque conservaba la vieja costumbre de tener las armas preparadas y un caballo ensillado día y noche, como solía hacer cuando aún podía montar a caballo y salir en persecución de cualquier montañés de que tuviera noticia. Algunos dicen que era por temor a que los Whigs intentaran vengarse, pero yo opino que era simplemente una vieja costumbre, pues no era hombre que se asustara por nada. El libro de cuentas, con sus tapas negras y sus cierres de cobre, estaba frente a él; y había un librillo de canciones obscenas entre las páginas, para mantenerlo abierto en el sitio en que figuraba la evidencia de que el buen hombre de Primrose‑Knowe estaba atrasado en el pago de sus rentas e impuestos. La mirada que Sir Robert dirigió a mi abuelo parecía querer helarle el corazón en el pecho. Puede que hayáis oído decir a la gente que al fruncir las cejas se le formaba el dibujo de una herradura profundamente incrustada en la frente, como si se la hubiesen estampado allí.
‑¿Vienes con las manos vacías, tú, hijo de una gaita desinflada? Brrrrr… si es así…
Mi abuelo, poniendo la mejor cara que pudo, dio un paso adelante y puso la bolsa del dinero sobre la mesa, con movimientos rápidos, como quien está muy seguro de lo que hace. El señor se apresuró a atraerla hacia sí:
‑¿Está todo Steenie?
‑Su Excelencia comprobará que sí ‑dijo mi abuelo.
‑Bien Dougal, dale a Steenie una copa de brandy abajo, mientras cuento el dinero y le extiendo el recibo.
Pero apenas si habían terminado de salir de la habitación cuando Sir Robert dio un grito que conmovió los cimientos de roca del castillo. Volvió Dougal corriendo, volaron los lacayos, grito tras grito daba el señor, a cuál más horrible. Mi abuelo no sabía si quedarse o salir corriendo, pero se aventuró a regresar al salón, donde el lío era tan fenomenal que nadie se preocupaba de quién salía o entraba. El señor daba terribles alaridos pidiendo agua fría para los pies y vino para refrescar la garganta. Y la palabra infierno ‑infierno, infierno y sus llamas‑ no se le caía de la boca. Y cuando le trajeron agua y sumergieron sus hinchados pies en el barreño gritó que estaba ardiendo; y muchos dicen que realmente burbujeaba y humeaba como un caldero en ebullición. Le tiró la copa a la cabeza a Dougal y gritó que le había dado sangre en vez de borgoña; y efectivamente, al día siguiente los criados limpiaron sangre coagulada de la alfombra. El mono al que llamaban Mayor Weir se retorcía y gritaba como si estuviese haciéndole burla a su amo. Mi abuelo estuvo a punto de perder la cabeza, olvidó el dinero y el recibo y salió disparado escaleras abajo; pero conforme corría, los gritos fueron haciéndose cada vez más débiles, se oyó un largo y tembloroso gemido y la noticia de que el señor había muerto se extendió por el castillo.
Bueno, mi abuelo se fue con las manos vacías confiando en que Dougal hubiera visto la bolsa del dinero y hubiera oído al señor hablar de redactar el recibo. El joven señor, ahora Sir John, vino de Edimburgo para arreglar las cosas. Sir John y su padre nunca se habían llevado bien. Sir John había estudiado para abogado y luego había tenido un escaño en el último Parlamento escocés y votado a favor de la Unión, habiendo obtenido, se creía, un buen bocado de las compensaciones. Si su padre hubiera podido salir de la tumba le hubiera parado la cabeza con las piedras de su propia lápida.
Algunos creían que era más fácil tratar con el viejo y rudo caballero que con el joven, a pesar de sus suaves maneras, pero ya hablaremos de eso más adelante.
Dougal McCallum, pobre hombre, ni lloraba, ni se lamentaba, sino que se paseaba por la casa como un muerto, pero dirigiendo, como era su deber, todos los preparativos para el grandioso funeral. Pero conforme se aproximaba la noche Dougal tenía cada vez peor aspecto y era siempre el último en irse a la cama, que estaba en una pequeña alcoba justo enfrente de la cámara que su amo ocupaba mientras vivió, y donde ahora yacía de cuerpo presente, como se dice. La noche del funeral, Dougal no pudo mantenerse callado por más tiempo. Olvidó su orgullo y le pidió al viejo Hutcheon que se sentara con él durante un rato. Cuando estuvieron en la habitación, Dougal se sirvió una copa de brandy y le sirvió otra a Hutcheon, y le deseó salud y larga vida y dijo que, por su parte, no le quedaba mucho de estar en este mundo. Porque todas las noches desde la muerte de Sir Robert, había sonado el silbato de plata desde la cámara mortuoria, como lo solía hacer por la noche, en vida de Sir Robert, para llamar a Dougal a que le ayudase a darse la vuelta en la cama. Dougal dijo que, al estar solo en aquel piso de la torre (porque nadie quería velar a Sir Robert Redgauntlet como se vela a cualquier otro cadáver) no se había atrevido a responder a la llamada, pero que ahora su conciencia le reprochaba el haber descuidado su deber; porque:
‑Aunque la muerte libera del voto de obediencia ‑dijo McCallum‑ nunca romperé mi voto a Sir Robert; y contestaré a su próximo silbido, así que te ruego que te quedes conmigo, Hutcheon.
Hutcheon no sentía deseo alguno de hacerlo, pero había luchado y pasado penalidades junto a Dougal y no iba a fallarle en aquel aprieto; así que los dos sirvientes se sentaron ante una copa de brandy y Hutcheon, que era algo clerical, hubiera leído un capítulo de la Biblia, pero Dougal no quiso oír sino un párrafo de David Lindsay, cosa que no era prrcisamente lo más adecuado.
A medianoche, cuando la casa estaba silenciosa como una tumba, se oyó el sonido del silbato, tan claro y penetrante como si Sir Robert estuviera tocándolo, y allá que se levantaron los dos viejos servidores y se dirigieron tambaleándose a la habitación donde yacía el muerto: Hutcheon vio lo suficiente al primer vistazo, porque había antorchas en la habitación que le mostraron al maldito diablo en persona, sentado sobre el ataúd del señor. Se desplomó como un muerto y no pudo decir durante cuánto tiempo yació en trance en la puerta, pero cuando volvió en sí, llamó a su compañero y, al no encontrar respuesta, alertó al resto de la casa. Dougal fue encontrado muerto a dos pasos de la cama donde estaba colocado el ataúd de su señor. Respecto al silbato, éste había desaparecido por completo, pero muchas veces se lo oía en lo alto de la casa, en las almenas y en las viejas chimeneas y torreones donde anidan los búhos. Sir John acalló el incidente y el funeral transcurrió sin más contratiempos.
Cuando todo hubo terminado y el Señor empezó a poner orden en sus asuntos, todos los vasallos fueron llamados a pagar sus atrasos y mi abuelo lo fue por toda la suma que se suponía que debía. Bueno, pues allá se va para el castillo a contar la historia, y allí fue llevado a presencia de Sir John, sentado en la silla de su padre, de luto riguroso, con brazalete y corbata negras y un pequeño estoque de paseo junto a él, en vez del viejo sable que, con la hoja, la empuñadura y la funda, pesaba un quintal. Tantas veces he oído contar la conversación que sostuvieron que casi me parece haberla presenciado, aunque aún no había nacido por aquel entonces.
‑Le deseo felicidad, señor del gran asiento, el pan blanco y el ancho señorío.
Su padre era un hombre amable para sus amigos y sirvientes; es un honor para usted, Sir John, llevar sus zapatos ‑sus botas debería decir‑ porque rara vez se ponía zapatos, a no ser las zapatillas cuando tenía la gota.
‑Ay, Steenie ‑replicó el Señor, dando un profundo suspiro y llevándose el pañuelo a los ojos‑, la suya fue una muerte repentina y el país lo echará de menos; no tuvo tiempo de ordenar sus asuntos, pero sin duda estaba preparado para Dios, que es lo que cuenta, y nos dejó una enredada madeja que deshilvanar. Ejem, ejem, Steenie… podemos ir al grano; tengo mucho trabajo que hacer y poco tiempo para hacerlo.
Y con esto abrió el libro fatídico. He oído hablar de algo a lo que llaman el iibro del Juicio Final y estoy seguro de que era un libro de vasallos deudores.
‑Stephen ‑dijo Sir John con el mismo tono de voz, suave y meloso‑ Stephen Stevenson o Steenson, apareces aquí con un año de atraso en el pago de tus rentas. Vencía el trimestre pasado.
Stephen: Por favor, Excelencia, Sir John, se lo pagué a vuestro padre.
Sir John: Entonces tendrás un recibo, Stephen. ¿Puedes presentarlo?
Stephen: No tuve tiempo, Excelencia, porque no había hecho más que entregar el dinero y justo cuando Su Excelencia Sir Robert, que en paz descanse, lo cogió para contarlo y extender el recibo, le asaltaron los dolores que le causaron la muerte.
‑Mala suerte ‑dijo Sir John tras una pausa‑, pero quizá lo pagaste en presencia de alguien. Sólo quiero una prueba palpable, Stephen. No pretendo aprovecharme de un pobre hombre.
Stephen: La verdad, señor, no había nadie en la habitación excepto Dougal McCallum, el mayordomo. Pero, como sabe Su Excelencia, ha seguido el mismo destino que su antiguo amo.
‑Mala suerte otra vez ‑dijo Sir John, sin alterar la voz ni una octava‑, el hombre al que le pagaste está muerto y el hombre que presenció el pago también, y del dinero, que debería haber aparecido, no hay ni rastro en los inventarios. ¿Cómo voy a creérmelo?
Stephen: No lo sé, Excelencia, pero aquí tengo anotadas cada una de las monedas; porque ¡Dios me ayude!, tuve que pedirlas prestadas a veinte bolsillos distintos, y estoy seguro de que todos estarán dispuestos a jurar para qué tomé prestado el dinero.
Sir John: No dudo de que tomaste prestado el dinero, Steenie. Es de la entrega del dinero a mi padre de lo que quiero alguna prueba.
Stephen: Puede que el dinero esté en algún sitio de la casa, Sir John. Y puesto que Vuestra Excelencia nunca lo recibió y Su Excelencia que en paz descanse no pudo llevárselo, puede que alguien de la familia lo haya visto.
Sir John: Preguntaremos a los criados, Stephen; es lo razonable.
Pero criados y criadas, pajes y caballerizos, todos negaron de firme haber visto nunca una bolsa de dinero como la que describía mi abuelo. Para empeorarlo, Steenie no había comunicado a ningún ser vivo que se proponía pagar la renta. Una doncella había notado que llevaba algo bajo el brazo, pero creyó que era la gaita.
Sir John Redgauntlet ordenó salir a los sirvientes y a continuación dijo a mi abuelo:
‑Ahora Steenie, ves que has tenido un trato justo; y puesto que no me cabe duda de que tú sabes mejor que nadie dónde encontrar la bolsa, te pido, de buenas maneras y por tu propio bien, que termines de una vez con este fastidioso asunto; o pagas o te vas de mis tierras.
‑Que el Señor me perdone ‑dijo Steenie, ya agotados todos sus recursos‑, yo soy un hombre honrado.
‑Yo también, Stephen ‑dijo Su Excelencia‑ y también lo son todos los de esta casa, espero. Pero si hay algún granuja entre nosotros debe de ser aquel que cuenta una historia que no puede probar ‑hizo una pausa y añadió, con más seriedad‑: si entiendo tu jugada, intentas aprovecharte de algunas habladurías maliciosas sobre mi familia y en especial sobre la repentina muerte de mi padre, para estafarme el dinero y quizá desacreditarme, insinuando que ya he recibido la renta que reclamo. ¿Dónde supones que puede estar el dinero? Insisto en saberlo.
Mi abuelo lo vio todo tan en su contra que casi se dejó llevar por la desesperación, sin embargo se removió un poco, miró a todos lados y permaneció en silencio.
‑Habla, bribón ‑dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ése tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)‑ ¡Habla! Quiero saber lo que piensas. ¿Crees que el dinero lo tengo yo?
‑Lejos de mí afirmar tal cosa ‑respondió Stephen.
‑¿Acusas a alguno de mis criados de haberlo robado?
‑No me gustaría acusar a un inocente. Y si alguno fuera el culpable no tengo pruebas.
‑En alguna parte tiene que estar el dinero, si hay algo de verdad en tu historia ‑dijo Sir John‑, te pregunto dónde crees que está y exijo una respuesta.
‑En el infierno, si de verdad quiere saber lo que pienso ‑dijo mi abuelo, sintiéndose completamente acorralado‑; en el infierno, con el padre de Vuestra Excelencia, su mono y su silbato de plata.
Salió corriendo escaleras abajo (porque el salón no era un lugar seguro para él después de haber dicho tales palabras) y oyó al señor maldecirle a sus espaldas, con la misma soltura con que lo hacía Sir Robert, llamando a gritos al alguacil y al oficial de guardia. Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio ‑ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves‑; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet. A estas alturas a mi abuelo se le había agotado la paciencia y cuando él y Laurie estaban a punto de echarse a las manos, tuvo la desfachatez suficiente de insultarle, tanto al hombre como a lo que éste decía, y dijo unas cosas que hicieron ponerse lívidos a los que las oyeron; estaba fuera de sí, y además había convivido con gente que no se mordía la lengua.
Por fin les separaron y mi abuelo volvió a casa por el bosque de Pitmurkie, que, según dicen, está todo lleno de abetos negros ‑conozco el bosque, pero no sabría decir si los abetos son blancos o negros‑. A la entrada del bosque hay un prado, y en el borde del prado una pequeña posada solitaria que en aquella época estaba a cargo de una posadera a la que llamaban Tibbie Faw, y allí el pobre Steenie pidió media pinta de brandy, porque no había tomado ningún refrigerio en todo el día. Tibbie insistió en que comiera algo, pero él no quiso ni oír hablar de ello, ni consintió en bajar de su cabalgadura, y se tomó todo el brandy en dos tragos, haciendo cada vez un brindis: el primero a la memoria de Sir Robert Redgauntlet, para que no descansara en su tumba hasta que hubiera hecho justicia a su pobre vasallo; y el segundo a la salud del Enemigo del Hombre si le devolvía el saco con el dinero o le decía lo que había sido de él, porque veía que todo el mundo iba a considerarle un ladrón y un estafador, y eso le sentaba aún peor que la pérdida de todos sus bienes.
Siguió cabalgando, sin importarle a dónde. La noche era oscura y los árboles la oscurecían todavía más, asi que dejó al animal elegir su propio camino a través del bosque cuando, de repente, de estar cansado y agotado, el rocín empezó a trotar, galopar y encabritarse, hasta el punto de que mi abuelo apenas podía mantenerse en la silla. Y conforme sucedía esto, un jinete, acercándose de repente a él, le dijo:
‑Una bestia valerosa la suya, amigo, ¿estaría dispuesto a venderla? ‑y diciendo esto, tocó el cuello del caballo con su fusta y éste volvió a su antiguo trote cansino y vacilante‑. Pero pronto se le acaba el valor, me parece ‑continuó el extraño‑ y lo mismo les ocurre a muchos hombres, que se creen capaces de grandes cosas hasta que les llega el momento de demostrarlo.
Mi abuelo apenas si prestó atención a sus palabras, sino que espoleó a su caballo con un:
‑Buenas noches, amigo.
Pero al parecer el extraño no era de los que dan fácilmente su brazo a torcer porque, calbalgase como cabalgase Steenie, siempre estaba a su lado. Por fin mi abuelo empezó a enfadarse y, a decir verdad, a asustarse.
‑¿Qué queréis de mí, amigo? ‑dijo‑. Si sois un ladrón, no tengo dinero; si sois un hombre honrado que quiere compañía, no tengo ánimos para hablar o bromear; y si queréis saber el camino, apenas lo conozco yo mismo.
‑Si hay algo que te atormente ‑dijo el extraño‑ cuéntamelo, soy alguien que, aunque ha sido muy calumniado en este mundo, no tiene igual para ayudar a sus amigos.
Así que mi abuelo, más para aliviar su propia congoja que porque esperase ayuda alguna, le contó toda la historia.
‑Estás en un buen aprieto ‑dijo el extraño‑, pero creo que puedo ayudarte.
‑Si podéis prestarme el dinero y no esperáis que os lo devuelva en mucho tiempo… no sé de otra ayuda en la tierra ‑dijo mi abuelo.
‑Puede que la haya debajo de ella ‑replicó el extraño‑. Venga, seré sincero contigo. Podría prestarte el dinero a cambio de un contrato, pero puede que sintieses escrúpulos al ver los términos. Aun así puedo decirte que tus juramentos y los lamentos de tu familia han turbado el descanso de tu viejo Señor en su tumba y que si te atreves a aventurarte a ir a verle, te dará el recibo.
A mi abuelo se le pusieron los pelos de punta al oír la oferta, pero pensó que su compañero podía ser algún bromista que estaba tratando de amedrentarle y que quizá acabaría prestándole el dinero. Además, el brandy le infundía valor y estaba desesperado por la angustia; así que le dijo que tenía suficientes agallas para ir a las puertas del infierno, y aún más allá, por aquel recibo. El extraño se echó a reír.
Bueno, pues siguieron cabalgando por lo más espeso del bosque cuando, de repente, el caballo se detuvo a la puerta de una gran casa; y, si no fuera porque sabía que el lugar estaba a diez millas de distancia, mi abuelo hubiera pensado que se trataba del castillo de Redgauntlet. Atravesando el arco de la vieja puerta, entraron en el patio. Vieron todo el frente de la casa iluminado y oyeron gaitas y violines, y había tanto baile y bullicio dentro como solía haber en la casa de Sir Robert en Navidades y en otras grandes ocasiones. Se apearon de sus caballos y a mi abuelo le pareció que ataba el suyo a la misma argolla a la que lo había atado aquella mañana cuando acudió a presentarse al joven Sir John.
‑¡Dios! ‑exclamó mi abuelo‑ ¡si parece que la muerte de Sir Robert sólo ha sido un sueño!
Llamó a la puerta del vestíbulo, como acostumbraba, y su viejo conocido Dougal McCallum, también como de costumbre, vino a abrir la puerta y dijo:
‑Gaitero Steenie, ¿estás ahí, chico? Sir Robert ha estado llamándote.
A mi abuelo le parecía que estaba soñando. Buscó al extraño, pero había desaparecido por el momento. Por fin trató simplemente de decir:
‑Hola Dougal del Más Allá ¿estás vivo? Creía que estabas muerto.
‑No te preocupes por mí ‑dijo Dougal‑, sino por ti; y cuida de no tomar nada de nadie aquí, ni comida, ni bebida, ni dinero, excepto el recibo que te pertenece.
Y dicho esto, le guió a través de salones y estancias que mi abuelo conocía muy bien, hasta llegar al viejo salón de roble; había en él ese mismo cantar, canciones profanas, escanciar vino, blasfemar y contar obscenidades que siempre había habido en el castillo de Redgauntlet en sus mejores tiempos. Pero ¡que Dios nos ampare! ¡Qué colección de juerguistas fantasmales se sentaban a la mesa! Mi abuelo reconoció a varios que hacía ya tiempo que se habían convertido en polvo, porque a menudo había tocado para ellos en el vestíbulo de Redgauntlet. Allí estaba el fiero Middleton, y el disoluto Rothes, y el astuto Lauderdale; y Dalyell, con la cabeza calva y barba hasta la cintura; y Earlshall, con la sangre de Cameron en sus manos; y el cruel Bonshaw, que desmembró a Mr. Cargill; y Dunbarton Douglas, dos veces traidor, a su patria y a su rey. Allí estaba el sanguinario abogado McKenyie que, por su sabiduría y su astucia mundana, había sido como un dios para el resto. Y allí estaba Claverhouse, tan bello como cuando vivía, con sus largos y oscuros rizos cayéndole sobre la casaca de encaje y la mano izquierda siempre en el hombro derecho, para ocultar la herida que la bala de plata le había hecho. Sc sentaba aparte de todos los demás y los miraba con expresión melancólica y altiva; mientras, el resto aullaba, cantaba y reía de tal modo que la habitación retumbaba. Pero, de vez en cuando, sus sonrisas se contraían de manera tan horrible y sus risas eran tan salvajes que a mi abuelo se le pusieron azules las uñas y se le heló la médula de los huesos.
Los que servían las mesas eran los mismos sirvientes y soldados que habían ejecutado sus crueles órdenes en la tierra.
Estaba el Mozo Largo de Nethertown, que ayudó a tomar Argyle; y el que intimidó al obispo, al que llamaban el Sonajero del Diablo; y los malvados guardias con sus casacas de encaje; y los salvajes amoritas de las Tierras Altas, que derramaban sangre como si fuera agua; y muchos sirvientes altivos, de corazón soberbio y manos ensangrentadas, serviles con los ricos para hacerlos aún peores de lo que hubieran sido, despiadados con los pobres hasta convertirlos en polvo una vez despedazados por los ricos. Y muchos, muchos más iban y venían, tan atareados como en vida.
En medio de aquel terrible escándalo, Sir Robert Redgauntlet llamó con voz de trueno al gaitero Steenie, para que se acercase a la mesa principal, donde él estaba sentado, con las piernas extendidas y envueltas en franela; las pistolas estaban junto a él y el sable apoyado en la silla, justo como mi abuelo lo había visto por última vez en la tierra, incluso el cojín del mono estaba allí, pero no la criatura‑ no le había llegado la hora, probablemente, porque, al aproximarse, oyó decir a uno de ellos:
‑¿No ha venido aún el Mayor? Y el otro contestó:
‑Estará aquí antes de la mañana.
Y cuando mi abuelo se adelantó, Sir Robert, o su fantasma, o el diablo con su apariencia, dijo:
‑Bueno, gaitero ¿has arreglado lo de la renta anual con mi hijo?
Con gran esfuerzo, mi abuelo consiguió el aliento suficiente para decir que Sir John no se conformaría sin el recibo de Su Excelencia.
‑Lo tendrás a cambio de alguna melodía, Steenie ‑dijo la apariencia de Sir Robert‑, toca para nosotros Veel Horldled Luckie.
Aquélla era una melodía que mi abuelo aprendió de un brujo, quien a su vez la había oído cuando estaban adorando a Satanás en sus aquelarres, y mi abuelo la había tocado algunas veces en las ruidosas cenas del castillo de Redgauntlet, pero siempre a disgusto. Y ahora, con sólo mencionarla, sintió frío y, para excusarse, dijo que no llevaba la gaita consigo.
‑McCallum, tú, hijo de Belcebú ‑dijo el terrible Sir Robert‑, tráele a Steenie la gaita que tengo para él.
McCallum trajo una gaita que podía haber servido a Donald de las Islas. Pero, al ofrecérsela, le dio a mi abuelo un ligero codazo y, mirando de reojo con atención, Steenie vio que el caramillo era de acero y había sido calentado al rojo vivo. Así que tuvo buen cuidado de no tocarlo con los dedos. Se excusó de nuevo y dijo que estaba tan débil y asustado que no tenía bastante aliento para tocar.
‑Entonces debes comer y beber, Steenie ‑dijo la figura‑, porque poco más hacemos aquí; y no está bien que conversen un hombre harto y otro hambriento.
Pero aquéllas eran las mismísimas palabras que el sanguinario conde de Douglas dijo para entretener al mensajero del rey mientras le cortaba la cabeza a McLellan de Bombie en el castillo de Threave; y eso puso a Steenie aún más en guardia. Así que alzó la voz como un hombre y dijo que no había ido allí a comer, ni a beber ni a tocar la gaita, sino a recuperar lo suyo, a saber qué había sido del dinero que había pagado y a conseguir un recibo a cambio; y en ese momento se sentía tan valiente que instó a Sir Robert en nombre de su conciencia (no tuvo valor para decir el nombre sagrado) a que, si quería descansar en paz, no le tendiese más trampas y le diese lo que le pertenecía.
La aparición rechinó los dientes y se rió, pero sacó el recibo de una gran carpeta y se lo tendió a Steenie:
‑Ahí tienes tu recibo, perro despreciable; y en cuanto al dinero, el hijo de perra de mi hijo puede ir a buscarlo a la Cuna del Gato.
Mi abuelo le dio las gracias y estaba a punto de retirarse cuando Sir Robert gritó:
‑¡Detente, tú, condenado hijo de puta! No he terminado contigo. Aquí no hacemos nada gratis; tienes que volver dentro de doce meses, a rendir a tu amo el homenaje que le debes por su protección.
A Steenie se le desató la lengua de repente y dijo en voz alta:
‑Me debo al servicio de Dios y no al vuestro.
No había terminado de pronunciar estas palabras cuando se hizo la oscuridad a su alrededor y cayó a tierra con tal fuerza que perdió a la vez la respiración y el sentido.
Cuánto tiempo yació tendido allí no supo decirlo, pero cuando volvió en sí estaba tendido en el viejo cementerio de la iglesia de Redgauntlet, justo en la puerta del panteón de la familia, y el escudo de armas del viejo caballero, Sir Robert, colgaba sobre su cabeza. Una densa niebla matinal se extendía sobre la hierba y alrededor de las lápidas, y su caballo pacía tranquilamente junto a las dos vacas del párroco. Steenie habría pensado que todo había sido un sueño de no haber tenido el recibo en la mano, claramente escrito y firmado por el viejo señor; tan sólo las últimas letras del nombre eran un poco irregulares, como si hubiesen sido escritas por alguien víctima de un dolor repentino.
Profundamente preocupado, mi abuelo abandonó aquel triste lugar, cabalgó a través de la niebla hasta el castillo de Redgauntlet y con gran dificultad consiguió hablar con el señor.
‑Bueno, ¿me traes la renta, bribón arruinado? ‑fueron sus primeras palabras.
‑No, ‑contestó mi abuelo‑, no la traigo. Pero le traigo el recibo que Sir Robert me dio.
‑¿Cómo bribón? ¡El recibo de Sir Robert! ¡Me dijiste que no te había dado ninguno!
‑¿Quiere Vuestra Excelencia ver si estas pocas líneas son correctas?
Sir John examinó cada línea y cada letra con gran atención y, por último, la fecha que mi abuelo no había notado. En el lugar que me corresponde ‑leyó‑ a veinticinco de noviembre.
‑¡Qué! ¡Eso fue ayer! Villano, debes de haber ido al infierno por esto.
‑Lo obtuve del padre de Vuestra Excelencia, si está en el infierno o en el cielo no lo sé.
‑Te denunciaré por brujo al Consejo Privado ‑dijo Sir John‑, te enviaré junto a tu amo, el diablo, con ayuda de un barril de alquitrán y una antorcha.
‑Tengo intención de presentarme yo mismo en la iglesia ‑dijo Steenie‑, y decirles todo lo que vi ayer noche, que son cosas más apropiadas para ser juzgadas por ellos que por un ignorante como yo.
Sir John se detuvo, recuperó el control y quiso oír la historia completa; y mi abuelo se la contó punto por punto, como yo la he contado, palabra por palabra, ni más ni menos.
Sin John permaneció en silencio durante largo rato y por fin dijo, con gran comedimiento:
‑Steenie, esta historia tuya afecta al honor de muchas familias nobles, además de la mía y si fuese una mentira para librarte de mí, lo menos que puedes esperar es que te perfore la lengua con un hierro candente, que será casi tan malo como abrasarse los dedos con un caramillo al rojo vivo. Pero puede que sea verdad; y si el dinero aparece no sabré qué pensar. Pero ¿dónde encontraremos esa Cuna del Gato? Hay gatos de sobra en el castillo, pero me parece que crían sin necesidad de cama o cuna.
‑Es mejor que le preguntemos a Hutcheon ‑dijo mi abuelo‑, conoce todos los rincones tan bien como… como otro antiguo servidor que ha desaparccido y al que no me gustaría nombrar. Bueno, pues Hutcheon, cuando le preguntaron, les dijo que había un torreón ruinoso, en desuso desde hacía largo tiempo, próximo a la torre del reloj, accesible sólo por una escalerilla, porque la apertura estaba en el exterior y situada muy por encima de las almenas, al que desde antiguo se le llamaba la Cuna del Gato.
‑Iré allí inmediatamente ‑dijo Sir John, y cogió (con qué propósito, sólo el cielo lo sabe) una de las pistolas de su padre de la mesa del salón, donde habían estado desde la noche en que murió, y se dirigió apresuradamente a las almenas.
Era un lugar peligroso porque la escalerilla estaba vieja y carcomida, y le faltaban uno o dos peldaños. Sin embargo, Sir John trepó por ella y entró por la puerta de la torre, donde su cuerpo tapó la poca luz que se filtraba. Algo se abalanzó sobre él con violencia y casi lo tira de espaldas, la pistola del caballero se disparó y Hutcheon, que sostenía la escalera, y mi abuelo, que estaba a su lado, oyeron un fuerte alarido. Un minuto después Sir John lanzó el cuerpo del mono a los pies de ambos y gritó que había descubierto el dinero y que debían subir a ayudarle. Y allí estaba la bolsa con el dinero, efectivamente, y muchas otras cosas que se habían perdido hacía mucho tiempo.
Cuando Sir John hubo limpiado bien el torreón, condujo a mi abuelo al comedor, le cogió de la mano, le habló afablemente y le dijo que sentía haber dudado de su palabra, y que para compensarle en adelante sería un buen señor para él.
‑Y ahora Steenie ‑dijo Sir John‑, aunque esa visión tuya, en general, acredita a mi padre como un hombre honrado que incluso después de muerto ha querido hacer justicia a un pobre hombre como tú, eres lo bastante sensato como para comprender que hombres malintencionados podrían poner en duda la salvación de su alma. Así que mejor le echamos toda la culpa a esa criatura ladrona, el Mayor Weir, y no decimos nada de tu sueño en el bosque de Pitmurkie. Habías bebido demasiado brandy para estar muy seguro de nada y, Steenie, este recibo (la mano le temblaba mientras lo sostenía) no es sino un extraño documento y lo mejor que podemos hacer es, creo, echarlo tranquilamente al fuego.
‑Pero por muy extraño que sea, es la única garantía que tengo de haber pagado mi renta ‑dijo mi abuelo, que tenía miedo quizá de perder el beneficio del recibo de Sir Robert.
‑Anotaré el importe a tu favor en el libro de rentas y te daré un recibo de mi propia mano ‑dijo Sir John- ahora mismo. Y Steenie, si eres capaz de mantener la boca cerrada sobre este asunto, a partir de ahora tendrás una renta más baja.
‑Muchas gracias, Excelencia ‑dijo Steenie, que vio rápidamente cómo estaban las cosas‑. Desde luego que seguiré en todo las órdenes de Vuestra Excelencia; sólo que me gustaría hablar del asunto con algún hombre de la iglesia, porque no me gusta el emplazamiento que el padre de Vuestra Excelencia…
‑No llames a ese fantasma mi padre ‑dijo Sir John, interrumpiéndole.
‑Bueno, entonces, esa cosa que se le parecía tanto ‑dijo mi abuelo‑ habló de que tenía que regresar el mismo día al cabo de un año, y eso me pesa sobre la conciencia.
‑Bien ‑dijo Sir John‑, si estás tan angustiado puedes hablar con nuestro párroco; es un hombre justo, respeta el honor de nuestra familia y además creo que quiere conseguir mi protección. Y con esto mi abuelo estuvo enseguida de acuerdo en que se quemase el recibo y el señor lo tiró a la chimenea con su propia mano. Sin embargo, no ardió, sino que voló chimenea arriba con un cortejo de chispas y un ruido de cohete.
Mi abuelo fue a la casa del párroco y éste, después de oír la historia, dijo que su opinión era que aunque mi abuelo había ido demasiado lejos en asuntos muy peligrosos, sin embargo, como había rechazado las arras del demonio (pues eso es lo que eran las ofertas de comida y bebida) y se había negado a rendirle homenaje tocando la gaita cuando se lo ordenó, esperaba que si de ahora en adelante se comportaba con circunspección, Satanás podría sacar muy pocas ventajas de lo ocurrido. Y desde luego mi abuelo, por su propia voluntad, estuvo durante bastante tiempo sin tocar la gaita ni el brandy y, hasta que no terminó el año y pasó el día fatídico, no hizo tan siquiera intención de coger el violín ni de beber whisky o cerveza.
Sir John contó la historia del mono a su manera, y hasta hoy día algunas personas creen que en aquel asunto todo se debió a la naturaleza ladrona del animal. Incluso hay quienes aseguran que no fue el Viejo Enemigo al que Dougal y Hutcheon vieron en la habitación del señor, sino a esa criatura, el Mayor Weir, brincando sobre el ataúd; y en cuanto al silbato del señor, oído después de su muerte, era el sucio animal, que lo tocaba tan bien como el propio señor, si no mejor.
Pero el cielo sabe la verdad y salió a la luz por vez primera por boca de la esposa del párroco, después de que Sir John y su marido estuvieran ambos en sus respectivas tumbas.
Entonces, mi abuelo, a quien le fallaban las piernas pero no el juicio ni la memoria ‑al menos no tanto como para que se le notara‑ se vio obligado a contar la verdadera historia a sus amigos, para defender su buen nombre. De otro modo le podían haber acusado de brujo.

cuentos fantasticos 2

tumblr_msf1x5QEDp1r4zr2vo2_r1_500

Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

EL HOMBRE DE ARENA
(Der Sandmann, 1817)

Es el cuento más célebre de Hoffmann: fue la fuente principal de la ópera de Offenbach; ha dado pie a un ensayo de Freud sobre lo «perturbador».  El descubrimiento del inconsciente acontece aquí, en la literatura fantástica romántica, casi cien años antes de que aparezca su primera definición teórica.

EL HOMBRE DE ARENA

Nataniel a Lotario

SIN duda estaréis inquietos porque hace tanto tiempo que no os escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en vosotros y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a vosotros. ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberos escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. ¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí, podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y le amenacé con precipitarle escaleras abajo, pero se marchó al instante.
Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida, conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. En el momento de comenzar te veo reír y oigo a Clara que dice: «¡son auténticas chiquilladas!» ¡Reíros! ¡Reíros de todo corazón, os lo suplico! Pero ¡Dios del cielo!, mis cabellos se erizan, y me parece que os conjuro a burlaros de mi en el delirio de la desesperación, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuestión.
Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Después de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se servía a las siete, íbamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sentábamos a una mesa redonda. Mi padre fumaba su pipa y bebía un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos le apasionaban tanto que debaja que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encendérsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me producía un indescriptible placer. También a menudo nos daba libros con láminas; y permanecía silencioso e inmóvil en su sillón apartando espesas nubes de humo que nos envolvían a todos como la niebla. En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas oía sonar las nueve, exclamaba: «Vamos niños, a la cama… ¡el Hombre de Arena está al llegar…! ¡ya le oigo!» Y, en efecto, se oían entonces retumbar en la escalera graves pasos; debía ser el Hombre de Arena. En cierta ocasión, aquel ruido me produjo más escalofrío que de costumbre y pregunté a mi madre mientras nos acompañaba:
‑¡Oye mamá! ¿Quién es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de papá? ¿Qué aspecto tiene?
‑No existe tal Hombre de Arena, cariño ‑me respondió mi madre‑. Cuando digo: viene el Hombre de Arena, quiero decir que tenéis que ir a la cama y que vuestros párpados se cierran involuntariamente como si alguien os hubiera tirado arena a los ojos.
La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que mi madre había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo le oía siempre subir las escaleras.
Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunté a una vieja criada que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje.
‑¡Ah mi pequeño Nataniel! ‑me contestó‑, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndoles llorar sangre. Luego, los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.
Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grabó en mi espíritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre sólo podía entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis lágrimas: «¡El Hombre de Arena! ¡El Hombre de Arena!» Corría al dormitorio y aquella terrible aparición me atormentaba durante toda la noche.
Yo tenía ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, según la contaba la vieja criada, no era del todo exacta pero, sin embargo, el Hombre de Arena siguió siendo para mí un espectro amenazador. El terror se apoderaba de mí cuando le oía subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volvían a ser frecuentes; aquello duró varios años. No podía acostumbrarme a tan extraña aparición, y la sombría figura de aquel desconocido no palidecía en mi pensamiento. Su relación con mi padre ocupaba cada vez más mi imaginación, la idea de preguntarle a él me sumía en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefería la del Hombre de Arena que
dibujaba con tiza y carbón en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas más espantosas. Cuando cumplí diez años, mi madre me asignó una habitación para mí solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. Como siempre, al sonar las nueve, el desconocido se hacía oír, y había que retirarse. Desde mi habitación, le oía entrar en el despacho de mi padre, y poco después, me parecía que un imperceptible vapor se extendía por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crecía en mí cada vez más. Alguna vez abrí mi puerta, cuando mi padre ya se había ido, y me deslicé en el corredor; pero no pude oír nada, pues siempre habían cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posición adecuada para poder verle. Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decidí esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar allí mismo al Hombre de Arena.
Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi madre supe una noche que vendría el Hombre de Arena. Pretexté un enorme cansancio y abandonando la sala antes de las nueve fui a esconderme detrás de la puerta. La puerta de la calle crujió en sus goznes y lentos pasos, tardos y amenazadores, retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras. Mi madre y los niños pasaron apresuradamente ante mí. Abrí despacio, muy despacio, la puerta del gabinete de mi padre. Estaba sentado, como de costumbre en silencio, y de espaldas a la puerta. No me vio, y corrí a esconderme detrás de una cortina que tapaba un armario en el que estaban colgados sus trajes. Después los pasos se oyeron cada vez más cerca, alguien tosía, resoplaba y murmuraba de forma singular. El corazón me latía de miedo y expectación. Muy cerca de la puerta, un paso sonoro, un golpe violento en el picaporte, los goznes giran ruidosamente. Adelanto a mi pesar la cabeza con precaución, el Hombre de Arena está en medio de la habitación ¡el resplandor de las velas ilumina su rostro! ¡El Hombre de Arena, el terrible Hombre de Arena es el viejo abogado Coppelius que a veces se sienta a nuestra mesa! Pero, el más horrible de los rostros no me hubiera causado más espanto que el de aquel Coppelius. Imagínate un hombre de anchos hombros con una enorme cabeza deforme, una tez mate, cejas grises y espesas bajo las que brillan dos ojos verdes como los de los gatos y una nariz gigantesca que desciende bruscamente sobre sus gruesos labios. Su boca torcida se encorva aún más con su burlona sonrisa; en sus mejillas dos manchas rojas y unos acentos a la vez sordos y silbantes se escapan de entre sus dientes irregulares. Coppelius aparecía siempre con un traje color ceniza, de una hechura pasada de moda, chaqueta y pantalones del mismo color, medias negras y zapatos con hebillas de estrás. Su corta peluca, que apenas cubría su cuello, terminaba en dos bucles pegados que soportaban sus grandes orejas, de un rojo vivo, e iba a perderse en un amplio tafetán negro que se desplegaba aquí y allá en su espalda y dejaba ver el broche de plata que sujetaba su lazo. Aquella cara ofrecía un aspecto horrible y repugnante, pero lo que más nos chocaba a nosotros, niños, eran aquellas grandes manos velludas y huesudas; cuando él las dirigía hacia algún objeto, nos guardábamos de tocarlo. Él se había dado cuenta de esto y se complacía en tocar los pasteles o las frutas confitadas que nuestra madre había puesto sigilosamente en nuestros platos; entonces él gozaba viendo nuestros ojos llenos de lágrimas al no poder ya saborear por asco y repulsion las golosinas que él había rozado. Lo mismo hacía los días de fiesta, cuando nuestro padre nos servía un vasito de vino dulce. Entonces se apresuraba a coger el vaso y lo acercaba a sus labios azulados, y reía diabólicamente viendo cómo sólo podíamos exteriorizar nuestra rabia con leves sollozos. Acostumbraba a llamarnos los animalitos; en presencia suya no nos estaba permitido decir una sola palabra y maldecíamos con toda nuestra alma a aquel personaje odioso, a aquel enemigo que envenenaba deliberadamente nuestra más pequeña alegría. Mi madre parecía odiar tanto como nosotros al repugnante Coppelius, pues, desde el instante en que aparecía, su dulce alegría y su despreocupada forma de ser, se tornaban en una triste y sombría gravedad. Nuestro padre se comportaba con Coppelius como si éste perteneciera a un rango superior y hubiera que soportar sus desaires con buen ánimo. Nunca dejaba de ofrecerle sus platos favoritos y descorchaba en su honor vinos de reserva.
Al ver entonces a Coppelius me di cuenta de que ningún otro podía haber sido el Hombre de Arena; pero el Hombre de Arena ya no era para mí aquel ogro del cuento de la niñera que se lleva a los niños a la luna, al nido de sus hijos con pico de lechuza. No. Era una odiosa y fantasmagórica criatura que dondequiera que se presentase traía tormento y necesidad, causando un mal durable, eterno.
Yo estaba como embrujado, con la cabeza entre las cortinas, a riesgo de ser descubierto y cruelmente castigado. Mi padre recibió alegremente a Coppelius.
‑¡Vamos! ¡al trabajo! ‑exclamó el otro con voz sorda quitándose la levita.
Mi padre, con aire sombrío, se quitó su bata y los dos se pusieron unas túnicas negras. Mi padre abrió la puerta de un armario empotrado que ocultaba un profundo nicho donde había un horno. Coppelius se acercó, y del hogar se elevó una llama azul. Una gran cantidad de extrañas herramientas se iluminaron con aquella claridad. Pero, ¡Dios mío, qué extraña metamorfosis se había operado en los rasgos de mi anciano padre! Un dolor violento y terrible parecía haber cambiado la expresión honesta y leal de su fisonomía, que se había contraído de forma satánica. ¡Se parecía a Coppelius! Éste manejaba unas pinzas incandescentes y atizaba los carbones ardientes del hogar. Creí ver a su alrededor figuras humanas, pero sin ojos. En su lugar había cavidades negras, profundas, horribles.
‑¡Ojos, ojos! ‑gritaba Coppelius con voz sorda, amenazadora.
Grité y caí al suelo violentamente abatido por el miedo. Entonces Coppelius me cogió.
‑¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia! ‑dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arrojó al horno, cuya llama prendía ya mis cabellos.
‑Ahora ‑exclamó‑ ya tenemos ojos, ¡ojos! ¡un hermoso par de ojos de niño! Y con sus manos cogió del hogar un puñado de carbones ardientes que se disponía a arrojar a mis ojos, cuando mi padre, con las manos juntas le imploró:
‑¡Maestro! ¡Maestro! ¡Deja los ojos a mi Nataniel! ¡Déjaselos!
Coppelius se echó a reír de forma estrepitosa.
‑Que el niño conserve sus ojos para que éstos realicen su trabajo en el mundo; pero, puesto que está aquí, observemos atentamente el mecanismo de sus pies y de sus manos.
Sus dedos apretaron todas las articulaciones de mis miembros, que crujieron, y me retorció las manos y los pies de una forma y de otra.
‑¡Esto no está del todo bien! ¡Tan bien como estaba! ¡El viejo lo ha entendido perfectamente!
Coppelius murmuraba esto mientras me retorcía; pero pronto, todo se volvió oscuro y confuso a mi alrededor; un dolor nervioso agitó todo mi ser; no sentí nada más. Un vapor dulce y cálido se derramó sobre mi rostro; desperté como del sueño de la muerte. Mi madre estaba inclinada sobre mí.
‑¿Está aquí el Hombre de Arena? ‑balbucí.
‑No, mi niño, está muy lejos; se fue hace mucho, no te hará daño.
Así decía mi madre, y me besaba estrechando contra su corazón al niño querido que le era devuelto.
¿Para qué cansarte por más tiempo con estas historias, querido Lotario? Fui descubierto y cruelmente maltratado por Coppelius. La ansiedad y el miedo me causaron una ardiente fiebre que padecí durante algunas semanas; «¿Está aún aquí el Hombre de Arena?» Éstas fueron las primeras palabras de mi salvación y el primer signo de mi curación. Sólo me queda contarte el instante más horrible de mi infancia; después te habrás convencido de que no hay que acusarles a mis ojos de que todo me parezca sin color en la vida; pues un sombrío destino ha levantado una densa nube ante todos los objetos, y sólo mi muerte podrá disiparla.
Coppelius no volvió a aparecer, se dijo que había abandonado la ciudad.
Había transcurrido un año, y cierta noche, según la antigua e invariable costumbre, estábamos sentados en la mesa redonda. Nuestro padre estaba muy alegre y nos contaba historias divertidas que le habían sucedido en los viajes de su juventud. En el momento en que el reloj daba las nueve oímos sonar los goznes de la puerta de la casa, y unos graves pasos retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras.
‑¡Es Coppelius! ‑dijo mi madre palideciendo.
‑Sí, es Coppelius ‑repitió mi padre con voz entrecortada.
Las lágrimas asomaron a los ojos de mi madre:
‑¡Padre! ¿es preciso?
‑Por última vez ‑respondió‑. Viene por última vez, te lo juro. Ve con los niños. Buenas noches.
Yo estaba petrificado, me faltaba el aire. Mi madre, viéndome inmóvil, me cogió del brazo.
‑Ven, Nataniel ‑me dijo‑. Me dejé llevar a mi habitación‑. Estate tranquilo y acuéstate. ¡Duerme! ‑me dijo al irse. Pero un terror invencible me agitaba y no pude cerrar los ojos. El horrible, el odioso Coppelius estaba ante mí, con sus ojos destellantes, sonriéndome hipócrita, e intentaba alejar su imagen. Era cerca de media noche cuando se oyó un golpe violento, como la detonación de un arma de fuego. La casa entera se tambaleó, alguien pasó corriendo por delante de mi cuarto y la puerta de la calle se cerró estrepitosamente de un porrazo.
‑¡Es Coppelius! ‑grité fuera de mí, y salté de la cama. Oí gemidos; corrí a la habitación de mi padre, la puerta estaba abierta, se respiraba un humo asfixiante, y una criada gritaba:
‑¡El señor! El señor!
Delante del horno encendido, en el suelo, yacía mi padre, muerto, con la cara destrozada. Mis hermanas, de rodillas a su alrededor, clamaban y gemían. Mi madre había caído inmóvil junto a su marido.
‑¡Coppelius, monstruo infame! ¡Has asesinado a mi padre! ‑grité. Y caí sin sentido. Dos días más tarde cuando colocaron su cuerpo en el ataúd, sus rasgos habían vuelto a ser serenos y dulces como lo fueron durante toda su vida. Aquella imagen mitigó mi dolor, pensé que su alianza con el infernal Coppelius no le había llevado a la condenación eterna.
La explosión había despertado a los vecinos, el suceso causó sensación, y las autoridades, que tuvieron conocimiento del mismo, requirieron la presencia de Coppelius. Pero había desaparecido de la ciudad sin dejar rastro.
Si te dijera, querido amigo, que el vendedor de barómetros no era otro sino el miserable Coppelius, comprenderías el horror que me produjo tan desgraciada y enemiga aparición. Llevaba otro traje, pero los rasgos de Coppelius están demasiado profundamente marcados en mi alma como para poder equivocarme. Además, Coppelius ni siquiera ha cambiado de nombre. Se hace pasar aquí ‑según tengo oído‑, por un mecánico piamontés llamado Giuseppe Coppola.
Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No digas nada a mi madre de este encuentro cruel. Saluda a la encantadora Clara; le escribiré con una mayor presencia de ánimo.
Queda con Dios, etcétera.

Clara a Nataniel

Es cierto que hace mucho que no me has escrito pero creo, sin embargo, que me llevas en tu alma y en tus pensamientos; pues pensabas vivamente en mí cuando, queriendo enviar tu última carta a mi hermano Lotario la suscribiste a mi nombre. La abrí con alegría y sólo me di cuenta de mi error al ver estas palabras: «¡Ay, mi querido Lotario!» Sin duda no debería haber seguido leyendo y debí entregar la carta a mi hermano. Alguna vez me has reprochado entre risas el que yo tuviera un espíritu tan apacible y tranquilo que si la casa se derrumbara, antes que huir, colocaría en su sitio una cortina mal puesta; pero apenas podía respirar y todo daba vueltas ante mis ojos, mi querido Nataniel, al saber la infortunada causa que ha turbado tu vida. Separación eterna, no verte nunca más, este presentimiento me atravesaba como un puñal ardiente. Leí y volví a leer. Tu descripción del repugnante Coppelius es horrible. Así he sabido la forma cruel en que murió tu anciano y venerable padre. Mi hermano, a quien remití lo que le pertenecía, intentó tranquilizarme, sin conseguirlo. El fatal vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me perseguía, y casi me avergüenza confesar que ha turbado, con terribles imágenes, mi sueño siempre profundo y tranquilo. Pero de pronto, desde la mañana siguiente, todo me parece distinto. No estés enfadado conmigo, amor mío, si Lotario te dice que a pesar de tus funestos presentimientos sobre Coppelius no se altera mi serenidad en absoluto. Te diré sinceramente lo que pienso. Las cosas terribles de que hablas tienen su origen dentro de ti mismo, el mundo exterior y real tiene poco que ver. El viejo Coppelius sin duda era repelente, pero, como odiaba a los niños, esto producía en vosotros, niños, verdadero horror hacia él.
El Hombre de Arena de la niñera se asoció en tu imaginación infantil al viejo Coppelius quien, sin que te dieras cuenta, permaneció en ti como un fantasma de tus primeros años. Sus entrevistas nocturnas con tu padre no tenían otro objeto que realizar experimentos de alquimia, cosa que afligía a tu madre pues posiblemente costara mucho dinero; y aquella ocupación, además de llenar a su esposo de una engañosa esperanza de sabiduría, le apartaba del cuidado de su familia. Tu padre sin duda causó su muerte por imprudencia suya, y Coppelius no es culpable. ¿Creerías que ayer pregunté a un viejo vecino boticario si los experimentos químicos podían causar explosiones mortales? Asintió describiéndome largamente a su manera cómo se hacían tales cosas, citándome gran número de palabras extrañas que no he podido retener en mi memoria. Ahora vas a enfadarte con tu Clara; dices: «en su frío espíritu no entra ni un solo rayo misterioso de los que tantas veces abrazan al hombre con sus alas invisibles; ella percibe tan sólo la superficie coloreada del mundo y se alegra como un niño a la vista de frutas cuya dorada cáscara esconde un mortal veneno.»
¡Ah, mi bienamado Nataniel! ¿Acaso no piensas que el sentimiento de un poder enemigo que se agita de manera funesta sobre nuestro ser, no puede penetrar en las almas sonrientes y serenas? Perdóname, si yo, una simple jovencita, intento expresar lo que siento ante la idea de una lucha semejante. Quizá no encuentro las palabras adecuadas y tú te ríes, no de mis pensamientos, sino de mi torpeza para expresarlos. Si realmente existe un poder oculto que tan traidoramente hunde sus garras en nuestro interior para cogernos y arrastrarnos a un camino peligroso que habríamos evitado, si tal fuerza existe, debe doblegarse ante nosotros mismos, pues sólo así ganará nuestra confianza y un lugar en nuestro corazón, lugar que necesita para realizar su obra. Si tenemos la suficiente firmeza, el valor necesario para reconocer el camino hacia el que deben conducirnos nuestra vocación y nuestras inclinaciones, para caminar con paso tranquilo, nuestro enemigo interior perecerá en los vanos esfuerzos que haga por ilusionarnos. También es cierto, añade Lotario, que la tenebrosa presencia a la que nos entregamos, crea con frecuencia en nosotros imágenes tan atrayentes que nosotros mismos producimos el engaño que nos consume. Es el fantasma de nuestro propio Yo cuya influencia mueve nuestra alma y nos sumerge en el infierno o nos conduce al cielo. ¡Te das cuenta, querido Nataniel! Mi hermano y yo hemos hablado de oscuras fuerzas y poderes que a mí, después de haber escrito, no sin esfuerzo, lo más importante, se me aparecen sosegadas, profundas. Las últimas palabras de Lotario no las entiendo del todo bien, sólo intuyo lo que piensa, y sin embargo, me parece rigurosamente cierto. Te lo suplico, aparta de tu pensamiento al odioso abogado Coppelius y al vendedor de barómetros Coppola. Convéncete de que esas extrañas figuras no tienen influencia sobre ti. Sólo la creencia en su poder enemigo las vuelve enemigas. Si cada línea de tu carta no expresara la profunda exaltación de tu espíritu, si el estado de tu alma no afligiera mi corazón, podría bromear sobre tu Hombre de Arena y tu abogado alquimista. ¡Alégrate! Me he prometido estar a tu lado como un ángel guardián y arrojar al odioso Coppola de una loca carcajada si viniera a turbar tu sueño. No le temo en absoluto, ni a él ni a sus horribles manos que no podrían estropearme las golosinas ni arrojarme arena a los ojos.
Hasta siempre, mi bienamado Nataniel, etcétera.

Nataniel a Lotario

Me resulta muy penoso el que Clara, por un error que causó mi negligencia, haya roto el sello de mi carta y la haya leído. Me ha escrito una epístola llena de una profunda filosofía, según la cual me demuestra explícitamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y que se trata de fantasmas de mi Yo que se verán reducidos a polvo en cuanto los reconozca como tales. Uno jamás podría imaginar que el espíritu que brilla en sus claros y estremecedores ojos, como un delicioso sueño, sea tan inteligente y pueda razonar de una forma tan metódica. Se apoya en tu autoridad. ¡Habéis hablado de mí los dos juntos! Le has dado un curso de lógica para que pueda ver las cosas con claridad y razonadamente. ¡Déjalo! Además, es cierto que el vendedor de barómetros Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto a las clases de un profesor de física de origen italiano que acaba de llegar a la ciudad, un célebre naturalista llamado Spalanzani. Conoce a Coppola desde hace muchos años, y por otra parte, es fácil observar su acento piamontés. Coppelius era alemán, pero no un alemán honesto. Aun así, no estoy del todo tranquilo. Tú y Clara podéis seguir considerándome un sombrío soñador, pero no puedo apartar de mí la impresión que Coppola y su espantoso rostro causaron en mí. Estoy contento de que haya abandonado la ciudad, según dice Spalanzani. Este profesor es un personaje singular, un hombre rechoncho, de pómulos salientes, nariz puntiaguda y ojos pequeños y penetrantes. Te lo podrías imaginar mejor que con mi descripción mirando el retrato de Cagliostro realizado por Chodowiecki y que aparece en cualquier calendario berlinés; así es Spalanzani. Hacr unos días subiendo a su apartamento observé que una cortina que habitualmente cubre una puerta de cristal estaba un poco separada. Ignoro yo mismo cómo me encontré mirando a través del cristal. Una mujer, alta, muy delgada, de armoniosa silueta, magníficamente vestida, estaba sentada con sus manos apoyadas en una mesa pequeña. Estaba situada frente a la puerta, y de este modo pude contemplar su rostro arrebatador. Pareció no darse cuenta de que la miraba, y sus ojos estaban fijos, parecían no ver; era como si durmiera con los ojos abiertos. Me sentí tan mal que corrí a meterme en el salón de actos que está justo al lado. Más tarde supe que la persona que había visto era la hija de Spalanzani, llamada Olimpia, a la que éste guarda con celo, de forma que nadie puede acercarse a ella. Esta medida debe ocultar algún misterio, y Olimpia tiene sin duda alguna tara. Pero, ¿por qué te escribo estas cosas? Podría contártelas personalmente. Debes saber que dentro de dos semanas estaré con vosotros. Tengo que ver a mi ángel, a mi Clara. Entonces podrá borrarse la impresión que se apoderó de mí (lo confieso), al leer su carta tan fatal y razonable. Por eso no le escribo hoy.
Mil abrazos, etcétera.

Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento. Querrías reproducir con una sola palabra todo cuanto estas apariciones tienen de maravilloso, de magnífico, de sombrío horror y de alegría inaudita, para sacudir a los amigos como con una descarga eléctrica, pero toda palabra, cada frase, te parece descolorida, glacial, sin vida. Buscas y rebuscas, y balbuces y murmuras, y las tímidas preguntas de tus amigos vienen a golpear, como el soplo del viento, tu ardiente imaginación hasta acabar apagándola. Pero si tú, como un hábil pintor, trazas un rápido esbozo de tales imágenes interiores, del mismo modo puedes también animar con poco esfuerzo los colores y hacerlos cada vez más brillantes, y las diversas figuras fascinan a los amigos que te ven en medio del mundo que tu alma ha creado. Debo confesar que, a mí, querido lector, nadie me ha preguntado por la historia del joven Nataniel; pero tú sabes que yo penenezco a esa clase de autores que cuando se encuentra en el estado de ánimo que acabo de describir se imagina que cuantos le rodean, e incluso el mundo entero, le preguntan, «¿qué te pasa? ¡cuéntanos!» Así, una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel. Su vida singular me impresionaba, y por esta razón me atormentaba la idea de comenzar su historia de una manera significativa, original. «Érase una vez…» bonito principio, para aburrir a todo el mundo. «En la pequeña ciudad de S…., vivía…» algo mejor, si se tiene en cuenta que prepara ya el desenlace. O bien entrar in medias res: «‑¡Váyase al diablo! exclamó colérico con los ojos llenos de furia y de espanto el estudiante Nataniel cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola… » Así había empezado ya a escribir cuando creí ver algo de burla en la enfurecida mirada de Nataniel, aunque la historia no es en absoluto divertida. No me vino a la mente ninguna frase que reflejara el estallido de colores de la imagen que brillaba en mi interior. Decidí entonces no empezar. Toma, querido lector, las tres cartas que mi amigo Lotario me invitó a compartir como el esbozo del cuadro que me esforzaré, en el curso de la narración, en animar cada vez con más colorido, lo mejor que pueda. Quizá consiga, como un buen retratista, dar a algún personaje un toque expresivo de manera que al verlo lo encuentres parecido al original, aun sin conocerlo, y te parecerá verlo en persona. Quizá creerás, lector, que no hay nada tan maravilloso y fantástico como la vida real, y que el poeta se limita a recoger un pálido brillo, como en un espejo sin pulir.
Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que añadir como aclaración a las cartas que, inmediatamente después de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano también recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aquél. Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinación mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandonó la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aquí se encuentra mientras escribe su última carta y asiste al curso del célebre profesor de física Spalanzani.
Ahora podría continuar mi relato tranquilamente, pero la imagen de Clara se presenta ante mis ojos tan llena de vida que no puedo apartarla de mí, como me pasaba siempre que me miraba dulcemente.
No podía decirse que Clara fuese bella, esto pensaban al menos los entendidos en belleza. Sin embargo, los arquitectos elogiaban la pureza de las líneas de su talle; los pintores decían que su nuca, sus hombros y su seno eran tal vez demasiado castos, pero todos amaban su maravillosa cabellera que recordaba a la de la Magdalena y coincidían en el color de su tez, digno de un Battoni. Uno de ellos, un auténtico extravagante, comparaba sus ojos a un lago de Ruisdael, donde se reflejan el azul del cielo, el colorido del bosque y las flores del campo, la vida apacible. Poetas y virtuosos iban más lejos y decían:
‑¡Cómo habláis de lagos y de espejos! No podemos contemplar a esta muchacha sin que su mirada haga brotar de nuestra alma cantos y armonías celestes que nos sobrecogen y nos animan. ¿Acaso no cantamos nos otros también, y alguna vez hasta creemos leer en la tenue sonrisa de Clara, que es como un cántico, no obstante algunos tonos disonantes?
Así era, Clara poseía la imaginación alegre y vivaz de un niño inocente, un alma de mujer tierna y delicada, y una inteligencia penetrante y lúcida. Los espíritus ligeros y presuntuosos no tenían nada que hacer a su lado, pues ella, sin muchas palabras, conforme a su temperamento silencioso, parecía decirles con su mirada transparente y su sonrisa irónica: «Queridos amigos, ¿pretendéis que mire vuestras tristes sombras como auténticas fguras animadas y con vida?» Por esta razón Clara fue acusada por muchos de ser fría, prosaica e insensible. Pero otros, que veían la vida con más claridad, amaban fervorosamente a esta joven y encantadora muchacha; pero nadie tanto como Nataniel, quien se dedicaba a las ciencias y a las artes con pasión. Clara le correspondía con toda su alma. Las primeras nubes de tristeza pasaron por su vida cuando se separó de ella. ¡Con cuánta alegría se arrojó en sus brazos cuando él, al volver a su ciudad natal, entró en casa de su madre, como había anunciado en su última carta a Lotario! Sucedió entonces lo que Nataniel había imaginado; en el momento en que volvíó a ver a Clara desapareció la imagen del abogado Coppelius y la fatal y razonable carta de Clara, que tanto le había contrariado.
Sin embargo, Nataniel tenía razón cuando escribía a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de barómetros había ejercido una funesta influencia en su vida. Todos sintieron desde los primeros días de su estancia que Nataniel había cambiado su forma de ser. Se hundía en sombrías ensoñaciones y se comportaba de un modo extraño, no habitual en él. La vida era sólo sueños y presentimientos; hablaba siempre de cómo los hombres, creyéndose libres, son sólo juguete de oscuros poderes, y humildemente deben conformarse con lo que el destino les depara. Aún iba más lejos, y afirmaba que era una locura creer que el arte y las ciencias pueden ser creados a nuestro antojo, puesto que la exaltación necesaria para crear no proviene de nuestro interior sino de una fuerza exterior de la que no somos dueños.
Clara no estaba de acuerdo con esos delirios místicos pero era inútil refutarlos. Sólo cuando Nataniel afirmaba que Coppelius era el principio maligno que se había apoderado de él en el momento en que se escondió tras la cortina para observarle, y que aquel demonio enemigo turbaría su dichoso amor, Clara decía seriamente:
‑Sí, Nataniel, tienes razón, Coppelius es un principio maligno y enemigo, puede actuar de forma espantosa, como una fuerza diabólica que se introduce visiblemente en tu vida, pero sólo si no lo destierras de tu pensamiento y de tu alma. Mientras tú creas en él, existirá; su poder está en tu credulidad.
Nataniel, irritado al ver que Clara sólo admitía la existencia del demonio en su interior quiso probársela por medio de doctrinas místicas de demonios y fuerzas oscuras, pero Clara interrumpió la discusión con una frase indiferente, con gran disgusto de Nataniel. Pensó entonces que las almas frías encerraban estos profundos misterios sin saberlo, y que Clara percenecía a esta naruraleza secundaria, por lo cual decidió hacer todo lo posible para iniciarla en tales secretos. Al día siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, fue a su lado y empezó a leer diversos pasajes de libros místicos, hasta que Clara dijo:
‑Pero, mi querido Nataniel, ¿y si yo te considerase a ti como el principio diabólico que actúa contra mi café? Porque, si me pasara el día escuchándote mientras lees y mirándote a los ojos como tú quieres, el café herviría en el fuego y no desayunaríais ninguno. Nataniel cerró el libro de golpe y se dirigió malhumorado a su habitación.
En otro tiempo había escrito cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con indescriptible placer, pero ahora, sus composiciones eran sombrías, incomprensibles, vagas, y podía sentir en el indulgente silencio de Clara, que no eran de su gusto. Nada era peor para Clara que el aburrimiento; su mirada y sus palabras dejaban ver que el sueño se apoderaba de ella. Las obras de Nataniel eran de hecho muy aburridas. Su disgusto por el frío y prosaico carácter de Clara fue en aumento, y Clara no podía vencer el mal humor que le producía el sombrío y aburrido misticismo de Nataniel; y así, sus almas se fueron alejando una de otra, sin que se dieran cuenta. La imagen del odioso Coppelius, como el mismo Nataniel podía reconocer, cada vez era más pálida en su fantasía, y hasta le costaba a menudo un esfuerzo darle vida y color en sus poemas, donde aparecía como un horrible espantajo del destino. Finalmente, el atormentado presentimiento de que Coppelius destruiría su amor le inspiró el tema de una de sus composiciones. Se describía a él mismo y a Clara unidos por un amor fiel, pero, de vez en cuando, una mano amenazadora aparecía en su vida y les arrebataba su alegría. Cuando por fin se encontraban ante el altar aparecía el horrible Coppelius que tocaba los maravillosos ojos de Clara; éstos saltaban al pecho de Nataniel como chispas sangrientas encendidas y ardientes, luego Coppelius se apoderaba de él, le arrojaba a un círculo de fuego que giraba con la velocidad de la tormenta y le arrastraba en medio de sordos bramidos. Es un rugido, como cuando el huracán azota la espuma de las olas en el mar, que se alzan, como negros gigantes de cabeza blanca, en furiosa lucha. En medio de aquel salvaje bramido oye la voz de Clara: «¿No puedes mirarme? Coppelius te ha engañado, no eran mis ojos los que ardían en tu pecho, eran ardientes gotas de sangre de tu propio corazón… yo tengo mis ojos, ¡mírame!» Nataniel piensa: Es Clara, y yo soy eternamente suyo. Es como si dominase el círculo de fuego donde se encuentra, y el sordo estruendo desaparece en un negro abismo. Nataniel mira los ojos de Clara, pero es la muerte la que le contempla amigablemente con los ojos de Clara.
Mientras Nataniel escribía el poema estaba muy tranquilo y reflexivo, limaba y perfeccionaba cada línea, y volcado por completo en la rima, no descansaba hasta conseguir que todo fuera puro y armonioso. Cuando terminó y leyó el poema en voz alta, el horror se apoderó de él y exclamó espantado:
‑¿De quién es esa horrible voz?
Enseguida le pareció, sin embargo, que había escrito un poema excelente, y que podría inflamar el frío ánimo de Clara, sin darse cuenta de que así conseguiría sobresaltarla con terribles imágenes presagiando un destino fatal que destruiría su amor.
Nataniel y Clara se hallaban sentados en el pequeño jardín de su madre. Clara estaba muy alegre, porque Nataniel, desde hacía tres días, durante los cuales había trabajado en el poema, no la había atormentado con sus sueños y presentimientos. También Nataniel hablaba con entusiasmo y alegría de cosas divertidas, de modo que Clara dijo:
‑Ahora vuelvo a tenerre, ¿ves cómo hemos desterrado al odioso Coppelius?
Nataniel entonces se acordó de que llevaba el poema en el bolsillo, y de que deseaba leérselo, sacó las hojas y comenzó su lectura.
Clara, esperando algo aburrido como de costumbre, y resignándose, empezó a hacer punto. Pero, del mismo modo que se van levantando los negros y cada vez más sombríos nubarrones, dejó caer su labor y miró fijamente a Naraniel a los ojos. Éste seguía su lectura fascinado, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas. Cuando terminó suspiró profundamente abatido, cogió la mano de Clara y sollozando exclamó desconsolado:
‑¡Ah, Clara, Clara! ‑Clara le estrechó contra su pecho y le dijo dulcemente pero seria:
‑Nataniel, querido Nataniel, ¡arroja al fuego esa loca y absurda historia!
Nataniel se levantó indignado y exclamó apartándose de Clara:
‑Eres un autómata inanimado y maldito ‑y se alejó corriendo.
Clara se echó a llorar amargamente, y decía entre sollozos:
‑Nunca me ha amado, pues no me comprende.
Lotario apareció en el cenador y Clara tuvo que contarle lo que había sucedido; como amaba a su hermana con toda su alma, cada una de sus quejas caía como una chispa en su interior de tal modo que el disgusto que llevaba en su corazón desde hacía tiempo contra el visionario Nataniel se transformó en una cólera terrible. Corrió tras él y le reprochó con tan duras palabras su loca conducta para con su querida hermana que el fogoso Nataniel contestó de igual manera. Los insultos de fatuo, insensato y loco, fueron contestados por los de desgraciado y vulgar. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la mañana siguiente detrás del jardín y conforme a las reglas académicas con afilados floretes. Se separaron sombríos y silenciosos. Clara había oído la violenta discusión, y al ver que el padrino traía los floretes al atardecer, presintió lo que iba a ocurrir.
Llegados al lugar del desafío se quitaron las levitas en medio de un hondo silencio, e iban a abalanzarse uno sobre otro con los ojos relampagueantes de ardor sangriento cuando apareció Clara en la puerta del jardín. Separándolos, exclamó entre sollozos:
‑¡Locos, salvajes, tendréis que matarme a mí antes que uno de vosotros caiga!, porque ¿cómo podría seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?
Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos en silencio; pero Nataniel sintió renacer dentro de sí toda la fuerza de su amor hacia Clara de la misma manera que lo había sentido en los hermosos días de la juventud. El arma homicida cayó de sus manos y se arrojó a los pies de Claa diciendo:
‑¿Podrás perdonarme alguna vez tú, mi querida Clara, mi único amor? ¿Podrás perdonarme, querido hermano Lotario?
Lotario se conmovió al ver el profundo dolor de su amigo y derramando abundantes lágrimas se abrazaron los tres y se juraron permanecer unidos por el amor y la fidelidad.
A Nataniel le pareció haberse librado de una pesada carga que le oprimía, como si se hubiera liberado de un oscuro poder que amenazaba todo su ser. Permaneció aún durante tres felices días junto a sus bienamados hasta que regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de volver para siempre a su ciudad natal.
A la madre de Nataniel se le ocultó todo lo referente a Coppelius, pues sabían que no podía pensar sin horror en aquel hombre a quien, al igual que Nataniel, culpaba de la muerte de su esposo.

¡Cuál no sería la sorpresa de Nataniel cuando al llegar a su casa vio que ésta había ardido entera, y que sólo quedaban de ella los muros y un montón de escombros! El fuego había comenzado en el laboratorio del químico, situado en el piso bajo; varios amigos, que vivían cerca de la casa incendiada, habían conseguido entrar valientemente en la habitación de Nataniel, situada en el último piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitación en la que Nataniel se instaló. No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani vivía enfrente, y no llamó especialmente su atención observar que desde su ventana podía ver el interior de la habitación donde Olimpia estaba sentada a solas. Podía reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. Pero acabó por extrañarse de que Olimpia permaneciera en la misma posición, igual que la había descubierto la primera vez a través de la puerta de cristal, sin ninguna ocupación, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia él; tuvo que confesarse que no había visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara seguía instalada en su corazón, y la inmóvil Olimpia le fue indiferente, y sólo de vez en cuando dirigía una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo. Un día estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeció; pero recordando lo que Spalanzani le había dicho de su compatriota Coppola y lo que le había prometido a su amada en relación con el Hombre de Arena, se avergonzó de su miedo infantil y reunió todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible:
‑No compro barómetros, amigo, así que ¡váyase!
Pero Coppola, entrando en la habitación, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contraía en una odiosa sonrisa y sus pequeños ojos brillaban bajo unas largas pestañas grises:
‑¡Eh, no barómetros, no barómetros! ¡También tengo bellos ojos…, bellos ojos!
Nataniel espantado exclamó:
‑¡Maldito loco! ¡Cómo puedes tú tener ojos! ¡Ojos!… ¡Ojos!…
Al instante puso Coppola a un lado los barómetros y empezó a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa.
‑Gafas para poner sobre la nariz. Ésos son mis ojos, ¡bellos ojos! ‑y, mientras hablaba, seguía sacando más y más gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa.
Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero él no podía apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez más gafas y cada vez eran más terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel.
Éste, sobrecogido de terror, gritó:
‑¡Detente, hombre maldito! ‑cogiéndole del brazo en el momento en que Coppola hundía de nuevo su mano en el bolsillo para sacar más lentes, por más que la mesa estuviera ya cubierta de ellas.
Coppola se separó de él suavemente con una sonrisa forzada, diciendo:
‑¡Ah, no son para usted, pero aquí tengo bellos prismáticos! ‑y recogiendo los lentes empezó a sacar del inmenso bolsillo prismáticos de todos los tamaños.
En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas, Nataniel se tranquilizó, y acordándose de Clara, se dio cuenta de que el horrible fantasma sólo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mecánico y óptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. Por otra parte, las lentes que Coppola había extendido sobre la mesa no tenían nada de particular, y menos de fantasmagórico, por lo que Nataniel decidió, para reparar su extraño comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogió unos pequeños prismáticos muy bien trabajados, y, para probarlos, miró a través de la ventana. Nunca en su vida había utilizado unos prismáticos con los que pudieran verse los objetos con tanta claridad y pureza. Involuntariamente miró hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas. Por primera vez podía Nataniel contemplar la belleza de su rostro. Sólo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba más y más a través de los prismáticos le parecía que los ojos de Olimpia irradiaban húmedos rayos de luna. Creyó que ella veía por primera vez y que sus miradas eran cada vez más vivas y brillantes. Nataniel permanecía como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplación de la belleza celestial de Olimpia…
Un ligero carraspeo le despertó como de un profundo sueño. Coppola estaba detrás de él:
‑Tre Zechini. Tres ducados.
Nataniel, que había olvidado al óptico por completo, se apresuró a pagarle:
‑¿No es verdad? ¡Buenos prismáticos, buenos prismáticos! ‑decía Coppola con su repugnante voz y su odiosa sonrisa.
‑Sí, sí ‑respondió Nataniel contrariado‑. Adiós, querido amigo.
Coppola abandonó la habitación, no sin antes lanzar una mirada de reojo sobre Nataniel, que le oyó reír a carcajadas al bajar la escalera.
‑Sin duda ‑pensó Nataniel‑ se ríe de mí porque he pagado los prismáticos más caros de lo que valen, más caros de lo que valen.
Mientras decía estas palabras en voz baja le pareció oír en la habitación un profundo suspiro que le hizo contener la respiración sobrecogido de espanto. Se dio cuenta de que era él mismo quien había suspirado así. «Clara tenía razón ‑se dijo a sí mismo‑ al considerararme un visionario, pero lo absurdo, más que absurdo, es que la idea de haber pagado a Coppola los prismáticos más caros de lo que valen me produzca tal terror, y no encuentro cuál puede ser el motivo.»
Se sentó de nuevo para terminar la carta a Clara, pero una mirada hacia la ventana le hizo ver que Olimpia aún estaba allí sentada, y al instante, empujado por una fuerza irresistible, cogió los prismáticos de Coppola y ya no pudo apartarse de la seductora mirada de Olimpia hasta que vino a buscarle su amigo Segismundo para asistir a clase del profesor Spalanzani.
A partir de aquel día, la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos días siguientes tampoco la encontró en la habitación, si bien apenas se apartó de la ventana mirando a través de los prismáticos. Al tercer día estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperación y poseído de delirio y ardiente deseo, salió de la ciudad. La imagen de Olimpia flotaba ante él en el aire, aparecía en cada arbusto y le miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se había borrado, sólo pensaba en Olimpia y gemía y sollozaba:
‑Estrella de mi amor, ¿por qué te has alzado para desaparecer súbitamente y dejarme en una noche oscura y desesperada?
Cuando Nataniel volvió a su casa observó una gran agitación en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres metían muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas también, y unas atareadas criadas iban y venían mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa.
Nataniel, asombrado, se detuvo en mitad de la calle. Segismundo se le acercó sonriente y le dijo:
‑¿Qué me dices de nuestro viejo amigo Spalanzani?
Nataniel aseguró que no podía decir nada, puesto que nada sabía de él, y que le sorprendía bastante que aquella casa silenciosa y sombría se viera envuelta en tan gran tumulto y actividad. Segismundo le dijo entonces que al día siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces había mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. Nataniel encontró una invitación, y, con el corazón palpitante, se encaminó a la hora fijada a casa del profesor cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandecían las luces de los adornados salones. La reunión era numerosa y brillante. Olimpia apareció ricamente vestida, con un gusto exquisito, Todos admiraron la perfección de su rostro y de su talle. La ligera inclinación de sus hombros parecía estar causada por la oprimida esbeltez de su cintura de avispa. Su forma de andar tenía algo de medido y de rígido, que causó mala impresión a muchos, y que fue atribuida a la turbación que le causaba tanta gente.
El concierto empezó. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpretó un aria con voz tan clara y penetrante que parecía el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado; se encontraba en una de las últimas filas y el resplandor de los candelabros le impedía apreciar los rasgos de Olimpia. Sin ser visto, sacó los lentes de Coppola y miró a la hermosa Olimpia. ¡Ah!… entonces sintió las miradas anhelantes que ella le dirigía, y que a cada nota le acompañaba una mirada de amor que le atravesaba ardientemente. Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado, y cuando finalmente la cadencia del largo trino resonó en la sala, le pareció que un brazo ardiente le ceñía y, extasiado, no pudo contenerse y exclamó en voz alta:
‑¡Olimpia!
Todos los ojos se volvieron hacia él, algunos rieron. El organista de la catedral adoptó un aire sombrío y dijo simplemente:
‑Bueno, bueno.
El concierto había terminado y el baile comenzó. «¡Bailar con ella…, bailar con ella!», era ahora su máximo deseo, su máxima aspiración, pero ¿cómo tener el valor de invitarla a ella, la reina de la fiesta?
Sin saber ni él mismo cómo, se encontró junto a Olimpia, a quien nadie había sacado aún; cuando comenzaba el baile y, después de intentar balbucir algunas palabras, tomó su mano. La mano de Olimpia estaba helada, y él se sintió atravesado por un frío mortal, miró a Olimpia fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareció que el pulso empezaba a latir en su fría mano y que una sangre ardiente corría por sus venas. También Nataniel sentía en su interior una ardorosa voluptuosidad, rodeó la cintura de la hermosa Olimpia y cruzó con ella la multitud de invitados.
Creía haber bailado acompasadamente, pero la rítmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces le obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no seguía los compases. No quiso bailar con ninguna otra mujer, y hubiera matado a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para solicitar un baile. Si Nataniel hubiera sido capaz de ver algo más que a Olimpia, no habría podido evitar alguna pelea, pues murmullos burlones y risas apenas sofocadas se escapaban de entre los grupos de jóvenes, cuyas curiosas miradas se dirigían a Olimpia, sin que se pudiera saber por qué.
Excitado por la danza y por el vino, había perdido su natural timidez. Sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni él ni Olimpia, habría podido comprender. O quizá Olimpia sí, pues le miraba fijamente a los ojos, y de vez en cuando suspiraba:
‑¡Ah…, ah…, ah…,!
A lo que Nataniel respondía:
‑¡Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira…! ‑y cosas parecidas.
Pero Olimpia suspiraba y contestaba sólo:
‑¡Ah…, ah…!
El profesor Spalanzani pasó varias veces junto a los felices enamorados y les sonrió con satisfacción.
Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareció como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Miró a su alrededor y observó espantado que las dos últimas velas se consumían y estaban a punto de apagarse. Hacía tiempo que el baile y la música habían cesado.
‑¡Separarnos, separarnos! ‑exclamó furioso y desesperado Nataniel, besó la mano de Olimpia y se inclinó sobre su boca; sus labios ardientes se encontraron con los suyos helados. Se estremeció como cuando tocó por primera vez la fría mano de Olimpia, y la leyenda de la novia muerta le vino de pronto a la memoria; pero al abrazar y besar a Olimpia sus labios parecían cobrar el calor de la vida.
El profesor Spalanzani atravesó lentamente la sala vacía, sus pasos resonaban huecos y su figura, rodeada de sombras vacilantes, ofrecía un aspecto fantasmagórico.
‑¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia? ¡Sólo una palabra! ‑murmuraba Nataniel.
Pero Olimpia, levantándose, suspiró sólo:
‑¡Ah…, ah…,!
‑¡Sí, amada estrella de mi amor! ‑dijo Nataniel‑, ¡tú eres la luz que alumbrará mi alma para siempre!
‑¡Ah…, ah…! ‑replicó Olimpia alejándose.
Nataniel la siguió, y se detuvieron delante del profesor.
‑Ya veo que lo ha pasado muy bien con mi hija ‑dijo éste sonriendo‑: así que, si le complace conversar con esta tímida muchacha, su visita será bien recibida.
Nataniel se marchó llevando el cielo en su corazón.
Al día siguiente, la fiesta de Spalanzani fue el centro de las conversaciones. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que la reunión resultara espléndida, hubo numerosas críticas, y se dirigieron especialmente contra la muda y rígida Olimpia, a la que, a pesar de su belleza, consideraron completamente estúpida; se pensó que ésta era la causa por la que Spalanzani la había mantenido tanto tiempo oculta. Nataniel escuchaba estas cosas con rabia, pero callaba; pues pensaba que aquellos miserables no merecían que se les demostrara que era su propia estupidez la que les impedía conocer la belleza del alma de Olimpia.
‑Dime, por favor, amigo ‑le dijo un día Segismundo‑, dime, ¿cómo es posible que una persona sensata como tú se haya enamorado del rostro de cera de una muñeca?
Nataniel iba a responder encolerizado, pero se tranquilizó y contestó:
‑Dime, Segismundo, ¿cómo es posible que los encantos celestiales de Olimpia hayan pasado inadvertidos a tus clarividentes ojos? Pero agradezco al destino el no tenerte como rival, pues uno de los dos habría tenido que morir a manos del otro.
Segismundo se dio cuenta del estado de su amigo y desvió la conversación diciendo que en amor era muy difícil juzgar, para luego añadir:
‑Es muy extraño que la mayoría de nosotros haya juzgado a Olimpia del mismo modo. Nos ha parecido ‑no te enfades, amigo‑ algo rígida y sin alma. Su talle es proporcionado, al igual que su rostro, es cierto. Podría parecer bella si su mirada no careciera de rayos de vida, quiero decir, de visión. Su paso es extrañamente rítmico, y cada uno de sus movimientos parece provocado por un mecanismo. Su canto, su interpretación musical tiene ese ritmo regular e incómodo que recuerda el funcionamiento de una máquina, y pasa lo mismo cuando baila. Olimpia nos resulta muy inquietante, no queremos tener nada que ver con ella, porque nos parece que se comporta como un ser viviente pero pertenece a otra naturaleza distinta.
Nataniel no quiso abandonarse a la amargura que provocaron en él las palabras de Segismundo, hizo un esfuerzo para contenerse y respondió simplemente muy serio:
‑Para vosotros, almas prosaicas y frías, Olimpia resulta inquietante. Sólo al espíritu de un poeta se le revela una personalidad que le es semejante. Sólo a mí se han dirigido su mirada de amor y sus pensamientos, sólo en el amor de Olimpia he vuelto a encontrarme a mí mismo. A vosotros no os parece bien que Olimpia no participe en conversaciones vulgares, como hacen las gentes superficiales. Habla poco, es verdad, pero esas pocas palabras son para mí como jeroglíficos de un mundo interior lleno de amor y de conocimientos de la vida espiritual en la contemplación de la eternidad. Ya sé que esto para vosotros no tiene ningún sentido, y es en vano hablar de ello.
‑¡Que Dios te proteja, hermano! ‑dijo Segismundo dulcemente, de un modo casi doloroso‑, pero pienso que vas por mal camino. Puedes contar conmigo si todo… no, no quiero decir nada más.
Nataniel comprendió de pronto que el frío y prosaico Segismundo acababa de demostrarle su lealtad y estrechó de corazón la mano que le tendía.
Había olvidado por completo que existía una Clara en el mundo a la que él había amado; su madre, Lotario, todos habían desaparecido de su memoria, vivía solamente para Olimpia, junto a quien permanecía, cada día, largas horas hablándole de su amor, de la simpatía de las almas y de las afinidades psíquicas, todo lo cual Olimpia escuchaba con una gran atención.
Nataniel sacó de los lugares más recónditos de su escritorio todo lo que había escrito, poesías, fantasías, visiones, novelas, cuentos, y todo esto se vio aumentado con toda clase de disparatados sonetos, estrofas, canciones que leía a Olimpia durante horas sin cansarse. Jamás había tenido una oyente tan admirable. No cosía ni tricotaba, no miraba por la ventana, no daba de comer a ningún pájaro, ni jugaba con ningún perrito, ni con su gato favorito, ni recortaba papeles o cosas parecidas, ni tenía que ocultar un bostezo con una tos forzada; en una palabra, permanecía horas enteras con los ojos fijos en él, inmóvil, y su mirada era cada vez más brillante y animada. Sólo cuando Nataniel al terminar cogía su mano para besarla decía:
‑¡Ah! ¡ah! ‑y luego‑, buenas noches, mi amor.
‑¡Alma sensible y profunda! ‑exclamaba Nataniel en su habitación‑: ¡Sólo tú me comprendes!
Se estremecía de felicidad al pensar en las afinidades intelectuales que existían entre ellos y que aumentaban cada día; le parecía oír la voz de Olimpia en su interior que ella hablaba en sus obras. Debía ser así, pues Olimpia nunca pronunció otras palabras que las ya citadas. Pero cuando Nataniel se acordaba en los momentos de lucidez ‑por ejemplo, cuando se levantaba por las mañanas y en ayunas‑, de la pasividad y del mutismo de Olimpia se decía:
‑¿Qué son las palabras? ¡Palabras! La mirada celestial de sus ojos dice más que todas las lenguas. ¿Puede acaso una criatura del Cielo encerrarse en el círculo estrecho de nuestra forma de expresarnos?
El profesor Spalanzani parecía mirar con mucho agrado las relaciones de su hija con Nataniel, prodigándole a éste todo tipo de atenciones, de modo que cuando se atrevió a insinuar un matrimonio con Olimpia, el profesor, con una gran sonrisa, dijo que dejaría a su hija elegir libremente.
Animado por estas palabras y con el corazón ardiente de deseos, Nataniel decidió pedirle a Olimpia al día siguiente que le dijera con palabras lo que sus miradas le daban a entender desde hacía tiempo, que sería suya para siempre. Buscó el anillo que su madre le diera al despedirse, para ofrecérselo a Olimpia, como símbolo de unión eterna. Las cartas de Clara y de Lotario cayeron en sus manos; las apartó con indiferencia, encontró el anillo y, poniéndoselo en el dedo, corrió de nuevo junto a Olimpia. Al subir las escaleras, y cuando se encontraba ya en el vestíbulo, oyó un gran estrépito que parecía venir del estudio de Spalanzani. Pasos, crujidos, golpes contra la puerta, mezclados con maldiciones y juramentos:
‑¡Suelta! ¡Suelta de una vez!
‑¡Infame!
‑¡Miserable!
‑¿Para esto he sacrificado mi vida? ¡Éste no era el trato!
‑¡Yo hice los ojos!
‑¡Y yo los engranajes!
‑¡Maldito perro relojero!
‑¡Largo de aquí, Satanás!
‑¡Fuera de aquí, bestia infernal!
Eran las voces de Spalanzani y del horrible Coppelius que se mezclaban y retumbaban juntas. Nataniel, sobrecogido de espanto, se precipitó en la habitación. El profesor sujetaba un cuerpo de mujer por los hombros, y el italiano Coppola tiraba de los pies, luchando con furia para apoderarse de él. Nataniel retrocedió horrorizado al reconocer el rostro de Olimpia; lleno de cólera quiso arrancar a su amada de aquellos salvajes, pero al instante, Coppola, con la fuerza de un gigante, cnnsiguió hacerse con ella descargando al mismo tiempo un tremendo golpe sobre el profesor, que fue a caer sobre una mesa llena de frascos, cilindros y alambiques, que se rompieron en mil pedazos. Coppola se echó el cuerpo a la espalda y bajó rápidamente las escaleras profiriendo una horrible carcajada; los pies de Olimpia golpeaban con un sonido de madera en los escalones.
Nataniel permaneció inmóvil; había visto que el pálido rostro de cera de Olimpia no tenía ojos, y que en su lugar había unas negras cavidades; era una muñeca sin vida.
Spalanzani yacía en el suelo, en medio de cristales rotos que le habían herido en la cabeza, en el pecho y en un brazo, y sangraba abundantemente. Reuniendo fuerzas dijo:
‑¡Corre tras él! ¡Corre! ¿A qué esperas? ¡Coppelius me ha robado mi mejor autómata! ¡Veinte años de trabajo! ¡He sacrificado mi vida! Los engranajes, la voz, el paso, eran míos; los ojos, te he robado los ojos, maldito, ¡corre tras él! ¡Devuélveme a mi Olimpia! ¡Aquí tienes los ojos!
Entonces vio Nataniel en el suelo un par de ojos sangrientos que le miraban fijamente. Spalanzani los recogió y se los lanzó al pecho. El delirio se apoderó de él y, confundidos sus sentidos y su pensamiento, decía:
‑¡Huy… Huy…! ¡Círculo de fuego! ¡Círculo de fuego! ¡Gira, círculo de fuego! ¡Linda muñequita de madera, gira! ¡Qué divertido…!
Y precipitándose sobre el profesor le agarró del cuello. Le hubiera estrangulado, pero el ruido atrajo a algunas personas que derribaron y luego ataron al colérico Nataniel, salvando así al profesor. Segismundo, aunque era muy fuerte, apenas podía sujetar a su amigo, que seguía gritando con voz terrible:
‑Gira, muñequita de madera ‑pegando puñetazos a su alrededor. Finalmente consiguieron dominarle entre varios. Sus palabras seguían oyéndose como un rugido salvaje, y así, en su delirio, fue conducido al manicomio.
Antes de continuar, ¡oh amable lector!, con la historia del desdichado Nataniel, puedo decirte, ya que te interesarás por el mecánico y fabricante de autómatas Spalanzani, que se restableció completamente de sus heridas. Se vio obligado a abandonar la universidad porque la historia de Nataniel había producido una gran sensación y en todas partes se consideró intolerable el hecho de haber presentado en los círculos de té ‑donde había tenido cierto éxito‑ a una muñeca de madera. Los juristas encontraban el engaño tanto más punible cuanto que se había dirigido contra el público y con tanta astucia que nadie (salvo algunos estudiantes muy inteligentes) había sospechado nada, aunque ahora todos decían haber concebido sospechas al respecto. Para algunos, entre ellos un elegante asiduo a las tertulias de té, resultaba sospechoso el que Olimpia estornudase con más frecuencia que bostezaba, lo cual iba contra todas las reglas. Aquello era debido, según el elegante, al mecanismo interior que crujía de una manera distinta, etcétera. El profesor de poesía y elocuencia tomó un poco de rapé y dijo alegremente:
‑Honorables damas y caballeros, no se dan cuenta de cuál es el quid del asunto. Todo ha sido una alegoría, una metáfora continuada. ¿Comprenden? ¡Sapienti sat!
Pero muchas personas honorables no se contentaron con aquella explicación; la historia del autómata les había impresionado profundamente y se extendió entre ellos una terrible desconfianza hacia las figuras humanas. Muchos enamorados, para convencerse de que su amada no era una muñeca de madera, obligaban a ésta a bailar y a cantar sin seguir los compases, a tricotar o a coser mientras les escuchaban en la lectura, a jugar con el perrito… etc., y, sobre todo, a no limitarse a escuchar, sino que también debía hablar, de modo que se apreciase su sensibilidad y su pensamiento. En algunos casos, los lazos amorosos se estrecharon más, en otros, ésto fue causa de numerosas rupturas.
‑Así no podemos seguir, decían todos.
Ahora en los tés se bostezaba de forma increíble y no se estornudaba nunca para evitar sospechas.
Como ya hemos dicho, Spalanzani tuvo que huir para evitar una investigación criminal por haber engañado a la sociedad con un autómata. Coppola también desapareció.
Nataniel se despertó un día como de un sueño penoso y profundo, abrió los ojos, y un sentimiento de infnito bienestar y de calor celestial le invadió. Se hallaba acostado en su habitación, en la casa paterna, Clara estaba inclinada sobre él y, a su lado, su madre y Lotario.
‑¡Por fin, por fin, querido Nataniel! ¡Te has curado de una grave enfermedad! ¡Otra vez eres mío!
Así hablaba Clara, llena de ternura, abrazando a Nataniel que murmuró entre lágrimas:
‑¡Clara, mi Clara!
Segismundo, que no había abandonado a su amigo, entró en la habitación. Nataniel le estrechó la mano:
‑Hermano, no me has abandonado.
Todo rastro de locura había desaparecido, y muy pronto los cuidados de su madre, de su amada y de los amigos le devolvieron las fuerzas. La felicidad volvió a aquella casa, pues un viejo tío, de quien nadie se acordaba, acababa de morir y había dejado a la madre en herencia una extensa propiedad cerca de la ciudad. Toda la familia se proponía ir allí, la madre, Nataniel y Clara, quienes iban a contraer matrimonio, y Lotario.
Nataniel estaba más amable que nunca, había recobrado la ingenuidad de su niñez y apreciaba el alma pura y celestial de Clara. Nadie le recordaba el pasado ni en el más mínimo detalle. Sólo cuando Segismundo fue a despedirse de él le dijo:
‑Bien sabe Dios, hermano, que estaba en el mal camino, pero un ángel me ha conducido a tiempo al sendero de la luz. Ese ángel ha sidu Clara.
Segismundo no le permitió seguir hablando temiendo que se hundiera en dolorosos pensamientos.
Llegó el momento en que los cuatro, felices, iban a dirigirse hacia su casa de campo. Durante el día hicieron compras en el centro de la ciudad. La alta torre del ayuntamiento proyectaba su sombra gigantesca sobre el mercado.
‑¡Vamos a subir a la torre para contemplar las montañas! ‑dijo Clara.
Dicho y hecho; Nataniel y Clara subieron a la torre, la madre volvió a casa con la criada, y Lotario, que no tenía ganas de subir tantos escalones, prefirió esperar abajo. Enseguida se encontraron los dos enamorados, cogidos del brazo, en la más alta galería de la torre contemplando la espesura de los bosques, detrás de los cuales se elevaba la cordillera azul, como una ciudad de gigantes.
‑¿Ves aquellos arbustos que parecen venir hacia nosotros? ‑preguntó Clara. Nataniel buscó instintivamente en su bolsillo y sacó los prismáticos de Coppola. Al llevárselos a los ojos vio la imagen de Clara ante él. Su pulso empezó a latir con violencia en sus venas; pálido como la muerte, miró fijamente a Clara, sus ojos lanzaban chispas y empezó a rugir como un animal salvaje; luego empezó a dar saltos mientras decía riéndose a carcajadas:
‑¡Gira muñequita de madera, gira! ‑y, cogiendo a Clara, quiso precipitarla desde la galería; pero, en su desesperación, Clara se agarró a la barandilla. Lotario oyó la risa furiosa del loco y los gritos de espanto de Clara; un terrible presentimiento se apoderó de él y corrió escaleras arriba. La puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara aumentaban y, ciego de rabia y de terror, empujó la puerta hasta que cedió. La voz de Clara se iba debilitando:
‑¡Socorro, salvadme, salvadme! ‑su voz moría en el aire.
‑¡Ese loco va a matarla! ‑exclamó Lotario. También la puerta de la galería estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas y la hizo saltar de sus goznes. ¡Dios del cielo! Nataniel sostenía en el aire a Clara, que aún se agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoderó de su hermana con la rapidez de un rayo, y golpeó en el rostro a Nataniel obligándole a soltar la presa. Luego bajó la escalera con su hermana desmayada en los brazos. Estaba salvada.
Nataniel corría y saltaba alrededor de la galería gritando:
‑¡Círculo de fuego, gira, círculo de fuego!
La multitud acudió al oír los salvajes gritos y entre ellos destacaba por su altura el abogado Coppelius, que acababa de llegar a la ciudad y se encontraba en el mercado. Cuando alguien propuso subir a la torre para dominar al insensato, Coppelius dijo riendo:
‑Sólo hay que esperar, ya bajará solo ‑y siguió mirando hacia arriba como los demás. Nataniel se detuvo de pronto y miró fijamente hacia abajo, y distinguiendo a Coppelius gritó con voz estridente:
‑¡Ah, hermosos ojos, hermosos ojos! ‑y se lanzó al vacío.
Cuando Nataniel quedó tendido y con la cabeza rota sobre las losas de la calle, Coppelius desapareció.
Alguien asegura haber visto años después a Clara, en una región apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos niños encantadores. Se podría concluir diciendo que Clara encontró por fin la felicidad tranquila y doméstica que correspondía a su dulce y alegre carácter y que nunca habría disfrutado junto al fogoso y exaltado Nataniel.

cuentos fantasticos 1

Paisajes de lluvia (72)

Paisajes de mar (33)

Jan Potocki

HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO
(Histoire du démoniaque Pacheco, 1805)

Lo macabro, lo espectral, lo demoníaco, lo vampiresco, lo erótico y lo perverso: todos los ingredientes (ocultos o manifestos) del romanticismo visionario se encuentran en ese libro extraordinario que es el Manuscrit trouvé à Saragosse publicado en francés por el conde polaco Jan Potocki (1761‑1815).

HISTORIA DEL ENDEMONIADO PACHECO

FINALMENTE, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente.
¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos.
Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca, pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.
Mientras observaba el paisaje, vi cerca del río a dos viajeros, uno de los cuales preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la brida los caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres que mi primer movimiento fue gritarles: «¡Agur, agur!». Lo que en español quiere decir «hola» o «buenos días».
Al ver que alguien les saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros parecieron indecisos un instante, pero en seguida montaron en sus caballos, los pusieron a galope tendido y tomaron el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que les gritara para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes de espuela daban a sus caballos. Cuando les perdí de vista decidí abandonar aquel sitio. Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna.
Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se componía de chocolate, que cocía aún, sponhao mojado en vino de Alicante, pan y huevos. Después de reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había ocurrido durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo algo confuso de ello pero lo que sí recordaba perfectamente era haber dado mi palabra de honor de guardar el secreto, y estaba firmemente decidido a cumplirla. Esto resuelto, lo único que tenía que hacer, por el momento, era decidir qué camino había de tomar, y me pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a atravesar Sierra Morena.
Quizá el lector se sorprenda de verme tan preocupado por mi honor y tan poco por los sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era consecuencia de la educación que había recibido, como podrá verse por la continuación de mi relato. Por el momento, sigo con el de mi viaje.
Tenía gran curiosidad por saber lo que los demonios habrían hecho de mi caballo, que había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi camino, decidí pasar nuevamente por la Venta. Tuve que recorrer a pie todo el valle de Los Hermanos y el de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma cuadra donde lo dejé. Parecía animado, bien cuidado y limpio. No podía imaginarme quién se había ocupado de él, pero como ya había presenciado tantas cosas extraordinarias, no me llamó mucho la atención. Me habría puesto inmediatamente en camino si la curiosidad no me hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la Venta. Encontré el cuarto donde había dormido la noche que llegué por vez primera, pero no pude hallar el salón donde vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo, renuncié a ello, y montando en mi caballo continué mi camino.
Cuando desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol se encontraba en su punto más alto. Como había tardado más de dos horas en llegar a la Venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en buscar una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí continuar mi camino. Por fin vi a lo lejos una capilla gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal, como empezaba a tener hambre, no dudé en dar ese rodeo con tal de conseguir algo de comer. Cuando llegué a la cabaña, até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la ermita. La abrió un religioso de rostro venerable, que me abrazó con paternal ternura, y me dijo: ‑Entrad, hijo mío, daos prisa. No os conviene pasar la noche fuera; temed al demonio. El Señor nos ha retirado su mano.
Di las gracias al ermitaño por su bondad y le confesé que estaba muerto de hambre.
‑Pensad primero en vuestra alma, hijo mío ‑me contestó‑. Pasad a la capilla y arrodillaos ante la cruz. Me cuidaré de vuestra hambre, pero sólo podréis hacer una comida frugal, la que corresponde a un ermitaño.
Entré en la capilla y me puse a rezar de verdad, pues era creyente y hasta ignoraba que hubiese incrédulos.
El ermitaño vino a buscarme al cabo de un cuarto de hora y me condujo a la cabaña, donde me había preparado una modesta comida. Se componía de aceitunas excelentes, cardos conservados en vinagre, cebollas dulces en salsa y galletas en vez de pan. También disponía de una media botella de vino. El ermitaño me dijo que él no bebía nunca, pero que la guardaba para el sacrificio de la misa. Así, pues, tampoco me atreví a beber yo, pero gocé, en cambio, de la cena. Mientras comía, vi entrar en la cabaña a una figura más horrible que todo lo que había visto hasta entonces. Era un hombre que parecía joven, pero de una delgadez espantosa. Sus cabellos se hallaban erizados, y de uno de sus ojos, que había perdido, manaba sangre. Su lengua pendía fuera de su boca, y de ella resbalaba una babosa espuma. Llevaba puesto un traje negro bastante bueno, pero ésa era su única ropa; no tenía ni medias ni camisa.
El repugnante personaje no dijo ni palabra, y fue a acurrucarse a un rincón de la cabaña, donde permaneció más quieto que una estatua, contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que sostenía en su mano. Cuando acabé de cenar, pregunté al ermitaño quién era aquel hombre.
‑Hijo mío ‑me respondió‑, ese hombre es un poseso al que yo intento librar de los demonios. Su terrible historia prueba el poder fatal que el ángel de las tinieblas ha usurpado en esta desgraciada comarca. Como puede ser útil para vuestra salvación que la conozcáis, voy a ordenarle que os la cuente ‑y, volviéndose hacia donde estaba el endemoniado, le dijo‑: Pacheco, Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que relates tu historia.
Pacheco lanzó un terrible alarido, y comenzó en estos términos.

Historia del endemoniado Pacheco

«Nací en Córdoba, donde mi padre vivía disfrutando de una excelente posición. Mi madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre pareció sentir mucho su pérdida, pero al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que tuvo que hacer a Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de Tormes. Esta Camila no gozaba de muy buena fama, y algunos amigos de mi padre intentaron hacerle desistir de tales relaciones. Pero fue inútil. Mi padre insistió en casarse con ella, y el matrimonio tuvo lugar dos años después de que mi madre muriera. Las bodas se celebraron en Sevilla, y pocos días después mi padre regresó a Córdoba con Camila, su nueva esposa, y una hermana de ésta que se llamaba Inesilla.
»Mi madrastra respondía perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella, y lo primero que hizo en su nueva casa fue intentar seducirme, cosa que no logró, pues supe resistir a su intento. Pero, en cambio, me enamoré perdidamente de su hermana Inesilla. Mi pasión por ella creció de tal modo que no tardé en arrojarme a los pies de mi padre para pedirle la mano de su cuñada.
»Mi padre me obligó a levantarme, y después me dijo:
»‑Hijo mío, te prohíbo que pienses en ese matrimonio, y te lo
prohíbo por tres razones. En primer lugar, no sería serio que te convirtieras en el cuñado de tu padre. En segundo lugar, los santos cánones de la Iglesia no aprueban esa clase de matrimonios. Y por último, no quiero que te cases con Inesilla.
»Después de exponerme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó. Me encerré en mi cuarto, abandonándome a la desesperación. Mi madrastra, a quien mi padre había contado lo ocurrido, vino en seguida a verme. Me dijo que no debía desesperarme de ese modo, porque, aunque yo no pudiese ser el marido de Inesilla, podría ser su cortejo, es decir, su amante, y que el lograrlo corría de su cuenta. Pero a la vez me declaró la pasión que sentía por mí e hizo valer el sacrificio que hacía al brindarme a su hermana. Abrí mis oídos a sus palabras, que tanto encendían mis deseos, aunque Inesilla era tan recatada que me parecía imposible se pudiese lograr que correspondiera a mi pasión.
»Por aquel tiempo mi padre decidió hacer un viaje a Madrid, con el propósito de conseguir la plaza de corregidor de Córdoba, y llevó consigo a su mujer y a su cuñada. Su ausencia iba a durar sólo dos meses, pero ese tiempo me pareció muy largo, estando lejos de Inesilla. Cuando transcurrieron los dos meses, recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba fuese a esperarle a Venta Quemada, a la entrada de Sierra Morena. Unas semanas antes quizá hubiese dudado mucho antes de ir a Sierra Morena. Pero precisamente acababan de ahorcar a los dos hermanos de Zoto, su banda había sido dispersada y los campos parecían ahora bastante seguros. Partí, pues, de Córdoba a las diez de la mañana siguiente y pernocté en Andújar, en la posada de uno de los andaluces más charlatanes que he conocido. Pedí una cena abundante; comí buena parte de ella y guardé el resto para el viaje.
»Al día siguiente, al llegar a Los Alcornoques, almorcé algo de lo que había reservado la víspera, y aquella misma tarde llegué a Venta Quemada. Mi padre no había llegado aún, pero como en su carta me ordenaba que lo esperase me dispuse a ello con agrado, pues la posada era espaciosa y confortable. El posadero que la dirigía entonces era un tal González de Murcia, buena persona, pero muy hablador, que en seguida me prometió una cena digna de un grande de España. Mientras se ocupaba en prepararla, fui a pasearme por la orilla del Guadalquivir, y cuando regresé a la posada me encontré, en efecto, ya dispuesta una cena nada despreciable.
»Cuando terminé de cenar, dije a González que preparase mi lecho. Apenas me oyó vi que se turbaba, y empezaba a hablarme de modo confuso. Por último, me confesó que en la posada había fantasmas y que él y su familia pasaban las noches en una pequeña granja junto al río. Añadió que, si yo quería, podría prepararme una cama cerca de la suya. La proposición me pareció absurda, y le dije que podía irse a dormir donde quisiera, y que llamara a mis criados. Me obedeció, y se retiró al instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y encogiéndose de hombros. Un momento después llegaron mis criados. También ellos habían oído hablar de aparecidos, y me rogaron que pasara la noche en la granja. No acepté, naturalmente, sus consejos, y les ordené que me prepararan la cama en la habitación donde había cenado. Me obedecieron muy a regañadientes, y cuando el lecho estuvo preparado me rogaron aún, con lágrimas en los ojos, que fuese a dormir con ellos a la granja. Sus ruegos me impacientaron de tal modo que les amenacé con arrojarlos violentamente, y se apresuraron a salir. Como no era mi costumbre que mis criados me ayudaran a desnudarme, pude pasarme fácilmente sin ellos. Pero debo reconocer que fueron muy gentiles conmigo, más de lo que yo merecía por mi crudeza al tratarlos. Antes de marcharse dejaron junto a mi lecho una vela encendida, otra de repuesto, un par de pistolas y algunos libros con cuya lectura pudiese permanecer despierto, aunque la verdad es que había perdido completamente el sueño.
»Durante un par de horas estuve leyendo y dando vueltas en la cama. Por último, oí el sonido de una campana o de un reloj que daba las doce. El hecho me sorprendió, pues no había oído dar las otras horas. Pero en seguida se abrió la puerta y vi entrar a mi madrastra, en camisón de noche, y llevando una palmatoria en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con un dedo en la boca como para imponerme silencio. Y dejando la palmatoria en mi mesilla de noche se sentó en mi cama, tomó una de mis manos entre las suyas y me habló así:
»‑Mi querido Pacheco, ha llegado el momento de ofreceros los placeres que os prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada. Vuestro padre ha ido a dormir a la granja, pero como he sabido que os hallabais aquí, logré que me autorizara a pasar la noche en la posada con Inesilla. Ella os aguarda y está dispuesta a no negaros sus favores. Pero debo informaros de las condiciones que impongo para que logréis vuestra dicha. Amáis a Inesilla, y yo os amo. No es justo que, de nosotros tres, sólo dos sean felices a costa del tercero. Así pues, un solo lecho nos acogerá a los tres. Seguidme.
»Mi madrastra no me dejó tiempo para contestarla. Tomándome de la mano me condujo, de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta, en donde Camila se puso a mirar por el ojo de la cerradura. Estuvo algún tiempo mirando, y después me dijo:
»‑Todo va bien, podéis mirar vos mismo.
»Ocupé su puesto junto a la cerradura y pude ver a la encantadora Inesilla en su lecho. Me sorprendió el que no pareciera tan pudorosa como la había conocido siempre. La expresión de sus ojos, su agitada respiración, su animada tez, su actitud, todo en ella expresaba que estaba aguardando a un amante.
»Después de haberme dejado mirar unos minutos, mi madrastra me dijo:
»‑Mi querido Pacheco, permaneced en esta puerta, y cuando llegue el instante oportuno vendré a avisaros.
»Cuando Camila entró en la habitación pegué mi ojo al agujero de la cerradura y vi mil cosas que me cuesta trabajo contar. Primeramente, Camila se desnudó del todo, y metiéndose en la cama de su hermana le dijo estas palabras:
»‑Mi pobre Inesilla, ¿es verdad que deseas un amante? Pobre niña. No sabes el daño que te hará. Primero te derribará, se echará sobre ti, y después te aplastará y te desgarrará.
»Cuando Camila creyó que su alumna ya sabía bastante, vino a abrirme la puerta, me llevó hasta el lecho de su hermana y se acostó con nosotros.
»¿Que podría deciros de aquella noche fatal? Que agoté en ella las delicias y los crímenes. Durante largo tiempo estuve luchando contra el sueño y la naturaleza para lograr aún más los infernales goces. Finalmente, me dormí y desperté al día siguiente bajo la horca de los hermanos de Zoto, acostado entre los dos horribles cadáveres.»
En este momento, el ermitaño interrumpió al endemoniado y me dijo:
‑Y bien, hijo mío, ¿qué os parece? Imaginad vuestro horror si hubieseis amanecido entre los dos ahorcados.
A lo cual respondí:
‑Me ofendéis, padre. Un caballero no debe jamás tener miedo y menos aún si tiene el honor de ser capitán de la Guardia Valona.
‑Pero hijo mío ‑continuó el padre‑, ¿habéis oído decir alguna vez que semejante aventura ha sucedido a alguien?
Dudé un instante antes de contestar, y al fin le dije:
‑Si esa aventura, padre, ha ocurrido al señor Pacheco, puede también suceder a otros. Pero mejor podré juzgar si os dignáis ordenarle que continúe su historia.
EI ermitaño se volvió hacia el endemoniado y le dijo:
‑Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que continúes tu historia.
Pacheco lanzó un nuevo y terrible alarido, y continuó de esta suerte:
«Dejé la horca medio muerto de miedo. Me arrastré como pude y marché sin saber adónde me dirigía. Por fin, encontré a unos viajeros que tuvieron piedad de mi situación y me condujeron a la Venta Quemada, donde hallé al posadero y a mis criados, muy preocupados por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en la granja, y me contestaron que nadie había llegado aún.
»No me atreví a quedarme más tiempo en la Venta, y resolví regresar a Andújar. Cuando llegué ya se había puesto el sol y la posada estaba llena. Me prepararon una cama en la cocina, y me acosté pronto, pero los horrores de la noche anterior, vivos aún en mi espíritu, me impedían coger el sueño.
»Había dejado encendida una vela sobre el hogar de la cocina. De pronto, la vela se apagó, y sentí al instante un escalofrío mortal que heló mis venas. Al mismo tiempo alguien tiró del cobertor, y oí una voz femenina que me decía:
»‑Soy Camila, tu madrastra. Tengo frío, amor mío, hazme sitio bajo la manta.
»Y otra voz:
»‑Soy Inesilla. Tengo mucho frío, déjame entrar en tu cama.
»En ese momento sentí una mano helada que me agarraba por el cuello. Reuní todas mis fuerzas y exclamé:
»‑¡Satán, vete de aquí!
»Entonces las dos voces de antes me dijeron:
»‑¿Por qué nos echas? ¿No eres nuestro maridito? Tenemos mucho frío. Vamos a encender un poco de lumbre.
»En efecto, poco tiempo después vi las llamas en el hogar de la chimenea. La estancia se iluminó, pero en vez de ver a Camila y a Inesilla lo que vi fue a los hermanos de Zoto, colgados de la chimenea.
»Esta visión me aterrorizó. Rápidamente me levanté, salté por la ventana y me puse a correr con todas mis fuerzas. Por un momento creí haber logrado escapar de tantos horrores, pero al volverme vi con terror que era seguido por los dos ahorcados. Corrí de nuevo, y me pareció que había logrado dejarlos atrás. Pero mi ilusión duró poco. Las horribles criaturas lograron rodearme y llegar hasta mí. Intenté correr, pero mis fuerzas me abandonaron.
»Sentí entonces que uno de los ahorcados me sujetaba por el tobillo izquierdo. Intenté zafarme, pero el otro ahorcado me cortó el camino poniéndose ante mí, mirándome con ojos terribles y sacándome una lengua roja como el hierro cuando sale del fuego. Pedí clemencia, pero fue en vano. Aquel monstruo me sujetó del cuello con una mano y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En el hueco de mi ojo introdujo su lengua de fuego. Me lamió el cerebro y me hizo aullar de dolor.
»El otro ahorcado, que me había agarrado la pierna derecha, quiso también martirizarme. Comenzó haciéndome cosquillas en la planta del pie que tenía sujeto, pero después el monstruo me arrancó la piel del pie, separó los nervios, les quitó su encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos como si fuesen un instrumento musical. Mas como por lo visto no daban un sonido que fuese de su agrado, hundió sus uñas en mi corva, agarró con ellas mis tendones y se puso a retorcerlos, como se hace para afinar un arpa. Finalmente, se puso a tocar sobre mi pierna, convertida en salterio. Escuché su risa diabólica, y mientras el dolor me arrancaba terribles aullidos los gemidos del infierno me hacían coro. Cuando oí el rechinar de los condenados me pareció que cada una de mis fibras era triturada por sus dientes. Por último, perdí el conocimiento.
»Al día siguiente, unos pastores me encontraron en el campo y me trajeron a esta ermita. Aquí he confesado mis pecados y he hallado al pie de la cruz algún consuelo a mis desgracias.»
Nuevamente el endemoniado lanzó un horrible aullido y se calló. El ermitaño habló entonces, y me dijo:
-Joven, ya veis el poder de Satán. Debéis rezar y llorar. Pero ya es tarde y debemos separarnos. No os invito a que descanséis en mi celda porque Pacheco lanza tales gritos durante la noche que no podríais dormir. Id a acostaros a la capilla. Allí estaréis bajo la protección de la cruz que triunfa sobre los demonios.
Contesté al buen ermitaño que lo haría de buen grado. Llevamos a la capilla un pequeño catre de tijera y me acosté en él, mientras el ermitaño me deseaba buenas noches.
Cuando me encontré solo me puse a pensar en la historia de Pacheco, en la que encontraba bastante semejanza con mis propias aventuras.
Me hallaba aún pensando en ello cuando oí que daban las doce, pero no podía saber si era la campana de la ermita o si es que iba a toparme nuevamente con aparecidos. A los pocos instantes oí que llamaban a la puerta de la capilla, y pregunté:
‑¿Quién es ahí?
Una voz femenina me respondió:
‑Tenemos frío, ábrenos, somos tus mujercitas.
‑Sí, sí, malditos ahorcados ‑les contesté‑, volveos a vuestra horca y dejadme dormir.
La misma voz volvió a decirme:
‑Te burlas de nosotras porque estás en una capilla. Ven fuera y verás…
‑Ahora mismo voy ‑contesté.
Fui a buscar mi espada e intenté salir, pero vi que la puerta estaba cerrada. Les dije a los aparecidos lo que ocurría, pero no me contestaron. Entonces me fui a acostar y dormí hasta el alba.

cuentos rusos 8

tumblr_mtjk9sHStw1r4zr2vo2_r1_500

Vladímir Korolenko :El ruido del bosque

I

El bosque estaba agitado.

Siempre había ruido en aquel bosque, un ruido regular, sordo, como el eco de las campanas lejanas; tranquilo y vago, como una dulce romanza sin palabras, como un recuerdo del pasado. Siempre había ruido en aquel bosque, porque era muy viejo y no lo había tocado jamás el hacha de los leñadores. Los altos pinos seculares, con sus rojos troncos poderosos, se alzaban como un ejército sombrío, estrechando sus copas verdes en bóvedas espesas.

Abajo había calma y olía a alquitrán. A través del tapiz de verdes agujas que cubría la tierra crecían helechos anchos y fantásticos, completamente inmóviles. En los sitios húmedos, altas hierbas verdes. Las flores humildes inclinaban, cansadas, sus pesadas cabecitas. Pero en lo alto, incesantemente, sin interrupción, se oía el ruido del bosque, lanzando suspiros dolorosos.

Ahora estos suspiros se hacen cada vez más fuertes y profundos. Yo, montado en mi caballo, caminaba por un estrecho sendero forestal. Aunque no podía ver el cielo, adivinaba, por la obscuridad del bosque, que allá en lo alto iban amontonándose gruesas nubes. La hora era bastante avanzada. Algunos rayos de sol perforaban el espeso follaje; pero sobre los árboles descendía ya la obscuridad.

Se avecinaba el huracán.

Era inútil pensar en la caza; yo cifraba mi dicha en poder llegar, antes del huracán, a un abrigo cualquiera donde pasar la noche.

Mi caballo golpeaba con los cascos las raíces desnudas de los árboles, y alargando las orejas escuchaba con ansiedad el ruido del bosque. También él estaba impaciente y apresuraba el paso.

Se oyó el aullido de un perro. A través de los árboles, ahora más distanciados, se veían las paredes blancas de una choza de cuyo tejado salía un humo azul. La choza, inclinada, con su techo de paja ennegrecida, se guarecía, como tras un muro, entre los troncos rojos. Parecía querer esconderse bajo la tierra, y los esbeltos y soberbios pinos inclinaban sobre ella sus copas majestuosas. En medio del calvero, muy apretadas, había un grupo de encinas jóvenes.

La casa estaba habitada por dos guardabosques, Zajar y Máximo, compañeros habituales de mis excursiones de caza. Pero no debían estar allí, puesto que nadie salía a mi encuentro, no obstante los ladridos del enorme perro. El abuelo, anciano de cabeza calva y bigotes blancos, permanecía sentado en el umbral de la choza. Sus bigotes le llegan casi hacia la cintura; sus ojos son obscuros. Se diría que trata de recordar alguna cosa en vano.

—¡Buenos días, abuelo! ¿Hay alguien en casa?

—¡Eh! —y el viejo dijo que no con la cabeza—. No están ni Zajar ni Máximo. Motila se ha ido también al bosque, a buscar la vaca… La vaca se ha extraviado, probablemente. Quizá la hayan devorado los osos… No, no hay nadie…

—No importa, esperaré, te haré compañía.

—Bueno, si quieres…

Y mientras ato mi caballo a una encina, el viejo me mira con sus ojos débiles y obscuros. Es muy débil, muy débil; no ve casi nada y sus manos tiemblan.

—¿Quién eres tú, buen mozo? —me pregunta cuando me he sentado a su lado.

Cada vez que vengo me hace la misma pregunta.

—¡Ah! Ahora caigo. Sí, sí, ya me acuerdo —dice, contento, mientras compone una vieja bota rota—. Mi vieja cabeza no conserva memoria de las cosas… Es como una criba… De los que han muerto hace mucho tiempo, me acuerdo bien, muy bien; pero a la gente nueva la olvido siempre. Porque, ya ves, vivo desde hace tanto tiempo en este mundo…

—¿Hace mucho tiempo que vives en él?

—¡Anda, anda! Muchísimo tiempo. Ya estaba yo en él en la época en que los franceses vinieron aquí para combatir a nuestro Emperador.

—¡Entonces, ya has visto algo! ¡Podrías contar muchas cosas!…

Me mira con extrañeza.

—¿Yo? ¿Pero qué es lo que yo he podido ver? Nada más que el bosque. Siempre hace ruido; noche y día, invierno y verano. Yo, como esos árboles, he pasado aquí toda mi vida y no me he dado cuenta de ello. Ya es hora de morir; pero a veces, cuando empiezo a reflexionar, me pregunto si he vivido verdaderamente o no. Quizá yo no he vivido jamás…

El extremo de una nube negra se deja ver detrás de las copas espesas, encima del calvero. Las ramas de los pinos que rodean la casa se agitaban al impulso del viento. El ruido del bosque se ha hecho más fuerte. El viejo levantó la cabeza y prestó oído.

—El huracán se acerca —dice—. ¡Bien le conozco! ¡Digo, digo! Cuando el huracán se pone a gruñir, a tirar los pinos, a desarraigarlos de la tierra… es cosa que da escalofríos. Es «el demonio de la selva”’ que se enfurece —añadió más bajo.

—¿Cómo lo sabes tú, abuelo?

—¡Oh, eso… yo lo sé muy bien! Entiendo el lenguaje de los árboles. Porque, mira, los árboles también tienen miedo. Por ejemplo, el álamo alpino, ese árbol maldito…, siempre está gimiendo. Tiembla hasta cuando no hace viento. El pino, también; cuando hace buen tiempo canta dulcemente, pero cuando el viento empieza a soplar, se pone a gemir angustiado, ¡escucha! Yo veo mal, pero tengo buen oído. Ahora es la encina la que empieza a quejarse. «El demonio de la selva» ataca las encinas… ¡Siempre es así antes del huracán!

En efecto, el grupo de encinas que estaban en medio del calvero, defendidas por el muro del bosque, sacudían sus ramas potentes y hacían un ruido sordo, que se podía distinguir fácilmente del de los pinos.

—¿Qué, lo oyes, buen mozo? —dice el viejo con una sonrisa maliciosa—. Yo lo sé muy bien. Cuando las encinas empiezan a agitarse, de seguro que por la noche vendrá el «demonio del bosque», tirándolo y rompiéndolo todo. Pero ni el mismo demonio puede nada contra la encina; es demasiado sólida.

—¿De qué «demonio» hablas, abuelo? ¿No dices tú mismo que es el huracán el que destroza?

Movió la cabeza.

—¡Ah, sí, ya he oído decir eso! Me han dicho que ahora hay personas que no creen en nada. ¡Es sorprendente! Y, sin embargo, yo lo he visto, como te veo ahora a ti, y aun mejor; pues ahora mis ojos no valen gran cosa, mientras que entonces eran jóvenes todavía. ¡Oh, qué bien veían cuando yo era joven!

—Pero ¿cómo le viste, abuelo?

—Era un día como hoy; primero, los pinos empezaron a gemir: ¡o–ho–ho! Así, así siempre, con pequeños intervalos. ¡O–ho–ho! ¡O–ho–ho! Y cada vez más lastimera y dolorosamente. Los pinos sabían que aquella noche el «demonio» iba a tirar a muchos por tierra… Después, al anochecer, las encinas empezaron a agitarse. Luego, cuando la noche hubo descendido, «él» estaba allí ya, recorriendo el bosque en todas las direcciones, ora riendo, ora llorando de rabia, atacando furioso a las encinas y danzando alrededor de 1os árboles… Una vez —era en otoño— yo miré por la ventana, estando «él» en el bosque. ¡Oh, qué furioso se puso cuando vio que yo le miraba! Se acercó a la ventana y lanzó contra ella un gran tronco de pino. ¡Por poco me rompe la cara; malos diablos le lleven! Pero yo no era tan tonto; en cuanto le vi acercarse, escapé. ¡Qué furioso estaba, buen mozo!

—¿Cómo es?

—Como un viejo sauce que crece en el pantano. Se le parece mucho. Sus cabellos son como las hojas; sus barbas, también; su nariz es como una rama curvada… ¡Uf, qué feo es! ¡No desearía a ningún cristiano que se le pareciera, palabra de honor!… En otra ocasión le vi en el pantano, muy de cerca. Si quieres, ven un día de invierno, quizá le veas tú también. Sube a esa montaña que se encuentra aquí detrás, y trepa a un árbol alto. A veces se le puede ver desde allí: se acerca, como una columna de humo blanco por encima del bosque, y, girando alrededor de sí mismo, desciende de la montaña al valle. Da algunas vueltas corriendo, y después desaparece en el bosque. Durante su caminata, cubre con nieve sus huellas… Si no me crees, ven a verlo tú mismo.

El viejo estaba visiblemente contento de poder charlar, como si la agitación del bosque y el huracán, suspendido en el aire, reanimaran su vieja sangre. Movía la cabeza, sonreía y guiñaba los ojos.

De pronto, su frente arrugada se ensombreció. Me empujó con el codo y me dijo misteriosamente:

—¿Sabes lo que te voy a decir? El «demonio del bosque» es muy feo; un buen cristiano no debe ni mirar siquiera a una criatura semejante; pero hay que ser justo: no hace daño a nadie. A veces gasta alguna broma; pero el hombre no tiene razón para quejarse de «él».

—Vaya, abuelo, que por lo que tú mismo me has dicho te quiso romper la cara una vez.

—Sí, es verdad; pero eso fue porque le dio mucha rabia de que yo le mirara desde la ventana. Pero si uno no se mete en sus cosas, jamás le hará daño. ¡»El» es así! Y, sin embargo, aquí, en el bosque, los hombres han hecho cosas mucho más terribles; puedes creerlo.

Bajó la cabeza, y durante algunos minutos permaneció sumido en sus reflexiones. Cuándo alzó los ojos y me miró, noté en ellos como un relámpago en su memoria apagada.

—Voy a contarte, buen mozo, una historia que sucedió aquí mismo, en nuestro bosque. Hace mucho tiempo de esto… Me acuerdo de ella como de un sueño vago; pero cuando el bosque comienza a agitarse, mi memoria se hace más clara… ¿Quieres que te la cuente?

—¡Sí, sí, abuelo! ¡Con mucho gusto!

—Pues bien, sea. Escucha…

II

Tengo que decirte que mis padres murieron cuando yo era todavía muy niño. Me dejaron completamente solo en este vasto mundo. ¡Triste situación! Nuestro Municipio no sabía qué hacer de mí. El señor tampoco lo sabía. Pues bien, precisamente en aquel momento vino del bosque a la aldea el guardabosque Román, y dijo a los del Concejo:

—Dame al chico. Yo le daré de comer. Me aburro allí solo, en el bosque.

Nuestros convecinos se pusieron muy contentos.

—¡Tómale! —le dijeron.

Y me llevó a su casa. Desde entonces he vivido siempre en el bosque.

Román fue quien me educó. Era un hombre terrible. Dios me perdone. Enorme, con ojos negros y alma también negra, había pasado toda su vida solo en el bosque. La gente decía que los osos eran como hermanos suyos, y los lobos, como sobrinos. Conocía todas las fieras y no las temía, pero huía de los hombres y ni siquiera los miraba… ¡Así era aquel Román! Cuando me miraba, yo sentía como si un gato me pasara la cola por la espalda. Y, sin embargo, no era malo y me daba bien de comer; a veces, hasta me guisaba patos. En cuanto a eso, no tenía de qué quejarme, ¡no!

Pues bien; así vivíamos los dos. Cuando Román se iba al bosque, me encerraba en casa y echaba la llave, por miedo a que me devoraran las fieras… Además tenía una mujer…

El señor fue el que se la dio. Una vez le llamó a su casa y le dijo:

—¡Cásate, Román!

—¿Para qué? —preguntó Román—. Cásese el diablo, que yo no quiero. Ninguna falta me hace una mujer en el bosque tanto más cuanto que tengo ya en casa a un chico.

No estaba acostumbrado a las mujeres y no quería. Pero nuestro señor era malo. Cuando me acuerdo de nuestro señor, quiero creer que no hay ya señores semejantes. ¡No, no los hay ya! Por ejemplo, tú; se dice que también tú eres de origen señorial. Quizá sea verdad; pero no hay nada de señorial en ti… Un buen mozo, y nada más.

Pero el otro, del que te estoy hablando, era un verdadero señor, de los antiguos. El mundo es así: centenares de hombres tienen miedo de uno solo, ¡y qué miedo! Compara un gavilán y un pollo: los dos han salido de un huevo; pero el gavilán se levanta hasta el cielo, y cuando grita, no ya los pollos, sino que hasta los gallos viejos se echan a temblar. Pues bien, el gavilán es un pájaro señorial y el pollo es un simple campesino.

Me acuerdo de cuando todavía era yo pequeño; unos campesinos, treinta hombres, por lo menos, transportaban grandes vigas en sus carros; por el mismo camino pasa el señor, montado en su caballo y acariciándose el bigote. Al verle, los aldeanos se asustan, fustigan a sus caballos para que dejen libre el camino y echan los carros a un lado, en la nieve profunda. Después pasaron grandes trabajos para sacar de la nieve los pesados carros.

Y el señor se paseaba tranquilamente por el largo camino, tan a gusto. ¡Dios mío, qué severo era! Los «mujiks» temblaban ante su mirada. Cuando reía, todo el mundo estaba contento; cuando fruncía el ceño, todo a su alrededor se ensombrecía. No había nadie que se atreviera a llevarle la contraria.

Pero Román, que había pasado toda su vida en el bosque, no comprendía estas cosas, y el señor le perdonaba mucho.

—Quiero que te cases — dijo el señor—. No me preguntes por qué. Cásate con Oxana.

—¡No quiero! —respondió Román—. No la necesito. ¡Que se case con ella el diablo, que yo no quiero!

El señor ordenó que trajeran los vergajos. Echaron a Román al suelo.

—¿Quieres casarte? — preguntó el señor.

—¡No!

—¡Está bien! Dadle de vergajazos, ¡pero de los buenos!

Le dieron tantos, que ya no podía más, aunque era un mocetón bastante duro.

—¡Dejadme! —gritó—. ¡Que el diablo se lleve a esa mujer! No vale una mujer la pena de sufrir tanto. Está bien, me caso.

En el territorio señorial vivía un cazador, Opanas Schvidky. Precisamente volvía del campo en aquel momento. Cuando se enteró de que obligaban a Román a casarse con Oxana, cayó de rodillas ante el señor y le besó la mano.

—En vez de martirizar a ese hombre —dijo—, permitid que me case con Oxana.

¡Qué hombre aquél!

Román estaba muy contento. Se levantó, se puso los pantalones y dijo:

—¡Esto va bien! ¡Ya podías haber llegado un poco antes! Vos, señor, estabais equivocado; debisteis primero preguntar si había alguien que quisiera casarse de buena gana; pero, en vez de eso, mandáis apalear a un pobre hombre. Los buenos cristianos no obran así…

Román, a veces, sabía cantarle las verdades hasta al mismo señor. Cuando se enfadaba, todo el mundo le tenía miedo, incluso el señor. Pero esta vez’ el señor tenía su idea: dio orden de que echaran nuevamente al suelo a Román.

—¡Quiero hacer tu felicidad, bestia, animal! — dijo—. Ahora estás solo en el bosque, y yo no tengo ningún deseo de ir a tu casa… Dadle otra vez de vergajazos, hasta que se harte. ¡Y tú, Opanas, vete al diablo! Nadie te ha convidado y no tenías por qué sentarte a la mesa; pero si te empeñas, te servirán el mismo plato que a Román.

Román estaba muy enfadado. Los vergajazos le hacían mucho daño. ¡Antiguamente se sabían dar muy bien! Soportó largo rato este martirio; pero, al fin, escupió con indignación y gritó:

—¡Sería demasiado honor para esa maldita Oxana el que, por ella, le den de vergajazos a un cristiano! ¡Basta! ¡Yo no soy una bestia de carga para que me peguen así! Ya que ha de ser, bueno: ¡me caso!

El señor reía a carcajadas.

—¡Al fin has entrado en razón! —dijo— La verdad es que no te podrás sentar junto a la novia el día de la boda; pero, en cambio, bailarás bien.

Gustaba de bromear nuestro señor. Pero tuvo un fin triste. ¡Que Dios libre a todos los buenos cristianos de un fin semejante! ¡No; yo no se lo desearía a nadie, ni siquiera a un judío!…

En fin, que un día Román se vio casado. Llevó a la joven a su choza del bosque. Los primeros días no hacía más que reñirla, echándole en cara los vergajazos que había recibido por su causa.

—¡No vale la pena de que por ti se martirice así a un buen cristiano!

Cuando volvía del bosque, empezaba por querer echarla de casa.

—¡Vete! ¡Yo no quiero una mujer en mi casa! No me gusta que una mujer duerma conmigo, porque huele mal…

¡Eso decía!

Pero luego, poco a poco, se fue acostumbrando. Oxana ponía la casa en orden, barría, lavaba, todo estaba limpio y arreglado. Román se sentía contento y ya no reñía. No sólo se reconcilió con ella, sino que empezó a quererla. ¡Palabra de honor! Hasta él mismo se sorprendió.

—Debo dar las gracias al señor, que me ha enseñado a ser razonable —decía después—. ¡Dios mío, qué tonto era yo! Recibir tantos vergajazos, ¿y por qué? Ahora veo que hacía mal negándome a casarme. Estoy muy contento de tener a Oxana. ¡Pero muy contento!

Pasaron las semanas y los meses. Un día vi que Oxana se echó en el banco y empezó a gemir. Por la noche se puso muy mala. Al día siguiente, de mañana, con gran sorpresa mía, oí el llanto de un niño. «¡Toma! ¡Hay un bebé en casa!», me dije. Y no me equivocaba.

El niño no vivió mucho tiempo: hasta la noche nada más. Cuando llegó la noche, ya no se le oyó. Oxana se echó a llorar. Román dijo:

—¡Vaya, se acabó! ¡Ya no hay niño! No vale la pena de llamar al pope; nosotros mismos le enterraremos debajo de un pino.

¡Esto se atrevió a decir Román! Y no sólo a decirlo, sino a hacerlo: cavó un agujero y enterró al niño. ¿Ves aquel viejo tronco, allí? Son los restos de un pino que fue abrasado por un rayo. Allí, precisamente, es donde Román enterró al niño. Y oye lo que te voy a decir, buen mozo: cuando se pone el sol y aparece en el cielo la primera estrella, un pajarito vuela por encima de ese sitio, lanzando gritos lastimeros. Se me parte el corazón al oír esos gritos. Pues bien, ese pájaro es el alma en pena del niño que fue enterrado sin el sacramento, y suplica que se le ponga una cruz. Me han dicho que sólo un sabio que conozca los libros santos podrá salvar a esa almita en pena. Y sólo entonces dejará de lanzar gritos lastimeros. Nosotros, los que estamos aquí, no sabemos nada y nada podemos hacer por ella. Cuando vuela por encima de nosotros pidiendo una cruz, le decimos solamente: «¡Vete, pobre almita, que nada podemos hacer por ti!» Echa a volar, llorando, y luego vuelve otra vez. ¡Ah, buen mozo, qué digna de compasión es la pobre alma en pena!

Oxana estuvo mucho tiempo enferma. Cuando se restableció un poco, pasaba horas enteras sobre la tumba de su hijo. ¡Dios mío, lo que ella ha llorado! ¡Se oían sus lamentos en todo el bosque! No se podía consolar la pobre… Román era indiferente a la pérdida del niño; pero compadecía a Oxana. Viéndola llorar, le decía:

—¡Cállate, mujer estúpida! No hay por qué llorar. Aquel niño se murió, pero quizá tengamos otros, y quizá sean mejores que aquél. Porque el niño muerto puede ser que no fuera mío… Yo no sé nada, pero la gente charla… Y el nuevo, seguramente que será mío…

A Oxana no le gustaba oírle hablar así. Se ponía muy enfadada, mucho, y empezaba a decirle cosas terribles. Pero Román no lo tomaba en serio.

—Haces mal en gritar —decía tranquilamente a Oxana—. Yo no afirmo nada; digo solamente que no sé si era mío o no. Porque, mira, antes no eras mía y tampoco vivías en el bosque, sino entre la gente. ¿Sé yo lo que pasaba por allí? Ahora que estás aquí conmigo, estoy seguro; pero antes… Hace algunos días, cuando fui al pueblo, una mujer me dijo: «¡Es raro lo pronto que has hecho un hijo!» ¿Comprendes?… ¡Basta de llorar y de gritar! ¡Cállate, que si no te pego!

Oxana secaba a toda prisa sus lágrimas y se callaba. Verdad es que a veces se permitía reñir a Román y hasta darle algún golpe; pero cuando él se enfadaba, le tenía miedo; en estos momentos, le colmaba de caricias, de besos; le miraba con ternura en los ojos, y Román no tardaba en calmarse. Tú, buen mozo, no lo comprendes todavía pero yo que he vivido tanto, conozco la vida. Y te diré que las mujeres saben acariciar admirablemente, de manera que al hombre más enfadado lo vuelven dulce como un cordero. ¡Ya, ya! ¡Yo he visto mujeres de esas! Y Oxana era tan bella, que no se veía otra igual. Las mujeres no son todas iguales.

Pues bien; una vez se oyó el cuerno en el bosque: ¡tra–ta, tará–tará, ta, ta, ta! Todo el bosque se llenó de sonidos alegres. Yo era entonces muy pequeño y no comprendía lo que significaba aquello. Los pájaros, asustados, echaron a volar llenos de pánico; las liebres empezaron a correr locamente en todas las direcciones. Creía yo que aquello sería alguna fiera que rugía. Pero no era una ñera: era el señor, que, montado en su caballo, tocaba el cuerno. Numerosos cazadores, también a caballo, le seguían, conduciendo muchos perros de caza. El más hermoso era Opanas Schvidky, que iba el primero después del señor. Llevaba un traje azul, un «schapka» con franjad doradas, un magnífico fusil al hombro y un laúd sujeto al costado. El señor quería bien a Opanas porque tocaba admirablemente el laúd y cantaba canciones muy bonitas. Además, era guapo. ¡Qué guapo era! El señor, comparado con Opanas, era muy feo: calvo, con la nariz roja, los ojos grises, nada bonitos. Opanas era un gran conquistador de corazones. Hasta yo mismo, cuando le miraba, sentía ganas de reír; ya te puedes figurar, pues, el efecto que produciría en las mujeres. Me han dicho que los padres y los abuelos de Opanas eran cosacos, libres como el viento, del Sur de Rusia, y que todos eran gallardos, fuertes y bellos. Se comprende: no se veían obligados a trabajar rudamente en el bosque, como nosotros; no hacían más que correr sobre sus caballos, rápidos, por los campos y los caminos, con la lanza a la espalda…

Pues bien, yo salí y vi al señor y toda la comitiva, que se detuvo delante de la casa. Roma» ayudó al señor a bajar del caballo y le saludó.

—¿Cómo va, Román? —preguntó el señor.

—¡No va mal, gracias! —respondió el otro—. Y vos, ¿cómo estáis?

Decididamente, no sabía hablar el señor. Todos los que estaban presentes se rieron.

—Bien, me alegro de que todo marche bien en tu casa —dijo sonriendo el señor—. Y tu mujer, ¿dónde está?

—¿Dónde ha de estar? En casa, como es natural.

—Entonces, entremos —dijo el señor.

Y dirigiéndose a sus hombres, añadió:

—Mientras tanto, poned una alfombra sobre la hierba y preparad todo lo necesario para felicitar a los jóvenes esposos.

Y seguido de Opanas y de Román, que tenía su “’schapka» en la mano, entró en la casa. Poco después entró también Bogdan, el fiel servidor del señor. No hay ya servidores semejantes; con los demás criados era extremadamente severo, pero con el señor era como un perro dócil. Sólo existía para él el señor. Me han contado que después de la muerte de sus padres Bogdan quiso casarse. Pero el padre del señor no lo consintió e hizo de él una especie de niñera de su hijo. »Este es tu padre, tu madre y tu mujer», le dijo. «Cuídale bien». Bogdan se resignó; fue el servidor, la niñera y el mayordomo del joven señor; le enseñó a montar a caballo, a tirar con el fusil; cuando el pequeño señor fue grande, continuó sirviéndole dócilmente, como un perro. Y no te lo he de ocultar: cuantos le rodeaban, detestaban a Bogdan y le maldecían, porque hacía mucho daño a los pobres. Por dar gusto a su señor hubiera sido capaz de matar a su propio padre.

Pues bien, yo entré también en la casa; ¡era yo tan curioso! El señor se atusaba el bigote y sonreía con aire de satisfacción. Román estaba a su lado, con el «schapka» en la mano. Opanas, apoyado en la pared, estaba sombrío y pensativo, como un roble joven bajo la tempestad.

Los tres miraban a Oxana. Sólo el viejo Bogdan, sentado en un rincón, esperaba las órdenes de su señor. Oxana estaba de pie, junto a la estufa, con los ojos bajos, muy encamada. Se diría que la pobre tenía el presentimiento de que iba a suceder alguna desgracia a causa de ella. Siempre pasa lo mismo: cuando tres hombres se interesan por una mujer, no puede resultar nada bueno. Tiene que acabar fatalmente en riña. Eso lo sé yo porque he visto muchas cosas…

—Bien, Román, ¿estás contento de la mujer que te di? —preguntó el señor.

—Sí; no tengo de qué quejarme.

Opanas miró a Oxana y dijo muy bajo:

—¡Es demasiado bruto para apreciar a una mujer como ésta!

Román lo oyó, y, volviéndose a Opanas, le preguntó:

—Dígame: ¿por qué le parezco yo tan estúpido?

—¡Porque no sabes guardar a tu mujer! —respondió Opanas.

¡Qué palabra tan grave había pronunciado! El señor, lleno de cólera, dio una patada en el suelo; y el viejo Bogdan movió la cabeza, y Román, habiendo reflexionado un instante, levantó la cara y miró al señor.

—¿Y de quién tengo yo que guardar a mi mujer? —preguntó, sin dejar de mirar al señor—. De las fieras, ya la guardo. Diablos no hay en el bosque. ¿Del señor, que viene por aquí algunas veces? Así, pues, ¿qué es lo que tengo que temer? Ten cuidado —prosiguió, amenazando a Opanas—; no me digas esas cosas si no quieres pescar algo.

Un poco más, y hubieran empezado a pegarse; pero el señor intervino, previendo las consecuencias de la disputa.

—¡Callaos! —ordenó—. No hemos venido aquí a peleamos. Tenemos que felicitar a los jóvenes esposos, y después, de noche, comenzará la caza. ¡Vamos!

Salió. Los criados lo habían preparado ya todo bajo los árboles.

Bogdan siguió a su amo. Opanas detuvo a Román en la puerta.

—¡No te enfades, valiente! —le dijo el cosaco—. Escucha lo que te voy a decir. ¿Viste cómo le supliqué de rodillas al señor que me permitiera casarme con Oxana? No quiso; nada se puede hacer contra el destino. Pero… yo no he de permitir que nuestro enemigo común, el señor, se burle de ella y de ti. No puedo soportarlo. Estoy dispuesto a todo. Tú no conoces todavía a Opanas. Antes de que Oxana caiga en brazos de ese miserable, los mataré a los dos. ¡Que la tumba les sirva de lecho!…

Román miró fijamente al cosaco y le preguntó:

—Di, ¿no estás loco? ¿Un poquito?…

Yo no oí lo que respondió el otro. Estuvieron largo rato hablando en voz baja. Finalmente, Román golpeó amistosamente a Opanas en el hombro.

—¡Ah, amigo mío! ¡Qué mala es la gente! Yo, que he vivido siempre en el bosque, ni siquiera lo sospechaba. Si es verdad eso que me has dicho, nuestro señor me lo va a pagar caro…

—Bueno  —dijo Opanas—, ahora, vete, y haz como si nada supieras. Sobre todo, que ese viejo asqueroso de Bogdan no sospeche nada. Tú no te pasas de listo, y ese perro tiene buen olfato. No bebas el «vodka» del señor. Si te quiere mandar de caza para quedarse solo en la choza, conduce a los cazadores hasta II encina vieja, diles que avancen solos y que tú irás a reunirte con ellos por otro camino más corto. Y en seguida vuelve aquí.

—Bien—dijo Román—; hoy voy a cobrar una buena pieza. Cargaré mi escopeta con balas de las que empleo para los osos.

Y salieron ambos. El señor estaba sentado sobre el tapiz, con la garrafa y la copa en las manos. Llenó una copa y se la dio a Román. El vodka señorial era delicioso; después de la primera copa, el alma se regocijaba; después de la segunda, el paraíso se abría ante uno, y si uno no tenía costumbre de beber, a la tercera rodaba por el suelo.

¡Era muy truhan el señor! Quería emborrachar a Román con su vodka, pero Román tenía una cabeza firme, y ningún vodka en el mundo hubiera sido capaz de hacerle perder la razón. Bebió la primera copa, la segunda, la tercera; pero no produjeron en él ningún efecto. Solamente sus ojos brillaban más que de costumbre, como los de un lobo. El señor se enfadó.

—¡Es un diablo! Se diría que bebe agua y no vodka. Otro, en su lugar, tendría ya lágrimas en los ojos, y él sonríe…

El señor sabía bien que, si uno empieza a llorar después de haber bebido, caerá muy pronto como muerto. Por esta vez se había engañado.

—No tengo motivos para llorar—dijo Román—. Nuestro buen señor ha venido a felicitarme, y yo sería el último de los canallas si me echara a llorar como una vieja. Gracias a Dios, no tengo por qué llorar. Prefiero que sean mis enemigos los que viertan lágrimas.

—Entonces, ¿estás contento? —preguntó el señor.

—¿Y por qué no he de estar contento?

—Pero ¿te acuerdas de los vergajazos que tuve que darte para que te casaras?

—¡Que si me acuerdo! Yo era entonces tan tonto, que no sabía lo que es dulce y lo que es amargo. El vergajo es amargo, y, sin embargo, yo le prefería a una mujer. Os doy las gracias, mi buen señor, por haberme enseñado a comer miel.

—Bien, bien —respondió el señor—. Para agradecérmelo mejor, irás con mis cazadores y me traerás mucha caza.

—¿Y cuándo queréis que vayamos?

—Vamos a beber otro poquito —respondió el señor—. Opanas nos cantará algo, y luego saldremos.

Román le miró y dijo:

—Va a ser difícil eso; se hace tarde, el pantano está muy lejos de aquí… Además, el ruido del bosque anuncia el huracán. En este tiempo es difícil cazar.

El señor estaba ya un poco borracho, y cuando estaba así, se enfadaba fácilmente. Al ver que todos los que estaban allí daban la razón a Román, diciendo que el tiempo presentaba mal cariz, se llenó de cólera, dio un puñetazo… y todo el mundo se calló.

Opanas era el único que no tenía miedo al señor. Cogió su laúd, se puso a templarle, y mirando al señor fijamente a la cara, dijo:

—Reflexiona bien, señor; no se manda cazar a la gente cuando sopla el huracán; sobre todo, de noche.

¡Era muy valiente aquel Opanas! Los otros temblaban ante el señor; pero a él le importaba un bledo. Era un libre cosaco. Siendo todavía muy pequeñito, un viejo músico cosaco lo llevó allí, de Ucrania. Allá, en Ucrania, había guerra en aquella época. Al viejo cosaco, que había caído prisionero, le sacaron los ojos, le cortaron las orejas y le dijeron: «Puedes ir donde quieras.» Como no veía, le acompañaba un chicuelo, aquel mismo Opanas. El padre del señor lo llevó consigo. Desde entonces estaba aquí Opanas. El señor actual le quería mucho y le perdonaba cosas que no hubiera perdonado jamás a ningún otro.

Esta vez se enfadó mucho contra Opanas. Todos estaban seguros de que iba a pegarle; pero, en lugar de hacerlo, le dijo: ‘

—¡Escucha, Opanas! Eres demasiado inteligente para comprender que no hay que meter la nariz en una puerta entreabierta.

El cosaco entendió inmediatamente lo que le quería decir, y respondió a su señor con una canción. Y si el señor hubiera comprendido también la canción del cosaco, su mujer no hubiera tenido quizá que verter lágrimas sobre su tumba.

—Para darte las gracias, señor, por la lección que me acabas de dar, te voy a cantar algo. ¡Escucha!

Y pulsó las cuerdas de su laúd.

Luego levantó la cabeza, miró al águila que volaba sobre el bosque y contempló las nubes empujadas por el viento; escuchó el ruido de los altos pinos, y pulsó de nuevo las cuerdas de su laúd.

¡Ah, buen mozo! Tú no has tenido la dicha de oír tocar a Opanas, y ya no la puedes tener. El laúd no es un instrumento muy complicado; pero cuando se le sabe manejar habla con una voz elocuente. Le bastaba a Opanas tocarle con sus manos, y él se lo decía todo: cómo se agita el bosque bajo la tempestad, cómo sacude el viento la hierba seca y cómo lloran los sauces sobre la tumba de un cosaco.

¡No, buen mozo, vosotros no oiréis jamás una música como aquélla! Llegan por aquí con frecuencia personas que han visto algo, que han pasado por Kiev, Poltava y por toda la Ucrania, y todos dicen que no hay ya buenos tocadores de laúd ni en las ferias ni en las romerías. Yo tengo un laúd. El mismo Opanas me enseñó a tocarle. Pero cuando yo me muera, que ya será pronto, en ninguna parte del mundo se sabrá tocar bien el laúd.

Opanas se puso a cantar una canción, acompañándose con el laúd. Su voz era dulce y melancólica, y penetraba directamente en el corazón. Aquella canción la había improvisado expresamente para el señor. Yo le he suplicado después que me la cantara otra vez, pero no quiso.

—Aquel para quien la canté no existe ya —decía—. No vale la pena de volverla a cantar.

En esta canción le decía al señor toda la verdad todo lo que le iba a suceder. El señor, al oírla, lloraba; pero, probablemente, no entendió su significado.

No me acuerdo más que de una parte de aquella canción. Oye algunos fragmentos:

»Tú sabes muchas cosas,
¡oh, Iván, mi señor!
Tú sabes muchas cosas.
Tú sabes que el gavilán
es más fuerte que el cuervo.
Pero quizá no sepas
que a veces ocurre
todo lo contrario, señor.
Cuando el gavilán ataca el nido
del cuervo y éste se defiende,
es el cuervo más fuerte,
¡oh, Iván, mi señor!”

Me acuerdo de todo esto como si hubiera sido ayer: el cosaco, con su laúd, de pie, junto a un árbol; el señor, sentado sobre el tapiz, con la cabeza baja y lágrimas en los ojos; los criados, emocionados, dándose el uno al otro con el codo; el viejo Bogdan, moviendo la cabeza. El bosque se agitaba lo mismo que ahora; el laúd lanzaba sonidos melancólicos, y Opanas contaba, en su canción, cómo la mujer del señor lloraba sobre su tumba:

«La pobre mujer llora,
llora lágrimas de fuego,
sobre la tumba fría
donde el esposo yace.
Un cuervo vuela por encima,
graznando sin cesar.»

Pero el señor no había comprendido la canción. Enjugó sus lágrimas y exclamó:

—¡Ea, Román, en marcha! ¡Montad todos a caballo! Tú, Opanas, vas a ir con ellos; ¡ya estoy harto de tus canciones! Es muy bella esa canción tuya; pero lo que cuentas en ella no sucede jamás.

El mismo Opanas estaba conmovido por su canción; su corazón se dulcificaba, sus ojos estaban velados por las lágrimas.

—No, señor —dijo—. Nuestros ancianos afirman que las canciones dicen siempre la verdad, como los cuentos; pero la verdad contenida en un cuento es como el hierro, que, a fuerza de pasar de mano en mano, se cubre de roña; mientras que la verdad de la canción es como el oro, que no teme a la roña. ¡Esto es lo que me han enseñado mis ancianos!

El señor hizo un gesto de desprecio.

—Quizá sea eso verdad en vuestro país, pero no aquí… Y basta de conversación. ¡Vete, Opanas!

El cosaco permaneció un momento sumido en reflexiones; luego, de pronto, cayó de rodillas ante el señor.

—¡Escúchame, señor! Monta a caballo y vuélvete a casa, al lado de tu mujer. El corazón me dice que va a ocurrir una desgracia.

Entonces el señor fue presa de una cólera terrible; rechazó al cosaco con el pie, como si fuera un perro.

—¡Déjame en paz! ¡Vete! ¡Pareces una vieja llorona, no un cosaco! ¡Vete, o no respondo de mí!

Y después, dirigiéndose a los otros:

—Y vosotros, ¿por qué seguís aquí? ¿O es que yo no soy ya vuestro señor? ¡Tened cuidado, si monto en cólera!…

Opanas se levantó sombrío y amenazador, como una de aquellas nubes que se amontonaban sobre el bosque. Cambió una mirada con Román, que seguía, de pie, un poco apartado, con las dos manos apoyadas en su escopeta y perfectamente tranquilo.

El cosaco dio a su laúd un golpe formidable contra un árbol; el laúd se rompió en mil pedazos, con un gemido sonoro.

—¡Que el mismo diablo diga la verdad al que no quiere escuchar buenos consejos! —gritó—. Tú, señor, no quieres tener un servidor fiel… ¡Peor para ti!

En aquel mismo instante Opanas saltó sobre su caballo y se fue. Los demás cazadores hicieron lo mismo. Román se echó la escopeta al hombro y se fue también. Al pasar junto a la casa gritó a Oxana.

—¡Acuesta al chico; ya es tarde! ¡Y prepárale la cama al señor!

A los pocos minutos todo el mundo había desaparecido por el bosque. No quedó allí más que el señor, que entró en la casa; su caballo lo dejó atado a un árbol. Poco a poco descendían las tinieblas de la noche. La lluvia empezaba a caer, igual que ahora.

Oxana me acostó en la paja, y me hizo la señal de la cruz. Vi que lloraba. Yo era demasiado pequeño y no comprendía nada de lo que pasaba a mi alrededor. Me quedé pronto dormido, bajo el ruido monótono de la tempestad.

De pronto vi a alguien que rondaba la casa. Se acercó al árbol y desató el caballo, que golpeó la tierra con el pie, y, relinchando, huyó por el bosque. Después volví a oír alguien, a caballo, que se acercaba a la casa. Llegó hasta la puerta, saltó a tierra y se asomó por la ventana

—¡Señor! —gritó Bogdan, pues era él; reconocí su voz—. ¡Señor, abre en seguida! ¡El maldito Opanas trama alguna cosa! ¡Ha desatado tu caballo, que ha huido por el bosque!…

Pero apenas había dicho esto, cuando alguien le sujetó por detrás. Oí el ruido de un cuerpo que caía.

El señor abrió la puerta, con su escopeta en la mano; pero en el umbral de la casa Román le sujetó y le tiró al suelo.

El señor comprendió que aquello tomaba mal aspecto, y dijo:

—¡Déjame, Román! ¿Es así como me agradeces el bien que te he hecho?

Y Román le respondió:

—Sí, canalla; me acuerdo muy bien de lo que has hecho por mí y por mi mujer. Ahora te lo voy a pagar.

Entonces el señor dijo:

—¡Defiéndeme, Opanas, mi fiel servidor! Siempre te he amado como a un hijo.

Pero Opanas respondió:

—¡Tú me has echado como a un perro! Es verdad que tú me has amado… Como el palo ama la espalda que golpea; ahora me amas como la espalda ama al palo… Te rogué, te supliqué y no me hiciste caso.

Entonces el señor se puso a implorar a Oxana:

—¡Tú que tienes tan buen corazón, defiéndeme!

Oxana salió desesperada, y empezó a llorar con más fuerza.

—Yo te rogué — dijo — y me arrastré a tus plantas, suplicándote que no me deshonraras, que no me cubrieras de vergüenza; pero tú fuiste implacable. ¿Qué es lo que puedo hacer por ti, desgraciada de mí?

—¡Dejadme! —exclamó nuevamente el señor—. Por mi causa os perderéis todos en el destierro siberiano.

—No te ocupes de nosotros —respondió Opanas—. Román estará en el pantano antes que tus cazadores, y yo, gracias a ti, estoy solo en el mundo y no tengo miedo a nada. Con mi escopeta al hombro me iré por los bosques. Organizaré una banda de bravos mozos como yo, y, ¡mucho ojo los ricos! Recorreremos los caminos en busca de botín, y, si el azar nos lleva a una aldea cualquiera, no dejaremos de visitar el castillo señorial… ¡Ea, Román, pongamos a su señoría bajo la lluvia… que se refresque un poco!…

El señor empezó a lanzar alaridos, pero ni Román ni Opanas se preocupaban de ello; le sacaron fuera. Lleno de espanto, yo me había arrojado sobre Oxana, que permanecía sentada en un banco en el interior de la casa, blanca como H nieve y llorando.

El huracán se hizo mucho más fuerte. El bosque gritaba con mil voces; el viento soplaba rabioso. De vez en cuando se oía el trueno. Yo y Oxana, apretados el uno contra el otro, seguíamos sentados, inmóviles, por el terror. De pronto oímos ut: gemido en el bosque. Era tan doloroso, que aun hoy, pasados tantos años, se me oprime el corazón cuando pienso en ello.

—Oxana, querida, ¿qué es lo que gime tan dolorosamente en el bosque? —pregunté.

Me cogió en sus brazos, y meciéndome como a un niño de pecho, me dijo:

—¡Duérmete, hijo mío! No es nada… Es él ruido del bosque…

Era verdad; el bosque estaba muy agitado.

A los pocos momentos oí como un tiro.

—Oxana querida, ¿quién es el que dispara?

Me respondió sin dejar de mecerme:

—¡Cállate, hijo mío; es el trueno de Dios!…

Y la pobre mujer lloraba lágrimas ardientes, me estrechaba contra su corazón y repetía sin cesar:

—¡Es el ruido del bosque, hijo mío! Es el nido del bosque…

Y así me quedé dormido entre sus brazos. Al día siguiente, de mañana, abrí los ojos y vi que todo estaba inundado de sol. Oxana dormía vestida, sobre el banco. No había nadie en la casa. Me acordé de lo que había pasado la víspera y empecé a creer que había tenido una pesadilla. ¡Pero aquello no había sido un sueño, sino la triste realidad! Salí al bosque. La hierba brillaba, los pájaros cantaban. De pronto vi en los matorrales dos cuerpos: los del señor y el viejo Bogdan, el uno junto al otro. El rostro del primero estaba sereno y pálido; el del segundo, severo, como cuando aún vivía. Ambos tenían manchas de sangre…

El viejo bajó la cabeza y calló.

··········································

—¿Y qué fue de los otros? —le pregunté.

—Sucedió lo que había predicho Opanas. Este, durante mucho tiempo, habitó en el bosque; recorría los caminos con otros mozos, atacaba los castillos señoriales. Tal era su destino: sus abuelos habían sido bandidos también. A veces venía a nuestra casa, a esta misma casita; sobre todo, cuando no estaba Román. Se sentaba en el banco, cogía el laúd y nos cantaba canciones. A veces venía con sus camaradas. Román y Oxana los recibían siempre muy bien. Para decirlo todo, en aquello había algo que no era bueno; luego vendrán Zajar y Máximo. Míralos bien. Yo no les digo nada; pero cualquiera que haya conocido a Román y a Opanas, verá en seguida a quién se parecen. A Román, no… Y esto es lo que pasó antiguamente en estos sitios… ¿Oyes cómo se agita el bosque? El huracán está encima; ya no cabe duda.

III

El viejo estaba visiblemente cansado: su lengua se entorpecía cada vez más; sus ojos estaban enrojecidos, y su cabeza, inclinada.

La noche había descendido sobre la tierra. Casi no fie veía en el bosque, que se agitaba alrededor de la casita, como un mar ondulante. Las copas de los árboles parecían las olas del mar durante la tempestad.

El ladrido del perro anunció la llegada de los dueños de la casa. Los dos guardabosques se acercaban apresuradamente, seguidos por Motria, que traía la vaca que creyeran perdida.

Pocos minutos después estábamos todos en el interior de la casa. El fuego ardía alegremente en la estufa. Motria servía la cena.

No era la primera vez que yo veía a Zajar y a Máximo; pero en esta ocasión los examiné con más interés. Zajar tenía el rostro sombrío, cejas negras, que se juntaban en la frente estrecha; había en él ese aire de hombría de bien qué caracteriza la fuerza. Máximo tenía la expresión franca, grandes ojos grises y cabellos rizosos. Su risa era alegre y contagiosa.

—¿Con que el viejo le ha contado a usted la historia de nuestro abuelo? —preguntó Máximo.

—Sí — respondí.

—Siempre le pasa lo mismo. Cuando el bosque empieza a agitarse, se acuerda del pasado. Ahora no se podrá dormir.

—¡Qué niño es! —dijo Motria, dándole sopa al viejo.

Este no comprendía que era de él de quien hablaban. Estaba abatido. En algunos momentos, cuando el viento golpeaba la ventana, manifestaba angustia y prestaba oído, como espiando algo, con espanto.

Pronto se restableció la calma. La antorcha iluminó débilmente la habitación. Un grillo cantaba junto a la pared su canción monótona. Parecía que millares de voces sordas, pero potentes, disputaban en el bosque; fuerzas tenebrosas V amenazadoras se disponían a lanzarse por todos lados sobre la casita, y elaboraban el plan de ataque. A veces, cuando el ruido aumentaba, temblaba la puerta, como empujada desde fuera. El viento lanzaba por la chimenea sonidos lastimeros. Luego la tempestad se calmó un poco; por un momento reinó un silencio pesado y amenazador, que cedió en seguida ante nuevos ruidos: se diría que los viejos pinos tramaban entre sí desprenderse de la tierra y volar al espacio desconocido, en la tempestad.

Estuve dormido unos instantes. La tempestad seguía su curso. La antorcha, tan pronto se extinguía como se reanimaba, alumbrando la habitación. El viejo, sentado en su banco, buscaba en derredor, como esperando que alguien viniera a sentarse a su lado. Su rostro tenía la expresión del espanto y la impotencia infantiles.

—¡Oxana, querida mía! —balbuceó—. ¿Qué es lo que gime en el bosque?

Buscó algo con la mano y prestó oído.

—No, no es nada —se respondió a sí mismo—. Es la tempestad… Es el ruido del bosque, nada más que el ruido del bosque…

Pasaron algunos minutos… Los relámpagos iluminaban de vez en cuando las ventanas, detrás de las cuales se veían los árboles, entre relámpagos, con formas fantásticas. Uno de aquellos relámpagos, seguido de un trueno formidable, nos hizo estremecer a todos.

El viejo parecía muy asustado.

—Oxana, querida mía, ¿quién es el que tira tiros en el bosque?

—¡Duérmete, viejo! —dijo tranquilamente Motria, que se había despertado también—. Siempre lo mismo —añadió dirigiéndose a mí—. Cuando la tempestad ruge, llama a Oxana, que hace mucho tiempo que está en el otro mundo.

Y Motria bostezó, murmuró una oración y se durmió de nuevo. Se restableció la calma, entrecortada a ratos por los ruidos de la tempestad y por el balbuceo ansioso del viejo.

—¡Es el ruido del bosque!… ¡Es el ruido del bosque… Oxana, querida mía!…

Poco después, un chaparrón cayó sobre el bosque. El ruido del agua, que caía abundante, ahogaba los rugidos del viento y los gemidos de los altos pinos, sacudidos por la tormenta.

cuentos rusos 7

tumblr_mw4cehhypN1r4zr2vo1_500
León Tolstói (1828–1910)
Iván el Imbécil
No juzguéis un libro por su tamaño
Goldsmith
I
En una comarca de cierto reino, vivía un rico mujik[1]. Este mujik tenía tres hijos: Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo, Iván el Imbécil y una hija, muda, llamada Malania.
Seman el Guerrero se fue a pelear por el Zar; Tarass se encaminó a la ciudad, colocándose en un comercio, Iván el Imbécil se quedó con su hermana al frente de la casa.
Seman el Guerrero obtuvo un alto grado y un señorío, en recompensa a sus servicios, y se casó con la hija de un barín[2]. Su sueldo era crecido y pingues sus rentas, pero no le bastaban: lo que él recogía, era despilfarrado por la mujer.
Y Seman se fue a sus tierras para cobrar las rentas. Díjole su administrador:
«Nuestro ganado no ha tenido crías; tampoco tenemos caballos, ni bueyes, ni arado; es preciso comprarlo todo, y luego habrá rentas»
Entonces Seman fue a casa de su padre el mujik.
—Tú —le dijo—, eres rico y no me diste nada; dame el tercio que me corresponde. Lo emplearé en mis tierras.
Entonces el anciano contestó:
—No has traído nada a casa; ¿por qué razón he de darte el tercio de mis bienes? Sería perjudicar a Iván y a mi hija.
Y Seman repuso:
—Él es imbécil, y mi hermana muda. ¿Para qué quieren el dinero?
—Pues bien —exclamó el viejo— se hará lo que diga Iván.
E Iván dijo entonces:
—¡Bueno! Que lo tome.
Seman el Guerrero tomó el tercio del patrimonio. Lo empleó en sus tierras y volvió a servir al Zar.
Tarass el Panzudo ganó también mucho dinero y se casó con la hija de un comerciante; pero siempre andaba apurado. Como su hermano, fue también en busca de su padre.
—Dame mi parte —le dijo.
El viejo no quiso, tampoco, dar a Tarass la parte que pedía.
—Tú —le arguyó— nada nos has traído; todo lo que hay en casa lo ha ganado Iván. No puedo perjudicarle, ni a tu hermana tampoco.
Y Tarass dijo:
—¿A qué guardas el dinero para Iván? Es Imbécil y no logrará casarse. Ninguna muchacha le querrá por marido. Y una chica muda tampoco necesita nada… Dame, Iván —añadió—, la mitad del trigo; te daré los aperos de labranza y del ganado, sólo quiero el caballo tordo, que a ti no te sirve para la labor.
Iván se echó a reír y dijo:
—¡Conforme!
Y Tarass tuvo su parte. Se llevó el trigo a la ciudad, y también el caballo tordo. E Iván, al que sólo quedó una yegua vieja, araba el suelo y mantenía a sus padres.
II
Muy apenado estaba el viejo diablo porque no habían reñido con motivo del reparto, habiéndose separado en paz y gracia de Dios. Llamó a tres diablillos y así les habló:
—Escuchad: hay tres hermanos, Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo e Iván el Imbécil. Conviene que riñan, pues los tres viven en buena armonía… El Imbécil es quien ha estropeado mi negocio. Id, cogedlos y no paréis hasta que se saquen los ojos… ¿Lo lograréis?
—Claro que sí —contestaron a una.
—Y ¿cómo os las compondréis?
—Pues de este modo: empezaremos por arruinarles, para que no tengan nada que comer; luego les enfrentaremos y se pelearán.
—Está bien —dijo el diablo—. Veo que sabéis vuestra obligación. Id y no volváis hasta que se maten; pues de lo contrario os arrancaré la piel.
Los diablillos partieron a los pantanos[3] y allí deliberaron acerca de lo que debían hacer para salir airosos en su cometido. Discutieron largo rato, porque todos querían el trabajo más fácil. Al no entenderse, deciden hacerlo por suertes, y convinieron que, el que acabase más pronto, iría a prestar ayuda a sus compañeros. Echadas suertes, se fija el día en que se reunirán de nuevo para saber a quién será preciso ayudar.
El día fijado llegó y los diablillos se reunieron en el pantano y hablaron de sus negocios. El primero habló de Seman y dijo:
—Mi trabajo va por buen camino. Mañana Seman irá a casa de su padre.
Sus compañeros le preguntaron cómo se las había arreglado para alcanzar este resultado, a lo que contestó:
—Mi primer cuidado fue inspirar a Seman un valor tan grande, que prometió al Zar que le conquistaría el mundo entero. Entonces el Zar le nombró jefe de su ejército y le envió a pelear contra el zar de las Indias. Los ejércitos estaban ya a la vista. Por la noche, mojé la pólvora de los soldados de Seman; luego fui al campamento del zar indio y fabriqué soldados de paja. Las gentes de Seman, habiendo observado que de todos lados avanzaban soldados, cobraron miedo. Entonces Seman ordenó hacer fuego; pero ni los cañones ni los fusiles dispararon. Asustáronse los soldados de Seman y se dispersaron como corderos. Y el zar indio los pasó a cuchillo. Seman ha caído en desgracia; le han quitado el señorío, y quieren matarle mañana. Poco me queda ya que hacer; sacarle de la cárcel para que pueda irse a su casa. Mañana todo quedará listo. Decidme, pues, a cuál de vosotros dos he de ayudar.
El segundo diablillo habló de Tarass:
—Mi negocio marcha, también, viento en popa; no necesito ayuda. No pasarán ocho días sin que Tarass vea cambiada su posición… Lo primero que hice fue hincharle más el vientre, y aumentar aún su afán de lucro. Codiciaba tanto y tanto el bien ajeno que anhelaba adquirir todo cuanto veía. Ha comprado muchas cosas con su dinero, y sigue comprando; pero, ahora, con dinero prestado. Es demasiada carga para sus hombros y está tan metido, que no podrá salir del aprieto. Dentro de ocho días vencen los plazos; he trocado sus mercancías en estiércol; no podrá pagar, y tendrá que irse a casa de su padre.
Preguntaron al tercer diablillo, el cual habló así:
—¿Qué queréis que os diga? Mi asunto con Iván no marcha bien. Comencé por escupir dentro de su jarro de sidra para producirle dolor de tripas. Fui a su campo, endurecí la tierra como piedra para que no pudiese labrar. Pensaba que no podría hacerlo; pero él, el Imbécil, vino con su arado y roturó la tierra. Aunque le costaba mucho, él proseguía con afán. Entonces le rompí el arado; volvió a su casa, tomó otro, y de nuevo se puso a labrar. Me metí entonces bajo tierra, y quise sujetarle la reja; tampoco conseguí detenerle, porque empujaba con demasiado brío; además, con el filo del arado me ensangrenté las manos. Sólo le falta un surco por labrar. Venid, hermanos míos, necesito me ayudéis, pues, si no le dominamos, nuestros esfuerzos se perderán. Si el Imbécil sigue trabajando, no sentirán la miseria; él mantendrá a sus hermanos.
El diablillo de Seman prometió volver al día siguiente, después de lo cual se separaron.
III
Iván había arado todo el campo, menos un surco Tenía dolor de vientre y, sin embargo, necesitaba trabajar. Limpió el arado y empezó su labor. Pero apenas habla comenzado, se sintió detenido por una raíz: era el diablillo que se habla aferrado a la reja y le detenía.
—¡Que raro es esto! —pensaba Iván.
Metió la mano en el surco y buscando tocó una cosa blanda. La cogió y la sacó Era un objeto negro como una raíz: pero, encima de ella, algo se movía.
—¡Cómo! ¡Un diablillo vivo! ¡Vaya con el bicho malo!
Iván hizo ademán de aplastarle contra el suelo. El diablillo empezó a gemir:
—No me mates y haré cuanto quieras.
—¿Y qué harás por mí?
—Lo que gustes; pide lo que quieras.
Iván se rasco la cabeza y luego de pensar dijo:
—Me duele el vientre; ¿sabrías curarme?
—Sí, puedo curarte.
—Hazlo, pues, en seguida
El diablillo se agachó hacia el surco y, escarbando con las uñas sacó una raíz con tres tallos y se la dio a Iván.
—Toma —díjole—; basta que te tragues una de estas puntas para que tu dolor desaparezca.
Iván arrancó una punta y se la tragó. En el acto dejo de dolerle el vientre.
El diablejo volvió a suplicarle:
—Suéltame ahora —dijo—. Me escurriré bajo tierra y no volveré más por aquí.
—Sea —dijo Iván—. ¡Vete con Dios!
Y en cuanto Iván hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en lo más profundo de la tierra, como una piedra en el agua. Sólo dejo un agujero como rastro.
Iván guardó los otros dos tallos en su gorro, y volvió a labrar. Concluyó lo que le faltaba, dio vuelta al arado y regreso a su casa.
Desunció, entro en la isba[4] y vio a su hermano mayor, Seman el Guerrero, sentado a la mesa con su esposa para cenar. Le habían confiscado su hacienda y, a duras penas, había logrado escapar de la cárcel para refugiarse en casa de sus padres.
Seman dijo a Iván, al verle entrar:
—He venido para vivir en tu Casa. Manténme con mi mujer hasta que encuentre otro domicilio.
—Sea según tu voluntad —dijo Iván—. Vivid aquí, en paz.
Pero como Iván fuese a sentarse en un banco, su cuñada, molesta por el olor del Imbécil, dijo a su marido:
—No puedo comer con un mujik que apesta,
Seman el Guerrero se volvió hacía Iván.
—Mi esposa dice que hueles mal. Harás bien en ir a comer al establo.
—Como queráis —repuso—. Precisamente es ya de noche, y es hora de dar el pienso a la yegua.
El Imbécil cogió pan, se puso el caftan y se retiró para hacer la guardia de noche.
IV
El diablillo de Seman el Guerrero, listo de su labor, llegó, según lo convenido, en ayuda del diablillo de Iván para vencer entre los dos al Imbécil,
Fue al campo en busca de su camarada, pero sólo encontró el agujero por dónde había huido.
—Sin duda —pensó— le ha sucedido alguna desgracia a mi compañero. Es preciso sustituirlo. La tierra está labrada. Cogeré al Imbécil en la siega.
Y se fue al prado y cubriólo de barro. Al despuntar el día, Iván regresó de su guardia de noche, cogió la hoz y marchó a segar.
Al empezar el trabajo, no le cortó la hoz. Díjose entonces:
—Volveré a casa en busca de una piedra de afilar y cogeré pan.
—¿Es testarudo este imbécil! —dijo el diablo al oír estas palabras—. No le venceremos fácilmente.
Iván afiló la hoz y se puso a segar, concluyendo su trabajo. No quedaba nada más que un trocito de prado a la orilla de un pantano.
El diablillo se zambulló en el pantano, diciendo para sí:
«—Antes me dejo cortar las patas, que consentir que siegue este trozo.»
Aquí la hierba era corta; no obstante, Iván no podía manejar la hoz Se enfadó, y lanzóla con todas sus fuerzas, partiendo por la mitad la cola del diablillo, que permanecía oculto tras un arbusto. Concluido su trabajo, ordenó a su hermana que recogiera el heno, y se fue por su lado, provisto de una zapa a cortar el centeno.
El diablejo había enredado los tallos e Iván tuvo de volver a casa, dejar la zapa que de nada le servía, y tomar de nuevo la hoz para segar. Y cortó así todo el centeno.
—Es preciso ahora que me apresure para la avena—díjose.
El diablillo de la cola cortada le oyó, y pensó:
—No pude impedir que segara el centeno, pero veremos quién puede en la avena. No necesito más que aguardar hasta mañana.
Y llegó, al rayar el día, al campo de avena; mas ésta estaba ya cortada. Iván había trabajado toda la noche.
El diablillo se incomodó, exclamando:
—La ha cortado toda. Ni en la guerra me cansé tanto ni tuve tantos apuros. No duerme el maldito y no hay manera de adelantársele. Iré ahora al pajar y haré que se pudra.
En efecto, el irritado diablillo fue hacia las eras, metióse entre las gavillas y trató de pudrirlas. Las calentó y con el calor se quedó dormido.
Iván aparejó su yegua y, acompañado de su hermana, fue en busca de sus haces. Llegó al montón en que se había dormido el diablillo, levantó dos gavillas con la horca y la metió justo por el trasero del diablillo.
—¡Dale con este bicho! ¿Aun andas por aquí?
—Yo soy otro —gruñó—. El que tú dices era un compañero mío. Yo estaba en casa de tu hermano Seman.
—Quienquiera que seas, no me importa; tendrás el mismo fin.
—Déjame —suplicó —. ¡No volveré más y te complaceré en lo que gustes!
—Y ¿qué puedes hacer tú?
—Puedo hacer soldados con cualquier cosa.
—Y ¿para qué sirve eso?
—Para lo que gustes: un soldado sirve para todo.
—¿Sabrán cantar?
—Sí.
—Pues, a ver cómo los haces.
—Toma esta gavilla de centeno —explicó el diablillo—. Sacude las espigas contra el suelo y di: «Mi esclavo manda que dejes de ser gavilla, y que cada una de tus espigas se trueque en soldados»,
Iván hizo lo que el diablejo le indicara; la gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en otros tantos soldados, que desfilaron al son de los clarines y al redoblar de los tambores.
Iván se echó a reír y exclamó:
—¡Esto si que es divertido! ¡Será la alegría de las mozas!…
—Bueno —dijo el diablillo— pero, ahora, suéltame.
—No, quiero rehacer mi haz para no perder mis granos. Enséñame el medio de cambiarlos otra vez en gavillas.
El diablo repuso entonces:
—Di: «Tantos soldados, tantas espigas. Mi esclavo manda que os volváis de nuevo gavillas.»
Iván obedeció consiguiendo lo que apetecía.
El diablillo suplicó, nuevamente, le soltara. Iván lo dejó en el suelo, lo aguantó con una mano y con la otra le quitó la horca.
—¡Vete con Dios! —le dijo Iván; pero apenas hubo éste pronunciado tan dulce nombre, el diablillo se hundió en el suelo como una piedra en el agua, dejando un agujero como rastro de su paso.
Iván volvió a su casa; en ella encontró a su hermano Tarass con su mujer, que estaban cenando. Tarass el Panzudo no había podido cumplir con sus compromisos, y se refugiaba en casa de su padre.
Al ver a Iván, díjole:
—Oye, Iván: hasta que sea rico otra vez, manténme con mi mujer.
—Como quieras; vivid aquí a vuestro gusto.
El Imbécil se quitó el caftán y se sentó a la mesa.
—No puedo comer con el Imbécil —dijo la mujer del comerciante—; huele a sudor.
Tarase el Panzudo, volviéndose hacía su hermano, dijo:
—Iván, hueles mal. Vete a comer fuera.
—Como quieras —dijo Iván. Cogió pan y se fue al corral—. De todos modos he de salir para la guardia de noche, y el pienso del caballo.
V
El diablejo de Tarass, terminada su tarea, partió en auxilio de sus camaradas como estaba convenido. Llegó al campo del Imbécil, buscó y a nadie halló. Sólo encontró un agujero. Se fue al prado y tropezó con la cola de su segundo compañero y, en el campo de centeno, otro agujero,
Ah! —se dijo—. Les habrá ocurrido alguna desgracia. Debo substituirles para combatir a Iván.
Y el diablillo se fue en busca de Iván. Pero éstehabía concluido sus faenas en los campos y estaba cortando árboles en el bosque. Sus hermanos, encontrándose estrechos en la casa de Iván, le habían mandado que les construyese casa propia,
Y el diablillo corrió al bosque, se deslizó entre las ramas y se propuso estorbar a Iván en su trabajo.
Iván cortó el árbol de modo que cayera en un sitio adecuado y comenzó, luego, a empujarlo: pero el árbol se desvió, y se enredó con los árboles contiguos; Iván se dio muy mal rato antes de lograr derribarlo.
Atacó entonces otro árbol y se produjo el mismo hecho. Trabajó como un desesperado y, sólo a costa de grandes esfuerzos, logró abatirlo.
Todavía cortó otro y otro, mas siempre sucedíale lo mismo. Iván pensaba cortar unos cincuenta, y no había logrado cortar diez cuando sobrevino la noche. Estaba rendido, su cuerpo despedía un vaho como una niebla en el bosque, y seguía trabajando. Sintió tal fatiga que, no pudiendo ponerse en pie, tiró el hacha y se sentó para descansar.
El diablillo, al ver que Iván se sentaba, se alegró. Pensó:
—¡Bueno! Ahora abandonará el trabajo. También yo descansaré un rato.
Y se sentó a horcajadas sobre una rama, muy contento. Pero he aquí que Iván se levanta, empuña nuevamente el hacha, la blande y la tira con todas sus fuerzas contra un árbol, que cayó de un golpe, crujiendo
El diablillo no tuvo tiempo de retirarse, la rama se desgajó y le pilló una pata.
—Pero bicho feo, ¿otra vez por aquí?
—Es que yo —dijo— soy otro. Yo estaba en casa de tu hermano Tarass.
—Quienquiera que seas, tendrás tu merecido.
Iván, enarbolando el hacha, se disponía a dar con ella al diablillo.
—No me des con el hacha —suplicó—. Haré por ti cuanto quieras.
—¿Y qué puedes tú hacer?
—Tanto oro como desees.
—Pues ya lo estás fabricando —ordenó el Imbécil.
—Recoge estas hojas de roble —explicó el diablillo—, frótalas entre tus manos y verás caer el oro a raudales.
Iván tomó las hojas, las frotó y el oro cayó.
—Servirá para juguete de los niños
El diablejo pidió la libertad e Iván. Cogiendo la pértiga, le soltó diciendo: Vete con. Dios.
De igual modo que los otros, apenas el Imbécil hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en los abismos de la tierra, como la piedra en el fondo del agua, y no quedó de su paso más rastro que un agujero.
VI
Cuando los hermanos tuvieron casa, se instalaron cada cual en la suya. Iván, terminadas las labores del campo, fabricó cerveza, e invitó a Seman y a Tarass a una fiesta en su isba.
Sus hermanos rehusaron.
—¡Cómo si no supiéramos lo que es una fiesta de mujik!
Iván festejó a los mujiks vecinos, a las babas[5], y bebió él también; hasta llegó a alegrarse un poco, y salió a la calle a ver las khórovods[6]. Hizo más: se acercó a ellas e invitó a las muchachas a que cantaran en honor suyo.
—Quiero ofreceros —les dijo— una cosa que jamás habéis visto.
Las babás rieron como descosidas y las muchachas cantaron sus alabanzas.
Cuando hubieron acabado, le dijeron:
—Ahora te toca darnos lo prometido.
—En seguida os lo traigo.
Y cogiendo una criba se fue al bosque próximo. Las jóvenes reían y exclamaban:
—¡Que imbécil!
Y luego ya nadie se acordó de él. Pero al cabo de un rato le vieron volver corriendo, con la criba llena.
—Ea, ¿queréis?
—Si, sí —dijeron a coro.
Iván cogió un puñado de oro y lo tiró a las muchachas.
—¡Pero, padrecito…!
Y admiradas, se tiraron al suelo para recogerlo.
Los mujiks también acudieron, y se quitaban unos a otros las monedas de oro. Una pobre anciana corrió peligró de morir aplastada. Iván se reía.
—¡Oh, pequeños imbéciles! ¿Por qué hacéis daño a una babuchka[7]? ¡Tened más cuidado! Os daré cuanto queráis.
Y volvió a echarles puñados de oro. Tenía en torno suyo a una gran muchedumbre. Iván había vaciado la criba, y aun le pedían más. Entonces dijo:
—No; no hay más. Otro día volveré a daros. Y ahora, ¡bailemos y cantemos!
Las jóvenes empezaron a cantar.
—No son bonitas vuestras canciones —les dijo—, ¿no sabéis otras?
—¿Acaso las sabéis vos mejores? —le contestaron.
—Desde luego. Vais a oírlas.
Y, al decir esto, se fue a la era, cogió una gavilla, y, según se lo había enseñado el diablillo, sacudió las espigas sobre el suelo.
—¡Ea! —dijo—. «Mi esclavo manda que dejes de ser gavilla y que cada una de tus espigas se truequen en soldados».
La gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en soldados. Redoblaron los tambores y los clarines sonaron. Iván mandó a los soldados que cantasen y que desfilasen con él por las calles. Los espectadores quedaron asombrados. Cuando los soldados hubieron acabado de cantar, Iván se los llevó otra vez a la era, prohibiendo que nadie le acompañase, cambió otra vez en gavillas a los soldados. Fuese luego a su casa y se echó a dormir.
VII
A la mañana siguiente, su hermano mayor. Seman el Guerrero, se enteró de todo lo ocurrido y fue a ver a Iván.
—Dime —le preguntó—, ¿de dónde sacaste los soldados y dónde los escondiste?
—¿Para qué quieres saberlo?
—¡Cómo que para qué! —replicó—. ¡Pero si con soldados se puede conseguir todo! ¡Hasta conquistar todo un reino!
Iván se admiró.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes? Yo te daré los que quieras. Precisamente, entre mi hermana y yo hemos recogido muchos.
Iván se llevó a su hermano a la era, y le dijo:
—Fíjate bien: yo voy a hacerte soldados, pero tú te los llevarás, porque si hubiera que mantenerlos devorarían en un día todo lo que hay en la aldea.
Seman prometió llevarse los soldados, y entonces Iván puso manos a la obra. Sacude una gavilla, y hete aquí una compañía; sacude otra, y sale una nueva compañía. Los soldados ocupaban ya casi el campo.
—Bien, ¿tienes bastante o no?
Seman, muy regocijado, respondió:
—Sí, tengo bastantes. Gracias, Iván.
—Cuando precises más, ven; yo te daré todos los que necesites. Precisamente estamos sobrados de centeno.
Seman el Guerrero dio sus órdenes al ejército, lo formó y se fue a pelear.
Apenas hubo partido, llegó Tarass el Panzudo. Acababa de enterarse de lo que había ocurrido la víspera.
—Dime: ¿de dónde sacas el oro? Si yo obtuviese el dinero tan fácilmente como tú, podría reunir todo el que hay en el mundo.
Iván se sorprendió.
—¿Es de veras? ¿Por qué no lo dijiste antes? Voy a darte cuanto quieras.
El hermano no cable de gozo.
—Dame sólo tres cribas.
—Bien —le dijo—. Vamos al bosque; pero unce el caballo, si quieres traértelo todo.
Se fueron al bosque Iván restregó las hojas de roble entre sus manos y amontonó gran cantidad de oro.
—¿Te basta?
—Por ahora sí —dijo Tarass muy contento—. Gracias, Iván.
—Conforme. Si necesitas más, ven; no es hoja lo que falta.
Tarass cargó una carreta con el dinero y fuese a traficar.
De nuevo Seman peleaba, y Tarass comerciaba. Y Seman el Guerrero conquistó todo un reino. Y Tarass ganó muchísimo dinero.
Al encontrarse un día los dos hermanos, se dijeron mutuamente de dónde habían sacado, Seman los soldados, y Tarass su fortuna.
Y Seman el Guerrero dijo a su hermano:
—Yo me he conquistado un reino y vivo espléndidamente. Sólo que no tengo dinero bastante para mantener a mis soldados.
Y Tarass el Panzudo le contestó:
—Y .yo he ganado muchísimo dinero; sólo una cosa me apena: no tener quién me lo guarde.
Seman el Guerrero replicó:
—Vamos a ver a nuestro hermano, Yo le diré que me haga más soldados, y te los daré para que protejan tu dinero. Tú, en cambio, pídele más dinero; me lo darás para yo mantener a mis tropas.
Y se fueron a casa de Iván. Y Seman le dijo:
—No me bastan, hermano mío; mis soldados. Vengo a que me des más.
Iván movió, negativamente la cabeza y contestó:
—No te haré ni uno mas sin razón justificada.
—¡Cómo! ¡Me lo prometiste!
—Es verdad, pero es inútil.
—¿Y por qué, imbécil, no has de complacerme?
—Porque tus soldados —explicó Iván— mataron hace poco a un hombre. Estaba yo labrando cerca del camino y vi pasar a una babé que seguía llorando a un féretro. Le pregunté entonces:
«¿Quién ha muerto?»
Y ella me contestó:
«Mi marido, a quien los soldados de Seman mataron en la guerra».
Yo pensaba que los soldados iban a cantar solamente canciones y he aquí que han matado a un hombre cruelmente. No quiero darte más.
Y se obstinó Y no hizo más soldados.
Entonces Tarass el Panzudo suplicó a Iván el Imbécil que le diese más oro.
Iván movió la cabeza, negativamente.
—No te haré más sin razón justificada.
—¡Cómo! ¿No fue ésta tu promesa?
—Es cierto, pero es inútil. No te doy más oro.
—¿Y por qué, imbécil, no has de darme más?
—Porque con tu oro quitaron la vaca a Mikhailovna.
—¡Cómo que se la quitaron!
—¡Sí, se la quitaron! Mikhailovna tenía una vaca; sus hijos bebían leche. Pero he aquí que uno de estos días sus hijos vinieron a pedirme leche. Y como yo les preguntase dónde estaba la vaca, me contestaron:
«El administrador de Tarass el Panzudo ha venido, ha dado a nuestra madre tres piezas de oro y ella le entregó la vaca; ya no tenemos qué beber».
¿Yo que me imaginaba que ibas a divertirte con esos discos dorados y resulta que sirvieron para quita su vaca a los niños! No te daré más.
Y el imbécil se obstinó también esta vez y Tarass el Panzudo no tuvo más oro.
Contrariados se volvieron los hermanos, hablando en el camino del modo de salir de sus apuros. Y Seman dijo:
—Escucha, he aquí lo que haremos. Tú me darás dinero para mantener a mis soldados; en cambio yo te daré la mitad de mi reino con soldados para guardar tus tesoros.
Tarass accedió. Los hermanos se repartieron sus bienes como habían convenido y los dos fueron zares poderosos y ricos.
VIII
E Iván se quedó en casa para mantener a sus padres, y trabajaba en el campo con su hermana muda.
Y sucedió un día que el viejo perro que guardaba la casa cayó enfermo: se moría. Iván tuvo piedad de él, pidió pan a su hermana, lo guardó en su gorro y salió para echarlo al perro. Pero el gorro se le agujereó y, con el pan, cayó una raicilla. El perro se la comió. Y en cuanto hubo tragado la raíz, el animal se levantó deprisa y se puso a juguetear, ladrando y moviendo la cola en señal de contento: estaba completamente curado.
Los padres de Iván, al apercibirse de ello, se sorprendieron y maravillaron.
—¿Cómo se habrá curado el perro? —pensaban.
E Iván díjoles:
—Yo tenía dos raíces, que curan todos los males, y el perro se ha comido una.
En esto ocurrió que la hija del Zar se puso enferma, y el Zar hizo saber por ciudades y aldeas que recompensaría espléndidamente al que la curase, y que, si era soltero, se la daría por esposa.
Este edicto se publicó también en la aldea de Iván.
Entonces los padres de éste le llamaron y le dijeron:
—¿Te enteraste de lo que dice el Zar? Si aun te queda una raíz, vete a curar a la hija del Zar; serás feliz para el resto de tus días.
—¡Está bien! —dijo, y el imbécil se dispuso a partir.
Le vistieron decentemente. Salió al umbral de la puerta y vio a una mendiga, que se le acercaba, con el brazo roto.
—He oído decir que curas; cúrame el brazo, pues no puedo vestirme sola.
—¡Hágase según tus deseos! —exclamó el imbécil y sacando la raicilla la dio a la mendiga para que la comiera.
La mendiga así lo hizo y sanó, pudiendo mover el brazo.
Los padres de Iván salieron a despedirle. Pero al saber que había dado su última raíz, le riñeron viendo que no tenía con qué curar a la princesa.
—¡Una mendiga! —le decían—. ¡Te has compadecido de una mendiga! ¡Y de la princesa, no!
Pero Iván también de ésta se había compadecido. Enganchó su caballo, cargó de paja la carreta y subió al pescante.
—Pero ¿a dónde vas, imbécil?
—A curar a la Zarevna[8].
—¿Cómo, si no tienes remedio para ella?
—¿Y qué importa? —repuso y fustigó al caballo.
Llegó a la corte, y, apenas había pisado las escaleras del palacio del Zar, la Zarevna estaba curada.
El Zar se alegró luego llamó a Iván, ordenó que le vistieran suntuosamente, y díjole:
—Serás ahora mi yerno.
—¡Bien! —contestó.
E Iván fue el esposo de la Zarevna. El Zar murió al poco tiempo y sucedióle Iván el Imbécil.
Y de este modo los tres hermanos llegaron a reinar.
IX
Los tres hermanos vivían y reinaban.
El mayor, Seman el Guerrero, era dichoso. Había añadido muchos soldados a sus soldados de paja.
Mandó en todo su reino, que se le diera un soldado por cada diez casas, y que esos soldados fueran muy altos, de rostro afable, y fuerte complexión, Reclutó gran número y les adiestró convenientemente. Si alguien rehusaba obedecer, le mandaba sus soldados, y hacía cuanto quería. Y así se hizo temer de todo el mundo. Su vida transcurría feliz. Cuanto se le antojaba, todo lo que veía, era suyo. Le bastaba mandar soldados, que se apoderaban de cuanto quería.
Tarass el Panzudo vivía también dichoso. Había conservado el dinero que le diera Iván, y con él había ganado mucho más. Había ordenado los negocios de su reino; guardaba su oro en fuertes arcas, y aún exigía más a sus súbditos. Pedía tanto por aldea, tanto por habitante, tanto sobre los trajes, sobre lapti[9] y sobre los onutchi[10] y las más nimias cosas.
Cuanto deseaba tenía. A cambio de su dinero le traían de todo y todos acudían a su casa a trabajar, pues todo el mundo necesitaba dinero.
Iván el Imbécil tampoco vivía mal.
En cuanto hubieron enterrado a su suegro, se quitó las vestiduras de zar y las dio a su mujer para que las guardara en el arca. Se puso otra vez su camisa de cáñamo, sus anchos calzones, sus lapti, y volvió a trabajar.
—¡Me aburro! —dijo—. Mi barriga crece, y no tengo apetito ni sueño.
Y mandó venir a sus padres a su antigua isba con su hermana muda, y se puso a trabajar otra vez.
Y cuando le decía:
—¡Pero, si tú eres un Zar!
—¿Y eso qué importa? —contestaba— ¡También los Zares necesitan comer!
Su ministro fue a encontrarle:
—No tenemos dinero para pagar a los funcionarios.
—Pues si no hay —repuso Iván—, no les pagues.
—¡Es que se irán!
—¡Que se vayan! Así tendrán tiempo de trabajar. Que saquen el estiércol; demasiado tiempo lo han dejado amontonar sin aprovecharlo.
Fueron a pedir justicia a Iván. Uno se quejaba de que otro le había robado dinero. E Iván dijo:
—¡Será, sin duda, por necesidad!
Y de este modo supieron todos que Iván era un imbécil.
Y su mujer se lo dijo.
—Dicen de ti que eres un imbécil.
—¿Y qué?
Ella pensó, pensó; pero era tan imbécil como su marido, y, al fin, dijo:
—Yo no puedo oponerme a la voluntad de mi marido. Donde va la aguja, allá va el hilo.
Se quitó su vestido de Zarevna, lo guardó en el arca, y se fue á casa de su cuñada la muda, para que le enseñase a trabajar. Aprendió, y ayudó a su marido.
Y todas las personas sensatas abandonaron el reino de Iván. Sólo quedaron en él los imbéciles. Nadie tenía dinero, todos vivían del trabajo y así sé sostenían y mantenían entre sí.
X
El viejo diablo estaba aguarda que te aguarda noticias de sus diablillos, para saber cómo habían arruinado a los tres hermanos. Pero como tardaban mucho, se impacientó y fuese a averiguar lo que había ocurrido. Mucho anduvo buscando, mas sólo tres agujeros halló.
—¡Ea! —pensó—. No habrán sabido vencer; es preciso que yo mismo emprenda la tarea.
Y púsose a buscar los tres hermanos en sus antiguos domicilios; pero allí no estaban, y les encontró cada cual al frente de su reino. Eso molestó mucho al viejo diablo.
—Pues voy en persona a ocuparme de ese asuntó» —pensó.
Y comenzó por ir a casa de Seman el Zar. Tomó el aspecto de un voivoda[11] y se presentó ante él.
—He oído afirmar —le dijo— que tú, Seman el Zar, eres un gran guerrero. Y yo conozco perfectamente el arte de guerrear. Quiero servirte.
Seman el Zar le interrogó, reconociéndole apto, y lo tomó a su servicio.
Y el nuevo voivoda enseñó al Zar el arte de organizar un poderoso ejército.
—Lo esencial —le dijo— es tener muchos soldados; porque de seguro que tienes en tu reino demasiada gente inútil. Has de reclutar a todos los jóvenes indistintamente, y tendrás cinco veces más soldados que ahora Luego hacen falta fusiles y cañones de un nuevo modelo. Te inventaré fusiles que disparen cien balas a la vez, que lloverán como guisantes. ¡Y cañones! ¡Te haré que provoquen el incendio a lo lejos y arderán hombres, caballos y muros!
Seman el Zar escuchó al nuevo voivoda y mandó reclutar a todos los jóvenes; construyó nuevas fábricas de fusiles y cañones, y, poco después, declaró la guerra al Zar vecino.
En cuanto estuvo frente al enemigo, Seman mando a sus soldados que disparasen sobre aquél las balas de sus fusiles y las llamas de sus cañones. La primera descarga hirió y quemó a la mitad de las tropas enemigas.
El Zar vecino cobró miedo. Se sometió y entregó su reino a Seman, que se puso contentísimo.
—Ahora —dijo— voy a combatir con el Zar de las Indias.
Pero el Zar indio, que había oído hablar de Seman, imitó sus innovaciones e inventó algo mejor todavía. No sólo reclutó a todos los jóvenes, sino también a las muchachas solteras de su reino, y así pudo reunir a un ejército más numeroso que el de Seman. Y, además de tener los mismos fusiles e idénticos cañones, el Zar indio halló el medio de volar por el aire y lanzar, desde lo alto, bombas explosivas.
Fue, pues, Seman a pelear contra el Zar indio, creyendo derrotarle como al otro: Pero después de cortar mucho y mucho, la guadaña pierde su filo. El Zar indio no aguardó a que se le acercara el enemigo; mandó a sus babás que le salieran al encuentro, y echaran sobre el ejercito de Seman sus bombas explosivas. Y, en efecto, tal granizada de bombas cayó, que los soldados apelaron a la fuga, dejando a Seman solo. Y el Zar indio se apoderó del reino de Semana el Guerrero, mientras éste se iba donde le guiaban sus ojos.
El viejo diablo, habiendo concluido con Seman el Guerrero, se fue hacia la casa de Tarass el Zar.
Para este menester, tomó las especies de mercader, se estableció en el reino de Tarass y comenzó a traficar. Lo pagaba todo a buen precio, y todos acudían a su casa para ganar buen jornal. Y era tanto lo que se ganaba, que todos pudieron pagar los impuestos atrasados, y, desde entonces, los tributos se satisfacían con regularidad.
Todo esto alegró a Tarass el Zar.
—«Debo dar gracias a este mercader —pensaba—, porque ahora tendré más dinero, y viviré mejor.»
Y Tarass se dedicó a nuevas empresas: y se le ocurrió hacerse un nuevo palacio. Hizo saber al pueblo que podía traerle madera y piedra y trabajar en su casa. Fijaba buenos precios para todo. Creía que, a cambio de su dinero, todos acudirían como antes a trabajar para él. Y sucedió que toda la piedra y toda la madera era llevada a casa del mercader, para quien todos preferían trabajar.
Tarass subió los jornales, pero el mercader subíalos más todavía. Porque, si bien Tarass tenía mucho dinero, el mercader le ganaba y éste venció. Y no hubo manera de que Tarass se construyera su nuevo palacio.
A Tarass se le ocurrió la idea de hacer un jardín. Llegó el otoño, y el Zar hizo saber al pueblo que podían ir a trabajar a su casa. Nadie acudió. Todos estaban ocupados en casa del mercader, que abría un estanque.
Llegó el invierno. Tarass quiso hacerse un abrigo de marta cibelina. Mandólas comprar; pero su enviado regresó, diciendo:
—No hay marta cibelina. Todas las pieles las tiene el mercader, que las pagó muy bien de precio, para alfombrar sus habitaciones.
Tarass el Zar necesitó comprar caballos. Envió a buscarlos; pera los comisionados regresaron, diciendo:
—Todos los buenos caballos están en las cuadras del mercader. Los adquirió para acarrear las aguas que han de llenar su estanque.
Así quedaban sin realizar todos los proyectos de Tarass. Nadie quería hacer nada para él, mientras se hacía todo para el mercader. A Tarass sólo le llevaban el dinero para pagar los tributos.
Y el Zar tuvo tanto dinero, que no supo dónde meterlo; pero vivía muy mal. Había renunciado a todas sus empresas, conformado con un vivir llevadero. En todo se veía contrariado. Sus criados, cocineros y cocheros, le habían abandonado para irse con el mercader. De suerte que hasta el alimento le faltaba. Cuando mandaba al mercado a sus servidores, lo encontraba desprovisto: todo lo había comprado el mercader. A él solo le llevaban el dinero de las contribuciones.
Tarass el Zar se enojó y despidió al hombre, que así lo perjudicaba, de su reino. Pero el mercader se estableció en la misma frontera y continuó su negocio. Seguían llevándoselo todo a cambio de su dinero, y al Zar, nada. Para éste, todo iba de mal en peor y Tarass pasaba días enteros sin comer. Y empezó a correr el rumor de que el mercader se había jactado de que, el día menos pensado, compraría al mismo Zar. Este tuvo miedo y no supo ya qué hacer.
Entonces fue a encontrarle Seman el Guerrero.
—Préstame tu ayuda —profirió—; el Zar indio quitóme cuanto poseía.
—Pues yo —repuso Tarass—me paso los días sin comer.
XI
El viejo diablo, habiendo concluido con los dos hermanos, se fue a casa de Iván. Tomó el aspecto de un voivoda y persuadió a Iván de que organizara un ejército en su reino.
—No le estábien a un Zar —le dijo— vivir sin ejército. Déjame hacer; yo te reclutaré soldados de entre tus súbditos.
Iván le escuchó.
—Sea —dijo —. Hazlo. Y enséñales canciones bonitas. Me gusta mucho eso.
El viejo diablo recorrió todo el reino de Iván para reclutar voluntarios. Hizo saber que todos serían admitidos, y que a cada soldado se le daría un chtof[12] de vodka y un gorro colorado. Los imbéciles se echaron a reír.
—Tenemos toda la vodka que queremos, puesto que nos lo hacemos nosotros. En cuanto al gorro, nuestras mujeres los hacen de todos los colores, y hasta a rayas, si así los preferimos.
Y nadie se alistó:
Entonces el diablo volvió a ver a Iván y le dijo:
—Tus imbéciles no quieren alistarse voluntariamente. Es preciso obligarles por la fuerza.
—Sea como dices —le contestó—. Reclútalos por fuerza.
Y el diablo anunció al pueblo que todos los imbéciles debían alistarse como soldados, y que cuantos se resistieran serían condenados a muerte.
Los imbéciles se fueron a ver al voivoda:
—Nos dices —expusieron—, que si nos negamos a ser soldados, el Zar nos ejecutará. Pero no nos dices qué será de nosotros cuando seamos soldados. Parece que también se les mata.
—Si, también sucede esto.
Al oír los imbéciles esta respuesta, se obstinaron en su negativa.
—No seremos soldados —gritaban—. Preferimos morir en casa, puesto que también a los soldados matan.
—¡Qué imbéciles sois! ¡Qué imbéciles! —repetía el diablo— A los soldados se les puede matar, pero tienen probabilidades de poder escapar; mientras que, si no obedecéis, Iván, de seguro, os ejecutará.
Los imbéciles, después de reflexionar, fuéronse en busca de Iván y le dijeron:
—Un voivoda nos manda que nos hagamos soldados y nos dice: «Si os hacéis soldados, no es seguro que os maten; y si no queréis serlo, Iván os matará seguramente». ¿Es eso cierto?
Iván soltó la carcajada.
—Pero, ¿cómo me las compondré —les dijo— para mataros yo solo a todos? Si no fuera imbécil, os lo explicaría; pero ni yo mismo acierto a entenderlo.
—Entonces. ¿No vamos?
—¡Como queráis! —les dijo— No os alistéis.
Los Imbéciles volvieron a casa del voivoda, y le manifestaron su propósito firme de no ser soldados.
Viendo el diablo que su negocio tomaba mal cariz, se fue a casa del Zar Tarakanski, cuya confianza se había ganado.
—Vamos a combatir —le dijo— a Iván el Zar. Es verdad que no tienedinero; pero, en cambio, posee abundancia de trigo, ganado y otros bienes.
Tarakanski reunió muchos soldados, que armó con fusiles y proveyó de cañones, marchando a la frontera para invadir el reino de Iván.
Iván tuvo de ello noticia. Le habían dicho:
—Tarakanski viene a pelear contra ti.
—¡Que venga!
Y Tarakanski pasó la frontera, enviando a su vanguardia en busca del ejército de Iván. Busca que te busca, esperaban que al fin surgiera algún ejército porel horizonte; pero ni siquiera oyeron hablar de soldados. Era, pues, imposible combatir.
Tarakanski mandó ocupar los pueblos. Los imbéciles de ambos sexos salían de sus casas, miraban los soldados, y se extrañaban. Los soldados les robaron el trigo y el ganado; pero los imbéciles lo daban todo sin defenderse.
Los soldados ocuparon otro pueblo y acaeció otro tanto. Así marcharon un día y otro día y por todas partes sucedía lo mismo; se lo daban todo, nadie se defendía, y hasta los mismos del pueblo les invitaban a quedarse con ellos.
—Si, queridos amigos —les decían—; si vivís mal en vuestro país, estableceos aquí para siempre.
Los soldados anduvieron más aún, sin encontrar ejercito ninguno. Por todas partes hallaban gentes que vivían a la buena de Dios: se alimentaban de su trabajo y no se defendían.
Los soldados acabaron por aburrirse, regresando a casa del Zar Tarakanski para decirle:
—No hay medio de batirse. Llévanos a otra parte para guerrear, porque aquí no hay guerra posible. Tanto valdría cortar manteca.
Tarakanski se enfadó. Dio orden a sus soldados de recorrer todo el reino, asolando aldeas, incendiando casas, quemando los trigales y matando todo el ganado.
—Y si no me obedecéis — rugió—, os haré matar a vosotros.
Los soldados, presos de pánico, cumplieron la despótica orden, y quemaron casas, incendiaron trigales, exterminando los rebaños.
Ni aun así se defendieron los imbéciles, que no hacían otra cosa que llorar: lloraban los ancianos y los niños también.
—¿Por qué —decían —perjudicarnos? ¿Para qué destruir tantos bienes? ¡Si os hacen falta, tomadlos; pero no los malogréis!
Pronto se cansaron también los solados, negándose a seguir más adelante, y todo el ejército se retiró.
XII
Viendo el diablo que no había manera de acabar con Iván por medio de los soldados, se fue, para volver al punto bajo la forma de un caballero bien vestido, y, estableciéndose en el reino de Iván, decidió combatirle como a Tarass el Panzudo, por medio del dinero.
—Yo —les dijo— quiero haceros bien y enseñaros cosas excelentes Por lo pronto voy a hacerme mi casa entre vosotros.
—Si es de tu agrado —se le respondió—, quédate.
Al día siguiente, el elegante caballero salió a la plaza pública con un talego de oro y una hoja de papel. Ante el pueblo dijo:
—Vivís como cerdos; quiero enseñaros cómo hay que vivir. Me construiréis una casa según este plano. Vosotros trabajaréis, yo os dirigiré, y os pagaré con monedas de oro.
Y les enseñó el talego de oro.
Los imbéciles se extrañaron: nunca habían visto dinero; sólo cambiaban entre si los productos de su trabajo. Admiraron el oro.
—¡Qué bonito y cómo brilla! —se dijeron.
Y cambiaron con el caballero su trabajo por las monedas de oro. Como en el reino de Tarass el diablo, vestido de señor, repartió el oro a puñados, y en cambio, obtuvo toda clase dé trabajos y de productos. El se alegró y pensó:
—«Mis asuntos van por buen camino. Arruinare ahora al imbécil como arruiné a Tarass, y llegaré a comprar a él mismo.»
Pero cuando los imbéciles hubieron reunido suficientes piezas de oro, se las dieron a sus mujeres para que se hicieran collares. Todas las muchachas adornaron con ellas sus trenzas, y los niños se divertían con monedas en la calle. Y como tenían muchas, los imbéciles no quisieron ya más.
Y, sin embargo la casa del diablo seguía sin terminar, y tampoco había hecho aún su provisión de trigo y de ganado.
Anunció, pues, que podían ir a trabajar a su casa y llevarle trigo y ganado. Que él, a cambio, les daría muchas monedas de oro.
Inútilmente insistía e invitaba al trabajo. Sólo de vez en cuando, algún muchacho o alguna chiquilla iba a cambiar un huevo por una moneda de oro. Y el caballero no tuvo qué comer.
Acosado por el hambre, se fue a la aldea en busca de alimento. Entró en un corral y ofreció su dinero por una gallina, pero la dueña rehusó la moneda.
—Tengo muchas monedas como ésta —dijo.
Se fue a casa de otra mujer; esta no tenía hijos. Quiso comprarle un arenque por una pieza de oro.
—No la necesito —le contestó la buena mujer—, porque no tengo hijos para que jueguen con ella. Tengo tres, que guardo por curiosidad.
Fue entonces a casa de un mujik para comprar pan, y también el mujik rehusó el dinero.
—No hace falta —dijo— ¿Quieres algo, quizá, por amor de Dios? Aguarda y le diré a mi esposa que te dé un trozo…
El diablo escupió y salió de allí más que aprisa, antes que el mujik terminase su ofrecimiento caritativo. Para el diablo, oír que le ofrecían algo en nombre de Cristo, era lo peor de lo peor.
Por esta razón no encontró pan, pues por donde quiera que iba, se negaban a darle nada por su dinero y todos le decían:
—Ofrécenos otra cosa, o trabaja. Pídelo, en todo caso, por amor de Dios.
Y él diablo no podía ofrecer nada más que dinero. Trabajar no quería y aceptar la caridad por amor de Cristo, le era imposible.
Y se enfadó el diablo.
—¿Para qué necesitáis otra cosa —les dijo—, si os ofrezco oro? Con el oro compraréis cuanto queráis, y haréis trabajar al que se os antoje.
Los imbéciles no le escucharon.
—No —dijeron—, no hace falta. No tenemos deudas y tampoco impuestos. ¿Para qué, pues, nos hace falta el dinero?
Y el diablo hubo de acostarse sin cenar.
Iván se enteró de lo que ocurría, pues habían acudido a preguntarle:
—¿Qué hemos de hacer? Ha venido a nuestras casas un señor bien puesto, que gusta de comer bien, de beber mejor, y que se viste con las mejores ropas. No quiere trabajar, ni pedir por amor de Dios. El sólo ofrece piezas de oro a todo el mundo. Antes de que tuviéramos bastantes de estas monedas, se le daba de todo; ahora no se le da ya nada. ¿Qué hemos de hacer para que no se muera de hambre?, porque sería una pena que esta acaeciera.
Iván les escuchaba.
—Hemos de darle de comer. Que vaya de casa en casa y sea atendido.
Y el viejo diablo llamó de puerta en puerta y llegó un día a casa de Iván el Imbécil, y pidió de comer a la muda, que estaba preparando comida para su hermano. Antes de ahora, su buena fe había sido sorprendida por gente haragana y perezosa, que acudía mendigando por no trabajar; los mendigos la habían dejado, más de una vez, sin gachas, No daba ahora al perezoso; los conocía en las manos: a los que tenían callos, les sentaba a su mesa, y para los otros, los holgazanes, sólo había lo que los primeros dejaban.
El viejo diablo se acercó a la mesa; pero la muda le cogió la mano y se la examinó. No tenía callos, al contrario, sus manos eran blancas y bien cuidadas; sus uñas largas y agudas. Se puso a chillar, y echó al diablo de la mesa.
La mujer de Iván, dijo al huésped:
—No te enfades, apuesto caballero; mi cuñada impide que se sienten a la mesa los que no tienen las manos callosas. Aguarda un poco; cuando todos hayan comido, ella te dará las sobras.
El diablo se sintió humillado: «¡Comer él, en casa del Zar, con los cerdos!».
Y acudió a Iván:
—Esta ley de tu reino es absurda. Vosotros sois imbéciles, y creéis que sólo se puede trabajar con las manos. Sois unos necios, pensando así. ¿Con qué te figuras que trabajan las: personas inteligentes?
E Iván le preguntó:
—¿Cómo hemos de saberlo, si somos tontos? Nosotros sólo con las manos sabemos trabajar.
—Desde luego… Pero yo —replicó el diablo—, voy a enseñaros a trabajar con la cabeza: veréis entonces cuál sistema es mejor.
Iván se extrañó, y dijo:
—¿De veras? ¡Ah, cuánta razón tienen en llamarnos imbéciles!
Y el diablo explicó:
—No creas que es fácil: trabajar con la cabeza cuesta mucho más. No me dais de comer porque no tengo callosas las manos, ignorando que es cien veces más difícil lo que yo hago. La cabeza se calienta tanto con el trabajo que a veces estalla.
Iván se quedó pensativo.
—¿Por qué, en este caso, amigo mío, te das tanta molestia? No es bueno que la cabeza estalle; te valdría mucho más trabajar como nosotros, con las manos.
Y, el diablo replico:
—Si me tomo tanta molestia, es precisamente porque tengo piedad de vosotros, imbéciles. Sin mí, toda la vida seríais idiotas. Pero yo, que trabajo con la cabeza quiero que aprendáis de mí.
Iván se extrañó; pero, intrigado, dio ánimos:
—Sí, sí; enséñanos. A veces, uno acababa por cansarse las manos; entonces, para descansar, podremos trabajar con la cabeza.
Y el diablo prometió enseñarles.
E Iván hizo saber por todo el reino, que había llegado un caballero distinguido que enseñaría a todos a trabajar con la cabeza; que se adelantaba más trabajo con la cabeza que con las manos, y que todos debían acudir a aprender.
Había en el reino de Iván una torre muy alta, con una escalera muy empinada a lo largo de las paredes, que conducía a la cúspide, coronada por una plataforma. E Iván hizo subir hasta lo alto al caballero para que todos pudieran verle y aprender.
Desde la plataforma, el caballero empezó a hablar. Los imbéciles le miraban; creían que aquel caballero iba á enseñarles, verdaderamente, como se trabajaba sin manos, sólo con la cabeza; mientras que el viejo diablo sólo enseñaba con discursos cómo se puede vivir sin trabajar.
Los imbéciles no le entendieron. Cansados de mirar constantemente, se fueron cada cual a su trabajo. Pero el viejo diablo seguía en lo alto de la torre un día y otro día, siempre hablando. Y llego a tener hambre. A los imbéciles no se les ocurrió darle comida. Pensaban que, sabiendo trabajar mejor con la cabeza que con las manos, se haría pan con suma facilidad.
Y el diablo pasó aún otro día, en lo alto de la torre, y no paraba de charlar. Y la gente se acercaba, miraba pensativa, y, luego, se volvía.
Iván preguntaba:
—Pues que, ¿ha empezado ya ese caballero a trabajar con la cabeza?
—Aún no —le contestaban sus súbditos—. Todavía está charlando.
El viejo diablo pasó otro día más en la torre; y se debilitaba. Una vez vaciló sobre sus piernas y dio de cabeza contra una columna. Una de los imbéciles, que lo vio, se lo dijo a la mujer de Iván. Esta corrió a buscar a su marido, que estaba en el campo.
—Corre a ver el caballero; parece que empieza a trabajar con, la cabeza. Iván se extrañó.
—¿De veras? —preguntó. Y se acerco.
El viejo diablo, completamente agotadas sus fuerzas, se tambaleaba y dábase de cabeza contra la columna. En cuanto llegó Iván, el diablo vaciló más todavía; cayóse, rodando por las escaleras y golpeando con la frente todos los peldaños.
—¡Oh, oh! —dijo Iván—. Era, pues, verdad lo que decía ese caballero tan elegante: Es posible que estalle la cabeza; las callosidades no son tan dolorosas. Con esta clase de trabajo, se expone uno a que le salgan chichones.
Y el viejo diablo cayó,y su dura cabeza hundióse en el suelo.
Iván se le acercó para ver si había trabajado mucho; pero de repente la tierra se había entreabierto para tragarse al espíritu del mal. No quedando esta vez ni el agujero.
Iván se rasco la cabeza.
—¡Cuidado —dijo— con el animalejo! ¡Otra vez por aquí! Este era, sin duda, el padre de aquéllos. ¡Uf, qué asqueroso es!
XIII
Iván vive todavía. Todos acuden a su reino. Sus hermanos viven con él, y él los mantiene. A cuantos llegan y dicen:
—¡Aliméntanos!
—Sea —les responde—. Vivid en paz. Tenemos de todo. Pero en este reino existe una ley: es una costumbre muy nuble y singular. Al que tiene callosas las manos, le decimos: «Siéntate a la mesa con nosotros.» Pero si las tiene blancas y finas, a ése, sólo las sobras le damos.
 FIN

Grandes Poemas 1 Virgilio

Paisajes de playas (49)

bucolica4

Virgilio, el más grande poeta de Roma, vaticinó la venida de Cristo dos décadas antes de su nacimiento. Así lo consideró la Cristiandad entera, que tuvo al poeta como anunciador del cristianismo. Dante escogió por esto a Virgilio como protagonista de su «Divina Comedia». Naturalmente los hombres modernos, dicen que se refería a un emperador romano.

 Virgilio, Égloga IV.

«Han llegado los tiempos últimos de que habla la Sibila:

Va a comenzar de nuevo el curso inmenso de los siglos.

De lo más alto de los cielos nos va a ser enviado un reparador.

Alégrate, casta Lucina, por el nacimiento de este niño,

que hará cesar la Edad de Hierro, reinante hasta ahora,

y extenderá la Edad de Oro por todo el universo…

El que debe obrar estas maravillas será engendrado en el mismo seno de Dios;

se distinguirá entre los seres celestiales;

aparecerá superior a todos ellos y regirá con las virtudes de su padre al mundo pacificado…

Ven, pues, querida descendencia de los cielos,

ilustre vástago de Júpiter, porque se acercan ya los tiempos vaticinados.

Ven a recibir los grandes honores que te son debidos.

Mira tu venida al globo del mundo vacilante bajo el peso de su bóveda;

la tierra, los vastos mares, el alto cielo…

todo se agita y alegra por el siglo que ha de venir».

Egloga IV MUSAS SICELIDES, (otra traducción)

cantemos ya cosas mayores!,
pues no a todos agradan las plantas y sus flores.  

Si cantamos los bosques, que sean dignos de un cónsul.
Se cumplen ya los vaticinios de la Sibila de Cumas
y comienza ahora un largo renacer de siglos:
Vuelve la Virgen y el nuevo imperio de Saturno
y el alto cielo nos brinda una nueva descendencia.

Tú, casta Lucina, acoge y socorre al niño recién
nacido, que vencerá la edad de hierro
y hará nacer la nueva generación gloriosa.

Apolo reina ya y contigo, cónsul Polión,  
comienza el esplendor de los meses grandiosos.

Siendo tú general, nuestro mal desaparecerá
y la tierra se verá ahora libre de eterno temor.  

El recibe la vida de los dioses y con ellos verá
muchos héroes y será tenido como uno de ellos
y gobernará con su poder excelso el orbe aplacado.  

Y para ti, niño, la tierra sin ser cultivada,
te dará ágiles yedras con nardos y flores de acanto.