El arte de vivir (en tiempos difíciles) Epicteto 3

XI No digas nunca acerca de nada «lo he perdido», sino «lo he devuelto». ¿Ha muerto tu hijo? Ha sido devuelto. ¿Ha muerto tu mujer? Ha sido devuelta. ¿Han saqueado tu tierra? Desde luego que también eso ha sido devuelto. «¡Pero el que me los ha arrebatado es un malvado!» ¿Y a ti qué te importa por medio de quién te lo ha reclamado quien te lo dio? Durante el tiempo que te son dados, trata tus bienes como si fueran ajenos, como el viajero al albergue.

XII Si quieres progresar, rechaza razonamientos como estos: «si descuido mis negocios, no tendré de qué mantenerme», o «si no castigo a mi esclavo, se pervertirá». Pues es preferible morir de hambre habiendo vivido sin pena y sin miedo a vivir con holgura pero en la inquietud. Y también es preferible que tu esclavo sea un mal esclavo a que tú te conviertas en un hombre de mal genio. Empieza, por tanto, por cosas pequeñas. Si el aceite se te derrama, si te roban un poco de vino, di para ti mismo: «A este precio se adquiere la impasibilidad , a este, la imperturbabilidad . Nada se obtiene gratuitamente». Y cuando llames a tu esclavo, piensa que quizás no te haya oído, o si te ha oído, quizá no vaya a hacer lo que quieres; pero que en cualquier caso su situación no es tan buena como para que dependa de él tu tranquilidad.

XIII Si quieres progresar, soporta que los demás crean que eres un necio y un insensato en lo que concierne a las cosas exteriores, y no pretendas ser tomado por experto. Y si a algunos les pareces alguien, desconfía de ti mismo. Estate seguro de que no es fácil mantener tu elección en armonía con la naturaleza y al tiempo ocuparse de las cosas exteriores, sino que quien atiende unas cosas por necesidad descuida las otras.

XIV Si quieres que tus hijos, y que tu mujer y tus amigos, vivan para siempre, eres un insensato; pues quieres que dependa de ti lo que no depende de ti, y que lo ajeno a ti sea lo propio de ti. De la misma forma, si quieres que tu esclavo no se equivoque, eres un loco, pues quieres que la falta no sea falta, sino otra cosa . Sin embargo si quieres, al tener un deseo, no fracasar, de esto sí que eres capaz. Ejercítate, entonces, en esto de lo que sí eres capaz. El dueño de cada uno es aquel que, sobre las cosas que este quiere o no quiere, tiene el poder de dárselas o arrebatárselas. Por tanto, todo aquel que pretenda ser libre, que ni quiera ni evite ninguna cosa que dependa de los demás; pues si no, por necesidad será esclavo.

XV Recuerda que debes comportarte como en un banquete. ¿Algo de lo que circula llega hasta ti? Alarga la mano y sírvete con mesura. ¿Pasa de largo? No lo retengas. ¿Tarda en llegar? No proyectes hacia ello tu deseo, sino que espera hasta que llegue junto a ti. Y así también respecto a los hijos, así respecto a la mujer, así respecto a los cargos, así respecto a la riqueza. Y así un día serás un compañero de mesa digno de los dioses. Y si ni siquiera tomas lo que te ofrecen, sino que lo desdeñas, no solo compartirás la mesa con los dioses, sino también su gobierno . Pues por actuar de este modo es por lo que Diógenes y Heráclito y otros como ellos merecidamente fueron y se les llamó «divinos».

Gomez de la Serna- Senos 5

EL ÍDOLO DE MUCHOS SENOS
El ídolo de los muchos senos representa la más alta
categoría de las diosas negras. Ellos se han hartado de
representar los senos de todos modos, grandes, largos y
sostenidos en alto, roñosos y caídos a lo largo hasta más
abajo del ombligo; pero por eso, tal vez los únicos senos
sorprendentes para ellos son los senos sobrenaturales.
El ídolo, la diosa de los muchos senos, tiene el poder de
engatusar a los dioses, de hacer que la busquen y la deseen.
Consigue lo que quiere. Su poder es el más firme poder
para los dioses.
Da de mamar a todos los vientos con sus senos numerosos,
y tiene la fuerza y el poder de una hembra monumental.
Las mujeres la miran admiradas, envidiando su
poder inasequible, sus numerosos senos largos, vivos, tiesos,
con actitudes de brazos autoritarios que abrazan a
los dioses y les hacen runrunear alrededor.
Ante la diosa de los muchos senos las manos humanas
no sabrían a qué seno abrazar y apretarían a todos en haz,
ahogando al que cogiesen en el centro, como ese niño
al que apretujan en las aperturas de los teatros o de las
procesiones.
La diosa de los muchos senos es la que lo consigue todo,
y por eso se prosternan sus fieles ante ella, que guarda tan
gran riqueza de poder en las muchas huchas de sus senos.
LA VERGÜENZA
El que va al lado de la mujer de los senos más grandes,
de los senos más caídos y caudalosos, encerrados
en su blusa como en un casco, va lleno de vergüenza.
Los senos enormes de esa mujer que sólo lleva sus senos,
son los senos que dan vergüenza, pero al lado de
los que hay que ir, porque si no no se conseguirían. Hay
que pasar por el árido noviazgo de sus senos, llenos de
una exhibición deslumbradora, para la que no hay disculpa,
pues nada en ella demuestra tener interés a no ser
sus senos comprometedores.
Es larga la caminata, el calvario bochornoso que hay
que emprender a su lado por las calles, en que todo mira
sus senos, las ventanas, los balcones, los grandes ojos
de los escaparates, y hasta las altas chimeneas que se inclinan
un poco sobre la calle, para verlos mejor. El que
va con ella no se atreve a mirar a los demás; va lleno
de una vergüenza frenética, anda patizambo; pero tienen
que pasar bajo la luz del día con esa vergüenza abrumadora,
para obtener esos senos en la noche para obtenerlos
alguna vez.
¡Suplicio amargo y lento por el que habría para matarla
si después de ese éxito no le diese sus senos!
No olvidarán esos hombres avergonzados esa temporada
de martirio en que pasaron ambiciosos, llenos de
lamparones de vicio, con los zapatos torcidos de rubor
y con la cabeza baja sobre los senos vergonzantes, por
las calles, cuyos transeúntes parece también que les reconocerán
siempre, señalándoles y diciendo:
—Ese fue el que pasó junto a aquellos senos que iban
en aquel corpiño y en aquel corsé como van en los serones
de las burras los cántaros de agua.
LOS SENOS QUE NO VERÁ NADIE
Esos senos que no vio ni verá nadie, son lívidos y malditos.
Se van llenando de veneno, de un veneno que contamina
el alma de la mujer que los lleva, que la volverá
cauta, desabrida, infame.
La mujer de los senos que no vio ni verá nadie nunca,
se quita la camisa de espaldas a los espejos, y como de
espaldas a sus senos, y tapa el ojo de la cerradura. Sus
senos, que eran para que tuviese la conmiseración, la condescendencia
y el desprendimiento en que consiste la vida,
la han llenado de un egoísmo denso, cerrado, empaquetado,
un egoísmo de lata de conserva.
Debía de haber descerrajadores de los senos que guardan
demasiado los petos de esas mujeres zainas, de una
reconcor concentrado y de una oposición sistemática.
Esas mujeres, que no pagaron a la vida la contribución
de los senos, sufrirán en el infierno —otro infierno
que el que sueñan— la prensazón de sus senos, para desinfectar
la materia gangrenada y pestilente, porque con
sus senos han cometido un terrible infanticidio sin disculpa,
y el cadáver ha estado corrompido y guardado en
ellos toda su vida. Sufrirán ese trato, porque se indignará
lo creado, porque ya no podrán volver a su dulzura
y a su hora de valer de tersura, de redondez, y habrán
sido abombados inútilmente.
¡Oh, matar lo que en ellas era superior a ellas, lo que era
como el fruto menos vano, aunque vano, de su alma vana!
LOS SENOS DE LAS ESTATUAS
No convencen los senos de las estatuas. Son su mayor
fracaso, aunque los mármoles sean carnosos, ricos y
transparentes.
No, no son nada esos senos, puesto que no evocarían
nada si los otros senos desapareciesen.
Los senos de las estatuas de los jardines se enfrían,
se congelan. Los de las estatuas de los museos también,
porque como se prohíbe tocar a los objetos, nadie los toca.
Vistas las estatuas desnudas del Museo de Nápoles, que
son las que los tienen más tersos y más puros, porque
son las hijas más directas de la realidad, y vistas las de
los Museos de Roma y la de los Museos de Londres —que
ha comprado los mejores senos en los países remotos—
resultan, todos igual, tan vanos y tan tópicos, de tal modo,
que tienen más vida los que se sospechan en el cementerio.
Los senos de las estatuas son demasiado duros, no se
vencen sobre sí mismos, sostenidos por la fuerza de la
materia impasible, no se deforman, y los de mármol son
cada vez más de piedra, y los de piedra cada vez más
fósiles.
Entre esos senos de los Museos los hay muy anchos,
de una circunferencia perfecta, pero resultan la geometría
o la trigometría de los senos.
Los de las estatuas de los jardines son más verdaderos,
porque con los senos así andaban las mujeres por
los jardines, cosa que no sucedió nunca por los Museos,
porque ni son antiguos serrallos convertidos en Museo.
Los de los jardines nos duelen porque son una crueldad
los días de invierno. Los días de invierno, esas manos
que en las estatuas desnudas se tapan, no se tapan
por castidad sino por el frío. El culillo de las estatuas,
los dos senos el traserillo, están muy fríos, están enjutos
y prietos de frío, pero más fríos están, ¡carámbano!, sus
delicadísimos senos. Así en los jardines, nuestra ideal mujer
interior sufre el frío al ver esas estatuas frías que llegan
a no sentirse, a sentirse menos —ellas que no se sienten
nada— por el frío que tienen, sobre todo los días de
nieve, que quedan convertidas en esculturas hechas con
nieve.
En la primavera, sin embargo, las desnudas estatuas
vuelven en sí. Salen de esta catalepsia terrible en que las
mete el frío, y en las mañanas primaverales el jardinero
que riega la verdura goza dirigiendo de lleno el chorro
de su manga sobre las estatuas desnudas, propinándolas
una ducha mañanera que las despierta y las atempera para
todo el día, dando al mismo tiempo a sus senos el vigor
que aconseja la higiene.
LOS SENOS MÁS PERFECTOS
QUE HAN EXISTIDO
La mujer de los senos más estupendos era fea y repulsiva
de rostro.
Los senos más admirables se sospecha que han pasado
desapercibidos, inadvertidos, cubiertos por la ropa vulgar,
por la estameña ingrata de la mujer fea.
Esa mujer, que fue la de los senos más preciosos, no
fue requerida por nadie y tuvo la decencia suficiente para
no llamar a nadie.
Era chata, y sus ojos eran pequeños y sumidos bajo
unas cejas profundas y cruzadas.
Sus senos reunían toda la belleza deseable, y estaban
concebidos según los cálculos más finos de la arquitectura,
la composición y el equilibrio de los senos leales.
Fueron el modelo, pero nadie lo sospechó, ni ella misma,
ciega por la fealdad de su rostro, y así los senos más
perfectos de la creación han desaparecido insospechados
y estériles.
AQUÉLLA A QUIEN HABÍAN
ROBADO LOS SENOS
Aquélla era la prostituta, que llena de lucidez vio que
la habían robado los senos, que se los habían estrujado
tanto, que no quedaba nada de su esencia, que se los habían
robado de tal modo, que habían perdido su jugo y
su sentido. No los tenía, aunque los tenía. Los ladrones,
los primeros ladrones, se los habían robado, y la prueba
era que no podría dar a un hombre, al hombre que
la elevase, al hombre que quisiese de verdad, los senos
que interesan, los senos enteros, los senos que merecería.
Por eso sonreía con sarcasmo cuando los nuevos advenedizos
creían que los tenía y se arrebataban jugando con
ellos.
«¡Qué engañados estáis!», pensaba ella, sintiendo cómo
jugaban con el vacío, con lo que ya no estaba, satisfecha
de su venganza, satisfecha de robar a los nuevos
ladrones.
La reina tenía unos hermosos senos, más ricos que las
deslumbradoras joyas de la corona, que las dos coronas,
que valían diez millones de grandes monedas de oro, unos
senos cuyo blanco resaltaba junto al armiño real. Los enseñaba
casi enteros, regiamente descotada, porque sabía
que gozaban de la mayor impunidad.
Un día, sin embargo, un pobre hombre, uno de sus palafreneros,
de los guardadamas que iban de pie detrás
de ella, en el estribo trasero del coche servido a la Federica
, y que los iba viendo en toda su voladura, distinguiendo
perfectamente su intervalo, perdió la chaveta y
la abrazó por detrás, abarcando un momento con frenesí
el busto real, sólo un momento porque en seguida fue
sujetado y maniatado el audaz palafrenero.
Después se le juzgó sumariamente, se le sentenció a
la última pena, y como se le preguntase, como a todos
los reos en capilla, qué era lo que deseaba, pidió los senos
de la reina. Así murió, como un relapso, el que tocó
los senos intangibles de la reina.
LA ASESINADA POR EL ESCULTOR
El escultor, loco ante aquellos senos, sintió lo inúltimente
que trabajarían sus manos desde aquel instante,
buscando lo que estaba resuelto en ellos de un modo imposible.
Sólo tropezaría con senos de bazar o con estúpidos
senos como exvotos.
Entonces se decidió a vaciar aquellos senos, haciendo
un molde de ellos.
Se iba a celebrar el misterio de la reproducción, ese
robo prohibido por el arte y la naturaleza. El estudio tenía
el destartalamiento de los estudios baratos de escultor
junto a las cocheras y con algo de cocheras de las
que a veces trasladan a los estudios de escultor las arañas
y las telarañas. Había sobre los muebles el polvo blanco
del enyesamiento y colgaban de las paredes los pedazos
de vaciado que dan dentera espiritual porque la naturaleza
no hizo nunca nada tan lívido y tuerto.
La pena de la vida y la desesperanza, en ningún sitio
se sentía como en aquel estudio de escultor ramplón, lleno
de rincones con escombros y en el que había detrás de
un biombo y entre escombros la camisa ensangrentada
que no se atrevía a dar a la lavandera, la camisa que es
como prueba y documento del crimen irrealizado.
Ella desnudó sus senos como quien va a sufrir una operación
y le miró sonriente, como quien va a ser enterrada.
Vio cómo cubrió sus senos con la masa húmeda, espesa
y fría, que él reforzó haciendo crecer sobre los senos
un pequeño monte blanco, desigual, tosco, que
aumentó sus senos de un modo provocativo.
El esperó a que se endureciese bien aquello, y mientras
la preguntó, como quien engaña al que opera:
—¿Te duele?
Ella respondió:
—No, los siento apretados, ahogados, pero con cierta
dulzura.
—Sólo un momento más y ya está hecho —dijo él para
consolar la impaciencia.
Ella repuso como una mártir:
—No, si no me importa… Si puedo resistirlo todo el
tiempo que quieras.
Pasaron unos momentos más, y el escultor removió el
gran armatoste, que tenía algo de cosa ortopédica, y lo
arrancó con cuidado, temeroso de llevarse los senos entre
la argamasa, preguntándola si le hacía daño. Ella se
quedó aliviada como si la hubiesen quitado una gran costra.
El besó sus senos, los cubrió y la dio gracias, diciéndola:
—En seguida verás tus dos hijitos, tus dos gemelos.
La tapó más, como si hubiese salido de una convalecencia,
y cuando estuvo seco el molde, él comenzó con
impaciencia las manipulaciones. Para sacar la prueba deseada,
lo llenó de yeso y esperó de nuevo que estuviese
seco. En la larga espera, la acarició con gratitud, como
ante una gran abnegación.
Después comenzó a descubrirlos picando el molde y
sufriendo varios colapsos, porque le pareció alguna vez
que el escoplo había herido el pedazo de seno que florecía
de pronto.
Al fin, los descubrió por entero, y se quedó maravillado
ante aquellos dos senos con cierta vida, que no tenían
los de los museos.
Ella sonrió al ver el alboroto de él, pero la desconcertaron
aquellos senos que eran los suyos frente a ella, que
eran cínicos, que eran como los senos de su muerte, sus
senos después del embalsamiento.
El jugaba con ellos con cierta sensualidad.
Ella le dijo:
—Que voy a tener celos…, que los voy a romper.
El la disuadió, dio vueltas alrededor de los cuatro senos
de que era dueño, tan pronto al lado de los unos como
de los otros, jugó con ella y los dos sonrieron, hasta
que ella de pronto, al levantarse, se quejó de un vivo dolor
en el costado.
El se asustó, llamó al médico, la acostó mientras venía,
y después que hubo venido supo que tenía pulmonía.
En aquellos días de peligro y de pánico constante en
que seguía su curso la pulmonía, él buscaba a veces sus
senos para consolarles, pero fue notando que se ponían
mustios por momentos, que se aflojaban y se chafaban
irreparablemente. Fue viendo clara la causa de todo, pero
si la pulmonía procedía del imprudente vaciado, también
él había robado la perfección y la turgencia a los
senos naturales, escamoteándoseles.
Procuró salvarla por los medios más desesperados, pero
ella murió, y desde entonces los senos de yeso resplandecieron
y se destacaron solitarios en el antipático estudio,
como los senos del mausoleo ideal de la mártir.
LOS SENOS BAJO LOS HÁBITOS
PROMETIDOS
Bajo los hábitos, los senos están arrepentidos, aunque
tienen un calor amoroso, puesto que no quisieron dejar
el mundo y prometieron, en vez del convento, el hábito.
Tienen dentro de los hábitos la calidad de senos de imágenes
santas, como si sus senos estuviesen tallados en
madera pintada y barnizada hasta darles unos brillos redondos.
Son de distinta clase todos los senos de las mujeres de
hábito, y nunca más justificada la ocasión de hacer un
grupo en colores distintos, formando una fila pintoresca
de mujeres. Sólo por los hábitos resulta que todavía hay
trajes para hacer una interesante pintura mural como la
de Fray Angélio sin tener que recurrir a la retórica para
componer una letanía de colores. Los hábitos la dan espontáneamente.
Ellas consultan a los curas los pequeños
descotes de sus hábitos, y a veces hay un cura que los
prohíbe y otro que lo permite. Las cupletistas son muy
aficionadas a los hábitos, porque como quieren vivir apasionadamente
ofrecen en seguida llevar hábito si se salvan,
y ellas armonizan el salir a escena desnudas y ponerse
después sus hábitos cerrados, esos hábitos que dan
más belleza a sus ojos pintados y a sus senos perversos.
De cualquier modo, los hábitos dan un valor íntimo
y redondo a los senos cándidos que no obstante tienen
su cruda visualidad de siempre, bajo las telas opacas y
fuertes de los hábitos, que les escuecen, les pican, les
raspan.
Mujeres con el hábito de Santa Lucía, el hábito verde
que da una gran fuerza de rojez a sus labios y hace que
los pezones sean unas verdaderas rosas entre el verdor
de los macizos. Mujeres con el hábito del Sagrado Corazón,
rojo de sangre de toro, un rojo opaco que exalta más
su palidez y las viste íntimas. Mujeres vestidas con el
hábito del Carmen, color de café, un color que las ensombrece,
las vulgariza, pero que lleva una correa de hule
que aclara la medida de sus cinturas y hace a su carne
penitente y a sus senos, senos perdidos. Mujeres con el
hábito del Perpetuo Socorro, mujeres que por el nombre
de su hábito parece que no se podrían morir nunca, y
cuyos senos resultan los senos perpetuos. Mujeres con
el hábito de San José, color de habito de San José, con
cordones morados. Mujeres con el hábito de San Francisco,
gris con cordones grieses, vestidas como verdaderas
mujeres de la Tebaida, y cuyos senos parecen sufrir
más que los de ninguna por lo espinoso de ese traje,
como de estameña. Mujeres con el hábito del Nazareno,
color nazareno, con senos y desnudo de mujeres primitivas,
de aquellas mujeres blancas, suaves y luminosas
de Nazaret, exaltada más su presencia por unos cordones
amarillos y morados. Mujeres con hábito de la Puri
sima, hábito celeste que da una gran juventud a su carne
y una gran alegría, como si no la viese bajo lo celeste,
un poco transparentes todas sus formas. Mujeres con el
hábito de la Soledad, negro ataúd, con cordones negros,
convertidas en muertas por su hábito, desengañadas de
un hombre, al que quisieron mucho, dispuestas a una soledad
en que morirá su carne, como perdida en el fondo
de un convento, pero en cuya negrura voluntaria los senos
son un núcleo blanco, resplandeciente, como los senos
de una muerta incólume. Mujeres con los hábitos del
Pilar y Nuestra Señora de las Mercedes, también apetitosas
con sus hábitos y con la condecoración que tiene
cada hábito.
¡Coro de mujeres con hábitos, con los senos distintos
que corresponden a cada hábito’ Coro celestial que
yo he querido que se vea entre el coro de las otras mujeres.
Desde el momento en que la mujer se pone un antifaz,
sus senos son mayores y sobresalen más. ¡Qué pánico dan
los senos de las máscaras!
Las máscaras pierden el rostro y se quedan gobernadas
por sus senos, conducidas por ellos, interesantes por
ellos. Miran detrás del antifaz, viendo todo el efecto que
producen sus senos y su cuerpo. Han cubierto su rostro,
pero eso ha desnudado todo su cuerpo con un gran descoco.
Los senos de las máscaras se dejan coger, como se dejan
coger los de las prostitutas. Se dejan coger, pero resulta
que no se coge nada si no se sabe cuál es el rostro
de la mujer que los cede. Se necesita ver el rostro de la
mujer para que la realidad de los senos sea algo más que
realidad, para saber que eso que se encuentra tan materialmente
claro no es una mentira desesperante.
—Pero si te dejo abrazarme, ¿para qué quieres ver mi
rostro? —dicen ellas.
—Porque si no viese tu rostro, por mucho que me concedieras
me habrías engañado, me habrías sido infiel, no
habrías sido mía, y serías más que mía de aquellos que
te vieron el rostro alguna vez.
Toman tal importancia los senos de las máscaras que
son como su cabeza. Nada distrae de ellos, y se reconoce
la mujer que es la máscara sólo por ellos. A las máscaras
las depravan sus senos libres de la vigilancia del
rostro, aun cuando los ojines de los antifaces estén presentes
en la casa de lenocinio que es todo salón de baile
de máscaras.
En la misma máscara, siempre dueña de sí y siempre
pura, los senos son los que mandan y se la sobreponen.
Como en esas estatuas cuyos senos principian en el cuello,
los senos son lo más saliente y expresivo que está
más alto en ellas. ¡Cómo peca una máscara, cómo peca
con hipocresía y hasta borrando pecadoramente la idea
del pecado!
Los senos de las máscaras son los senos que suplantan
a la mujer, y da miedo encontrarse tan a solas con ellos,
sintiendo enteramente su carnalidad y su estar hechos para
entregarse como entrega el carnicero el peso de ternera
que se la ha pedido.
LOS SENOS DE LAS CHICAS
DE LAS PORTERAS
¡Senos de las chicas de las porteras! Senos nacidos en
las lobreguez de los portales, como flores de piso bajo
—de patido el piso bajo—, de una palidez que da dentera,
como un alentar por el cielo y la luz de fuera que
dan una pena nefasta…
Ningunos senos tan llenos de nostalgias como los senos
de las porteras en las blusas que se hacen ellas mismas…
Son senos como hechos con lo que ha sobrado,
con los desperdicios de los senos de las señoritas de toda
la vecindad, puras piltrafas redonditas y atractivas, porque
son muy humanas y están llenas de una coquetería
imitativa que sacan al quicio del portal, en cuyo marco
se apoyan las horas muertas mirando a la calle con ios
ojos fijos en el que pasa y que vuelve la cabeza dos o
tres veces, interesado por la flor de un blanco sucio, aunque
fina y enterneced ora, que son las porteritas con los
capullos de sus senos, de esos capullos caídos que no se
abrirán, que mueren sin abrirse, que sobrevivirán como
capullos, porque no hay en ellos fuerza para más, porque
su languidez es atroz.
¡Senos de las chicas de las porteras! Senos que nos hacen
prorrumpir en esa exclamación de sorpresa, porque
son sorprendentes y son los senos que se han empeñado
en crecer, en ser, en triunfar, en dar inquietud aún habiendo
nacido en el tiesto desportillado, en el tiesto metido
siempre en la sombra. Son senos de una calidad inferior,
pero se emperifollan a veces tanto, se proclaman
tanto, se marcan tanto, que atraen como unos senos fáciles
que no quieren ser fáciles, que de pronto son más difíciles
que ningunos otros.
Los senos de las chicas de las porteras tienen horas
de estar metidos en las blusas miserables del trajín, en
las blusas de la mañana, en las blusas de estas despeinadas,
en las blusas de un blanco enranciado, de un blanco
sucio, y entonces se dibujan con una mayor miseria, con
un decaimiento mayor, con una plástica más blanda, con
más infortunio, y eso hace resaltar el milagro que son,
en medio de todo, lo injusto que es su destino y la joya
sucia y encubierta que son.
Las tenderas tienen unos senos, hijos del negocio de
la tienda, nacidos en la sombra de las trastiendas, llenos
de la prosperidad del negocio…
Favorece a los senos de las esposas jóvenes de los tenderos
y después de sus hijas, el abono que es el hablar
del negocio diario, el echar cuentas, el recoger ese dinero
fecundante y sólido que entra en las cajas de las tiendas.
Los senos de las tenderas son de las especie del negocio
de la tienda, tienen algo que ver con él, sabrán al
género que vende la tienda. Los senos de las tenderas
son senos comerciales que han crecido a expensas del
comercio y tienen esa seguridad en el porte que no tienen
ni los de las hijas de las ricas herederas del dinero
aristocrático, desprovisto de la «ganga» de la riqueza en
especie.
Los senos de las tenderas, aunque sea sucio su negocio,
son blancos y limpios como las flores que nacen en
los abonos químicos, son senos en que se transforman
los duros zapatos de la zapatería, todas las conservas, los
quesos y los aceites de la tienda de ultramarinos, los objetos
duros y como imposibles de ablandar de la quincallería,
todo se ha convertido en senos blandos, farináceos,
grandes tubérculos, honra y remate de la empresa comercial.
Los esposos de las opulentas hijas de los opulentos tenderos,
comienzan a tomar parte en el negocio de sus suegros,
al ser dueños de los senos de sus hijas, esos senos
que son la primera participación en el negocio, los cupones
más firmes de la futura herencia.
Los senos de las tenderas son agradables de ver, aún
cuando no de aceptar, porque encontraríamos el sabor
a carbón o a clavos o a zapatos, atroz en la asiduidad con
ellos. Hay que aprender todas las cosas que sólo tienen
un encanto de verlas pasar sonriéndose y admirándolas,
abominándolas y adorándolas, pero que no merecen que
las palpemos ni las poseamos. Así esos senos de las tenderas
son un pábulo de las burlas que nos conviene vivir,
y al mismo tiempo pábulo de las miradas que nos
conviene acuciar en la vida blanda y mórbida.
LOS SENOS TATUADOS
Se necesita hacer una vida de verdadero peligro para
encontrar los senos tatuados, pero ningún adorno que los
adorne tanto, ni los medallones cuajados de brillantes.
¡Cuántos hay en Lisboa, en las casas de persianas a medio
echar!
Parece que sufrirá atrozmente la tatuada cuando la hagan
el tatuaje, pero hay hombres que quieren señalar tanto
su dominio que graban en ellos algo que los recuerde.
Los marinos graban un ancla que les ancla para siempre
en el puerto en que ella vive, y hasta en el mar se sienten
seguros, porque el ancla aquella que echaron en aquellos
senos les salvará.
Tiene que ser muy sutil la punzada del punzón, porque
si no se les perforaría y se verían las semillas de que
están llenos. Unas iniciales son también grabadas en ellos,
y ya todo aquel que desnude esos senos sabrá que hubo
un dueño que fue el profundo dueño de ellos. Otras veces
el que tatúa lo hace por cultivar un arte, el arte del
que graba el marfil o la madera, cultivándolo de un modo
supremo, haciendo en los senos los adomitos que tanto
hermosean lo que estaba virgen y pedía ese trabajo de
estilización.
Algunas fanáticas creyentes, dentro de su pecado, piden
a sus amantes que las impongan un escapulario indeleble,
y ellos, complaciéndolas, los hieren, incrustándoles
la escena religiosa, que ellas conservarán toda su
vida como un exorcismo demasiado amplio, porque creyéndose
amparadas por su tatuaje ayudarán al crimen y
se sentirán tranquilas y salvadas gracias a él.
Indudablemente, el tatuaje en los senos es un arte que
les eleva al delirio, que les refina mucho, que les resuelve.
Desde luego, cada cual debería grabar en los senos
su nombre y la fecha en que los manejó para eterna vergüenza
de los senos demasiado pródidos. Quizás un verso
o una frase debía escribirse en ellos con el agudo punzón,
como indudable recuerdo.
Florecitas, piedras preciosas, listas de color, signos cabalísticos,
letras árabes, letras japonesas, maldiciones,
fechas, dibujos egipcios, con el color de aquellos dibujos,
círculos de colores vivos como los que iluminaban
los blancos del tiro al blanco, todo eso y muchas cosas
más debían amenizar y decorar los senos, cuyas materias
parecen demasiado vírgenes de repujado y calado,
pero dispuestas para eso.
Hay una numerosa clase de senos que está hecha de
estupideces, senos que están llenos de estupideces y huelen
a estupidez.
Les arrancaríamos los senos estúpidos a las estúpidas,
aguantaríamos una larga temporada de ir convenciéndolas,
para acabar arrancándolas sus estúpidos senos,
para decirles cosas terribles, para vengarnos de su estupidez.
Los senos estúpidos suelen ser muy pequeños además,
porque cuando los grandes son estúpidos su grandeza salva
su estupidez.
Son pequeños, ¡y hay que ver qué aire de ser los primeros
y únicos senos del mundo llevan en sus paseos!
¡Oh, les haríamos estallar ¡clac! y echaríamos a correr!
Las dueñas de los senos estúpidos no los han llenado
de interés, ni de un poco de inteligencia, ni de instintos
siquiera. Los han llenado sólo de una cosa insípida, ruin,
consistente en mil mezquindades.
Los hombres estúpidos van, sin embargo, detrás de los
senos completamente estúpidos, excesivamente estúpidos
sobre todos los senos siempre estúpidos en el fondo, pero
nunca tan absolutamente estúpidos.
Estos senos estúpidos no son ni los senos de la idiota,
que tienen cierto encanto salvaje, un encanto en que vibra
la naturaleza como en las frutas de los árboles frutales
que no necesitan ser inteligentes para tener reales y
buenos frutos, ¡pero que, sin embargo, necesitan no tener
la trichina de la estupidez!
Los senos estúpidos tienen una inexistencia que les da
su estupidez; son verdaderos bultos, insignificantes colgajos
de las estúpidas.
LA ISLA DE LOS SENOS
Indudablemente hay una isla desconocida, que por los
senos maravillosos que viven en ella, se podría llamar
la Isla de los Senos.
En toda la isla, en los árboles, en la espesura, en los
lagos, hay mujeres de senos preciosos, senos que se empochecen
en la soledad.
Son los senos de la isla como grandes perlas de oriente
exquisito, grandes perlas que mejoran la luz, que la
sonrosan y la dan un globo en que quedarse, un globo
de perla en que luce la luz del día hasta en la noche, sostenida
dulcemente.
En la Isla de los Senos, las mujeres, desnudas, juegan
al corro seducidas ellas mismas por la belleza de
la sarta de sus senos. Le basta a cada una con los senos
de las otras, y no esperan al hombre, seducidas
por ese juego de sus senos, que es un juego como ese
en que se entretienen las niñas jugando con bolas de cristal.
A
veces entrechocan unos con otros sus senos, y eso
las vuelve locas de suavidad, una suavidad que las llena
por entero como un ideal.
De la Isla de los Senos, en la noche, brota esa luz de
los jardines llenos de flores blancas.
La luna, que es una gran Safo voluptuosa, es sobre la
Isla de los Senos sobre la que está verdaderamente vertical,
pues se asoma a ver a las mujeres de los senos pluscuamperfectos,
acostadas boca arriba sobre las hierbas
de la isla, con las miradas y los senos fijos en ella.
¡Con qué cuidado vierte la luz la luna sobre las praderas
llenas de senos erigidos hacia ella!
La isla maravillosa de los senos vive una vida intensa
y solitaria, la verdadera vida interior, la vida que en algún
lado deben vivir las mujeres dedicadas a su propia
belleza, a su propia desnudez, a sus senos sólo de ellas.
El concepto universal y perfecto de los senos vive en una
isla, y por eso no desaparece la especie. La influencia
lejana de esa isla cuajada de senos mantiene todos los
senos, porque si no el hombre habría podido con ellos
y los habría descatado. Allí se hacen las rogativas y la
novena interminable, para que los senos gocen del esplendor
que merecen.

El arte de vivir (en tiempos difíciles) Epicteto 2

6 No alardees de ningún mérito ajeno. Si el caballo dijera alardeando «soy hermoso», sería tolerable. Pero si tú dices alardeando «tengo un caballo hermoso», que sepas que alardeas del bien del caballo. ¿Qué es, entonces, tuyo? El uso de las representaciones. Por tanto, alardea únicamente cuando en el uso de las representaciones actúes de manera conforme a la naturaleza, pues en ese momento podrás alardear de un bien que te pertenece.

VII Al igual que en un viaje en barco, al llegar a puerto, si vas a aprovisionarte de agua, de paso por el camino puedes recoger un molusco o un tubérculo, pero has de tener el pensamiento dirigido hacia el barco y volverte hacia él por si en algún momento el timonel llama a bordo, y si llama, tirar todas aquellas cosas si no quieres acabar arrojado al interior atado como las bestias. Del mismo modo, en la vida, si en vez de un molusco y un tubérculo recibes una mujer y un hijo, no será problema, pero si el timonel llama, corre hacia el barco abandonando todas aquellas cosas sin siquiera mirar atrás23 . Y si ya eres viejo, tampoco te alejes mucho del barco en ningún momento, no sea que dejes atrás al que llama.

VIII No pretendas que lo que ocurre ocurra como quieres, sino quiere lo que ocurre tal como ocurre, y te irá bien.

IX La enfermedad es un impedimento para el cuerpo, pero no para la elección, a menos que esta quiera. La cojera es un impedimento para la pierna, pero no para la elección24 . Y sobre cada una de las cosas que te sobrevengan, repítelo. De este modo descubrirás que esa cosa es impedimento para otra, pero no para ti.

X Sobre cada una de las cosas que te sobrevengan, procura volverte hacia ti mismo e investigar qué capacidad25 tienes sobre su utilización. Si ves a un chico guapo o una chica guapa, encontrarás que la capacidad que tienes sobre ello es la continencia26 . Si se te impone el esfuerzo, encontrarás la fortaleza27 . Si es el agravio, encontrarás la paciencia. Y acostumbrándote de este modo no te arrastrarán las representaciones.

El arte de vivir (en tiempos difíciles) Epicteto 1

1 De las cosas que existen, unas dependen de nosotros, mientras que otras no. De nosotros dependen juicio, impulso, deseo, aversión, y, en una palabra, todas cuantas son nuestras acciones. Mientras que no dependen de nosotros el cuerpo, las posesiones, reputación, cargos, y, en una palabra, todas cuantas no son nuestras acciones. Y las cosas que dependen de nosotros por naturaleza son libres, no impedidas, no trabadas, mientras que las que no dependen de nosotros son débiles, dependientes14, impedidas, ajenas. Recuerda, por tanto, que si las naturalmente dependientes las considerases libres, y las ajenas, propias, quedarás frustrado, afligido, turbado15 , y harás reproches a los dioses y a los hombres; pero si solo lo tuyo juzgas que es tuyo, y lo ajeno –tal como es–, ajeno, nadie te obligará nunca, nadie te pondrá impedimento, no harás reproches a nadie, no acusarás a persona alguna, no harás ni una sola cosa forzado, nadie te dañará: no tendrás enemigo, pues no te dejarás convencer de que haya algo perjudicial. Puesto que tan grandes bienes aspiras a lograr, recuerda que quien se haya movido poco no ha de alcanzarlos, sino que unas cosas hay que soltarlas por completo y otras aplazarlas por el momento. Pero si deseas estas y también mandar y enriquecerte, quizá no obtengas ni siquiera estas mismas por desear también las anteriores, pero sin duda en todo caso malograrás precisamente aquellas que solo ellas dan como resultado libertad y felicidad16 . Así pues, a toda representación perturbadora17 procura decirle directamente: «eres una representación, pero en absoluto lo que parece18». Después de eso examínala bien y ponla a prueba con los cánones que tienes, y más que nada con este primero de si es sobre las cosas que dependen de nosotros o sobre las que no dependen de nosotros. Y si es de las que no dependen de nosotros, ten a mano la respuesta «esto no me atañe en nada».

II Recuerda que la promesa que el deseo ofrece es la obtención de lo deseado, la promesa de la evitación es no caer en aquello mismo que se evita; y quien no alcanza lo que desea es desafortunado, pero quien cae en aquello que evita es desgraciado. Pues ciertamente si de entre las cosas que de ti dependen solo evitas las contrarias a la naturaleza19 , no caerás en ninguna de las que evitas; pero si tratas de evitar la enfermedad, la muerte o la pobreza, serás desgraciado. Retira, pues, tu aversión de todas las cosas que no dependen de nosotros y ponla en las que son contrarias a la naturaleza de entre las que dependen de nosotros. Y en lo que respecta al deseo, suprímelo del todo por el momento20 . Pues si deseas alguna de las cosas que no dependen de nosotros, necesariamente serás desafortunado, y si es alguna de las que dependen de nosotros, las cuales es bueno desear, ninguna está aún a tu alcance. Provéete solo del instar y el iniciar, y hazlo aun así de forma leve, con cautela y con suavidad.

III Con cada cosa que te atraiga, te resulte útil o te guste, recuerda decirte a ti mismo de qué tipo es, comenzando por las cosas más triviales. Si te gusta una vasija, di: «una vasija es lo que me gusta». Así, si esta se rompe, no te turbarás. Si besas a tu hijo o a tu mujer, di: «estoy besando a un ser humano», de modo que si muere no te turbarás21 .

IV Cuando vayas a emprender una acción, recuerda en qué consiste en realidad esa tarea. Si sales para darte un baño, represéntate las cosas que suelen suceder en los baños públicos: los que salpican, los que empujan, los que insultan, los que roban. Y de este modo afrontarás con mayor seguridad esa acción si te dices: «Quiero ir a bañarme y al tiempo quiero que mi elección22 se mantenga conforme a la naturaleza». Y del mismo modo con cada acción. Así pues, si algo sucede por el camino que impide tu baño, recurre a lo de: «en realidad esto no es lo único que yo quería, sino también cumplir mi propia elección conforme a la naturaleza, y no la cumpliré si me irrito a causa de lo sucedido».

V Lo que perturba a los seres humanos no son las cosas, sino las opiniones sobre las cosas. Así, por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues a Sócrates no se lo pareció. Solo la opinión que tenemos de la muerte, la de que es terrible, es lo que es terrible. Así pues, cuando nos enfrentemos a un obstáculo, o nos preocupemos, o nos disgustemos, no deberíamos achacarlo a otros, sino a nosotros mismos; esto es, a nuestras propias opiniones. La gente sin formación es la que culpa a otros cuando pasan por algo malo. Aquellos que se están formando se culpan a sí mismos. Y los que ya se han formado ni culpan a otros ni a sí mismos.

LA SABIDURÍA DEL NO SABER. ANTONIO LOZANO

ACTUALIZAR LOS CONOCIMIENTOS QUE CAMBIARÁN NUESTRA VIDA

ANTONIO LOZANO DOMENECH

Introducción:
nuestra civilización tiene una actualización pendiente de instalar

La mayoría de seres humanos tenemos creencias obsoletas, sobre cómo es la realidad física, social e individual en la que transcurren nuestras vidas. Creencias que fueron vigentes en el paradigma científico de principios del siglo XX, pero que ya no lo son en la actualidad.

Utilizando un símil informático, el ordenador nodriza de nuestra civilización está pendiente de una actualización. Hace varias décadas que disponemos del nuevo software, pero no lo hemos instalado y mantenemos nuestro sistema operativo funcionando con programas caducados.

Albert Einstein, Max Planck, Niels Bohr, Stephen Hawking, Werner Heisenberg, Lynn Margulis, Lisa Feldman, Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, Jean Piaget, Peter L. Berger & Thomas Luckmann, Pierre Bourdieu & Jean-Claude Passeron y muchos otros científicos contemporáneos han ampliado las fronteras de la ciencia y cambiado la cosmovisión de la realidad física, social e individual en la que vivimos.

Actualizar nuestro conocimiento científico de acuerdo con este nuevo paradigma nos permitirá conocer la naturaleza sutil de la aparente realidad física sólida; cómo se forman nuestras creencias; las claves del éxito de nuestro aprendizaje; cómo las emociones y el inconsciente son los principales activadores de nuestro comportamiento, y no la razón o la voluntad. Será posible comprender las bases científicas de la ausencia de libre albedrío. Podremos comprobar cómo la colaboración y no la competencia ha sido la clave de la evolución humana y del resto de especies.

Necesitamos poner al día los contenidos educativos, las explicaciones informativas y también nuestro comportamiento individual y social, implementando estos nuevos conocimientos en la vida diaria.

Gomez de la Serna- Senos 4

Los CIEGOS

Los ciegos son los que sienten los senos en toda su ilusión,
en lo que tienen de regalo místico de Dios.
Levantan sus ojos muertos al cielo, mientras los tantean,
y así ofrendan el hallazgo inverosímil.
A los ciegos les explican ellas los matices, y es de una
delicia insospechable para los que ven, cómo suenan en
la oscuridad de los ciegos las anotaciones confidenciales.
Los ciegos los poseen de tal modo, que los podrían modelar
como no podría modelarlos el hombre que ve y que
por tener vista pierde más su estructura, se desconcierta
más, se distrae, se pierde.
Cuando los ciegos encuentran por primera vez los senos,
cuando los descubren, se quedan deslumbrados, se
llenan enteramente de su visión, se arroban, no lo creen
y lo van creyendo poco a poco, lúcidos y fascinados como
no lo volverán a estar ya nunca.
SENOS DE CIRCO
Bajo la luz blanca y esplendorosa del circo se ven los
senos redondos y francos, los senos de las estampas mórbidas.
Se los ve en el centro de la perspectiva que necesitan,
y su actitud es la de los senos que se sienten en
el centro de la expectación y de la adoración.
Los senos de circo están defendidos por la fuerza de
la artista, y quedan como lo gracioso en medio de la ancha
mujer. La artista de circo es del sexo débil, flojo,
por sus senos al descubierto, los senos sobre los que han
caído tantas veces al ensayar sus arriesgados ejercicios
y por los que sería más doloroso que se matase. Se los
ve sufrir, obligados arbitrariamente a tomar parte en los
trabajos violentos en que debía estar prohibido que ellos
figurasen. Quedan desairados e infragantis delante de
ellas, y descomponen el empaque arrostrado que toman
ellas.
Los senos de las mujeres de circo las aplacan a ellas
mismas, las humanizan, las hacen ser tan niñas como deben
ser. Parece que son pesados como las grandes pesas
que levantan a pulso, y así ellas cuando se aprietan o se
atusan los cabellos antes del nuevo ejercicio, parece que
sostienen erguidos y como con un alarde de fuerza, sus
senos tremendos. ¡Qué dueñas de sus senos son ellas y
cómo al que le hagan la concesión se la harán por una
condescendencia para la que no será nunca demasiada
la gratitud!
¡Exquisito contraste de sus senos y su musculatura fuerte!
Por eso son tan tentadoras las mujeres de circo, porque
son intrépidas y fuertes, y, sin embargo, tienen los
senos de las mujeres blandas, que son vencidas en el pugilato
con el débil conquistador.
Los senos de la gimnasta son los senos ideales de qué
colgarse y en qué hacer esas poleas ideales que se quisieran
hacer colgándose de unos senos, suspendiéndose
en el aire, en vilo sobre un abismo enguatado.
Los senos de circo suben y bajan con violencia, resisten
terribles aplastamientos y magullamientos, tienen íuerza
en lugar de esa abulia que tienen los de las otras mujeres,
y, sobre todo, cuando son los de la artista de las
volteretas, hay un momento rápido y pasajero en que se
les ve claramente. La autoridad no se da por enterada de
esto ni la decencia hipócrita tampoco. ¡Es una cosa tan
instantánea! Pero es cuando se atisba más que nunca, más
que cuando se las tiene delante en plena desnudez, el secreto
de ellos, su verdadera emoción.
LA ENNOVIADA
La ennoviada es una muchacha que después de haber
tenido muchos novios queda ennoviada. Ha merecido casarse
como ninguna otra; pero la suerte no la ha favorecido,
ha dado con números impares, con números sin
suerte, con los infieles, con las bolas negras. Sobre todo,
en las provincias en que hay academias militares hay
muchas ennoviadas.
La ennoviada acepta un nuevo novio con una sonrisa
que es aún bondadosa, crédula y dichosa. Es suave para
él, la cuida, la cree, le oye. La ennoviada no está empedernida,
aun después de haber tenido tantos novios.
La pobre ennoviada espera aún y cultiva al último tan
cariñosamente como al primero, aunque está saturada de
noviazgos, sudorosa de noviazgos. La obra que realiza,
que ha realizado, que volverá a realizar la ennoviada, traspasa
los limites de lo humano.
El que se la llevase —nadie se la llevará— encontraría
en ella el bálsamo consolador, por como la ha dado esa
cualidad lo que la desconsolaron entre todos. Todos la
abandonarán, porque olerán que está ennoviada, y un instinto
como el del pájaro cuando nota que manos humanas
han tocado sus crías, hará que la dejen morirse sola
y abandonada ignominiosamente.
En los senos de las ennoviadas es donde reside más
ese estado suyo de ennoviadas. Son muy blandos, los han
ido ablandando las manos pasajeras, tienen una blandura
de senos de señora casada hace muchos años, y, sin
embargo, ellas son enteramente vírgenes. ¿Se dará nadie
cuenta del encanto que hay en esta paradoja? Sólo el rey
de los golosos, que sabe elegir el pastel o el dulce mejor
en la pastelería llena de dulces y pasteles distintos, sabría
elegir esos senos desolados, inocentes, abandonados,
ricos como el mejor plátano de los plátanos mondados
por otras manos, domados por otros. ¡Senos que no
pueden ocultar sus excesivas condescendencias, porque
son blandos como los higos muy maduros y muy dulces!
¡Senos llenos de cordura y de desilusión!
LAS NIÑAS
Muchas llevan sus senos sin enterarse; pero otras ya
lo saben. De las que lo saben unas miran sus senos nacientes,
como cuando más niñas jugaron con sus piernas,
sorprendidas de tener piernas, y otras miran con una
malicia que es en miniatura la misma que tendrán de mujeres.
No se sabe qué pensar de los senos de niña; pero se
les mira inevitablemente. A veces, no se sabe si es que
sus trajes les inventan los senos o si lo son de verdad;
otras veces no se sabe si es el temblor trémulo y fino de
la seda abullonada de su blusa lo que les imita. ¿Es sólo
temblor de la seda o del seno suelto que aún no descansa
sobre el corsé? Hay muchos misterios en los senos de
las niñas, grandes o pequeños misterios. Los grandes misterios
arrastran velozmente a la niña. ¿Adonde va con los
ojos fijos y abiertos? Un dios de aquellos que tenían trato
carnal con las mujeres les sigue, las vigila, no se las
dejará a los hombres. La vigilancia que las rodea la burlará
el endriago poderoso.
El pensamiento de cómo serán los senos de las niñas,
de «lo que serán», ilustra los senos embrionarios. A veces
se sabe cuáles serán espléndidos y asombrarán a los
hombres, y entonces serán inasequibles, menos al hombre
vidente que cultiva desde su incipiencia a la niña, porque
está seguro de cómo va a ser en cuanto pase muy
poco tiempo, y tiene paciencia y cuando resulta que es
verdad lo que pensaba, la niña, agradecida de aquella adivinación,
es al que no puede olvidar y al que hace el privilegio.
Ante los grandes senos que a veces tienen las niñas pequeñas
se rebela toda prudencia, y los niños se sienten
hombres y dicen a esas niñas cosas superiores a ellos,
cosas que les asusta decir a ellos mismos, sintiéndose súbitamente
hombres, los hombres de esas mujeres precoces.
Los grandes senos que tienen las pequeñas niñas son,
sobre los mayores senos de las mayores mujeres, los senos
más grandes, los senos que dilatan las pupilas y hacen
pensar que en la vida se debían justificar las radicales
verdades que aún no se justifican.
Las niñas de pequeños senos que tienen un novio mayor
que ellas, sufren unos celos terribles cuando piensan
en los grandes senos que sus novios han conocido ya,
unos sendos senos que emulan a sus senos, sus pequeños
senos que reducen y simplifican la teoría de todos
los senos, que son más que todos, que hacen asequible
la idea abstracta o inabarcable.
Cuando se inician los senos en las niñas, se inicia de
nuevo una vez más en la vida la rebeldía que insensatamente
se contiene.
¡Ah! Pero ya es inevitable, es como si hubiese atravesado
el límite la niña, pero cómo han perforado el límite
sus senos sinceros, avanzados con un arrebato que no ha
podido evitar la familia ni podrán evitar las miradas.
LAS CRIADAS
Los senos de las criadas son senos que dan origen a
sentimientos sordos y enconados.
Son como animales domésticos, que corren por la casa,
que andan sueltos por ella y la alegran un poco.
Eso, que es tan visible, hay una urbanidad y una política
hipócrita que hacen como que no lo ven. Animan
la mañana, sobre todo, y dan a la casa más ambiente casero,
más sabor humano. Paiece que cantan en la criada
de otra manera que canta su boca, y son la gracia rústica
de su trajín. Sus senos, silvestres y retozones, son como
la cebolla que condimenta el aire de la casa, la cebolla
humana y sensual, la cebolla barata.
Sobre todo el empaque que tenga la casa se destaca el
que son verdaderamente, indudablemente senos de mujer.
Las señoras de la casa evitarían que se viese eso, pero
no pueden. Es demasiado elocuente su presencia y tienen
derechos más fuertes que todo el señorío que domina
aún el mundo. Su rebeldía se manifiesta, y no puede
menos de admitirse, teniéndose que tragar la píldora la
señora.
Los señoritos y el señor los ven demasiado, y a veces
los buscan, aunque son senos ingratos y sucios, de una
imaginación roma, senos que no comprenden, senos descarados
que abusan de su condescendencia sombría o que
sufren el vilipendio del hombre más espantosamente desleal
que es el señorito, que niega a la luz del día sus cosas
de la sombra.
LAS MUERTAS
¡Cómo se pierde uno pensando en los senos de las
muertas!
Las muertas no se sabe si han tenido senos. La tabla
de su alma, porque los senos son como el grumo del alma,
los grumos del alma. ¿Subieron al cielo o se los restituyeron
a la vida que quedó a flor de tierra?
Los senos de las muertas están en la blandura de algunas
horas y de algunos días, en lo que viene a ser almohada
ambiente en los momentos de voluptuosidad y de
anhelo, en los senos que la luna abandona a los nostálgicos.
Los senos de las muertas son una suavidad tan necesaría
en la vida, que la vida los recoge de un modo
sigiloso y prudente. Así parece que no se pierde ningún
seno, sino para aquel que los poseía. Los senos son integérrimos,
y por eso no pueden perecer.
¿Cómo eran los senos de las muertas? Sentimos que
el espectáculo de la resurrección de la carne será un gran
espetáculo, porque como los trajes de las muertas se habrán
podrido por completo, resucitarán palpitantes y desnudas
con sus senos recién creados, rutilantes y locos.
Los senos de las muertas aparecen cuando pensamos
en ellos en la proximidad de los cementerios; aparecen
como senos céreos, anchos, solemnes, parecidos a los
de los exvotos, tristes, con un color elegiaco y una carnación
elegiaca que les hace más atractivos: están todos
henchidos de viudez, la única viudez incólume, y están
cercados de una impasibilidad solemne que exalta. Tienen
reflejos violados, son de una crudeza tremenda, caen
endurecidos e inflamados, caen con un gran peso muerto.
Son todos como de una proporción igual, como si el
molde de la muerte les redujese a unos y les ampliase
a otros, según una misma medida, perfectamente redonda
y ancha, según un molde tradicional.
Los senos de las muertas son senos fríos, senos como
los de la mujer que se ha desmayado en una actitud más
apetitosa que nunca. Los senos de las muertas tienen una
amarillez incomparable, aunque se podría decir que luce
como la de los vasos de las lamaparillas de iglesia,
en que hay una luz perpetua, una inextinguible mariposa
de aceite, una luminosidad amarilla con algo de fuego
fatuo. Los senos de las muertas son las colmenas de sus
fuegos fatuos.
Cuando murieron se vencieron sobre sus costados como
nunca, cayendo desarticulados y flojos. Nadie se hubiera
atrevido a tocar sus senos fríos como el mármol,
pero nadie se atrevió a pensar que se iban a corromper.
Así estuvieron más de venticuatro horas, hasta que poco
después se rehicieron. No podían desaparecer después
de haber llenado de inquietud algo más importante que
los hombres, las ondas de la vida en que se moldearon
y en que se reprodujeron constantemente.
Los senos de las muertas son un poco como los senos
que pintó Tintoretto. No tienen alegría, no juguetean, no
son pizpiretos; pero en la solemnidad con que avanzan
hay un encanto superior a esos encantos perversos, siempre
un poco de prostituta. Son todos ellos senos de reinas
y complacen de lejos —siempre acercándose y no llegando
nunca— más que los senos más accesibles o accedidos.
En ese ver avanzar parsimoniosamente esos senos
en la noche de los cementerios, reunidos con ellos en los
patios cerrados, hay una consecuencia de la forma redonda
y definitiva de los senos que jamás conseguiremos en la
vida.
Sería ingrato, hasta donde los espíritus pusilánimes y
cortos no lo suponen, no seguir viendo, no ver rotundamente
los senos de las que murieron. ¡Qué falta de cariño
el no ver los senos imperiosos y llenitos de las muertas!
No por fantasearlo todo se debe llegar a esta realidad
superior, sino por respeto activo en lugar de ese respeto
vacío que no es nada, nada, nada. Ver estos senos
de las muertas, apreciarlos, tocarlos encantados y febriles
por su morbidez, es recordarlas como ellas quisieran
ser recordadas, como viviendo siempre.
Los pezones de las muertas no tienen color. La sangre
la pierden por entero los muertos, y por eso cuando los
cementerios se abandonan y surgen en libertad las flores
silvestres, las que más abundan son las amapolas, que
son la sangre que vuelve.
¡Senos de las muertas, senos de sonámbulas a las que
se deja paso sin abusar de ellas, en vista de su sonambulismo,
teniendo bastante con verlas sonámbulas y descotadas,
para amarlas platónicamente muy de cerca todo
lo cerca que yo me he atrevido a estar de sus senos sin
la simpleza que hay en los senos de las vivas, siempre
tan inexpertos y sin acabar de formar!
Se matan los senos de las muertas insensatamente no
viédoles así como son, no creyendo en ellos con esta ceguera
con que yo creo. ¡Qué bello es, sobre todo, verlas
aparecer, con sus senos graves al descubierto, por las
puertas del arco que comunican unos patios con otros!
Al aparecer por esos arcos es cuando más se exaltan y
se revelan, mayestáticas, sorprendentes, seductoras, como
la que acaba de llegar al teatro y sale descotada del
antepalco, levantando la cortina y entrando con decisión
bajo las miradas.
Los senos de muerta son la noción más adorable que
hay al margen de la vida estúpida, pasajera y frívola. Hasta
no verles tan sencillos como son, tan entregados a su
dejadez enloquecedora, no nos habremos curado de toda
la banalidad que nos atora. Vayamos a ver los senos de
las muertas, para quedarnos extasiados ante la forma y
la materialidad menos deleznable entre lo deleznable, dando
a las muertas la consideración que ellas quieren, ya
que se han llenado de la coquetería verdadera y suprema.
En la hora clara en que las muertas están dentro de
sus nichos, podríamos decir, inspirados por nuestras facultades
de ocultistas, donde hay enterrados unos senos
más interesantes que en otro lado. Nos paseamos como
médiums frente a esa lápidas.
Si abriésemos las puertecitas de los sagrarios de sus
senos, las veríamos acostadas a lo largo, con sus senos
en reposo sobre sus pechos sin palpitación, como vimos
los de cadáveres en las salas de disección, o, para ser
más gráficos, como vimos al asomarnos por aquella ventanita
de San Carlos, los de aquellos cadáveres de mujer
tirados en aquella habitación trasera, muy baja de techo
y sin luz.
Los senos son la realidad más perenne, la realidad de
la que no puede suponerse la desaparición total, algo que
ha estado tan acusado que no puede perderse. Por eso
los senos de las muertas las dan existencia, y son por lo
que se ha salvado todo el resto de ellas. Caen con un peso
más muerto, más plomífero, pero esto les da más plástica
y los sentimos como de plomo blando en las manos
que no les podrán tocar. ¡Qué idea más categórica y más
ardua! ¡Oh, si les pudiésemos tocar serían los más tocados
y tenidos en las manos!
En los senos de muerta está cuajada toda la melancolía
espesa del cementerio, y en ellos se concentra todo
lo que se descarna bajo su tierra. Los senos de las muertas
tienen la viveza de los senos de las fotografías de mujeres
desnudas que se encuentran en los cajones de las
abuelas que han muerto y que son, indudablemente, de
mujeres que ya murieron, pero en las que siguen siendo
tan intensos y tan vivientes sus senos, porque esa forma
tan rotunda y tan resuelta no puede haberse anonadado,
aunque los largos gusanos se los hubieran comido como
las manzanas o las peras más dulces, metiéndose por ellos
como pequeños ferrocarriles por hondos túneles.
Así, ante las mismas ancianas muertas, se descuenta
el que la lápida anuncia sus ochenta años, y se las siente
femeninas, sensuales, atractivas como si hubiesen retrocedido
hasta el promedio más álgido de su vida, su momento
mejor, así como las jovencitas de veinte años no
están ya en los veinte, sino que han avanzado y se han
plantado en el momento ideal de su vida, que suele oscilar
entre los treinta y tres y los cuarenta y ocho. En la
sinceridad de los cementerios sucede sinceramente que
se piensa eso.
Los senos de las muertas son los senos definitivos, tan
solos como los de la mujer que se baña solitariamente,
como los de Diana cuando se baña, como los de la casta
Susana. En esa soledad es en la que los vemos, y acrecenta
la sensación de verlos como nos veremos ninguno,
el que no podremos romper su soledad, y eso hará que
no los poseamos en definitiva.
Las muertas descotadas hasta el punto en que caen sus
senos, que están más abajo de donde estaban en su \ida,
adornan sus corpiños con las flores de las coronas, sobre
todo con pensamientos, que hacen más elegiaco su
descote. La sombra del nacimiento de sus senos es de
un negro profundo, un negro de agujero, y las curvas sombrías
que quedan bajo ellos, son sombrías como no lo
es ni la sombra de los ojos de las calaveras. Se podría
decir que sus senos tienen unas ojeras gravísimas, esas
ojeras de los senos que sólo se notan suavemente en los
senos de ciertas mujeres en la madrugada de los domingos,
ojeras que exaltan la forma anaranjada y rizosa.
Los senos de las muertas son los senos definitivos, tan
solos ya no creen en sí mismas. En su verdadero final
se han llenado de ideas acérrimas, ideas de muertas de
cementerio civil, porque ya sin ninguna esperanza y sin
ninguna superstición, aun en el cementerio cristiano son
muertas de cementerio civil, mujeres fuertes y sensatas
que ya no comadrearán ni tendrán sentimientos mezquinos.
Salen todas por los nichos de pared, sacando los pies,
doblándolos, sacando después el cuerpo y, por último,
la cabeza, así como en los circos se bajan de la mesa en
que se han acostado para hacer el número que lo exigía.
Miran sus coronas, se sonríen. Se sientan sobre los sarcófagos
de piedra, que son sus asientos preferidos. Se
abrazan a los cipreses, se apoyan en ellos, se rascan la
espalda con ellos. Juegan a las esquinas entre ellos y pasean
como las amigas entrañables por los jardines de los
colegios de internas. La luna, que aun durante el día está
sobre los cementerios, convertida en una muerta más,
la mira encantada.
Como las leprosas se asoman a la verja de las lepreoserías,
se asoman a la verja de la puerta, y sus senos sobresalen
entre barrote y barrote, consoladas por la frialdad
y la fuerza del hierro. Cuando llueve se pasean bajo
los soportales de los claustros del cementerio, siempre
descotadas, llueva o haga frío, porque son las mujeres
a las que ya nada puede matar, porque, entre otras razones,
con la pulmonía que las mató se las acabó la pulmonía.
¡Senos de las muertas! Cuando seamos muertos ya no
les podremos ver, pero quedará el consuelo de que nadie
los podrá tocar, de que vivirán para ellas, de que no volverán
a llenarlos de conflictos y recelos, y de que tendrán
tiempo de recordarnos incesantemente. Esa es mejor
solución que la de que tengamos que volverles a poseer,
porque así estaremos más cómodamente en lo eterno,
como en una hamaca de suspensión eterna, ya que
ellas están en un estado que no admite más adulterios,
que es lo importante, pues con los que cometieron acabaremos
por conformanos.
Yo, en los ratos de mayor vivencia, he visto avanzar a
las muertas con sus senos solemnes sobre los brazos cruzados
bajo ellos, lentas, sin imprimir movimiento a la pasta
recrudecida de sus senos recios, majestuosos, rotundos,
como sólo lo son los que pule hasta el amaneramiento al
escultor académico. Descotadas hasta debajo de sus senos
y con largos trajes de cola, las muertas avanzan hacia el
que se acerca a la verja de los cementerios cuando ya ha
oscurecido. Sus senos las han hecho sobrevivirse, han mantenido
sus formas. Los hombres muertos están enterrados,
siguen enterrados bajo las losas, sobre las que arrastran
ellas sus colas. Los esqueletos son de hombres. ¿Suponéis
esqueletos de mujer con los huesos del pecho mondados?
No. Las han defendido sus senos, cuajados en la muerte
como no lo estuvieron en la vida, llenos de una dulce cordura
que daría un placer mortífero al que los tocase, por
lo que parece haber un anuncio de peligro de muerte en la
proximidad de los senos de cementerio, llenos de una alta
tensión que carbonizaría la vida del que fuese imprudente.
SORPRESAS
Han existido casos en que la lactancia ha podido ser
mantenida por una mujer que no ha cohabitado y aun por
un hombre.
Esto que asegura la Medicina, ¿a qué extrañas causas
obedece?
Parece que aquella a la que sucedió eso fue que amó
demasiado a su ideal. Ella despreció a los pequeños idiotas
que llenan la vida y sólo se dedicó a su sueño, hasta
que un día se sintió más pesada, más abrumada de sí misma
que nunca, llenos sus senos de un nutrido cosquilleo,
dichosos y voluptuosos, con una dicha espesa y desconocida.
¿Qué le pasaba? Cuando estuvo bien sola se los
miró y, ¡oh, sorpresa!, estaban llenos y de su punta abierta,
como cuando se abre el tubo de sindetikón con un
alfiler, salía una gota de leche tibia y densa. Llena de
su ideal, y llena de sí misma, que es lo más puro que
podía llenarla, no quiso fecundizar su vientre, le repugnó,
no buscó ese camino acre y sucio, y de un modo casi
inmaterial despertó sus senos vírgenes, sus senos anhelantes.
¿Qué dirán los padres de esas mujeres, cuya lactancia
espontánea admite la Medicina? Sospecharán de ellas, sin
acabar de creer el milagro propio de sus almas.
Se columbra en los martirologios antiguos el caso de
una mujer de éstas, quemada en la hoguera pública, porque
la leche de sus senos supuso un hijo que no se halló,
del que no pudo dar cuenta, y por cuyo supuesto infanticidio
fue sentenciada.
¡Oh, que nos busque esa mujer elegida, cuyos senos
manan espontáneamente, que nos comunique el secrerto
sigilosamente, y nosotros nos casaremos con ella! Que
nos haga depositarios de su riqueza natural, porque su
llenazón no es de las que puede descargar un niño que
moriría ante un manjar tan fuerte y tan lleno de algo así
como de una certeza superior. ¡Oh leche metafísica!
LA MUJER SIN SEXO
En la mujer sin sexo, lisa y cerrada, hermética y toda
blanca, depilada y sin pliegues, los senos toman una importancia
suprema. Nada distrae de la tentación de los
senos, y eso les da una esfericidad suprema. Escarbará
toda la vida el hombre sobre esos senos solitarios, y dará
de beber a su sed con sus manos, como se bebe en
los manantiales más cristalinos y puros. En esa mujer
sin sexo la elevación de los senos es prodigiosa, radiante,
y la femineidad está en ellos sin desparramarse, sin
irse, sin encontrar salida. Verdaderamente, si no hemos
encontrado esos senos de la mujer sin sexo, no hemos
visto los senos en toda su apoteosis.
LA GIGANTA DE LOS SENOS
COMPLACIENTES
El deseo de unos senos suficientes se ase a unos senos
gigantescos.
Existe en alguna parte esa giganta de los senos complacientes,
los senos que recrían, los senos formidables,
los senos que pueden ser estrujados y sobre los que el
hombre puede acostarse como sobre una cama de matrimonio.
La giganta está acostada en el gran valle. Su sonrisa
es condescendiente. Está vestida hasta la cintura porque
si no sus piernas resultarían monstruosas y su sexo resultaría
un abismo peligro e inmundo. Una larga hilera
de peregrinos caminan hacia sus senos, y otros ya están
arrodillados y prosternados sobre ellos. Algunos se esconden
trémulos, febriles — amarrillos de fiebre—, en la
juntura de esos senos, y allí, dedicados a una larga atrición,
se curan de la inquietud que traían, causada por
el sobresalto que les han dado los senos breves ; otros más
atrevidos, se esconden bajo el peso del seno que cae y
no cae sobre la tabla del pecho, y allí, a la sombra templada,
les aduerme una pereza ideal, como después de
la consecución suprema.
Los senos de la giganta en relación con la luna, como
el mar, tienen altas y bajas mareas, y una vida inmensa.
Están un poco desgastados por el constante pasaje, y sus
pezones tienen esa dolorosa tumefacción de los pezones
mordidos por los hijos a los que les salieron los dientes
cuando aún no habían dejado de ser mamones o por los
niños a los que les duelen y les arden las encías.
¡Oh, senos de la giganta complaciente, senos ubérrimos
y copiosos, senos en cuajada cascada, senos por el
descanso eterno, senos tranquilizadores, senos verdaderamente
grandes, abrumadores hasta el hartazgo, senos
que se buscaron en vano —¡siempre en vano!— bajo un
falsa —¡siempre falsa!— opulencia de los corpiños abultados!
EL DESPERTAR
Sucede a veces, quizá muchas veces, que el hombre
que se hiere con las espinas que ellas tienen para defenderse,
sale con las manos arañadas por haber insistido
en coger por primera vez el primero de los senos de ellas,
y, sin embargo, insiste y se los coge otra vez, y le vuelven
a herir.
Ese primer explorador es el que ha desarrollado esos
senos, el que los ha despertado; pero ellas, que se los
deben indudablemente a ese hombre, que fue el único
que se hirió con las espinas afiladas y recientes, y que
tiró de ellos con exposición de ser mordido, no es el que
se suele llevar en definitiva y con saciedad esos senos
ingratos. Es otros que vendrá después. Pero que eso no
le desespere; la vida le vengará, y esos senos, a los que
hicieron crecer sus caricias, serán deshechos por las caricias.
LOS SENOS DE LA FURIA
Los senos de la furia son arrastrados al rencor. Ellos
no quisieran sino la dulzura: pero ella los precipita, los
irrita, los tunde.
Ante los ataques de la furia nos olvidamos de sus senos.
Parecen haberse malogrado en la insania que palpita
en ella. Salta por encima de ellos en los ataques. Pero,
sin embargo, después del primer momento en que su furia
nos ofusca y nos arroja violentamente sobre ella nos
aplaca la idea de los senos como si saliesen en defensa
de ella con bondad, interponiéndose entre ella y nosotros
como sus hijos asustados, como los niños se interponen
entre el padre y la madre. Ellos hacen que nos digamos:
«Respetémosla, disuadámosla y en vez ds aumentar
su rencor y vengarnos, perdonémosla…». Sus senos
responden por ella: sus senos, atemorizados y desgarrados
sufren por ella, y son los que lo pagan… No puede
ser: sus senos están ahí, delicados, sufridos, frágiles, maltratados.
«¡Quieta, quieta, que los empujas y los zarandeas, pegando
el uno con el otro, y se puede romper! ¡Quieta!…»
Y se la calma, cogiéndola de las manos, con cuidado,
con cautela, con lentitud. Siendo el premio final atusar,
satinar, lustrar los senos intercesores, más blandos, más
bellos, más mórbidos, más suaves, más buenos después
de la paz, como si fuesen el «calumet» de la paz.
¡Oh, los senos de la furia, atormentados, lapidados,
florantes en medio de su vesania, mordiéndose como dos
serpientes fraticidas!
LAS NEGRAS
Las negras con rostros abruptos y de ojos con algo de
los ojos de los negros escarabajos, las negras de labios
de babosas, tienen los senos más terribles de la creación,
unos senos que se parecen a los pellejos llenos de vino,
senos elefantinos, senos como dos grandes plátanos de
cáscara negra, senos en que parecen llevar sus crías, senos
que imitan los grandes recipientes cónicos en que machacan
el cacao.
Están deshechas por sus senos, que como esas frutas
muy pesadas y muy blandas se pasan en seguida, maduran
velozmente. Por eso tienen grandes ojeras negras y
abolsadas y su rostro se descompone más. Sus senos las
corrompen y las recuecen por entero.
Tienen los senos de negra algo de grandes bubones ardientes,
madurados, inflamados, con vértices que van a
estallar después de la fiebre que les inflama. La negra
está en el horizonte, detrás de las blancas de senos incipientes;
está muy plantada, con sus manos espantosamente
ordinarias cruzadas sobre el vientre, plantada frente a una
expectación que no comprende, con sus senos colgados,
como unas aguaderas, sin coqueterías, llena de una excesiva
crudeza, en una actitud de monstruo de feria, sobrecargada,
como el que vuelve del matadero con dos
corderos negros que le cuelgan sobre el pecho cayéndola
a cada lado, atadas las patas del uno a las del otro, exhibiendo
el peso bruto, los kilos.
Sobre los senos de las negras relucen como sobre nada
las pezoneras de brillantes, y parece que son bozales
enjoyados para lo fieras terribles que son. Así las bailadoras
negras los tienen siempre cubiertos por grandes pezoneras,
pues la danza les despertaría como a los leones
y no se la podría presenciar sin esa salvaguardia, sin esa
contención que hace que una ferocidad irresistible no penetre
en el pecho del espectador.
Los senos de las negras revelan hasta dónde son animales
los senos de las blancas, hasta qué punto es carne
adobada la carne de los senos, los comprometen y los
denigran, siendo conveniente apreciar eso.
Toman la luz y sus valores resaltantes de un modo que
lo blanco no puede recoger. Por eso su plástica está listada
de luz y se exalta como la perla negra se exalta. Se
ven más que los blancos.
La negra se ríe de sus senos como no se ve reír a la
blanca, pero como indudablemente se ríe también. Es una
risa siniestra de herir con un arma; es una risa sanguinaria
que pone de manifiesto los dientes blancos, revelando
hasta dónde es un animal de cuidado la mujer. Sobre
todo, cuando en sus bailes les remueven demasiado a propósito,
con una alevosa premeditación, paradas, y sólo
dándoles velocidad como en una tumba africana, la burla
es la burla de las burlas y abusan de saber cómo impresionan,
sin que nada justifique que ellas se impresionan.
En las negras, los senos llegan a parecer como grandes
butifarras, hechas con picaduras de carne de hipopótamo,
por ejemplo, o algo así.
Pesadilla negra esa de los senos de negra, senos accidentados,
sin desbastar, materiales, tan materiales que
ahogan en su materia como un mar espeso, como las aguas
del mar Negro.
SENOS DE MADRE
A veces los senos de madre no pueden recordar su antiguo
significado, su primera coquetería.
Pero cuando vuelven, ¡cómo sobrepasan la insignificante
coquetería primera! Vuelven desiguales, lo cual es
ya una mayor extensión de su encanto. El seno con el que
dieron de mamar es el mayor. El otro no tuvo casi leche,
resultando por eso como un pobre desgraciado que merece
más caricias, aunque el otro sea el fecundo, en el
que parece conservarse aún algo de leche blanca y condensada.
Cuando dan de mamar, el ver la cabeza del niño junto
a ellos y un poco de color de ellos, hace que nos abstengamos
de seguir mirando, aunque también al dar de mamar
se convierten en biberones.
Los senos de madre duelen en el parto, y a veces sufren
grandes dolores después, cuando se les cierra la espita.
Sin embargo, en el dar de mamar normalmente encuentran
una gran voluptuosidad, que se callan, como
si no estuviese permitida.
Los senos de madre tienen cicatrices, porque se inflamaron
y supuraron en el parto, y hubo que hacerles punciones
y ponerles inyecciones antisépticas, quedando su
piel convertida en una criba. Su aréola se llena de elevaciones
en el primer embarazo, y subsisten después siendo
su nombre el de tubérculos de Montgomery, nombre
como el de una condecoración de los senos heridos en
la batalla. Todas esas taras son necedores, que les ha curado
de su presunción de objetos de bazar, que les ha humanizado
más, que les hace tener una mayor modestia,
les hace más expertos, más comprensivos y más dueños
de su voluntad. Por eso los senos de madre son más amparadores
y tratan al amante como amante y como hijo.
Hay hombres que no sabemos por qué están tan enamorados
de las mujeres junto a las que caminan siempre.
Un secreto intenso les atrae, les hace envolverlas,
encubrirlas, acercarse como miopes a sus figuras embozadas
en los trajes vulgares.
Pero el secreto ese es que esas mujeres tienen unos senos
disimulados para todos menos para ellos, con un disimulo
que una vez descubrimos en una novia provinciana,
en cuyo pecho encontramos lo inesperado muy doblado,
muy apretado remetido con fuerza, tan violentamente
que eso evitaba la circulación de la sangre, y el
hallazgo estaba pálido, adolorido y frío.
Estaban sus senos plegados como redondos farolillos
japoneses, y bastó encamdilarlos y tirar de ellos para que
fuesen bombas de luz.
Esos hombres que saben que sus esposas guardan lo
que no puede apreciar nadie, son modelos de oficinistas,
hombres que se contentan con cualquier trabajo porque
esos senos que poseen les dan categoría sobre los demás,
porque merece cualquier resignación en la vida del trabajo
encontrar al final de la jornada los senos insospechosos.
Habrá quien crea que son tontos, habrá quien no
les mire siquiera, pero a ellos no les importa aunque se
den cuenta, pues miran con sorna el espectáculo de la
organización del mundo, porque los senos disimulados
de su esposas les compensan de todo. Para ellos, el arte
y la novelería de la vida está en ese secreto de dilatación
que hay en sus esposas y que no podrán contar ni a su
íntimo amigo.
LA MADRE POBRE
La leche de las pobres de pedir limosna es como el
agua; pone a sus hijos aguanosos, pero no les alimenta.
Es el mayor sarcasmo que se comete; es la mayor falsedad
evidente que no se consiente. La vida, más fuerte
que el hambre, llena los senos de la mendiga, ¿de qué,
si a veces no ha comido? La vida los llena y les da el
apetito de probar de ellos, pero se lo dejan todo a su hijo.
En los senos de la mendiga hay un resorte de milagro.
Sorprende vérselos sacar negros, quemados, del color de
la tierra rasera, color cáscara de patata y ponérselos en
la boca a sus hijos.
REYES Y SULTANES
Los reyes manejan clandestinamente senos admirables
en los que imprimen el sello de su sortija que queda grabado
en ellos, porque se lo infieren cuando están candentes,
cuando se ablandan como el lacre en la hora ardiente
de orgullo.
A los reyes les apena el tener que desflorar en el secreto
y en la oscuridad esos senos que sólo se abren ante
ios reyes, como pasionarias, enseñando sus atributos interiores,
los atributos, las cositas, las filigranas que guardarán
bajo su envoltorio siempre para los que no somos
reyes.
En las sombras de los palacios que tienen en las afueras
de la ciudad en que reside la corte y donde llevan a
sus conquistas, los senos de ellas se sienten ateridos, mirados
con un conminatorio rencor por todas las reinas
de los panteones de reyes, y se contraen de un frío letal.
En las cámaras nupciales de esos palacios, los senos de
las advenedizas se llenan de una palidez y una amarillez
de muertas, que les hacen interesantísimos; se quedan
sobrecogidos, más infragantis e ingenuos que nunca, exaltados
sobre el fondo de oscuridad y de muerte que no
hay más que en esos palacios, pintados sobre un fondo
que sólo hay en los lechos de esos palacios reales. ¡Color
y formas que sólo verán los reyes galantes!
Los sultanes tienen más a las claras, más declaradamente,
con más realidad, numerosos senos. En la luz concentrada
en esas casas, miran hacia dentro, en la luz que
enjalbega los patios de los harenes, los senos que gozan
los sultanes están llenos de una certeza suprema, esa certeza
que toman las cosas bajo los claros mediodías del
estío. Los senos que poseen los sultanes son senos como
de dulce de coco y azúcar; senos jugosos; senos cuya blancura
exalta los ojos, morenos y rasgados: senos que cuelgan
como higos frescos en la higuera fresca bajo el sol
agostador, senos como llenos de una fresca, blanquísima
y dulce horchata; senos incensarios, que se mecen
como incensarios; senos guirnalda, porque obedecen con
una rara unanimidad al mismo señor y no temen a Dios,
sino que se ofrecen también como por mandato de su
Dios; senos como grandes bolas de azahar; senos que
miran con ojos rasgados y nostálgicos; senos llenos de
pereza, de enervación y de languidez; senos un poco triangulares,
como si así tuviesen más la forma litúrgica; senos
a los que alumbra de lejos un sol claro como a la
luna; senos extáticos, como las cosas en la siesta; senos
que meditan en el esplendor de la realidad del día, y es
su levadura esa meditación; senos enjarrados por la luna.
Esos senos de los serrallos crecen, crecen, crecen, hasta
dar en el suelo, y cuando un poco aventajadas ya no se
levantan ellas, quietas y resignadas siempre en cuclillas,
ellos descansan también sobre los almohadones echados
sobre el suelo.
Cuando las mujeres del serrallo cometen infidelidad,
el sultán, iracundo, no corta con su gumía sus cabezas,
sino que corta sus senos con golpes que facilita la forma
de la gumía. Todo el serrallo se llena de un lado de cadáveres
y de otro de senos, volando las almas entre unos
y otros, porque se salen en seguida por los agujeros de
palomar que se abren en los pechos de mujer al arrancarlas
sin precaución sus senos.
Los senos de las mujeres del serrallo crecen también
y adquieren mayores encantos y mejores nácares, porque
no hay nadie como los sultanes para decirles todos
los piropos imaginables, los piropos que los cuidan y los
hermosean como ningún agua de rosa. Por eso ellos sienten
que les pertenecen tanto los senos de sus mujeres,
porque saben lo que les han dicho con una inspiración
en que han puesto todo su corazón y su riqueza de filtraciones
de sol y de luna.
Los senos de las favoritas luchan unos contra otros como
las testuces de los machos cabríos, y alguna vez, enardecidas
todas por la comparación de sus senos, se tiran
los senos a la cabeza y algunas se descalabran.
LOS SENOS DE EVA
Por pensar en todos los senos hemos pensado en los
de Eva, caudalosos, fuertes, de piel dura, rojiza y áspera;
senos de ama de cría montañesa, de leche pura, salutífera
y prodigiosa, la leche en su primera fuente, la fuente
que no se ha agotado después. Adán no se dio verdadera
cuenta de ellos, porque estaba asombrado ante otras sorpresas.
Fueron los únicos senos que hicieron un perfecto
ángulo recto en relación con el plano del pecho, un ángulo
recto que inmediatamente después fue perdiendo grados
y decayendo. Los senos de Eva fueron los que conservaron
la estructura que les imprimió el molde de metal,
el llanero que utilizó el Creador para su formación
y que después colgó en su cocina.
EL SENO MÁRTIR
Aquella mujer larga, flaca, marfileña, iba pereciendo.
Su belleza no desaparecía, sin embargo, en aquel lento
perecimiento. No le faltaban pretendientes, pero ella se
obstinaba en no tener novio. Tocaba sentimentalmente el
piano largas horas, sin notar la caricia al hombre, que
es la caricia al piano. Así todo lo que en ella era inflexible
a los hombres, era sinceridad, entrega e impudor para
el piano.
Sus enamorados, callados, desahuciados, aprovechaban
los instantes en que ella tocaba el piano para verla
en todo lo que tenía de mujer. Tan enjuta como era, se
veían, sin embargo, destacarse sus senos, los senos que
nadie calaría, las frutas al otro lado del abismo, entregadas
a su consumación por el tiempo.
¿Qué mal la mataba? Ella parecía sufrir del corazón;
de vez en cuando se echaba mano al pecho, como diciéndoles
a todos. «Aquí me duele». No había ido nunca al
médico; su pudor no había dejado que sus padres la llevasen.
Hasta que un día se desmayó, y al desabrocharla se
vio que uno de sus senos, el izquierdo, estaba completamente
gangrenado. ¡Oh, por no enseñar sus senos había
callado, y el tumor había profundizado tanto, se la había
comido de tal modo, que por el agujero que había hecho
se veía funcionar a su corazón, como se ve moverse al
volante a través del cristal de un Roskoff!
SENOS DE CASTILLA
En el paisaje árido y seco de Castilla, los senos son
una sorpresa milagrosa, son dos tacitas de agua.
Por lo general, las mujeres de Castilla tienen unos senos
prietos, pétreos, senos pegados al pecho, sobrecogidos
por la aridez de la tierra, senos terrosos, aunque como
la greda que el escultor moja todos los días. El frío
duro y el valor duro parecen haberlos agostado; pero sobre
todo esas grandes heladas que caen sobre Castilla.
Los senos de Castilla son senos de esposas fieles de
labrador, y hay en ellos como un puñado de granos de
trigo, aunque también en ellos hay una colección de semillas
de flores que no brotan en esa tierra. Pero de pronto,
entre esa comunidad de senos austeros, surge la visión
de unos senos impares, ampulosos y llenos.
La que los lleva camina con una especial crueldad, con
un aire de reina de Castilla. Se prevale de toda la sed
de alrededor, y de cómo sobre la tierra sin senos, sobre
la tierra llana, se destacan sus senos, recortándose sobre
el cielo.
¡Ah! ¡Pero cuando Castilla se vuelve loca, cuando sus
pueblos se exaltan hasta el paroxismo, con ardores de una
voluptuosidad indecible, es cuando hay en ellos unos senos
pecadores!
EL QUE SE LOS COMIÓ
Parece que ha habido un hombre de instintos temerarios
que se ha comido unos senos de mujer, como se comen
unas naranjas sin mondarlas ni repartirlas en gajos,
sino mordiéndolas y chupando.
Quizá unos senos comidos con el valiente apetito con
que se podría realizar ese acto, sepan a ancas de rana o
cosa por el estilo. ¿Y su pezón? Su pezón debe saber como
el tostado pezón de los panes que acaban en punta,
en una punta exquisita.
También parece que algunos senos deben saber a guayaba.
LA OPERADA
Lo que más dentera nos ha dado ha sido la imagen de
la mujer a la que cortan un pecho —una «mama» debería
decirse, para alejarse aún más de algo que es más terrible
y más emocionante diciendo «senos».
Esa mujer con un pecho resulta como más impresionante
y como más dotada que de los dos porque se buscará
siempre en ella, además del que se encuentra y del que
sería igual que el que se encuentra, otro seno más joven,
el de entonces, el que queda en su base y que lo representan
algo así como el nudo del árbol a la rama cortada.
¡Qué feroz desnudo el de la mujer con un seno menos!
La vida del hombre que la contemple sentirá un encarnizamiento
atroz, sentirá una locura de enternecimiento,
estará buscando perdido y obcecado ese seno escamoteado.
¡Qué realidad y qué tesitura más dramática y sentimental
la del seno que falta!
Todos los días, en los hospitales y en las clínicas se
cortan pechos de mujer, pecho podridos, pechos llenos
de una trichina que se goza en ellos y no se puede descartar
precisamente por eso, porque encuentra su dulzura
y se ceba en ella.
Las que van a ser operadas se acuestan para que las
corten el pecho, se acuestan sabiendo lo que las va suceder,
dispuestas a sacrificar algo de los superfluo para que
no se contamine toda su vida. Los maridos y los amantes
los han acariciado por última vez, con una caricia de despedida,
y ellas se lo miran también por última vez. Quizá
lloran por él, pero piensan: «La muerte, después de todo,
¿qué es sino la extirpación de los dos, y la extirpación de
la cabeza y de todo lo demás? Si no tuviese que suceder
eso sería para desesperarse de un modo imposible; pero
teniendo que suceder eso al fin, esto no es demasiado».
Eso que sucede en los hospitales es como si de las banastas
de las frutas se tirase la fruta podrida. Se hace tan
sencillamente como se hace eso en los mercados.
En las guerras —hasta en la última guerra se ha hecho—
sucede, sin embargo, algo más atroz, y es que la soldadesca,
sobreexcitada por esa fiera incógnita que hay en los
senos, los cercena sanos y todo, dando el mayor placer
a las infames espadas que gozan como nada haciendo lonchas
de seno, las lonchas más voluptuosas de hacer. En
las guerras, aunque se supriman las violaciones y los robos,
no se logrará suprimir esa tala de los senos, en cuya
tragedia hay algo peor que el que sean cortados de raíz
y es el que sólo sean destapados y queden colgando, como
si quedase abierta la tapadera del tintero de la sangre.
LAS SERPIENTES Y LOS SENOS
Es un bello cuadro de sagacidad y de glotonería que
exalta los senos, el de las serpientes que roban la leche
a las madres. Llegarán pensando en los senos con un encanto
que las pondrá eréctiles desde la cabeza a la cola,
y cautelosas, como la mano del ladrón que va a robar
el tesoro que se esconde en el bolsillo del pecho, buscarán
el pezón y lo chuparán.
Después, todo su cuerpo, engolosinado, se sentirá recorrido
por un hilillo de leche de saber insuperable, y
sus ojillos mirarán la tersa maravilla, mientras su cola
se moverá con alegría, como una batuta que dirige una
música suave y lenta.
LOS SENOS DE LAS MUÑECAS
DE CERA
¿Son quizá más admirables los senos de las muñecas
de cera que los de las mujeres de carne? Quizá.
En la delicia cérea de los rostros de las muñecas de
cera entra por mucho, entra sobre todo la delicia de sus
senos. Sus senos les dan una realidad que no les dan sus
rostros. Sus senos tienen las vertientes, las plasticidades
y los brillos de lo móbido, más aún que siendo blandos,
además de tener cierta inmortalidad que sobrepasa su encanto.
¡Cómo afrontan al hombre los senos de las muñecas
de cera! Yo, en la intimidad de una de esas muñecas, los
he visto desnudos y afrontándome de un modo que no
se vence como se vence a los de las vivas después que
se desnudan así sino que nos vence irremisiblemente, nos
vence porque no podemos avanzar sobre ellos y tenemos
que considerarles, considerarles sólo, considerarles únicamente.
(Los de las estatuas producen una sensación contraria,
porque son duros y falsos, como no lo son los de
las figuras de cera).
¡Cómo dejan la caricia en la mano los senos de las figuras
de cera! La dejan en la mano sin descomponerse
y ponerse pachucha, como sucede con la que dejan los
de carne. Queda en la mano la forma entera, blanda y
sin aplastarse de ese modo con que se aplastan los de carne.
¡Amarillos e inefables senos de las mujeres de cera!
Han pasado la muerte, la han remontado y tienen las virtudes
indescomponibles. Ningunos senos tan admirables
y tan rotundos como los de las muñecas de cera, ni los
blandos senos de la Divinidad hembra, que son demasiado
inmortales, excesivamente inmortales y, por lo tanto,
fríos e insensibles.

Gomez de la Serna- Senos 3

LOS SENOS DE DOÑA INÉS
La única desnudez que supo don Juan de doña Inés fue
la de sus senos. Los senos de doña Inés, como un solo
seno o repecho bajo las tocas, mostraron el pliegue de
los dos en la hora del desmayo, cuando toda su simetría
se arrugó y se le levantaron los embozos.
Después allí en la quinta sevillana don Juan encontró
los senos, los buscó, sacó moldes de ellos para su recuerdo,
pues comprendía muy bien que la fatalidad le rondaba.
¿Pero cómo si perdía a doña Inés dejar de recordarla
asida por el sitio más asidero, por los senos?
Por lo menos recordó siempre sus senos atados por el
largo cíngulo para los senos que usan las monjas para
sus senos. Comprobó que estaban, que dormía la cabeza
del uno junto a la cabeza del otro, como en los medallones
en que para cogerlos dentro del óvalo hay dos niños
así.
Don Juan con disimulo faldeó con su cabeza los senos
de doña Inés, buscando con las sienes y la mejilla el relieve
de su almohada. Nunca se le pudieron olvidar.
LOS SENOS DE LAS NIÑAS DEL
CONSERVATORIO
Van envueltos en trajes de muselina rosa y campean
sobre el gran cartapacio de la música. Son como copas
que vibran todo el día, durante las largas horas de la clase,
porque todo el fondo del Conservatorio está lleno de
músicas, de toques de cucharilla sobre las pancitas de cristal.
L
as niñas del Conservatorio tienen senos que gracias
a la música que aprendieron siempre estarán bien conservados.
Los viejos profesores injustos, pero humanos,
tienen muy en cuenta para los sobresalientes el encanto
más o menos grande de los senos de las niñas del Conservatorio,
senos con un lacito en el pezón.
LOS SENOS DE ELOÍSA Y DE
BEATRIZ
Los senos de Eloísa eran igual a los de Beatriz y los
de Beatriz igual que los de Eloísa.
Esas grandes heroínas de la literatura y del amor, tienen
senos que no caen sobre el corsé —el corsé es
perverso—, sino sobre una alforja que hace el traje sobre
el cinturón que lo aprieta un poco más arriba de la
cintura. Andaban pasito a pasito aquellas heroínas, mirando
mucho hacia la tierra para no desnivelar su paso
y que así se pudieran mover sus senos.
Los senos de Virginia, Eloísa, Beatriz, Genoveva son
senos en los que era encantador encontrar la pesada calidad
de la carne cuando sus figuras tenían la vaguedad
romántica del espíritu, la ingravidad que dan al ser las
grandes pasiones exaltadas. Sus novios, sus adoradores,
sus poetas, los que quizá no tocaron sus senos, esperaban
y es lo que se preparaban con su exultación lírica,
que ellas les dejasen tocar toda la naturalidad y la dureza
de sus senos. ¡Senos duros en la inmaterial belleza ideal!
Ningún ser humano obtendrá mayor placer que ése.
Merece la pena de hacer oración y depurarse para tocar
alguna vez en la figura elevada y espiritualizada hasta el
delirio, los senos verdaderos, colgantes, con su fuerza
de gravedad infiltrada en la curva vencida de su plástica.
Senos de Eloísa y de Beatriz, senos que ni ellas mismas
acabaron de comprender, pero que colgaban como
los verdaderos en su pecho, vosotros sois esa eminente
paradoja que exalta la vida.
LOS SENOS DE LA REGIÓN
DE ABAY
En esa región de Abay en la Idea, donde a la mujer
que entra en el primer día de su pubertad se la lanza pintada
de rojo por las praderas y el que primero la encuentra
aquel la posee, los senos de las mujeres son rojos con
franjas amarillas. Parecen tiros al blanco, pues las franjas
rojas en los senos con concéntricas, así como en el
resto del cuerpo lo embandan. Todos son felices en la
región de Abay donde sólo existe una clase de árbol, en
que se clava un puñal y salen manantiales de dulzura entrañable.
Tenía que haber esos senos en algún lado del mundo,
y allí los hay, provocando en las danzas una especie de
fuga de círculos como los que se escapan al buen tabaco
en la hora espesa.
LOS SENOS DE LA CHATUNGA
En la chatunga los senos toman una importancia arrebatadora.
La nariz se ha sacrificado para hacerlos más
valiosos y deseables. Cleopatra era chata, pero debía tener
los senos que bailan solos la danza de su vientre de
ombligo rojo.
La chatunga con senos vivos y ondulados es la hermana
más casadera de las hermanas. La nariz corta hace
discreta la expresión de su cara y deja que ios senos se
explayen.
La chata con senos encantadores enloquecerá a los
hombres como si les diese cloroformo, como si les empujase
la cabeza contra el mullido de una cama queriéndoles
ahogar, como si les pusiese un apósito de algodón
con que asfixiarles.
En la chatunga parece que el pezón de sus senos hace
el gesto chatungón de su chatunguería y los senos se respingaran
con gracia rabalera ei día en que ella ría en la
aventura del matrimonio, pues con la chatunga —porque
las lágrimas o la seriedad ponen feísima— está asegurada
la risa, en la hora de los atrevimientos que viene inmediatamente
después de la boda y en que todas las hipocresías
se inutilizan y todas las frases de resistencia
hay que hacerlas vivir en sentido inverso.
LOS SENOS DE VERDADERO
SÉVRES
En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura
se cimbreaba en la luz.
—¿Qué desea? ¿Me trae algún abanico?
El anticuario, al verla sin ningún paquete, creyó que
era una de esas que se sacan de no se sabe dónde un abanico,
un abanico viejo, que llena de lentejuelas la tienda
cuando ellas lo abren.
Ella, acercándose más al anticuario, le dijo:
—Le traigo unos senos de verdadero Sévres.
—Venga, pase —le dijo el anticuario, pasándola al despachito
donde compraba las joyas más importantes.
Ella entró con la determinación de la que va dispuesta
a todo y allí sacó sus senos y se los enseñó al anticuario.
—¿De Sévres?… ¿De Sévres? —decía el anticuario sin
dejar de darles vueltas como a los jarrones a los que se
busca la marca.
—Sí, mire usted la señal —y la mujer que tenía los más
puros senos de Sévres, y que sabía dónde estaba el grabado
frío como una cicatriz de la marca, le dijo—: Aquí
está.
El anticuario con su lupa se quedó asombrado de la
autenticidad, y comenzó a contar como quien cuenta papeles
de fumar los billetes que daba por ellos.
Y la mujer de los puros y verdaderos senos de Sévres
salía de la tienda sin senos, lisa, como la que ha vendido
la última joya que le quedaba de sus padres.
LA MUJER DE SENOS PARA
VERANO
Lo más bello de aquella mujer era que no sudaba en
verano. Eso lo tenía muy a gala ella y lo repetía muy a
menudo, dándose tono como poseída por una gran dignidad,
gracias a esa condición.
Ese efecto de sudar la había comprometido en algunas
ocasiones, pues en sus enfermedades no había podido
romper a sudar, y los médicos no habían sabido qué hacer
para hacerla reaccionar. Gracias que todo se desvaneció
ante su frialdad de mármol.
En verano era encantadora, y lo más fresco eran sus
senos, que parecían como dos sorbetes de mantecado con
la punta de fresa, en esa combinación amarillenta y rosa
a que son aficionados los reposteros.
Yo, que soy el escritor de los senos, su crítico de arte,
el que formó su colección y ya no admite ni los duplicados
ni las falsificaciones que ofrecen de todos lados, no
me dejo engañar por los senos.
Unos especiales colgados del pecho de la mujer engañosa,
meretriz disimulada, que incurría en todas las
contradicciones de su profesión, acabaron por llevarme
adonde querían. Me era muy simpática aquella mujer
que se administraba como si su cuerpo estuviese lleno
de cupones y cada noche cortase los que correspondían
cambiar por dinero; de tal modo me insistió, tanto corrigió
su antipatía para llevarme, que me llevó. Yo, sin
embargo, iba con la firme decisión de sentarme en una
butaca, de verla y de sentirme muy enfermo en seguida.
Su gabinete era el rosado gabinete para los imbéciles.
Me recordó las decoraciones de las lecherías en que todo,
desde la lámpara hasta los espejos, está envuelto en
gasas rosas, para evitar que dejen su huella las moscas.
Se oía a los hombres de todas las noches queriendo dejar
la huella de su uña en la habitación rosa.
Me senté en la butaca y ella dijo lo que quería. Me
enseñó sus senos, dos senos con un tipo de goma de las
mujeres muy dadas a la noche, y con el color de la goma
sucia de los chupones de los niños, cuando están muy
usados y han rodado mucho por los suelos. Parecían colgados
de su cuello con fuerza, como si la diesen un abrazo
corto y asfixiador.
Bueno, los toqué. La emoción de la goma que siempre
me ha acudido frente a los senos mercenarios, acudió a
mí con más seguridad; pero después noté que había en
su fondo una dureza de piezas sueltas con los cantos fuertes,
la sensación de un bolsillo de malla de plata repleto
de monedas. Estaba apretado el dinero en el fondo de
aquellos senos y dulcificada la rigidez de su metal por
su malla de carne. ¡Uf! Aquéllos eran los senos llenos
de oro, dos grandes bolsas como las de Judas, con el cierre
muy fruncido y lacrado.
Cuando comprobé eso me puse muy enfermo y me marché.
Ella para salir al pasillo y abrirme la puerta de la
calle, se guardó los senos como quien esconde las carteras
de billetes y los sacos del dinero.
Ya me pareció siempre con sus senos a cuestas, la figura
de la cambianta que lleva los sacos de calderilla a
la cadera.
EXVOTO
I
Ana tenía una gran fe en aquella Virgen colocada en
la capilla con menos luz de la iglesia, ataviada con adornos
antiguos, azabaches, galones dorados con el color
de los que se guarnecen las cajas de muerto, terciopelos
pelados, como sólo se pelan las alfombras antiguas, y
olientes a ese color que toman las telas que han estado
en los sótanos. Toda la imagen estaba como resfriada por
un vientecillo secreto, y un frío, y una acuosidad de capilla
de iglesia, transpiración de una tierra con muertos
y con pozos anchos y hondos.
Ana le regalaba flores, y la regaló dos jarros rosa con
flores de talco de oro. Iba mucho a verla, pero de pronto
comenzó a ir más a menudo. Se veía que deseaba una
familiaridad mayor con la santa.
Su desnudo era demasiado liso, demasiado resbaladizo,
sin senos, con dos botones blancos señalando su sitio,
dos botones como unas verruguitas desangradas, y
por eso ella, que deseaba el amor como un sacramento,
quería pedir a la santa la gracia de unos senos.
Un día, por eso, después de muchos días de indecisión,
se decidió a hacerle la petición de un modo más
visible, ofreciéndola un exvoto.
Entró en una cerería, esa tienda clerical, apesadumbrada
y lívida. En el primer momento no supo pedir lo
que deseaba al mancebo de la cerería, de blusa de color
cera y un aspecto laxo y céreo. Miró alrededor. Mariposeó
sobre las velas rizadas, miró los rodetes de cera, que
son los exvotos para salvar las gargantas; buscó en la vitrina
en que duermen como en una fosa común los restos
humanos, que son los exvotos, pero no encontró el
que buscaba lo que hubiera querido señalar diciendo
«Eso».
Por decir algo, puesto que era insostenible el silencio,
dijo: —Quiero un exvoto.
—¿Un cuerpo entero o un solo miembro? ¿Un corazón?
¿Un brazo? ¿Una pierna? ¿Una cabeza?…
—No… Quiero…
Se la agolpó la sangre a la cara, y dijo, mintiendo con
alevosía:
—Es una enfermita del pecho…
Entonces el mancebo, comprendiéndola, la ofreció unos
senos pequeños, como esas pezoneras para enferma de
los pechos, que venden en las boticas.
El mancebo, con trazas de sacristán, bajó la nariz, cogió
el exvoto y se lo envolvió sin chistar. Ella preguntó
el precio, pagó y salió…
Ya en la calle, cuando se rehizo, comenzó un andar nuevo,
lleno de desparpajo, porque se sintió ya más mujer,
con los senos aumentados por los senos que llevaba envueltos.
Entró en la iglesia. Estaba solitaria la capilla y había
un clavo vacío. Miró a todos lados temiendo que la viese
la «sillera», que la conocía. Nadie. Desenvolvió su paquete
y sacó el exvoto, que colgó del clavo vacío, con
un rubor extraño, sintiendo frío en su desnudo como si
hubiese abierto su pecho y hubiese sentido en él el grave
frío de la iglesia, ese frío que sale por los resquicios de
las baldosas y de las tarimas.
Después se encogió, se hizo un ovillo y se llenó de atrición
para fecundar mejor sus senos. El exvoto, colgado
de una cinta de seda rosa, parecía lleno de persuación
y de esperanza, y parecía tener una palpitación ingenua,
una blandura carnal, desangrada, paciente y virgen, sin
rosa en el brote, pero sin esa rugosidad en el pezón que
tienen hasta los de las niñas. ¡Perfectos senos místicos,
llenos de una femineidad irritante y languideciente!
n
Después de aquel día, Ana no dejó de ir a poner sus
ñores a la santa, y pasados tres meses, sus senos aparecieron
admirables, duros, anchos y blancos, blancos hasta
dar frío y algo así como una dentera sensual de puro blancos
y de puro crecidos. Eran de una masa de nardos, de
una masa celestial, más suave que la de los espontáneos,
y el rosa de su pezón era un rosa indefinible.
Y pasó un poco de tiempo más, y un día llena de inquietud
y de animación, empujada por sus senos irresistibles,
fue seducida por un cualquiera. ¡Quería mostrarlos!
¡Quería mostrarlos!
Desde entonces sus senos la fanatizaron, la llevaron a las
casas de persianas echadas; hubiera querido mostrarlos en la
calle, hubiera querido asomarse al balcón con ellos fuera.
Dio pábulo a una constante orgía admirable y ardiente;
pero en medio de su impureza, fogueados sus pechos
por los besos como botones de fuego, recordaba sus otros
dos senos de niña, virginales siempre, sin mordeduras,
a salvo del pecado, colgados de una cinta de seda en la
capilla de Santa Maravillas.
EL DERECHO Y EL IZQUIERDO
EJ seno izquierdo es el del corazón, que está dentro
de él, embalado en él, enjaulado dulce y blandamente
en él. Tiene más vida que el otro, y es hacia el que se
va siempre, y sobre el que se insiste, sopesando en la mano
el seno y el corazón, el blando seno y blando corazón.
Por eso ellas dicen:
—Te olvidas del otro… Acaríciale al otro. ¡Pobrecito…!
El otro es un poco muerto y un poco frío, está muy
lejos del acariciado y es como el niño desdichado, el que
tiene envidia, el que se quisiera acercar a la caricia, el
que anhela y mira queriéndonos apiadar, abandonado sin
merecerlo. Sin embargo, se cuenta con él en el otro, y
acariciando a uno sólo se siente a los dos, parece que
nos damos cuenta de los dos. El otro, el más abandonado,
reproduce al preferido, y es la riqueza que no se gasta,
pero con la que se cuenta como con un ahorro firme
En el seno del corazón no es que se sienta el latido
del corazón, porque eso sería terrible e insostenible, como
es terrible y es para dejarle volar sentir en la mano
apretada el latir caluroso del pecho de los pájaros, toda
su pechuga exaltada; en el seno del corazón hay una cordialidad
viva, aunque es en el que está la muerte también,
Ja posibilidad, el augurio de la muerte, y eso mismo
hace que sea más apasionante.
La mujer siente por eso cuando se acaricia su seno izquierdo
algo así como si se cuidase su destino, el destino
que ni ella misma sabe, el destino que reside ahí…
Así, una especie de extrañeza las invade al dejarse acariciar
ese seno, como si fuese superior a ellas y hubiese
de ser implacable lo que en él se alberga, lo que en él
hierve.
¡Qué atravesado de sentimientos indecisos, de sospechas,
de vagas presunciones, de apuñalamientos, debe de
estar ese seno!
El)as por todo eso parecen decir al entregarlo:
—Ahí está… No sé lo que le espina, lo que guarda herméticamente;
cúrale, vuelve propicio mi destino, anímale,
porque es el que ha de morir primero… Aplaca mi muerte.
SENOS DE VIUDA
Los senos de viuda se abren en la negrura profundamente
blancos. Parece que habían de ser blancos y negros,
o el uno blanco y el otro negro, o los dos con aureolas
y pintas negras; pero son blancos, blancos como lo
blanco es blanco y lo negro es negro.
Sobre todo, el primer día que los enseñan de nuevo es
como si fuesen adúlteras, y el descubrimiento que hacen
de ellos hace que tiemblen ellas y sus nuevos esposos o
sus amantes. En medio de la gran libertad de que son
dueñas, parecen facilitar lo prohibido. El cadáver a lo
lejos intenta levantarse y araña en la caja, porque quisiera
evitarlo, porque lo ha visto, porque es lo que menos
ha podido evitar, porque sorprender esa primera vez es
lo último con bastante fuerza para resucitarle un momento,
sólo un momento, un momento después del que muere
definitivamente, y entonces los senos de la viuda se quedan
cínicos y permitidos para siempre.
El amante o el nuevo esposo, sin embargo, verá siempre
cómo desde muy abajo tienden unos brazos hacia los
senos que cuelgan.
Todo el perfil de la viuda se exalta siempre sobre una
cortina oscura, y, por lo tanto, sus senos se destacan también
sobre el negro profundo, sobre el negro que recorta
como unas tijeras su silueta.
Los senos de la viuda son como unos senos que han
matado, como unos senos mortíferos que pueden hacer
una nueva víctima. ¿Qué cicuta dulce hay en ellos? Asustan
un poco y parece que apuntan como un arma de fuego.
Por eso el nuevo manipulador los relaja, los embota,
lucha encarnizadamente con ellos aun en medio de su pasión.
Hay como un duelo a muerte entre él y ellos, y o
declinan los senos de las viudas, o declina el nuevo tesorero.
Las viudas saben cuál era el más preferido por el otro;
eso lo sospecha el nuevo amante y procura no incurrir
en la antigua preferencia y alterna sus preferencias. Es
como si la viuda tuviese dos hijos, el uno hijo del otro,
y el otro hijo del reciente enamorado. ¡Qué cuidado en
no confundirse, porque preguntar la verdad es algo imposible,
es una pregunta inexpresable!
Indudablemente, uno de los senos de la viuda tiene hecho
el taladro que nunca taladra ninguno de los senos de
las mujeres más acreditadas, porque sólo los maridos manejan
el taladrador oficial, la dura tenaza que manejan
los revisores de los trenes.
¡Senos solapados de las viudas!
Senos que, como el sello matado de los coleccionistas,
tienen más mérito que el mismo sello nuevo, tienen
como más vida y una experiencia inimitable, más cumplida,
como es más cumplida la decadencia que hay después
de la perfección, que la perfección misma.
Senos que han muerto y han resucitado, senos que guardan
en secreto dentro de sí las antiguas cartas y las antjguas
noches, como «secretaire» con rincones inasequibles.
Las viudas incitan más con sus senos, porque están detrás…
¿detrás de qué? No se puede aclarar esta idea, y
sólo se puede decir que están detrás, y por eso, aunque
ellas desesperadas los hagan avanzar y avanzar con un
descoco tremendo, desesperadas por lo que les abisma,
retira, profundiza y se interpone entre sus senos y el nuevo
amante, no logran romper el fatal estigma de que estén
detrás… El nuevo amante encuentra en eso una desesperación
que le encalabrina, algo de perro escarbador que
escarba siempre, presintiendo algo que está cercano, que
ve con más nitidez que nada, aunque no lo acabe de alcanzar.
LOS SENOS EN DOMINGO
Los senos se solazan en el domingo; se hinchan, se
abomban, se esponjan, ¡y qué triste es que esto suceda
para que, generalmente, pasen casi todos el domingo en
babia, rozagantes, plenos pero desconocidos, encarcelados,
inútiles, separados de la fiesta!
Ellas hacen gala de ellos como se hace gala de las colgaduras
en las procesiones, en lo alto, en los balcones
de los hogares cerrados, para cuando para la procesión
recoger las colgaduras, así como los senos que han engalanado
desde lo remoto el domingo, tan deseoso de
aproximaciones, de acercamientos, de envolvimientos, tocando
lo que es terso y placentero.
Los senos del domingo, más hechos de gasa, más limpios
que ningún día, como almidonados de nuevo, ponen
más triste el domingo. Lo hacen más irreparable.
Los senos en domingo van llenos de lazos; pero de lazos
interiores y de aplicaciones sutiles. Parece que salen
hacia su apoteosis cuando salen de casa, y sin embargo
no van a ninguna parte, no van más que a describir un
círculo vicioso alrededor de su sordidez.
¡Tristes senos del domingo, tiesos, solemnes, ingenuos
y nuevos, como lo son blusas nuevas que se suelen estrenar
los domingos, más amargos y más dulces que nunca,
como con el traje de cristianar y el gorrito de encaje
que se pone a los niños para el paseo de los días de fiesta!
¡Pobres senos, cohibidos que pierden eternidades sin
darse cuenta, niños sin padre ni madre, ni antes ni después
de haber nacido!
Los que se han quedado en casa están caídos en las
chaisselongues del domingo.
LAS QUE FUERON MATADAS POR
SUS SENOS
Hay algunas mujeres de senos espléndidos y rebeldes,
a las que rechupan, sorben y «suicidan» sus senos. Sus
senos no podían ser vírgenes y abstinentes. Ellas les impusieron
su voluntad de continuar abstemias, y sus senos
se encolerizaron, se volvieron contra ellas y comenzó
una lucha sorda, terrible de rebeldía y de insubordinación
de los senos. Emplearon su hora exuberante en
aplastar sus senos, en luchar desesperadamente con ellos,
en tener una agarrada terrible con ellos.
Pero sus senos vencieron, sus senos se fortalecieron
a expensas de ellas, las sacaron las entrañas, las vaciaron
y flamearon una última vez, como si fuesen las anchas
banderas y ellas el asta flaca de la bandera. Ellas,
ya vencidas, miraron sus senos vencedores, los senos que
las habían robado los pulmones, que se los habían secado,
y presintieron su fin, y llegó inmediatamente su muerte,
porque no sólo contradice la vida una bala de revólver,
sino una abstinencia absurda.
LA MADRE Y LAS DOS HIJAS
La madre y las dos hijas tienen sendos y fuertes bustos.
Van las tres orgullosas y como avanzando en un ataque
a la bayoneta. Se abre el paseo a su paso, como se
abre el mar ante el avance de la proa afilada y determinada.
La madre, en el centro de sus dos hijas, todavía apuesta
y bella, y como hermana de ellas, según dicen todos
siempre, va llena de la altivez de ser la creadora de los
senos parecidos a sus senos, va repartida y propagada en
sus dos hijas, como si fuesen pétalos de ella misma, y
sobre todo, su gran satisfacción es que así demuestra que
la pompa de sus hijas no es la pompa vana de siempre,
la pompa que se deshace en seguida, sino la pompa duradera
y recia.
EL MALABARISTA DE LOS SENOS
Había hecho una preciosa provisión de senos frescos,
esféricos, breves, pulidos, con brillanteces carnales, con
reflejos inconfundibles.
Jugaba con ellos ante el público, y lo seducía.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve,
diez, once, doce, trece, catorce. Los lanzaba, los recogía
y los volvía a lanzar, lleno de tanto amor por ellos,
que ninguno se caía, porque él sabía que se hubieran hecho
mucho daño al caer, y eso hacía que no hiciese esas
piñas que tienen los malabaristas que juegan con pelotas
de fábrica o con platos de metal.
Se le veía radiante de felicidad, contento de su arte,
con una pasión y una fidelidad que le hacían no acabar,
embriagándose con tener en el aire y a la vista los catorce
senos de su colección, mientras en el intervalo inverosímil
en que todos estaban en el espacio y no dejaban
de estar, él tocaba sólo dos, dos en cada instante, sólo
dos, mientras los otros volaban y hacían la curva más graciosa
y más insostenible.
Todos presenciaban y seguían la delicia del número inusitado.
Había en el aire una estela de voluptuosidad y de
una gracia inconcebible, sintiéndose el público predispuesto
al aplauso, ante el suave elemento que manejaba
tan bien, y cuya especial calidad se sospechaba como si
se tocase.
Así el malabarista de los senos núbiles no dejó la pista
del circo, repitiendo su número mostrando a todos la seducción
de los senos convertida en un juego banal, irónico,
digno de los senos triviales e infatuados.
LOS SENOS EN LA DANZA
Toda mujer, tanto las que están destinadas para la mayor
quietud, como las que están destinadas para la mayor
inquietud, debían aprender un paso de danza, creado
sólo para que se desenvolviese en toda su posibilidad
la gracia de sus senos. Andando despacio al acercarse
la mujer desnuda, pierde el encanto de la danza ligera,
pero viva, que debe danzar al aproximarse.
Todas debían aprender íntimamente esa danza suave y
despierta; pero sólo las bailarinas la saben y la practican.
Los senos sienten la locura de la danza con un frenesí
que llega a veces a asustar, porque parece que van a prenderse,
que van a incendiarse del roce de uno con otro.
Caen hasta muy abajo, y se levantan como los brazos;
parece que se desprenden y se destacan, como esas pelotas
unidas por una goma a la mano y que avanzan vivamente
en el aire, sin desprenderse de la mano volviendo
a ella como vuelven los senos al sitio de los senos, aun
destacándose tanto.
Los senos en la danza son desiguales y arbitrarios; es
uno siempre más largo, mucho más largo que el otro, y
baja de un lado, mientras el otro sube y se queda adherido
muy en algo, con miedo de caer. Así en la danza, dentro
de la danza de la mujer, como en un escenario más
pequeño danzan sólo los senos una danza más rota y más
desigual; una danza que desenfoca la otra danza; una danza
central; desgarrada, desesperada, atormentada, llena
de dolorosos y placenteros entrechocamientos, la danza
en que se van moliendo, gastado y deslanguiendo los senos
de las bailadoras, la danza de que salen noche a noche,
cada vez más molidos y macerados; la danza en que
se consumen y se ablandan.
Bajo el ritmo de la danza son lo que rompe el ritmo,
lo que pone una nota de rebeldía, de bravura, de desorden,
de descomposición.
La fluidez de la danza está en los senos, y la bailadora
baila con cuatro brazos por bailar con los senos, que son
unos brazos más libres, que son unos tentáculos ideales.
Por la danza parece que los senos de la que danza quedarán
llenos de un movimiento continuo, como el de esos
relojes en que sube y baja un columpio constantemente.
Los senos en la danza son como un mar embravecido,
y su oleaje da un vértigo que embriaga.
¡Oh, si no fuesen fuertes y no estuviesen bien embridados
a los hombros los corpiños, cómo se escaparían,
cómo se precipitarían sobre el público como esos balones
que tiran los clowns al público, para que el público
juegue con ellos y se los devuelva! A veces hay un momento
en que uno de ellos se escapa; se sale fuera de
sí ya, y la bailadora se lo recoge con pánico antes de que
pueda volar, lo coge a manos llenas y lo guarda, en un
cerrar y abrir de ojos, durante el que el público lo ha
sentido avanzar sobre él, darle suavemente en la frente,
con algo de esos pétalos de rosa que se cierran y después
se hacen estallar en la mejilla.
Los senos en la danza no son del hombre; se libertan
en la danza, se dedican sobre el ara de los sacrificios,
sobre el ara en que arde el fuego, se dedican al Dios varonil
que ama esas ofrendas, y arden en el ara como ardían
los corderillos que se ofrecían en holocausto. Los
senos en la danza es cuando están más lejanos al hombre,
cuando nadie se puede acercar a ellos, cuando están
más solitarios y más dedicados a sí mismos.
¡Lenguas de fuego de la danza, suprema vorágine, vórtice
del espectáculo de vivir que puede dar la vida, señal
de rebato que conviene dar a los corazones para que sean
libres, exaltados y revolucionarios! Pero los senos ideales
de la danzarina ideal serían los que al entrechocarse
en la danza, sonasen como crótalos…
SENOS DE SIRENA
Los senos de las sirenas eran perturbadores, chorreaban
agua, siempre varios hilillos de agua los surcaban
e iba a caer por el pezón, como si fuese una fuente de
esas que se quedan yéndose gota a gota. Mojados siempre,
siempre tenían un brillo vivo, ocho reflejos que señalaban
mejor su gracia convexa y mórbida. Tenían la
fuerte calidad de las algas, su dureza y esa exasperante
tersura que tienen las algas, y que hace que cuando se
cogen al pasar por la playa no se suelten, y vaya uno estúpidamente
con ellas, y hasta sienta ganas de comérselas,
¡Ruda y resbaladiza y femenina calidad de las algas!
Los grandes pulpos del mar se agarraban a los senos
de las sirenas, y los estrujaban dulcemente, sin quererse
soltar de ellos.
Los senos de sirena eran como senos de foca, algo así
de carnoso, de duro y de blando, y las palmaditas que
se daban en ellos sonaban con un dulce chapoteo. En la
mano eran de un peso de pescado que se coge a peso,
eran como dos besugos, uno en cada mano, con ese peso
denso, compacto, un poco metálico, y, sin embargo, ligero,
de los peces; eran resistentes a todos los pellizcos,
y nunca se quejaron. Daba pánico verles tan resistentes
y se volvía el hombre que los tocaba más sumiso y más
agradecido ante el poder de la mujer que se los otorgaba.
DETRÁS DE LOS CRISTALES
ESMERILADOS
Detrás de los cristales esmerilados de los cafés de camareras
se presienten senos más limpios que los de las
prostitutas, y menos usados. Entre esos senos los hay tímidos
e irresolutos, que no se han atrevido a dar un paso
más: el paso a la prostitución.
¡Hay que ver cómo traen sus senos al parroquiano cuando
traen la bandeja con la botella y la copa! Parece que
traen principalmente sus senos en una bandeja ideal, y
que son lo que os van a servir y a descorchar con el empaque
y la importancia con que se descorcha una botella
de champaña.
Para escuchar el parroquiano, para servirle, para achucharle
y que vuelva, se inclinan sobre él desde el otro
lado de la mesa y le amamantan idealmente, ofuscándole,
deslumbrándole, como echándole rosas sobre la cara.
Estos senos de camarera están obligados a una reserva
de todo el día, y sólo a la noche se les deja ir adonde
quieren. Son escondidos, y en lo que cabe, honestos, porque
tienen largas horas de conversación, de abrochada
espera, y están lo bastante limpios de la suciedad de las
mujeres de más abajo. Son senos de mujeres que no quieren
descender del todo, de bellezas a los que gusta la paz,
de mujeres enardecidas por la confidencia.
Por esos cristales esmerilados se ven las sombras chinescas
de algunos senos que están bien. Hay muchos cafés
de cristales esmerilados, y eso hace que sea numerosa
la cantidad de mujeres, entre cuyo número excesivo
se esconde el misterio. Alguien se aprovecha de esos senos
fáciles, pero medio ocultos, de esos senos que no
quieren perecer demasiado ni gangrenarse; tanto que algunos
se escapan a toda pesquisa.
Así hemos pensado que detrás de los cristales esmerilados
de uno de esos cafés llenos de luz, pero casi siemre
solitarios, hay una preciosa joven que nadie sabe que
está allí, que la busca su familia por todos lados, que no
quisiera estar allí y, sin embargo, el dueño la domina y
la guarda en el local cerrado.
SENOS DE ACTRIZ
Los senos de la actriz que ha hecho la tragedia son unos
senos llenos de tragedia, enlechecidos de tragedia, y a
los que ha llenado de una flora de sufrimiento el sedimento
del arte. Sin que lo merezcan quizá, cuando son casquivanas
e infieles, llevan innegablemente esos senos supremos
a los que se han llevado las manos angustiosamente
en los momentos culminantes del drama, y han lucido durante
todas las tragedias sus senos como rosas de té, melancólicos,
con un perfume así, como los pétalos con esa
rizadura tan graciosa y tan desilusionada de las rosas de té.
Los senos de la actriz dramática no son todo lo elevados
que parecen, y generalmente tienen condescendencias
con los hombres vulgares o los hombres ricos y convenientes.
Eso resulta más inaguantable que ante los otros
ante los senos dramáticos que deberían tener una abnegación
más grande. Abusan del arte que se ha depositado
en ellos para entregarse a los seres antiartísticos. Ceden
malamente todo el ideal que se les ha adjudicado.
¡Qué pena que sean así, ellos tan bien portados en los
papeles nobles del drama, ellos tan interesantes en el sufrimiento
elocuente del drama! Debiendo ser para los que
supieran acariciar en ellos a todas las heroínas con el
asombro apasionado de que fueran ellos solos los senos
de todas ellas, se entregan a los que no saben nada de
eso. Debían estar enclaustradas en el fondo del escenario
esas mujeres de los senos dramáticos, los senos enternecidos
y consagrados por el Arte, o, a lo más, debieran
ser para el que mejor comprendiese el drama. Pero
no son sino para el beduino, abusando ignominiosamente
de sí mismos, y no siendo siquiera para el que hace
el papel de su amante, y al que no le permitirían ni un
roce disimulado fuera de la escena, donde se aprovecha
siempre que con arrechucho les puede dar un achuchón.
Los senos de las actrices, de la comedia, y de todos
los otros géneros, son senos engolados, hipócritas, pertrechados,
solapados, que no han llegado a la sinceridad
de la danza y sólo han galleado sin valentía, con cierta
contención procaz y vanidosa. Maculados, aun sin mácula
probada, son senos a los que se les ha ido el perfume
más en vano que a todos los otros.
LOS SENOS POSTIZOS
Aquella mujer se desnudó de espaldas, como quien se
quita ropa un poco sucia, y después se mostró. ¿Cómo
ella, que había seducido con su busto espléndido, era tan
escuálida? ¡Ah! No tenía aquellos senos que aparentaba.
Era una mentira.
Por eso tomó una actitud compungida y temerosa de
ir a ser rechazada. Pero, sin embargo, el descubrimiento
de su subterfugio para atraer en la calle y hacer pasar
el dintel estrecho, el escamoteo que había hecho de sus
senos falsos —¿de cartón? ¿de goma? ¿de vejiga?— la dio
un valor impensado, como si hubiesen sido una provocación
más sutil sus senos imaginarios.
LOS SENOS EN LA ENFERMEDAD
GRAVE
Los senos dolientes sumergidos hondamente bajo las
sábanas o bajo la capa de la enferma que se sienta a ratos
en la cama, son los senos que no se atreve el hombre
a tocar si la enfermedad es grave. No se piensa en ellos
para respetar más la gravedad. Se teme que no puedan
resucitar, pero, sin embargo, se respeta su olvido. Quizá
si se salva la enferma grave, quizá surja sin ellos que la
han alimentado para salvarla, que se han sacrificado por
ella, que se han consumido en la fiebre o que han sido
ofrecidos por ella o por vosotros, con tal de que se salve
su vida, conservando sólo sus muñones, sus nudos como
nudo de árbol.
A veces parece que los senos de la enferma son una
promesa de que vivirá. Si no se hubiesen podido perder
no serían tan suaves ni tan esplendorosos. Ahí siguen,
y eso es una esperanza. Se les da friegas de alcohol, se
les pone sinapismos o las ventosas tiran de ellos y maman
de su vida, como para sacarles la enfermedad, como
para llevársela. Cuando hay que darla yodo a ella,
aunque se cuida de que el yodo no los llene, porque los
pulmones quedan debajo de ellos, el yodo ansioso cae
sobre su resbaladiza pendiente, se corre por su piel y quedan
como ensangrentados, escocidos, ardentados por el
yodo que les penetra. ¡Pobrecitos ellos!
A los senos de la enfermedad se les siente en pelibro,
acurrucados en lo bajo de la camisa, sin sacar su cabeza
ni sus ojos como otras veces, sometidos a la enfermedad,
esperando salir de ella.
No se debe abusar de los senos enfermos. Hay que dejarles
tranquilos y arropados. Están como niños enfermos
al lado de la madre. Ella es la parturienta que duerme
entre los dos senos perdidos como se pierde el recién
nacido en la gran cama de matrimonio.
Da miedo que ellos las duelan o se desgracien; ellos,
a los que se ha tratado tan frívolamente y que en la enfermedad
se transforman y se elevan.
A ratos parecen senos enterrados, senos ya bajo la tierra,
senos que no se encontrarían aunque se les buscase.
¡Oh, si se les pudiese cortar los senos para conservarlos
así, como se las corta su trenza de pelo!
Sólo si la desahucian es preciso despedirse de ellos,
darles la mano, encontrarles por última vez.
EN LA MAÑANA
Los senos muy de mañana tienen una tranquilidad y
un abandono como el que les queda a las recién paridas
después del parto… ¡Quién piensa en ellos! Son los senos
de las mujeres que hacen la limpieza, que arreglan
el cuarto, que los tienen más olvidados que nunca en medio
del olvido general… Alguna vez, sin embargo, piensa
el hombre en ellos durante la mañana, y al descubrirlos
bajo los matinés entreabiertos le emborrachan como
el alcohol en la mañana, cuando se está un poco ayuno
de fuerzas…
Los senos por la mañana se refrescan, toman la ducha
de la mañana bajo los holgados matinés, se llenan de un
rocío interior que les sazona como el rocío a las lechugas
que hemos comido crudas en las huertas durante las
mañanas del estío.
Los senos en la mañana son unos senos como de la
mujer que cría, porque aunque sean de solteras viven para
Ja casa en ese momento, se dedican a la casa como la
madre al niño, los tienen enlechecidos todos con leche
nueva, la leche de la nueva mañana.
Los senos en la mañana son amigos de los zorros, del
plumero, de los espejos, del fondo de los armarios, del
fogón de la cocina, de los baúles, sobre los que se inclinan,
de los periódicos, de los repechos de todo, de las
tablas de las mesas, del saliente de los tocadores.
Los senos en la mañana tienen la calidad de los plátanos
que traerá la cocinera para el almuerzo y de toda la
compra que se hace para mantener el día. Son un poco
fruta y otro poco hortaliza.
Los senos en la mañana se cansan de trabajar; pero
también descansan de vez en cuando sobre los sillones,
sobre las mecedoras, llenas de una mañanera languidez,
una languidez remota al hombre, en reposo como los de
las monjas, abandonados sobre sí mismos, porque aún
no se han puesto ellas el corsé, un poco durmientes aún.
LOS SENOS FALSOS
Los anuncios tienen un valor sexual, no de un modo
agrio y enconado, sino de un modo humorístico, un sí
es no crédulo: los anuncios de las pianolas, con esa mujercita
tan exquisita, a la que diríamos algo apoyándonos
en su piano, en esa postura tan mundana que sólo se puede
adoptar ante las mujeres despeinadas de los anuncios para
los cabellos, tan en matiné, tan frescas y tan criollas, etc.,
etc. Pero sobre todo, la mujer más hecha y más hembra
de estos anuncios es la de los «Pilules orientales». Esta
mujer tiene ya cierto estado irrevocable en nuestra memoria
y en nuestras relaciones femeninas.
Es una mujer procaz, un sí es no barragana, que nos
viene sonriendo quién sabe cuánto hace, con sus turgencias
y con esa sonrisa sexual tan pungente, al enseñar el
revés fresco y seductor de los labios, y al alicaer las comisuras
de la boca tan voluptuosamente como las bocas
jadeantes y rendidas. Es esa mujer exclusivamente carnal,
toda busto, un busto que es además bajo y largo, lleno
de actitud, fuerte de cinismo, cruel, con el ensañamiento
de engañar, aparentando una dádiva, para después
contener o embestir con la marrullería y dureza de sus
defensas, busto lleno de esa maldad de las coqueterías
muy desarrolladas de armas, comilargas y bajas de agujas.
Esta mujer se ha hecho inolvidable, como una vampiresa,
y junto a las mujeres de nuestros amores, de los
viajes y de los libros, fijará ella la sempiterna mujer de
las revistas y de los periódicos, siempre en ese estado
de madurez erecta, deseosa y ardiente.
Es la ciudadana voluptuosa y mordaz de un modo inimitable
y contenido, esa ciudadana de las grandes ciudades,
que hace un gesto con el cuerpo que la provincia
y la aldea no conocen, la ciudadana que ha vivido mucho,
que ha oído las flores más espantosas, que se ha avivado
en su abstinencia por el deseo de los señores, los
señoritos, y los obreros de gran ciudad, y que sabe de
un modo recio y afilado de egoísmo lo que es ser mujer,
lo sabe «hasta donde» se teme desgarradoramente que una
mujer sepa que es mujer… ¡Oh, fatalidad, desvergüenza
calculadora e irreparable de esta sabiduría!
Y ese grabado es inimitable, con su belleza basta, aunque
distinguida para el pópulo, belleza crapulosa, turbadora
y libidinosa. En vano se han hecho con el mismo
objeto mujeres distinguidas, de una esbeltez falsa, exagerada,
visiblemente añadida, sin hueridad, sin carácter,
demasiado pulidas o romantizadas, más urbanas e ingenuas,
demasiado bien hechas y demasiados «anuncios»
y engañifas… Esa mujer es inimitable en lo que tiene de
verdadera, y por lo que ataca la materia gris y da el frío
de los adulterios y de las sensualidades irresistibles, desesperadas,
a las que en vano se intenta suprimir. Es una
mujer viva y obesionante, de la que sorprendí el secreto
lúbrico el día en que me dijo aquella novia blanca y menuda
que iba a comprar las píldoras orientales. Recuerdo
que me volví contra ella iracundo y celoso, lleno de
dentera, y haciéndola daño en las muñecas se lo prohibí,
lleno de asco, de pánico, de sorpresa, de frío en las manos
y en los pies al pensar en ella, la deliciosa y la prudente,
con una belleza de menjurjes de manipostería, con
un pedazo de carne llena de infidelidad, de desobediencia,
de desorden, de torpeza; ciega, destemplada y añadida,
como un pegote innoble a su desnudez, cándida,
tibia y cordial.
¡Oh, senos que han brotado por el influjo de las píldoras
orientales, senos como de esas sustancias blancuzcas
de que están llenos los frascos que van a parar al Rastro;
senos como llenos de enjuagues de esos que se preparan
en las boticas; senos de verdadera pasta de goma o de
engrudo; senos incomunicados con el pecho de que brotan;
senos aisladores; senos cuya materia se burla de los
que juegan con ellos!

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados