Aguanta Sancho aguanta, no pienses en esos que te acusan.
Están equivocados, son mentes siniestras que van a por ti.
Pero de ti no conseguirán nada, eres imbatible, eres superior a ellos.
Aguanta Sancho aunque te echan la culpa de todo, de que hayamos perdido miles de votos y no se cuantas cosas mas, pero tu eres intocable, (yo nunca me equivoco).
Aguanta Sancho, si, claro pactas con independentistas ( que
quieren romper este país, que no guardan un minuto de silencio por personas
asesinadas, que son indignos, y mentirosos) pero a mi que, tu también eres
indigno y mentiroso, eso que tiene que
ver con perder votos. No saben lo que dicen, pobres…
Aguanta, si controlas muchos medios de comunicación y
tertulianos a sueldo que repiten como loros las consignas, y la gente es estúpida
y se olvida rápido de las cosas y no se entera de nada (por suerte).
Aguanta, no, si pierdes votos en un territorio es por los
idiotas del partido que allí moran, ellos sabrán, que no culpen a sus superiores
carajo.
Sancholin siempre resistirá, resistir, aguantar en el sillón, a costa de todos los demás que se equivocan, que acosan al pobre hombre, rodeado de tractores, de protestas, con ministros cretinos y siniestros. Pero tu aguanta Sancholin, ya casi estas acabando tu muro, ya sabes por fin que dirá la historia de ti, el hombre que creó el gran muro, que resistió en su sillón, que hizo todo para si mismo sin importarle nada ni nadie mas, que negoció (oh gran negociador) lo innegociable, lo que dijo que nunca daría y acabó dando, que fué tan listo que seguirá siendo chantajeado, succionado, ordeñado, pero tu sigue ahí Sancholin, el rey del aguante a cualquier precio, ese será tu gran legado para la historia, eso dirán de ti, el gran aguantador, el que se lo tragaba todo, el que no quería dejar su sillón, cueste lo que cueste.
Hasta que después de la gran debacle electoral el partido empezó a preocuparse (la procesión, terrible y despiadada va por dentro, no esperéis noticias en los periódicos y noticiarios de esto, la ley del silencio).
Aguanta hombre, sigue ahí que podamos verte humillado un poco mas cada dia. Que grande es la soberbia y que infinita la estupidez humana (ya lo dijo Einstein).
EL SENO FLORECIDO Es un fenómeno que se espera y que ha de ocurrir el día de una mayor evolución, el día en que se prepare el advenimiento de la nueva mujer de otro género que la mujer presente. Los senos ese día de paso de una hora del transformismo a otra —horas que duran siglos— se abrirán florecidos por fin, convertidos en la rizada camelia que son por dentro. Les dolerá el fenómeno a ellas, les costará el dolor de dos partos, pero se encontrarán alhajadas como nunca. Con gran cuidado guardarán en las blusas los senos temiendo que se deshojen y como ya los senos habrán perdido aquella obscenidad aparente que alguna vez tuvieron por resultar su forma inexplicable y por tanto excitante, abrirán dos agujeros en sus blusas para llevarlos visibles, como la flor viva, la gran camelia de carne con tipo de camelia de cera, la flor en que los senos se habrán perdido para siempre. EL SENO QUE ME LLAMÓ POR DETRÁS Yo iba distraído, metiéndome en los faroles, aprendiéndome los letreros de los establecimientos, deletreando la ciudad por el camino nutrido de gente de la calle más concurrida, cuando sentí que me tropezaba algo muy blando por detrás, un nudillo sin hueso. No quise volver la cabeza porque era dulce la llamada en la puerta de mi espalda. Hice como que no oía y sentí que el seno me seguía llamando. Ante la insistencia y por si acaso se cansaba y se iba, volví la cabeza. Ella hizo como que no notaba lo que iba haciendo, como si hubiese hecho aquello sin poderlo evitar. Yo seguía escuchando por detrás, escuchando cómo se aproximaban en el más absoluto silencio los senos aquellos. Mi espalda se volvía sensible como un pecho y quizás yo llevaba la espalda en el pecho y el pecho en la espalda como si interiormente mi tronco hubiera dado una vuelta completa. Alguna vez había sentido algo así el día en que la ilusión se metió por mi espalda, pues los senos del ideal es éste el roce que hacen, temeroso el ideal y la ilusión de que nuestras bruscas manos les echen mano. Otra vez aquel seno me volvió a recabar y siguió y siguió. ¿Cuánto había andado así? Yo iba inseparable, fatal, incansable, disimulado. No me hubiera parado nunca si aquel roce hubiera seguido. Debía de pasar por muchas calles ya sin disculpa, sensible al contacto, como desmayado y echado hacia atrás. Debieron ver todos el caso como si bailásemos un número de kake-ball, insistiendo en ese número en que él va delante de ella, inclinado hacia atrás como yendo a caerse. Kilómetros y kilómetros debí andar así. Debía estar muy lejos de donde había comenzado. ¿Sí? ¿No? No había salido del paseo provinciano en que todos los pasos suenan como los de un escuadrón que sostiene el paso de marcha estando parado. El contacto había sido el que prepara al lado de la que lo ha llamado con los nudillos de sus senos y que se case por fin con ella. ¡Ah! Pero como tuvo que irse a cenar yo sólo me di cuenta de que aquél había sido un caso de aplicación del magnetismo de los senos. SENOS PARA SOLDADOS En la alegre plaza brillante de sol en donde se recrean los soldados y las doncellas, aparece la mujer que tienen los senos para que jueguen con ellos los soldados. Esos senos para los juegos de los soldados son senos caídos que sorprende que estén tan caídos en la figura juvenil de la joven que los lleva. Es lo último ir a que jueguen con sus senos los soldados y se sospecha que es de lo más abyecta esa joven que busca esa compañía. No puede buscarse una galantería más animal. Busca esa joven conquistadora el romance de las palabras enteras y plenas como brevas de los que les hablan al oído. Ya sabe ella lo que hace. ¡Cómo ronda las oscuras casas en que deberá estar siempre presta! Un poco lanzado el vientre hacia delante, como desmayado y cansado de haber hecho esfuerzos sensuales se pasea por el ruedo enarenado y taurino de la plaza de Armas. Los soldados, enteros, con la repugnante densidad de su savia pueblerina, rondan a las mujeres de senos para los soldados, con la mirada baja e inequívoca, convertida la visera de su ros en visera de gorra de chulo. Va atardeciendo. Los senos están más derretidos, viéndose la lágrima caidera de su pezón como suspensa en el colador de la blusa, como una gran gota de lluvia. Los soldados van arrinconando a la de senos para ellos, senos como un racimo todo desgranado en el fondo del cubrecorsé, un racimo de uva negra y ordinaria y hay un momento al atardecer que en un rincón del gran patio de la plaza de Armas pueden aplastar vivamente el racimo en el lagar ideal y apurar un trago del mosto perturbador. LA MUJER MIRÍFICA Sonrosada y con los dientes como cuentas de un rosario de nácar, la había escogido aquel hombre lucrativo, egoísta, cínico más que por lo bella que era porque usaba las perlas y sabía devolverlas o darlas en oriente especial. No tema que llevar nada más que una sola noche a la ópera —detalle imprescindible— el collar enfermo o descolorido para que adquiriese su albirrosismo. Numerosos collares habían salvado y él había sido el encargado de revenderlos. A base de aquello y de nada más estaba hecha su fortuna, cuyo peligro para él estaba en perderla a ella. —¡A ella! Porque ¡ella! daba su oriente a las perlas, tenía ese privilegio, porque sus senos eran las dos perlas madres más magníficas del mundo, redondeados como perlas y con un oriente que les hacía aparecer como ruborizados siempre. Todas las perlas de los collares que llevaba, mamaban un poco de aquel oriente oculto y dejaban un poco escuálido el pecho. —¡Oh, destete ya a los collares malvados! —debió de haber alguien que la gritase viéndola consumirse. SENOS DE HERMAFRODITA vSiempre había abominado de los seres ambiguos. Era sincero y aplastante su odio. No podía aguantar a esos seres que abusan de que las mujeres sean tan abstinentes y tan recatadas. No había perdido ocasión de abominar de esos seres ridículos, pequeños, con gran cabezota y carne superpuesta a la natural del óvalo del rostro. ¡Ah, frente a esos óvalos de los maricas, qué admirables resultan los óvalos justos de las mujeres, sobre todo en la juventud! Seguía su rumbo por la vida buscando mujeres sin insistir demasiado, dejándolas cierta tregua, dándolas tiempo a decidirse, no queriendo ser para ninguna el compromiso de la insistencia o de la pedigüeñería o de la exageración en las palabras. Así encontró a esta mujer que acabará por desarraigar de él todo lo que sea blando. Se fue detrás de ella como detrás de todas las que le sonrieron así. Era morena, de un tipo de mujer de la sierra que después le pasmaba en aquel cuerpo pecaminoso. Estaba entusiasmado con ella y sin que mediara una palabra fue descubriéndola hasta saber la terrible verdad, que era una verdadera hermafrodita en la que no estaban descuidados ninguno de los dos sexos, aunque el fondo, la figura que los sostenía, era de mujer. ¡Qué asombro y qué descubrimiento! Abrazado a ella, apoyado en sus senos de mujer perfecta, lloró la pena de no poderse separar de la monstruosidad y tuvo la primera epilepsia del hombre rarísimo que ha encontrado la hermafrodita. Aquellos senos eran como la burla de Dios dedicada a él solo. ¡Cómo ocultaba la verdad! ¡Qué trajes más espesos se le ocurrieron para cubrir a la mujer que había descubierto! —¿Y nadie más que yo lo sabe? —le preguntaba constantemente. —Nadie —contestaba ella con una inocencia que amenazaba con destruir la pregunta insistente y trémula, que él hacía, porque bien sabía —¡lo sabía por su misma entereza doblegada!— que quienquiera que hubiese sabido su secreto, volvería desde el fondo de la tierra para tocar los senos de la hermafrodita, en que estaba la burla de Dios. LOS SENOS DE PILAR Yo fui el primero que toqué y acaricié aquellos senos. Llevé a ellos la violencia con que tocaba los de una mujer, pero en seguida me contuve porque noté que la dolían, como la encía al niño que está en plena dentición. Se los sentía crujir en la mano y se los veía crecer mientras se los acariciaba. Eran como nísperos, todavía agrios para ella. «¿Estaba agostando quizás, el racimo futuro, sin honor ni provecho puesto que estaba verde?» Varias veces me pregunté eso. Gritaban como dos crías en el nido y se removían inquietos, asomando el pico pidiendo de comer. Más que besos y cariño, querían ser mayores, sólo «poder volar». Ella me los ofrecía entre las medallas y una llave de una caja de esas que tienen un espejito dentro y en las que las novias guardan sus cartas y las criadas sus peines. No olvidaré aquellos senos que no tuve más remedio que comerme el primero porque ella me los ofreció como sus dos mejores bombones, con ese desprendimiento inimitable del primer amor. DESAFÍO POR UNOS SENOS Los senos de Eloísa hicieron enemigos irreconciliables a Paco y a Martín. Se podían haber repartido los dos senos uno cada uno, pero no se les ocurrió eso. Querían la pareja. Ella tampoco, como los chamarileros, los hubiera vendido separados. En sus disputas absurdas, llegaron un día a desafiarse. El lance fue concertado con gravedad. Querían los dos que el que quedase fuera dueño de Eloísa. En la madrugada en que los árboles borrosos, de nuevo en sus primeros albores, van surgiendo del suelo, se fueron a un camino de las afueras y allí lucharon. —¡Por sus senos! —dijo al comenzar el combate Paco, como el que ofrece el torneo a su dueña. Duró muy poco la refriega y se desplomó en tierra Paco, el que precisamente había hecho la invocación. De entre la espesura entonces salió una mujer, presurosa, que tropezaba con el aire. Acercándose al grupo de los padrinos y los invitados, se abrió paso hasta el herido y se inclinó sobre él. Se muere, le habían dicho al acercarse. «Me muero —la dijo él y se olvidó del romántico—, pero muero a gusto por morir por vos, señora», eso que era el hombre que verdaderamente moría por ella. Ella, compadecida, preguntó: —¿Conque por mis senos? —Sí, por sus senos. Ella se desabrochó el corpiño haciendo saltar los botones y como quien saca de un botiquín el frasco salvador así le ofreció su seno. El lo acarició y poco a poco fue reviviendo y comenzó la nueva vida que le duró muchos años casado con Eloísa. LOS SENOS DEL CUENTO DE NIÑOS Aquella niña de catorce años, de trenzas de sol, había perdido sus senos y lloraba, lloraba porque, aunque no le eran útiles, sospechaba en ellos no sé qué extraña virtud y esperaba de ellos la orientación, porque los senos dirigen a la mujer, son su timón. —¡Mis senos! ¡Mis senos! ¿Dónde habré perdido mis senos? —decía ella consternada y seguía buscando por Ja espesura del bosque. Sus manos, mientras repetía «¡Mis senos! ¡Mis senos!», buscaban en su pecho las carteras repletas de sus senos. Se encontró a una viejecita y ésta le preguntó qué le pasaba. —Que he perdido mis senos —contestó ella haciendo sus ademanes de mujer que ha sido robada. —¡Ah, hija mía, tus senos los ha cogido el ave para ponérselos!… La gran ave no tenía más pena que no poder tener senos como los otros seres superiores… Un ave con senos arrebatadores, podrá llamar a la puerta de los ángeles como una tentación del cielo con sus senos de la tierra. La que había perdido los senos los dio por perdidos para siempre y toda la vida recordando eso se llevaba las manos al sitio de sus senos y eso los evocaba arrebatadoramente. .. LOS SENOS DE LA OSCURIDAD En la oscuridad sentía algo que era dulce y mórbido aun en medio de ella y avancé las manos hacia aquello. Eran unos senos blandos, cediendo con la precisa elasticidad de cuando están en su punto. Al extender las manos en la oscuridad de las habitaciones oscuras siempre me había creído un jugador a la gallina ciega que quisiera encontrar los senos de esa amiguita que me había vendado y que estaba entre los demás. Al extender las manos para no caer en la oscuridad, también las extendía buscando unos senos, los senos de la oscuridad, el fruto campante en ella. Muchas veces, en vez de salirme al encuentro los senos de la oscuridad, me salieron los senos de los alzapaños y algún remate redondo de algún mueble, pero por fin esa noche me salieron al encuentro los senos de la oscuridad, túrbidos, espesos, a gusto de la mano. ¡Qué sensación de que eran los senos breves de lo vasto, de toda la habitación, de todo el espacio! Cerré los ojos para sentirlos mejor y sentí cómo su miel se derretía en mis manos. No hablé. Hubiera sido fatal. Estuve en lo opaco hasta muy tarde y me dormí en la oscuridad tomando los senos de la sombra. Los senos de aquella mujer eran los senos del alma, blancos, puros, perfectos como dos circunferencias. Al tocarlos sentí que tocaba su alma y sentí en todo mi ser un escalofrío, una crispadura especial. —¿Pero llevas tu alma en carne viva? —la dije. Sí la llevaba. Era cosa de su naturaleza, pues aquellos senos tenían la expresión del alma. Yo en aquellos senos sentí que tocaba un alma, que acariciaba un alma asomada a la vida. Bogaba con sus senos en el aire, hundiéndolos de vez en cuando en la ola del pecho masculino. —No quiero que esta noche vayas a casa —la decía el chulo por lo bajo. Fueron madurando el proyecto durante 5 chotis, 6 polkas y 24 valses. Parecían bailar en la plaza de toros, movidos por la banda de los toros que parecía estar sobre una especie de toril con su misma colgadura roja y amarilla. Después de tantos bailes y como aquélla había sido la noche del cénit de la belleza opulenta, esa noche que la mujer comienza hermosa y acaba pachuca, sus senos se habían ido cayendo, derritiendo, consumidos por los demasiados bailes. Al verla así el chulo, la dio de lado y la dejó con su madre, la que tenía la llave más grande de todas las madres sentadas en aquellos bancos. LOS SENOS EN LA PLAYA Los senos junto al mar, en las playas del veraneo se vuelven cóncavos, restringidos, comprimidos. La ducha del mar es como un fuerte cubrecorsé de goma que los aprieta. Las duchas del mar suprimen y corrigen sus locuras, su vago aliento hacia el hombre, lo único que los justifica colgantes y abultados como un bulto y tontos. Por lo tanto, sin su única justificación se vuelven antipáticos, desdeñosos, fríos, senos de merluza. El mar los redondea, los fortifica, los amarra bien a las antipáticas mujeres que no son más que saludables. En los cotillones de la noche marítima y aburrida, ellas presentan sus senos orgullosos, hechos como de tela embreada, musculizados en el baño y en el tenis. Ante el descaro imbécil de los senos desimantados por el mar, que se van en fila por el camino de la playa hacía la comida, todos los veraneantes llenos del demasiado tonto apetito de las dos de la tarde, he llegado a odiar las playas. Los senos de las playas son senos engañosos, entretenedores, con los que las muchachas azules y blancas quieren encontrar un marido que las lleve todos los años a bañarse en la indiferencia y adquirir el egoísmo irresistible y cretino. LA QUE TENÍA LOS TRES PELOS DE LA FORTALEZA Gran tipo de contrabandista tenía aquella mujer, solemne, fiera, capaz de levantar grandes pesos con la expresión. Aquella mujer en cualquier trance amargo de la vida sabría pechar con todo y enseñar al hombre la resignación animosa. Aquella mujer tenía bajo su blusa sencilla, en el fondo de sus numerosos forros, los senos felinos, los senos en cuya punta hay tres pelos, los tres pelos de la fortaleza que muy pocas gitanas tienen. El que se case con esas mujeres estará defendido contra todo. EL QUE SE CASA POR ELLOS Sólo por saber cómo defendería sus senos cuando ya no tuviese derecho a defenderlos, se casó con ella. Esquiva, como pareciendo que hasta el marido la iba a robar su belleza —¿por qué razón se va a perder la honestidad a fecha fija y ante nadie?—, esperaba. «¿Qué hará?», pensaba él y caminaba a saltos hacia ella, saltando los obstáculos que se oponen a las bodas. Y aquella noche de bodas ella se los dio con una deshonestidad sorprendente y se los presentó ya siempre con una alegría y un acoso incomprensible en aquella mujer, danzando como si hubiese sido siempre una bailarina de café cantante en Nueva California, bailando la rumba y la danza paraguaya de los senos. LOS SENOS DE LA DOMADORA Senos valientes, intrépidos. Los zarpazos del león van buscándolos y aun con eso ella los presenta lo primero de todo por delante de sí misma, aunque se ve que es lo que defiende con el revólver que lleva a la cintura. Los gestos de las «manos» del león hacia la domadora son gestos bruscos, temerosos, intencionados, de hombre que busca los senos a la mujer y ella tiene la misma táctica que la mujer emplea con el hombre. Es notable ver más sincera que nunca la violenta y enconada ferocidad del hombre frente a la valiente defensa de la mujer. (Así son las luchas entre la doncella que no quiere que la toque el señorito, y el señorito que lo está intentando siempre). ¡Cómo son de fuertes los senos de la domadora bajo la recia cazadora, bajo el fuerte pijama de agremanes con cadenas! La domadora resultará por eso mucho más heroica que el domador, porque da sus senos al peligro, porque da más el pecho a la fiera. Los senos de la domadora son como crótalos, como los senos con dos escudos que los defienden, apretados sus poros, dispuesto el pezón como un estilete. Parece la domadora la cazadora de osos con el cuchillo en el pecho. ¡Qué mansa y qué femenina resultará después para su marido la valiente domadora! ¡Qué gran contraste en el hogar con cuadros románticos, frente al tocador vestido de rosa como un bebé! Los senos de las andaluzas huelen a flor de azahar, son grandes flores de azahar, ampulosas a veces. Porque los senos de las andaluzas no suelen ser muy grandes. La andaluza es breve, enjuta de tanto hacer gracias desde niña, el espíritu de la golosina de tanto tomar golosinas, desde la de los piropos, hasta la de la misma tierra de la que la pertenece el mimo que recibe de todos lados. Como se creen que en todo el mundo están diciendo siempre: «¡Qué bella es Andalucía! ¡Oh, Andalucía!», están consumidas de ir tan en lenguas alabosas. La andaluza ágil, representativa, la que se lleva todo el éxito de la fiesta, con la que hablan todos, es larga ceñida por sus costillas como por un corsé apretado, con el color negrillo y las facciones dibujadas por los nervios, despavorida de tanto reír desde niña, de tanto ser la niña maravillosa. En esa andaluza enjuta como el tallo del clavel y en el moño el clavel, los senos son puras disquisiciones, una florecita para la boca. —¡Las naranjas son el fruto! —que dicen ellas. Ellas llevan encima la flor de azahar, nada más. Sólo ya en la madurez sus senos se esponjan, se ponen maduros, sorprenden como una segunda juventud completamente distinta de la primera. ¡Quién iba a pensar que de aquella anguila!… —Así no se han cansado ellos —dicen entonces ellas. Los senos del arte apenas exiten. Se materializan en la pintura y pierden su verdad, apareciendo como una cosa ficticia. Alguna virgen tiene un seno muy mono que es como una poma de esencia o como la pomita diáfana de uno de esos búcaros de cristal que sostiene una azucena, búcaro que por lo sutil que es, parece más bien una de esas sutiles ampollas de laboratorio que son de cristal tan delgado que cuando se rompen se deshacen como polvo de talco, en vez de romperse como el cristal. Los senos de las mujeres de Botticelli son senos que parecen que les darán deseos de sí mismas a ellas mismas. Los senos que pinta Cranach son senos de mujeres góticas, idiotas e incitantes. Los senos vestidos del Arte son muchas veces senos más encantadores que los senos desnudos. Así, los senos de Leonardo en su blusa de descote redondo. Los que pinta Bronzino son senos vestidos de cortinaje. Los senos más verdaderos del Arte son los de Tintoretto cuando pintaba a su querida y la sacaba un seno o la metía una hojita verde de morera entre el seno y el corpiño para darle mayor frescura y relieve. Tintoretto no quería perder el tiempo contemplando a su querida completamente vestida en aquellas poses para sus repetidos retratos, y para no perder el encanto de la vista la sacaba un seno, un seno opulento, de mujer con el desnudo lleno de rusticidad y de exuberancia y lo ponía al fresco, habiéndolo dejado así al fresco para toda la eternidad. —Ved un adelanto de mi querida, con su tipo de mujer que se ve, que sólo tiene una misión que cumplir, la de entregarse —parece que dice. El seno más natural del Arte es ese de la querida de Tintoretto, que en las salas del Museo del Prado enseña su seno ambarino, aculotado por el olor de los barnices y la insistencia de los pinceles que barnizan. Bajo el sol de Madrid a través de los años, este seno ha madurado, se ha embellecido, ha ido guardándose ese optimismo de las mañanas, independiente a todo en el mundo, pues a él lo mismo le da que se muera el Rey que, que se muera el crítico de Arte. El Museo se abre todas las mañanas con el mismo optimismo del arte. ¡Qué optimismo me ha dado eso los días en que creí que me moría!… «¡Pero el Museo abrirá hoy las fuertes persianas de hierro a la luz serena y desprendida de los museos! », me decía yo aquellos días y me quedaba en paz, dispuesto a morirme con resignación. De toda esa tibia y azucarada luz de las mañanas, está lleno el seno de la querida de Tintoretto, seno como en el frutero del aparador de la casa en que siempre hay fruta fresca. ¡Magnífico el de la Virgen del Veronés! Los senos de Rubens son senos más falsos, sin esa prestancia de los senos enjutos, aunque sean opulentos. Son senos de alemana blanduzca y senos de mujer demasiado blanca y deshuesada y descartaligada. Sólo está bien el gesto, de mujeres que llevan senos, que tienen esas mujeres de Rubens y mejor que ningún otro, el de aquella que, cruzada de brazos, los sostiene sobre «la sillita de la reina» que forman sus dos brazos cruzados. Los senos de Tiziano son senos como piñas naturales, con ese ámbar de la piña descortezada, sin su máscara de salvaje en traje de ceremonia. Los senos de Goya son senos discretos y elegantes. Toda mujer elegante puede presumir de senos a lo Goya, empinaditos, con un gran valle en medio. Los senos que sigue vistiendo Worth y Paquin. Los senos de Velázquez son duros y toscos. Los de Watteau, como peritas sanjuaneras. Los del Greco como lengüetas, como triángulos caídos, como senos acuchillados. Los de Teniers como calabazas sonrosadas, etcétera, etcétera, porque no es cosa de recorrer las salas de los Museos y que se vea en mí un frío clasificador. Los senos del arte no pueden con su estulticia. No son capaces. El seno es mórbido de verdad —por eso no le sirve la pintura— y tiene que ser blando de verdad —por eso no le sirve la escultura— y tiene que ser vivo —por eso no le servirá ningún arte imitativo, aunque encuentre la poma o la esponja más delicada para imitarle. A lo más, vuelvo a repetirlo, los senos de Tintoretto con sus pezones como nadie los ha pintado, conseguida la transparencia de cristal sobre la carne que deben tener. Está hasta bien ese gesto de la mano rústica que recogen de un modo forzado y natural las telas, para enseñar la teta. ¡Oh, también esos viejos de Tintoretto que agarran por los senos a la que encuentran bañándose! «De Santa Anacaria» ponía en el envoltorio que se guardaban en aquella vitrina de cristales emplomados. Por fin, al hacer una nueva tabla de las reliquias, uno de los frailes, fue destapándolas, y al llegar a la célebre reliquia de la Santa, quizá su cráneo, quizá su corazón, quizá su alma, se emocionó, tomó la preciosa joya y fue poco a poco desenvolviendo los muchos y diversos cobertores o palios en que estaba envuelta. Era el primero de raso verde con remates de pasamano de oro y el siguiente un cendal blanco de seda con cabos de cinta naranja, largo más de una vara y media que cercaba con muchas vueltas lo que aquello fuere. Debajo de ambos estaba un caparacete de tafetán carmesí, ajustado a aquello y perdido el color con la grande antigüedad y dentro, y como forro, dos vueltas de cendal blanco, perdido el color y deshecho en mil piezas. Seguíale otro cendal delgado de seda, color rojo encendido. Tanta era la veneración en que la antigüedad siempre tuvo a aquello, que reputando atrevimiento descubrirlo, lo iban poniendo unas cubiertas sobre otras. Cuando tras tantos arreboles iba a aparcer lo que fuere sin cortinas, se encontró con que lo que fuese estaba estrechamente forrado en lino delgado y no en una pieza o en dos, sino en muchas y menudas. El fraile notó que era algo blando y que ponía especial delicia al tocarlo. Como era puro y entró muy de niño en el colegio, sólo tenía del contacto de aquella blandura un vago recuerdo de infancia, cuando mamaba del seno de su madre. Por fin, temeroso, embriagado, sintiendo un calambre placentero, quitó los últimos cendales y apareció un seno, el seno de la Santa, prodigiosamente conservado por los embalsamadores admirables y quizá por el milagro. El fraile fue a dar cuenta a su superior. —Un seno… ¡Era un seno! —¡Qué nadie lo toque! —dijo el rector. Toda la comunidad pasó por delante del seno virgen y mártir, que cedió a las miradas como hubiera cedido a los dedos, que era inevitable que fuese la cosa de morbidez pecaminosa e irresistible. Conservaba su roseta con todo cuidado, pues los embalsamadores saben pintar los labios y hasta dan sombra de actriz a los ojos de las embalsamadas. Aquel seno, aquella reliquia, disolvió la comunidad. Todos se fueron por el mundo buscando un seno que no estuviese prohibido, un seno como el de Santa Anacaria. Antes trasladaron a la catedral el seno vivo, viviente, mórbido, muy entrapajado y pusieron en el letrero: «El corazón de la Santa» en vez de «El seno». LOS DE LAS NIÑAS DE ESE BARRIO No se sabe lo que ha pasado en ese barrio, pero las niñas lucen todas senos opulentos y caídos de mujer. Quizá los deben a que son las hijas de unos padres crapulosos, envenenados, con el microbio inextinguible que de algún modo es hijo de las mujeres de las mancebías que son escogidas entre las que tienen mejores senos. (Los hijos son hijos de células de la madre, la del padre y del microbio avariósico hijo de la vistosa y lujuriosa mujer de las mancebías, resultando así los hijos a imagen y semejanza también de esas mujeres). El porvenir de estas niñas no se puede presagiar. Las dicen demasiadas cosas los chicos al pasar y todos los hombres las dicen algo que las corrompe. Las niñas de ese barrio son como mujeres que no saben lo que hacer, pues las faltan muchos años para casarse. Sus senos son hijos de la perversión de sus padres. Son senos que dan pena porque son como dos ratas muertas, colgadas de sus pechos de niña. ¡Que el diablo nos salve de incurrir en las añagazas de la nueva humanidad, a la que la saldrán las manchas sospechosas a los veintiún años! LOS SENOS DE LA QUE VA POR CAFÉ Entra orgullosa de sus senos con la cafetera en la mano. Como es la caída de la tarde —la hora en que los hombres que han acabado el trabajo necesitan beberse una taza de café— parece que vuelve después de haber conseguido gracias a los pastos del día, que sus senos sean caudalosos, repletos, titilantes. Tiene este desparramarse de las mujeres por las calles del barrio de senos mejores, algo de la vuelta de las cabras repletas, imponiéndolas un modo de andar especial lo «ubronas» que vuelven. Las que entran en los cafés con sus senos magníficos, tienen una altivez especial al decir: «Más café que leche ». Quizás es que ellas pueden mantener la necesidad de leche que le puede ocurrir al mucho café. Pasan por todo el café como «echadoras», que se miran en todos los espejos. Viendo lo que llevan delante dan ganas de alargar las tazas. Todo el café espera a que la paradoja se cumpla y que a ellas las ubérrimas las echen «café con leche» en la jarra lechera. Cuando salen del café van más completas, más llenas, más orondas. En la calle les dirán como a las que llevan los botijos y tienen la caridad de dejar beber a chorro: «Morena, ¿un poquito…?» LA TEMEROSA Tenía los senos más bellos del mundo. Había ido a un tasador a que se los tasase y el tasador le había dicho que valían veinte millones. Las mujeres que son las más entendidas se recreaban con sus senos, y la célebre baronesa —por algo era baronesa en vez de «feminesa»— los había querido para ella. Ella con gran miedo de que se los robasen los guardaba en un cofre-fort y a veces los llegó a guardar en las cajas subterráneas del Banco. Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran mundo, rescataban sus senos y se los ponía. —Irá la de Rosalda —se decían en voz baja los invitados— y llevará sus dos senos, únicos en el mundo… El salón que elegía para ir se llenaba de gente, desde muy temprano, pues se podía dar una fortuna sólo por verla subir las escalinatas, todos los invitados en la plataforma de museo del alto y ancho balcón del descansillo que daba a las escaleras de mármol. EL XILOFONISTA DE LOS SENOS Aquel hombre de espíritu sutil y preocupado siempre se había interesado por encontrar en los senos el tono musical, la polifonía. «La tienen —pensaba él—; la deben tener». «Cada seno tiene un matiz musical. Lo único que hay que hacer es encontrarlos», seguía pensando él. En las estancias reservadas se quedaban impresionadas las mujeres cuando del bolsillo interior de su levita sacaba un macillo y daba unos golpecitos en los senos. Se parecía al dentista cuando da unos golpes con el pequeño martillo en la dentadura del paciente o al médico cuando ausculta o reconoce poi un procedimiento nuevo. «Lo que hay que perfeccionar es el macillo… Los senos tienen su nota perfecta, pero es muy difícil de sacársela… Lo que hay que perfeccionar es el macillo…» Y perfeccionó el macillo y gracias a eso un día pudo reunir las más deliciosas notas, en un conjunto ideal. Ponía en fila sus mujeres de senos distintos, los senos agudos, chillones, frívolos, respingones como los cuernos del cabrillo, hasta los senos opulentos, caídos, graves, que daban la nota honda; unas veces era inútil el derecho o el izquierdo, porque daban una nota extraña en la escala de la colocación de las mujeres. El macillo se libraba muy mucho de tocar ese seno átono. Resultaba fantástica la figura del grande y extraordinario xilofonista frente a los senos sumisos, que se le ofrecían con un aguante sincero, como si fuese el corazón el que daba las notas entrañables de su música. A veces, cuando la pieza musical era larga y violenta, se dibujaba cierto dolor en la del seno más atacado, ese seno izquierdo o derecho que tenía la nota culminante y repetida en la partitura. EL SENO CATEDRALICIO El seno más grande de todos los senos lo he visto en una catedral. Está en la catedral de Segovia. Se lo enseño a los turistas y se quedan asustados de que aquello esté en una catedral. Parece cuando se lo sorprende que una matrona cristiana se ha abierto el ropón para dar de mamar a todos los niños Jesús de la iglesia. Está junto al cuadro de una virgen que se venera en Méjico. Está solo, y en vez de un exvoto parece un altorelieve. Es curioso compararle con los senos que transporta en una bandeja la pobre Santa Eduvigis, a la que se los cortaron y que parecen un par de ojos saltones o un par de huevos fritos, entre cuya clara, muy cuajada, se ve la mancha rojiza de una yema de huevo a medio empollar. Es el verdadero seno catedralicio y los canónigos que guardan sus capotes y sacan sus blusas moradas de los cajones de esa capilla, miran con disimulo al seno descuidado. La cera se ha vuelto oscura, sucia, resobada, con crudeces de carne mercenaria. Parece que el artífice de los senos, después de mirar a la magnífica matrona que pedía un seno para salvar el que tenía empodrecido, dijo que lo tenía que hacer, porque no tenía ninguno que la aludiera, y entonces construyó el seno más grande del mundo, que es el seno de su arquitectura. Yo, desde que sé que existe ese seno en la catedral, encuentro perturbada su sombra por ese monstruoso seno solitario, al que convendría poner, para velarle, un pañolito de encaje, como lo hace la dama opulenta cuando da de mamar al niño en los jardines. ¡Atrevido seno que desafía al tiempo y cuya cera se va volviendo mármol poco a poco! LOS SENOS DEL ESTILO El estilo tiene los senos más puros y requintados que se conocen, los que no admiten la caducidad. Hay frases augurantes en que se encuentra un seno delicado que compensa de lo monótona que es la fiesta de la vida. Yo, en mis primeras obras, sólo atendía a esos senos del estilo poseído por una adolescencia más fuerte que ninguna, y con unos rubores que eran erisipelas. De aquellas excesivas garambainas y gaiterías procede esto, porque no hay granazón sin esas adolescencias llenas de afán creador, desesperadas y difíciles como un martirio. Los senos del estilo son senos suspirantes, con lagoterías mimosas, con deleites eximios. Los senos del estilo pueden ser pechinegros, pechirrojos, pechitornasolados, con todos los matices imaginarios y todas las bordaduras y perlerías posibles. Muchas veces se encuentran en una frase y a veces sólo en la oportunidad de una palabra. Así decimos «afrodisia », y encontramos en esa palabra el tacto plumoso de un seno ideal, esa cosa enguantada con fino guante y, sin embargo, al mismo tiempo, desenguantada del fino guante, que tienen los senos. Hay senos estupefacientes y enervadores en el estilo, donde también surgen a veces, sobre todo en el más puro castellano, senos duros, enjutos, atirantados, senos de labriega bravisca y reacia, senos como un calvero de los senos, pero en los que hay un fondo de condensación que los hace los senos palmarios y estupendos. ¡Senos enlabiadores del estilo! Vamos tranquilos, sosegados, mirando a los árboles en la improvisación, cuando a lo mejor vemos surgir los senos, dichosos del estilo, los senos aurinos, opalinos, fulgurantes, que después convierten al libro en un libro de alcahuetería. Sabe uno dónde están los senos del libro, sus espontaneidades en forma de senos aurirosados y engalonados con todas las galas. ¡Qué sinfín de senos los del estilo y qué morbideza la suya! Es un tumulto de senos el del libro, senos cimarrones, senos reventones, senos miñones, senos insolentes, senos pingorotudos, senos espiritosos, senos melifluos, senos sacratísimos, senos evanescentes, senos eucarísticos que sólo son una vaga aura, senos recios como pensiles, senos emperifollados o emperingotados, senos fascinantes de elasticidad y blandura insuperable. Nunca he perdido mi emoción ante los senos del estilo retrecheros, tornasolados, proteicos, pulposos, con elixires desconocidos según la composición o el retintín de las palabras que los emplastecen. Mi insistencia en el estilo me ha hecho encontrar esas lozanías y esos gozos de los senos, y no los senos a ultranza momificados y rancios, escondidos en los rincones más apartados de los diccionarios, sino los senos que perviven, que son inalterables en el presente, que tienen hechizos fáciles de comprobar por cualquiera, que son un lampo de luz entre las palabras. ¡Qué largo amor a las palabras vivas en los trenes, en los comedores, siempre con los paquetes de cuartillas llenas de palabras queridas que ocultaba como un avaro a los indiscretos por si no llegaban a comprender lo que era aquello! Sólo un amor tan largo podrá conseguir de las palabras tan capitosas alegorías sin rebuscamiento. Los senos del estilo son como capullos edénicos —capullos que nadie logrará descapullar o destrozar por completo—, copas idelatrales y gayos colores. Los senos del estilo no son para los logreros del estilo, que nos componen senos demasiado almibarados, son para los que han ido verificando las palabras sin excederse, pues el exceso es lo peor, lo que pone la trichina en los senos. Los senos del estilo están como los de las huríes, vestidos con los caireles más brillantes y con un halo a su alrededor, como si llevasen una pezonera inmaterial. A veces el estilo sólo imita a los senos porque es ese estilo bufado y acrecentado por su misma esterilidad. ¡Senos que se deshacen como pompas de jabón en el aire de los salones de la oratoria!… Los senos del estilo son senos no sólo vivos, sino senos que se mueven como brazos a veces orgiásticos o convulsivos, y a veces sin una palpitación, como los de las estatuas, cuando están inscriptos en el párrafo ático. Cada embeleso del estilo, cada floripondio de palabras, cada concordancia peripuesta, es un seno y un seno que no invoca a la lascivia sino a la dulzura. Los senos del estilo borbollean y regurgitan, volviéndose más eminente su eminencia. Son lucios, radiosos, rimbombantes, luníferos, ambrosinos, ledos, donosos y que como compuestos de palabras llenas de ternura transmanan ternura. Estos senos heteróclitos del estilo, son los senos del transmundo, los que no se abren en la gusanera de los otros, que serán alguna vez panal de los gusanos y gusarapos en la hoa de la descomposición. Senos célicos del estilo, cuya misma palabra tiene la insinuación incorruptible y tiene algo de haberlos inventado y melificado para la gracia cuando aún no vivían para tan pura emoción. La misma palabra «senos» se abullona en dos bullones o gurullos. Para el estilo los senos son como una rapsodia, en cuya armonía se tiene gusto de acuciarse. El estilo desea decir que son coruscantes, lo dice y ya lo son. Frente a los senos de todas esas pitusas y pitusillas que andan por ahí, los senos del estilo son como los senos antropomórficos. Los senos del estilo son ricos en argentería y en filigranas, pues su plétora incesante les permite toda la riqueza de apariencias imaginables. ¡Qué hermosos senos en las redomas del estilo! La piel de los senos del estilo es más joyante que la de los senos ciertos y resulta lúcida y traslúcida. En los senos del estilo en vez de pezón hay un pábilo iluminado. Los senos del estilo son de sésamo incorruptible y son verdaderas madreperlas siempre en sitio inasequible. Los senos del estilo estarán pimpolleciendo siempre porque son por naturaleza pimpolludos. Los senos del estilo son más dulzosos que ninguno y se contonean y se escorzan, como no pude hacerlo con sus dos cebolletas o piltrafas la pobre mujer viva. Los senos del estilo son esclarecidos y su cúspide toca el cielo del porvenir. ¡Cuántos senos se han disipado en el mundo1 Por eso contra esa disipación viene el arte y los embalsama en el estilo gracias a su condición inmarcesible. Frente a los senos de fondo fangoso de la vida, los senos embriagantes del estilo quedarán como cálices arquetipos. Frente a esas pompas y esas pompitas que son los senos de la vida, los senos del estilo son sólidos como grandes gemas. Los senos del estilo además gorgotean como una fuente, enloquecidos e inlunados de palabras. Si se pudieran hacer los sermones profanos que exige la vida, habría en mi sermonario el sermón de los senos del estilo y se los haría ver a mis sufragáneos destacándose como guirnalda imponente del frontispicio, como rimbombancia deleitosa del estilo. Perseveremos, amigas puros del estilo, en la busca de sus senos verdaderos, librándonos mucho de usarlo de un modo jactancioso y alardeante, como vaniloquio lleno de argucias falsas. Que sea la festividad de la mañana un rito dedicado a las palabras hasta donde el verbo es verbosidad, pero no verborrea. Toquemos esos senos astrales y desvanecedores que no dejan la soborrea y el sabor a tierra que dejan los otros. Busquemos los senos inefables e indecibles para que haya un nuevo seno de especie distinta en el mundo. Con las combinaciones de nuestras palabras podríamos llegar todos de un modo distinto a encontrar senos miríficos, inenarrables y versicolores, porque el verbo es tan inagotable como el número. Esas baratijas de los senos, baratos testimonios de la nonada que es la vida, deben volvernos socarrones, sarcásticos, flemáticos, sardónicos en vez de crédulos, en vez de obcecados y en vez de ir siempre con la vista baja y solapada en busca de una mujer que tiene senos, sí, senos capitosos pero imbéciles… Estimación estructural y nada más, ¿por qué tientas al hombre como el piano al músico sediento de tocar? Gran perendengue que no causa nunca empacho aunque sea una quisicosa insignificante y grácil. ¡Senos alabastrinos, ebúrneos, flordelisados en el fondo, encandilados, arrebolados, eréctiles! En el arte del estilo las mujeres son adamitas. Todas en cueritis enseñando sus senos peripuestos, fructuosos, frutecidos, diáfanos, racimados, agolpados de palabras que están aglutinadas en ellos y les hacen exultantes y quintaescenciados. ¡Sagrario de los senos del estilo, un poco quiméricos sin dejar de ser tónicamente humanos!
Este es uno de los mejores libros que he leido en toda mi vida, y he leido muchos. Escrito de manera admirable, desmonta muchos mitos falsos sobre la imposibilidad de la existencia de Dios. Tras probar la ciencia la creación o big Bang y la inmensa casualidad casi imposible de un universo antropico, capaz de albergar vida es irrefutable que existe antes del todo una inteligencia y una primera causa, Dios. Las 20 constantes del universo y la constante cosmologica sobre el crecimiento del universo estan ajustadas finisimamente para producir todo, estrellas, el carbono que es un verdadero milagro que producen las estrelas, etc. Todas ellas si varian solo un 1% no producirian nuestro universo, y la ultima si varia un 0 con 123 decimales. Para aquellos que prefieren creer en la casualidad o azar representa una opción imposible de creer, no es razonable.
José Carlos González-Hurtado aborda el tema de la relación entre ciencia y religión combinando diversos enfoques (histórico, cultural, testimonial, divulgativo, sociológico) y prestando especial atención a los debates científicos actuales y de los dos últimos siglos. No se limita a refutar la leyenda urbana de la incompatibilidad entre ambas formas de conocimiento. Su objetivo es demostrar que una mirada sin prejuicios al panorama de la ciencia moderna lleva necesariamente a la idea de Dios. Para ello presenta argumentos de peso apoyándose en abundante documentación y usando un estilo desenfadado que convierte la lectura del libro en gratificante y enriquecedora». Del prólogo de Fernando Sols (Catedrático de Física de la Materia Condensada en la Universidad Complutense de Madrid)
José Carlos González-Hurtado, en estas píldoras, da las respuestas sobre las evidencias científicas de la existencia de Dios.
La tabla periódica. Una guía visual de los elementos constituye una nueva manera de enfocar esta rama de la ciencia tan notable y fácilmente reconocible. Este libro, que combina la vanguardia de la ciencia con una infografía visualmente fascinante, analiza todos los elementos químicos, desde el argón hasta el zinc; detalla su estructura y sus propiedades específicas; y, además, relata fascinantes historias sobre su descubrimiento y sus sorprendentes usos. También ofrece una descripción general de la tabla periódica, de las tablas alternativas y del funcionamiento de los átomos. La tabla periódica nos desvela los cimientos de todo nuestro universo como nunca se habían visto. Tom Jackson es un periodista escritor especializado en ciencias. Ha trabajado en varios proyectos con Brian May, Patrick Moore, Marcus du Sautoy y Carol Vorderman y entre sus libros se encuentran Genetics in Minutes, The Human Body in Minutes, Mathematics: An Illustrated History of Numbers y The Brain: An Illustrated History of Neuroscience.
Un libro excepcional totalmente visual, graficos muy buenos y que dan una idea de la enormidad y complejidad de los eleentos que componen el universo. Totalmente recomendable en toda Biblioteca
De cerca no quería enseñarlos, pero como soy tan insistente, aunque no tenga los sofocos que ponen corrupios a la mayor parte de los hombres, la propuse que me los enseñase desde la alta ventana, en la noche, cuando yo, que vivía enfrente, me asomara para despedirme. ¡Qué miedo a que se arrepintiese! ¡Iba a estar tan poco aconsejada por mí a sí misma! Conque mirase al ángel que sostenía su pila de agua bendita, estaba deshecha la promesa. Con esas dudas llegó la hora pacífica que estaba llena de ruido de oídos en la gran inquietud. Ella sabía desde el lado del rincón, en cuyo sitio sólo yo podía verla. Encendió la luz de su alcoba, en cuyo fondo aparecía la cama extendida y acostada como un enfermo muy limpio. ¿Se asomará y me saludará como el que no se acuerda o no quiere y cerrará las maderas irreparablemente? Ya sentía ganas de cogerla por las muñecas si hacía eso y tratarla como a una mujerzuela… precisamente porque no lo quería ser. ¿Sería valiente? Se necesitaba decisión y valentía para hacer lo convenido. ¿Sería tan arrogante? Iba a haber mucho desdén para el ser lejano y escondido al hacer eso; iba a haber mucho orgullo. Quizá no debía pedirla tal cosa, porque de una de esas cosas sale mujer prostituta para siempre. Realmente iba a ser como si debutase en el escenario con el número más desvelado. En los gestos que hacía y en su lentitud y en su apariencia de estar obligada a una cosa y de ir, por lo menos lentamente, hacia ella, se veía que estaba decidida, que iba a mostrarse. ¡Qué sacrificio! Si no hubiesen estado los cristales por medio, si me hubiese podido oír, la habría gritado: «¡No! ¡No lo hagas!», pero ya iba arrastrada y llevaba a sacrificar sus senos. Cerró la puerta del fondo con cerrojo y después se fue quitando alfileres. ¡Qué fino espectáculo! ¡Qué naturalidad nunca vista! Parecía que se los acababa de poner entre bastidores para podérselos quitar así de parsimoniosa y de sencillamente. Ya podía haber entreabierto un poco su blusa; pero no, lo reservaba eso para realizar en un solo momento la aparición y la desaparición. Estaba junto a la luz, pero había poca luz. Por fin miró hacia donde yo estaba, sin clavar en donde se me suponía una de sus largas miradas de siempre, sino una mirada breve y despectiva como si no me quisiera, y abriendo su blusa y bajando al mismo tiempo su camisa, me enseñó sus senos, como la mujer que en la tragedia dice, abriéndose así el pecho: «¡Mátame; clávame ahí el puñal que me amenaza!» Esperó a que yo la hiciese la fotografía prohibida. Calculó el tiempo de la exposición, pero apagó demasiado pronto. ¿Demasiado pronto? No. ¡Pobrecilla! Siempre hubiera sido demasiado pronto. Para asomarse a unos senos, para reconocerlos, para recordarlos, hay que pasar muchas noches sobre ellos, como el bacteriólogo sobre el microscopio. No vi nada, y vi, sin embargo, un seno colgandero, ni grande ni pequeño, digno para representar los senos en unos amores de toda la vida. A la mañana siguiente salió llorando al balcón, y se vio que había llorado toda la noche. Llegó hasta el momento, valiente, serena, temeraria; pero al entrar en la oscuridad se sintió robada, vejada, inutilizada ya. ¿Cómo no oí toda la noche la lluvia de su llanto sobre mis cristales?… EL TAÑEDOR DE SENOS Hombre delicado, comprensivo, agradecido y alegre por lo que tuviese cierta alegría verdadera, era llamado por las mujeres para que las tañese, las cuidase, las solazase y encontrase con sus palabras, con sus miradas, con sus manos, las tersuras de sus senos, que los demás tratan sin el bastante aprecio. Ellas se encontraban más con sus senos y encontraban en él la gratitud que nunca demostraron los otros, arremetedores como topos. La escena era bella. El tañedor de senos saludaba los senos de la confiada con todos los saludos, discretos, sencillos, inefables; tampoco con la exageración de esos muchachos inaguantables que acabarán siendo ingratos, cínicos, malévolos, dolorosos, pero que tienen en el principio los aspavientos de la revelación. El tañedor de senos era incansable, porque creía que podía morirse uno tañendo unos senos entregados sinceramente a las manos sinceras que no les roban, sino que les devuelven el rédito que merecen. El tañedor de senos no era brusco, precipitado, ni se veía en sus manos ese cansancio que las va a parar muy pronto. El recapacitaba sobre los senos, encontraba cómo su relieve es incomparable con nada y les encontraba los perfiles más bellos. Llegaba a admirar sus senos la dueña de ellos, ante los exquisitos tañidos que les sacaba el tañedor. Tampoco eran timoratas las que se prestaban a que el tañedor entrase en sus gabinetes. Eran las mujeres que están cansadas de la brutalidad y quieren que las aprecie en secreto uno de los pocos hombres que saben apreciar y que tienen el arrebato largo en vez del arrebato de los tres golpes. El tañedor de senos las dejaba sus senos alabados, bendecidos, dispuestos a aguantar con los reservorios de dulzura y de veneración que había puesto en ellos, todas las injusticias y los insultos de los mamíferos corrientes. LOS MEJORES SENOS Miraba aquella mujer de tal modo la vida, que tocar sus senos era como tocar el secreto de la vida. —Se ha dejado —me decía yo, y aquello era lo más encantador de todo. — Tocar tus senos no es tocar unos senos, es poderte tocar a tí en lo más íntimo… Eso es lo que me enajena. ¡Oh, mujer fuerte y difícil! —la decía yo, y ella sonreía al oírme, como si dijera: «Pero te entretienes con ellos como un niño idiota que juega con cualquier cosa ». —Me sorprenden tus senos —la decía yo— como si no fuesen senos, sino otra cosa… No me he podido dar cuenta aún de cómo te toco a ti de verdaderamente… No acabo de creerlo, no lo creeré nunca. Yo llegué a llamar a aquella mujer como si no existiese, como si no estuviese ante mi de verdad, como si fuese imposible… Buscaba sus senos con arrebato para enterarme y me pasmaba el encontrarlos… ¿Se podrá conseguir algo más grande en la vida que creer siempre, durante mucho tiempo, que se toca lo inaudito, lo inesperado, lo imposible? «¡Eran sus senos!» Nunca me arrebaté como ante esos senos, esos senos incomparables. Eran los senos de la mujer que ve la vida y que no ofrece ese fruto de inconsciencia que son los frutales senos de los demás. Buscaba mi tesoro varias veces en el día metiendo la mano por el angosto descote de su blusa y removía todas las monedas de mi bolsa como sonando mi oro. Ella se prestaba igual que las mujeres de prestación bovina a que yo me enterase de ella misma, aunque aquello fuese lo que estaba más lejos de su alma. Después de haber incurrido en la tontería varonil, me arrepentía de ello y buscaba más cerca de su aliento el perdón. ¿Pero es posible?, me he repetido siempre. Sus senos además eran magníficos, redondos, duchados, auténticos, sin engaño, formándose en extenso panorama, no siendo sólo calcetines repletos, faltriqueras o bolsillos aislados y alargados en el centro del pecho. Eran extensos, ciertos, magistrales. Mi mano ha conocido para no olvidarlo nunca el cercioro de la vida. No tendré más que pensar en eso los malos días de la vida, para sentirme afortunado y como si hubiese contenido en las manos el agua densa, dulce y diáfana a la par que dura. Sus senos eran los senos racionales con la bastante generosidad para seguir siendo pueriles. Encantada ella también de que yo fuese el que se alegraba así cerciorándome de su presencia, ella también decía mi «¡Parece mentira! », sino que miranto hacia mí y sintiendo en mis manos la avidez del hombre del alma intrépida y original, enterado del mundo y de la realidad con todo el sentido de su enjundia. Senos providentes, rollizos, blancos, de carne delicada y tersa, ¡cómo han dado densidad a los senos y cuántas miles de veces ha ido a ellos como para cortar el cupón de mi fortuna! No se me negaron, y durante mucho tiempo para lo que duran esas cosas, han sido tersos, grandes, fieles, magnánimos. Sólo mataba un poco mi placer de hallarlos, el que pensaba en que se iban a perder, y también pensaba que se irían deshaciendo, que lentamente se irían perdiendo. ¡Ah, pero el milagro de los días hace que parezca aún inacabable lo que se va acabando indudablemente! La blanda piedra de toque de mi vida, son los senos esos que soportan con fidelidad y enterándose hasta el fondo de quién es quién los toca, de que soy yo el que les da ese toque con que yo extiendo las manos hacia ellos, queriendo saber que aún estoy en la vida. UN VENDEDOR DE SENOS EN ORIENTE En la calle en sombra azul, mientras en los aleros el sol ponía tejas de oro, el vendedor de senos dormitaba en un gran confesionario, barraca de maderas entrecruzadas. A la puerta, sentado en el quicio de la larga ventana que tenía la puerta, fumaba su narguilé como si se fumase los senos más soñadores de su colección. En la sombra de la caseta se percibían los desperezos de las mujeres desnudas tendidas sobre cojines. Era una especie de delicado oleaje lento, con movimientos de recién nacido en el lecho de la madre. Esa sensación de blancura, de esfereidad y de número que produce una huevería, la producía aquel fondo de sestero almacén en que se reunían todos los senos de que era dueño el vendedor de senos. De vez en cuando entraba algún supuesto comprador, que sólo quería ver bien el avispero de los senos. —No se toca… Se ve y no se toca… Hay que elegir a simple vista —repetía con sus palabras verdes y tecleantes el oriental. —¡Pero si esa mujer no vale nada! —le decían a veces, señalando a alguna un poco ajada o demasiado fea. —Yo no soy vendedor de mujeres, yo soy vendedor de senos —contestaba él, y tenía razón en su criterio, pues él revisaba todas las mujeres que encontraba por feas que fuesen, y así había encontrado los senos más blancos y más bellos de Oriente. —Si al coco se le juzgase por defuera —decía él— no se hubiera descubierto nunca su pulpa sabrosa y su agua de aljibe. El, por el contrario, desconfiaba de las bellas que tienen los senos bizcos o como bolsillos de arruinado. El vendedor de senos tenía todas las ponderaciones para sus senos y quizá no ha habido un estilista como él en el mundo. —Dajali, incorpórate un poco —decía dirigiéndose hacia las sombras, y después, cuando ya Dajali se había sentado sobre su almohadón, decía al comprador—: Fíjese, sus senos distanciados, son como los focos de su belleza… —Aelaida, incorpórate y si no quieres, alarga un brazo para que sepa dónde estás —decía con tono melifluo, y Aelaida, allá en un rincón de la leonera, levantaba una pierna bella como un candelabro o un alto pebetero. Entonces se acercaba con el comprador, saltando los cadáveres de pereza de numerosas «senéforas». —Mire —decía al comprador—, sus senos, por el contrario de la otra, más estatuaria, pero menos ardiente, se estrujan el uno al otro, se buscan el pico como palomas, salta la chispa de su contacto… Era interminale la mostración de bellezas, de matices, de agilidades, cuando el vendedor de senos se daba cuenta de que era un rico o un entendido el que quería un par de senos, si no iguales, muy parecidos el uno al otro. —Se puede llamar al perito —acababa diciendo—, se pude llamar al perito, para que haga los cálculos de la geometría y le demuestre que son iguales, como una mitad de Dios lo es a la otra Nadie jamás había tocado sus senos. Habían tenido una perfecta seriedad en su pecho. Estaban reservados para que muriesen inactivos en el árbol solitario. No supo él los senos nuevos e intactos que se llevaba, los senos de miel que tenía entre manos. La noche de sus bodas aquella mujer debió buscar el amante que se diese cuenta. ¡Qué irreparable pérdida! En aquella noche, como todas las noches, perdieron su fragancia los senos preciosos en las manos del tratante en naranjas. EL ERMITAÑO El final de una vida puede ser la contemplación cenobítica de unos senos, contemplación de eremita que toma en sus manos unos senos de mujer y los contempla como si fuesen todo el engaño de la vida, visible y patente. Todos tendremos ese gesto reflexible y final. Un día tomaremos en nuestras manos los senos con ese escepticismo postrero. Hay hombres ancianos que ya no buscan los senos sino para eso, para abstraerse ante ellos como los frailes del Greco lo están frente a un cráneo pelado. Quizá ya en nuestra juventud tuvimos muchas veces ese gesto sensato, tranquilizado, depurativo, manejando unos senos. NO TENÍA SENOS No tenía senos ni la huella de los senos en su juntura, ese canalillo en que las miradas se fijan para reconocer a la mujer. Tenía que descotarse y la daba vergüenza no poder enseñar la juntura inquietante. Tenía la caja del pecho de un transformista, de un imitador de estrellas. Hubo que llevarla a París y allí penetraron en el Instituto de Belleza. Todo olía a jabón en aquel Instituto y a los espejos les habían sacado brillo las gamuzas más finas. La mujer que no tenía senos presentó sus quejas. —Hay que someterla a un tratamiento interior. Tome estas píldoras durante unos días —dijo el Director, y la dio una caja llena de unas píldoras grandes, enormes, inusitadas, con aspecto de ser imposibles de tragar. Al cabo de una temporada el Director, convencido de que los senos no brotaban, dijo: —La hemos dado simiente de senos, y como es imposible darla los senos nuevos, la haremos algo que es por lo menos posible, la juntura de los senos, ese canalillo que es como el que conduce al punto de mira en la pistola y que es lo imprescindible. El Director tomó en sus manos el escoplo y el martilio blando y dio numerosos golpes en el esternón de la joven sin senos, consiguiendo señalar una depresión delicada, suscitadora de los inquietantes senos en la caja dura de su pecho. Ya durante siempre en su descote lució la línea sinuosa, inquietante, resbaladora de la juntura de los senos. Y cayó en sus manos un marido gracias a eso. TRES PENSAMIENTOS SUELTOS Reconocía el alba tocando la esfereidad de sus senos… Daba luz a la noche tocando esos resortes de la luz. ¿Estás ahí? —preguntaba yo sin hablar, tocando sólo realidades indubitables, en que todo el universo cedía y se hacía cariñoso bajo el empuje de mi mano, en que sentía toda la realidad material del seno blando y suave. Jugaba ella a la pelota con sus senos sobre la pared de los espejos… Todas las noches jugaba la partida estéril de las miradas en que se miraban los senos en el espejo. EL DESCOTE MÁS CRUDO QUE HE VISTO En la gran función de gala del teatro de la Opera, y en un palco proscenio, estaba la más bella descotada del teatro. ¿Por qué? Los palcos proscenios son los que parecen estar revestidos de un terciopelo más oscuro y en los que por lo tanto resaltan más las carnes oscuras. El terciopelo rojo de esos palcos está entintado por la especial sombra que se pega a ellos como el polvo blanco a todo terciopelo. Por todo eso resaltaba más la mujer de más bello descote del teatro. ¿Pero sólo por eso su descote era el más bello? No. Su descote era el más comestible del teatro, como esos panes para una numerosa familia a los que todos se pegan pellizcos en el reborde blanco, y porque venía de un cortijo en las tierras del Sur, renegrido su descote por el sol en un ancho trecho que de pronto, sin transición, en una franja que ha hecho añadir al descote del campo el descote de la fiesta de gala, se convertía en una carne más blanca, la que había celado al sol las blusas y las camisas, extraña media luna blanca que lucía por todo el teatro y que daba calidad a sus senos apenas escondidos en el descote de gran gala con escotadura de negro chaleco de frac, chaleco sin camisa ni corbata ni pechera. Como aquel descote de carne oscura y canesú de carne blanca no he visto otro, dotado de tanta realidad y tanta naturalidad. SENOS SIN BOTÓN Hay que temer a esas mujeres de senos túrgidos y crecientes, en los que el pezón es blanco. Esas mujeres de senos lívidos serán crueles con todo lo que tengan a su alrededor. Influirán en el padre para desheredar a sus hermanos, serán duras con sus sobrinos, serán madrastras de sus hijos si tienen hijos. El que sus botones estén sin sangre y sin color, las harán espantables, mujeres de dientes apretados y de decisiones injustas y arbitrarias. Esa piedad que hay en esas dos florecillas como si fuesen las condecoraciones de una fiesta ideal de la flor, no existirá en absoluto en ellas. Bellas, interesantes, de curvas bordadas, no se explicará nadie el porqué de su hostilidad, de su incomprensión, de su desdén. Es que están detrás de unos senos sin florecilla ni rosación siquiera, es que sus senos son los senos fríos de la mujer de mármol, blancos por completo o a lo más un poco oscuros por su roce con el tiempo en medio de la general blancura. ¡Dios nos salve de una mujer de senos sin su punta de color! Retorcerá en un pellizco, fino, agudo, inaguantable, todas las cosas. LA CONFESIÓN Yo la dije, cuando tuve confianza con ella más que con ninguna: —¿Y qué sientes en los senos? Guardó silencio durante un rato. Sentía un rubor extraño, como el primero sin ser el primero. —¿No te desilusionará el que te diga la verdad? ¿No te quedarás desilusionado para siempre? —No… Desgraciadamente nos volveremos a ilusionar con lo que nos desilusionó… Es fatal… Después de oírte, buscaré unos senos como esa noche en que perdemos la voluntad como si un cometa terrible fuese a tropezar con la Tierra y naufragamos en un falso final del mundo. —Bueno, pues escucha —continuó ella—: es fría la sensación de nuestros senos… Están lejos de nuestra sensualidad, son las montañas en que hay cierta nieve… Nos hacéis cosquillas agrias y tozudas en ellos… Sólo una vez, cuando los tocó el primer hombre que nos tocó, sonó en toda nuestra sensibilidad el primer timbrazo de alarma, el timbrazo de que había llegado la hora. No han vuelto a ser tan sensibles nunca. —¿Entonces, cuando jugamos con ellos no sentís la alegría frenética y trémula de nuestra tontería? —No. Os vemos fríamente, más frente a frente que nunca, y si dura mucho vuestra obcecación con los senos, cae de ellos como de dos esponjas la fría agua que apaga un poco nuestra sensibilidad… Si no te pareciese chabacana la comparación, te diría que parecéis policías secretas que nos registráis el pecho con un manoseo insistente, sin acabaros de convencer de que no guardamos nada ahí… Se hizo una larga pausa que no supimos cómo llenar. ¿y cómo iba yo a tocar aquellos senos desprovistos de sentido y que se reían de mí y desdeñaban mis manos? —Bueno, mujer verdadera… Tenemos que despedirnos… Adiós… —Adiós —me dijo ella levantándose y arropándose en su piel—; pero no olvides que te he dicho lo que no he dicho a nadie… Sé por eso mi amigo, que te vuelva a ver… Decir a un hombre la confidencia que no se ha dicho a nadie es como si se le diese lo que no se ha dado nunca. —Adiós —la dije en la puerta; y después me puse el gabán, yéndome hacia los senos que yo sabía dónde estaban guardados. Por lo menos ésos se reirían de mí creyéndome engañado e iluso. LOS QUE QUERÍAN QUE YO LOS COGIESE Aquellos senos se venían conmigo, extendían hacia mí sus manos como una niña de pecho que se escapase del seno de su madre. Ellos querían, pero ella les contenía, les disuadía; estuvo luchando con ellos hasta que se fue. ¿Era mala o era que en su corazón no había entrada para ciertas palabras? La cosa es que los dos estuvimos viendo y notando la predilección, y, sin embargo, con gran dureza de madrastra ella les tuvo prohibido el que por fin se viniesen conmigo, el que saltasen entre mis brazos, el que recibiesen el alegre aupamiento que merecen las niñas que nos quieren. El hombre adusto e hipócrita, como los reptiles. Estrecho de caletre y de cuerpo, tiene los ojos pequeños y el rostro como empolvado con el polvo amarillento y venenoso para matar las chinches. Entra en su casa después de juzgar con impiedad a algunos procesados, satisfecho de alejar del sol a algunos hombres en los que la voluntad de gozar de la vida es violenta y admirable. Su esposa, que sabe que ésa es la hora en que vuelve, es quien le abre. El inquisidor la abraza, gustoso de sentir sobre su pecho duro y cruel el seno blando, asustadizo, guardado como la quesera guarda el queso. «¡Exquisito contraste! —piensa, relamiéndose, el malvado inquisidor—. Soy duro —continúa pensando—, porque quiero satisfacerme con los blandos senos de mi esposa… Sentencio a todo el que se excede en su deseo de placeres o en su deseo de tocar los mórbidos y perfectos senos de la libertad, para que me sea más dulce en la intimidad el placer de tocar a mi esposa…» En efecto, los días de grandes suplicios, los días de numerosas ejecuciones, es cuando, sonriendo como un condenado, el sórdido inquisidor se abalanzaba sobre los senos de su esposa, ansioso como un glotón sobre la langosta servida en forma de timbal hecho sólo de cogollos de langosta, montadas y escogidas en el fondo de varios caparazones. En la entrada de los sitios reales y en medio del monte en casas blancas que refulgen al sol como los cortijos, son cuidados esos senos de las favoritas rusticanas. Se nutren como verdaderas palomas torcaces: en vez de con algarrobas, con las flores, las jaras y la punta tierna de los pinos que es como el remate tierno de una vida. Tienen olor a pulideces de piedra del río. El Rey los busca en la supuesta cacería que es cacería de senos y no de rebecos, como dicen los periódicos del reino sin nombre. Se levanta temprano porque es caza de muy de mañana y bebe su alma el rumor de los arroyos. (Glu… glu… glu…, corre el arroyo en el fondo en sombra de nuestro corazón, en la espesura de nuestro tórax). El Rey busca el puesto que tiene asignado, el puesto por donde aparecerá la guardesa joven, lavada como en los lavatorios de pies antes de que el Rey toque los pies pecadores. Van sus senos más duros que nunca, duros de emoción y de sobrecogimiento en el fondo del corsé amarillo. El Rey aparece y coge por la cintura a la guardesa que juega con su delantal, y en seguida busca los frutos de la hembra en los que se reúne el pan tierno, el huevo descascarillado después de endurecido el pavo trufado y la ternura de todas las yemas del bosque, diminutas en cada brote y únicamente allí espléndidas… El Rey, que estaba acostumbrado al pan de Viena, busca la cáscara y el cuscurillo del pan candeal que está en el pezón. Nunca ha comido un pan mejor cocido y en el que de tan cumplida manera se reuniese todo el perfume del campo y de la mañana. Todo lo que se escapa en la Naturaleza y en el bosque, está en esos senos de la guardesa mantenida con todo el monte inútil del sitio real, ese vasto vedado que le cuesta tanto dinero al Rey y que apenas va a visitarlo. EL COLECCIONISTA —Una señora que pregunta por el señor —dijo la doncella al coleccionista en senos, como ofreciéndole en el tarjetero de su corpiño la tarjeta de la mujer que anunciaba. —Que pase —dijo el coleccionista, meciéndose en el asiento de su mesa, para calcular la perspectiva que le convenía, como rectificando la medida para las distancias de unos gemelos de teatro. La señora era una señora de cabos finos y de brazos muy delgados. Todo en ella era delicadeza; pero sus senos eran opulentos y parecieron saludar al coleccionista antes de que ella le alargase sus manos de uñas de jabón. —¿Qué deseaba usted? —le preguntó. —Pues hay que ser franca… Usted es un coleccionista de senos, ¿no?… Pues aquí le traigo los míos… Sintió el coleccionista no tener los lentes del coleccionista para ponérselos en aquel instante; pero, como si eso los sustituyese, se echó más hacia atrás en su asiento. —Muy reconocido, mi señora —dijo el coleccionista y adelantó sobre su mesa, levantándose y poniéndose de codos sobre ella… La que ofrecía los senos desabrochó su traje como el ama de cría que va a mostrar la clase de su leche al doctor. El coleccionista en senos, avezado a aquellas demostraciones, tocó como un joyero los senos que se le ofrecían y sonrió encantado. —¡Hermosos senos para mi colección! Me atrae usted unos senos magníficos e inolvidables… Ya sabe usted… Los tendré que ver cuando se me antoje, cuando los recuerde. .. No podré meterlos en un álbum, pero sí Ja podré avisar cuando necesite esos dos bellos ejemplares de mi colección… —¿No me engaña usted? —dijo ella con coquetería. —No… son de los mejores de mi colección… Les voy a dar el número diez en un certificado que podrá usted enseñar en todos lados… Cuídelos, cuídelos mucho… Los mejores de mi colección han desaparecido y se han estropeado de la noche a la mañana. —Los cuidaré sólo para ofrecérselos de nue^o… Ningún cariño ni siquiera delicadeza como la suya para con ellos… Estoy satisfechísima… Me enorgullecerá siempre su certificado. Después se abrochó de nuevo con ese gesto de haber dado de mamar ya al niño, recogió su diploma y se fue. El coleccionista escribió en un libro: «Soledad R…, calle de las Palmas, 84. Senos opulentos a la vez que delicados. .. Senos sin caída, los primeros senos que he visto, que siendo grandes, no tengan pliegues de sombra ni se anuncie en ellos el principio de la ruina y la hundición… Senos con la particularidad de que parece que avanzan por su resplandor como dos focos de automóvil… De tan puros y bellos como resultan, no se siente la necesidad de tocarlos». LA SEÑAL . Primero no quiso soportarlo. —¡Mentira! —dijo, sin poderse contener, iracundo y desatinado—. ¡Mentira!… Después preguntó cuándo, después preguntó cómo, después dijo con tesón: —Pues no lo creo. Hubo una pausa larga, en que «ella» aparecía al final de los soportales del pensamiento… —Dime lo que tiene en los senos —dijo, temiendo que el otro le diese la señal indudable… —¿En los senos? —se preguntó el otro, queriendo recordar a la mujer que se olvida al fin aunque se haya convivido mucho con ella. —¿En los senos? —repitió el otro al que en la nueva pausa se le veía asomarse a la mujer desnuda, a la reproducción mala, pero auténtica, de «la maja desnuda», y buscar en sus senos la señal que se le pedía. —¡Ah!, sí —dijo por fin—; cinco lunares alrededor de cada rosilla… El nuevo amante guardó silencio, con la cabeza baja, aplastado por aquella señal indudable, que eran aquellas abejas alrededor de las dos florecillas delicadas y propias para hacer una guirnalda alrededor de la copa del sombrero de una niña. —Eso es cierto.. Pero usted es el de antes, el que ya no puede volver, el que fue olvidado por completo. Bastante desgracia es ésa, suficiente castigo, inextinguible pena. LOS SENOS MUY ESCONDIDOS Aquellos senos estaban tan escondidos, tan ocultos, tan cerrados dentro de sus abotonados corpiños, que el que los buscaba perdió la paciencia y los abandonó. Le había costado mucho trabajo llegar a aquel momento; lo más difícil lo había pasado, pero se indignó tanto con la cerrazón, con los prendidos, con los atares, que despreció el hallazgo. LOS SENOS DE LA SEÑORITA GENOVEVA La señorita Genoveva dormía en una alcoba al final de la casa, junto a la cocina y a la escalera interior. Como a nadie se le hubiera ocurrido sospechar de la señorita Genoveva, nadie pensó en que pudiera aprovechar aquella proximidad de la escalera interior. Pero todas las noches entraba por aquella puerta un joven con los zapatos en el bolsillo y abría con mucho sigilo la puerta de la señorita Genoveva. Ningún placer más puro y penetrante que el de entrar en casa de la soltera, en la casa decente. La tomaba como después de la boda en la alcoba oscura, porque no se podía encender la luz. Todas las caricias eran silenciosas y oscuras. Tenía una proporción inaudita aquel desnudo honesto en la oscuridad llena de temores, de prohibiciones, de amenazas. ¡Pero quién iba a sospechar aquello en la alcoba en que hasta había una capillita llena de relicarios y adornaba con cintitas rosas que cuidaba la solterita! Toda la oscuridad de la casa corría a asomarse al cuarto pecaminoso, aunque su puerta parecía la blanca puerta de la virginidad. Los padres, que dormían en la alcoba a la italiana que comunicaba con la sala que daba a la calle, roncaban sin inquietud. En el largo pasillo las sombras se aglomeraban impacientes y comentaban lo que allí dentro sucedía. Todas las sombras comadreaban excitadas, despiertas, sobre la gran apariencia de dormirse que tenía la casa. Por las esquinas de los pasillos y las revueltas y por la puerta entreabierta del corredor, se asomaban los perfiles de la expectación, un ojo y parte de la nariz. Se sentía en la sombra como una ondulación voluptuosa. El apretujamiento de los senos que el joven tocaba en la oscuridad, parecía que iba a despertar la luz como cuando se coge la pera de la luz eléctrica que oscila en la cabecera. La señorita Genoveva, después de aquellas noches en que era acariciada por el arcángel de la oscuridad, tomaba su aspecto discreto de muchacha cansada de esperar, de muchacha que acabara por vestir el hábito de la esperanza con su correa de fraile. El novio, que con apariencias de novio languideciente conversaba con ella un rato durante el día, parecía otro que el de las noches, y el mismo fenómeno notaba él mirando a Genoveva: no le parecía la de las noches. —Es que aprieta sus senos con las sogas de la discreción —se decía Antonio, que así se llamaba el atrevido merodeador. Y Antonio hasta extrañaba la casa y el portal y la escalera durante el día, y no hubiera reconocido yendo por los pasillos, iluminados por la luz del día, la puerta de la alcoba misteriosa y su falleba de metal reluciente. Antonio, en vez de desinteresarse, se interesó cada vez más por la clandestina Genoveva, y hasta se casó con ella. —Viviremos con ustedes —habían dicho a los padres, y en vista de eso se había arreglado la misma alcoba de Genoveva con muebles nuevos, una cama más ancha, porque aquélla —como decía la madre— no hubiera servido, y a petición de él mucha luz, más de doscientas bujías en dos lámparas. Así, el día señalado se encerraron en la alcoba de todas las noches. ¡Cómo conocían aquel silencio de la casa! El estaba impaiente, sin embargo. Aun estando en ambiente tan conocido, le interesaba verla bajo la luz. Eso iba a ser lo nuevo, lo extraordinario, lo maravilloso. ¡Al fin la iba a tener bajo la luz, sin que le importase que se viese la gran iluminación por el montante! Genoveva tenía más miedo que nunca. Había perdido el desparpajo de la oscuridad. En la oscuridad se había sentido más mujer, más suelta, más cuantiosa. Se fue desnudando. El estaba perplejo. Veía una escena pobre, modesta, fría. Veía los forros tristes de la ropa que ella se iba quitando, y veía que en vez de esponjarse como se esponjaba en la sombra, menguaba, resultaba la mujer aterida. Sólo esperaba ver los senos, como si los desconociese, como si no fuesen los que él había reconocido en la oscuridad, los opulentos senos de la sombra, en cascada, batidos, crecidos, aumentados como la espuma acrecentada por el batidor… Por fin se desvelaron y aparecieron pequeños como las bombillas esféricas de cincuenta bujías que los iluminaban, y Antonio se quedó asombrado, desengañado, sorprendido. La sombra le había engañado atrozmente. ¡Su esposa no tenía senos! ¡Si no hubiera encendido nunca la luz! ¡Si hubiese buscado siempre en la sombra la blanca morbidez imaginada! LOS SENOS DE LA NADADORA Había un premio fuerte y una medalla de oro para el que pasase aquel trecho a nado. Se lanzaron los hombres y las mujeres en una especie de competencia desigual, pues los hombres eran como lenguados enjutos y ellas redondeadas, llenas de huevas y con senos, debían ser más pesadas. Pero pronto se vio que una mujer era la que llevaba la delantera. Su cabeza de loca, de mujer que se ha lavado la cabeza, sobresalía sobre las aguas unos ratos más que otros. Con un rostro de desesperada mojada en lágrimas, apareció en el sitio de la meta, la mujer que llevó todo el tiempo el primer puesto. Salía del agua cada vez más redondeada, brillante gelatinosamente toda ella. ¡Caramba con los senos de mujer fuerte que lucía! Quizás habían sido la proa que había roto mejor las aguas y por lo tanto los que la habían ayudado a vencer. Todos miraban sus senos como algo apetitoso, refrescado y duchado por el mar. Todos hubieran dado lo que se les hubiera pedido con tal de dar dos palmaditas en las carnes que las pedían. El presidente del jurado, con la medalla en la mano, se acercó a la triunfadora, y puso en su seno la medalla del premio, y sin poderse contener su mano imitó el molde del seno e hizo sobre él el gesto redondo. La nadadora, dura y envaronilizada por el triunfo, dio una tremenda bofetada al presidente del jurado, cuyo sombrero de copa se fue al agua, bogando en ella como una boya. SENOS DEL HASTÍO Están llenos de hastío esos senos, y cuando unos senos se llenan de hastío ya hay que dejarlos, porque ya no sirven. No hay nada que los reponga. Caerán como dos grandes lágrimas suspensas del seno de la hastiadora. Llorará sobre sus senos al notarlo y sus lágrimas rimarán en sus senos. «Ya tus senos —se le diría a la mujer de los senos llenos de hastío— son los del alma seca de mi encanto por tí». LA CAZA EN LA ESCALERA Cuando se es muy joven se considera que es posible cazar en la escalera los senos en la vecindad. La escalera es un camino solitario por el que baja muy descuidada esa chica de la guardilla que tiene unos senos pizpireteadores. Generalmente baja saltando y sus senos se revelan así con más revelación, ya inevitables, ya imposibles de abandonar. Se ha visto el fenómeno extraño de la alegría solitaria de los senos por la mirilla sigilosa, celada medieval de nuestras torturas. Muchas veces se vuelve a ver a los correteadores senos botar sobre el pecho de la chica en su bajada de la escalera. ¿Es hora de echarles mano? No aún. Conviene dejar que tomen confianza con el camino solitario de la escalera donde se adunan las mañanas de todos los vecinos con los caldos sustanciosos de todos sus pucheros. Por ese camino glorioso que es la escalera en la mañana parece que suben al cielo y que bajan a la tierra si descienden. La juventud crédula considera que en esa alegría neutra de la escalera es posible llegar a la posesión de los senos torcaces de la guardilla. Un día por fin espera sigiloso la hora. Espera el joven al balcón que entre la joven de los senos alegres. La ve venir y ve cuándo pasa precisamente bajo su balcón, cómo son de plásticos sus senos y cómo entran antes que ella en el portal tragaldabas. Detrás de la puerta espera el joven la subida de la alegre muchacha cuyos senos suben saltando la escalera. La luz de la escalera se alegra de verle bueno y tiene algo de luz que entra por los balcones esmerilados de una casa de citas o de un cuarto de baño. No se sabe por qué se ha quedado parada en uno de los escalones de abajo. ¿Leerá alguna carta de otro? Ese sería un contratiempo. Sería la única oración contra el diablo que espera. Sigue en la rendija de la puerta. Ya está ella casi en el descansillo señalado como última etapa de su tranquilidad. El joven abre entonces la puerta y se lanza sobre ella. Hay una lucha de unos segundos. Ella le rechaza y escapa. El comprende toda la responsabilidad que hay en luchar en la escalera y en que alguien pueda oír algún grito. Había creído a la escalera más sorda de lo que ese momento le ha parecido. Todas las mirillas oyen y ven. Todos han visto el abuso que ha querido cometer. La escalera —han pensado todos los jóvenes después de la experiencia de caza en la escalera— no es propicia para nada. Es fría, reflexiva, ingrata y deja a la mujer sin ofuscación sintiéndose en sitio tan extraño y sin cordialidad.
De los cuatro evangelios, solo dos nos hablan acerca del nacimiento de Jesús. No es extraño que Juan no diga nada al respecto, pues su evangelio solo está interesado en información que no aparece en los otros tres. El de Marcos, por su parte, se enfoca en la vida pública de Jesús, de modo que su nacimiento no forma parte del “plan de la obra”.
Como dos testigos que informan un mismo hecho desde puntos de vista
independientes, Mateo y Lucas coinciden entre sí en puntos
fundamentales, y difieren en los detalles.
Por ejemplo, ambos son categóricos en señalar que:
La madre de Jesús era una virgen llamada María;
Estaba prometida con José, un varón descendiente de David;
Antes de hacer vida en común, la joven se encontró embarazada de Jesús;
El niño nació en Belén, siendo Herodes el gobernante de Judea;
La familia se estableció finalmente en Nazaret de Galilea.
Al mismo tiempo, si bien no hay contradicciones entre ambos relatos, sus perspectivas son claramente diferentes. Las películas y tarjetas de la navidad tienden a mezclar ambas versiones,
y ahí es cuando nos quedamos con la idea de la estrella de Belén
brillando sobre el pesebre. Sin embargo, para profundizar en el texto es
importante tener clara la diferencia entre uno y otro relato.Del evangelio de Mateo provienen
Los sueños de José y su decisión de no denunciar a María
La estrella de navidad
Los reyes magos
La profecía de que el Mesías debía nacer en Belén y de una virgen
La matanza de inocentes
El viaje de la sagrada familia a Egipto
El evangelio de Mateo, no es tan preciso como Lucas respecto a detalles de tiempos y lugar. Se enfoca en las experiencias de José y enfatiza el rol de Jesús como descendiente de David.
Su evangelio con una genealogía que desciende a través de Salomón, nos
cuenta acerca de la visita de dignatarios extranjeros y de su
enfrentamiento con Herodes, el rey usurpador. Lo importante en su
historia es la profecía, la tipología y las promesas del Antiguo
Testamento cumplidas.
En el evangelio de san Lucas, en cambio, encontramos:
La aparición del ángel a Zacarías
La visita del ángel a María
La visita de María a su parienta Isabel
El censo de Quirino, y el viaje de Nazaret a Belén
El pesebre
La aparición a los pastores
Lucas se esmera en situar correctamente en tiempo y espacio los
eventos que relata, al menos en relación a sus lectores originales. Este evangelio es lo más parecido a lo que habría escrito un historiador de la antigüedad.
A cada paso se detiene para informarnos quién gobernaba en tal o cual
ciudad, y qué casa sacerdotal servía en Jerusalén. Lejos de ser espacio
perdido, esto demuestra el interés del autor por la precisión histórica,
y por dejar claro que lo relatado realmente sucedió. En su relato de la
navidad, su foco está puesto en las experiencias de María, incluso
cuenta sus emociones y pensamientos ante tan extraordinarios eventos.
Esto ha llevado a que muchos piensen que el evangelista se entrevistó
con la Virgen María.
Los escépticos suelen decir que las diferencias entre Mateo y
Lucas son demasiado importantes, y que no es posible compaginar ambas
versiones en una sola historia coherente. Los cristianos, por
su parte, han respondido con diversas formas en que ambos relatos pueden
compaginarse sin problemas. No hay una versión definitiva de esa
secuencia, porque cada evangelista está ocupado en destacar los puntos
del nacimiento de Jesús que le interesan, no en confirmar o negar otra
versión. A continuación, explicaremos cómo es más probable que hayan
sucedido los hechos que relatan ambos evangelios.
La historia comienza en el evangelio de san Lucas con
el anuncio a Zacarías que Isabel, su anciana esposa, tendría un hijo.
Él pertenecía a la clase sacerdotal de Abías, lo que permitiría a los
primeros lectores de Lucas establecer incluso el mes en que esto
sucedió. Seis meses después, un ángel se apareció a María y le anunció
el nacimiento del Salvador. Luego, ella viajó de Nazaret a la región
montañosa de Judea y permaneció tres meses con su parienta Isabel. Es muy probable que en esos meses llegara a José la noticia de que su prometida estaba embarazada,
y pensara dejarla en secreto. Sin embargo, cuando ella regresó a
Nazaret, José ya había tenido el sueño donde un ángel le advirtió lo
sucedido, y él la recibió en su casa, en Nazaret.
Entre los meses 3 y 9 del embarazo de María, ella y José viajaron a
Belén, a causa del censo dispuesto por César Augusto. Muchas películas
muestran a María viajando a lomos de un burro con un embarazo de 9
meses, y llegando a Belén, donde todos le cierran la puerta y sin poder
encontrar un lugar donde pasar la noche del nacimiento. Esa imagen
popular nos invita a reflexionar sobre el desamparo en que Jesús llegó
al mundo, pero no corresponde a una descripción precisa de lo que relata san Lucas.
Lucas indica que “mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo
de ser madre” (Lc 2, 6), por lo que es difícil pensar que hicieran el
viaje el mismo día de navidad.
Jesús nace en Belén de Judea.
Lucas nos cuenta que luego del nacimiento, María lo acostó al niño en
un pesebre “porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2, 7).
Sin embargo, el “albergue” al que se refiere Lucas, no es necesariamente una posada o taberna para hospedaje de los viajeros.
Es más probable que hubiera tantas personas la casa de Jose en Belén,
que no había espacio en la habitación principal para atender a una mujer
embarazada. El “albergue” de Lucas, entonces se refiere a esa pieza
común que había en las casas de la época. Esta es la situación los
habría forzado a permanecer en la parte de la casa destinada a los
animales, una habitación anexa a la casa principal con el aspecto de una
gruta.
La adoración de los pastores ocurrió esa misma noche, pues encontraron al niño en el pesebre.
Luego, circuncidaron al niño en al octavo día, y cumplieron con el rito
de la purificación y presentación en el Templo de Jerusalén, en el día
40. Después volvieron a Nazaret de Galilea.
No es del todo claro cuándo se presentaron los magos a adorar al niño.
San Mateo dice que llegaron a Jerusalén “cuando nació Jesús en Belén de Judea”, pero no es necesario asumir que ambos eventos ocurrieron simultáneamente. Este evangelio no está tan preocupado de la precisión temporal como Lucas. Sí es claro que los magos entraron en una casa, y no en un pesebre, por lo que esto no sucedió la misma noche de navidad claro que visitaron al niño algún tiempo después del nacimiento. Por lo mismo, esa casa puede haber estado en Belén o en Nazaret. Fuente, visite: https://www.infocatolica.com/blog/esferacruz.php/1601090210-la-navidad-en-los-evangelios
Si nos preguntaran “por qué eres católico», ¿que contestaríamos? Creo
que la mayoría lo consideraríamos una pregunta ruda, y seguramente
daríamos razones familiares y geográficas para salir del paso: “porque
es lo que me enseñaron”, “porque me bautizaron de niño” o “porque nací
en un país de tradición católica”.
La respuesta correcta, desde luego, sólo puede ser una: “porque la religión católica es verdadera, es decir, enseña la verdad”,
pero más interesante es la siguiente pregunta, que es lo que en el
fondo se quiere averiguar: “bueno ¿Cómo lo sabes?”. Ahí, seguramente lo
primero que se nos vendría a la mente sería “porque tengo fe”.
El salto de fe
Observando la época mi formación religiosa (de cursos de primera
comunión, de colegio salesiano, de ser delegado de pastoral de mi curso,
y asistir esporádicamente a misas), es fácil darse cuenta que yo y mis compañeros nos encontrábamos sumergidos («bautizado” si se quiere) en la doctrina del “salto de fe“,
es decir, la noción más o menos implícita de que creer en los dogmas
cristianos implica la virtud de adherir a las enseñanzas de NSJC, sin
contar con evidencia para ello, que bastaba la íntima convicción, e
incluso que era signo de amor.
Nuestro tiempo, privado como está de catequesis, ha sido tierra
fértil para este concepto, tal vez porque eso de pertenecer a cierta
minoría escogida a la que Dios ha dado la fe, es simple, y a la vez
halagador. También es muy funcional a cierta clase de no creyente
(frecuentemente dedicado a la política) que, al ser consultado por sus
convicciones religiosas simplemente responde “no me ha sido concedido el
don de la fe”.
Un corolario de esta misma idea lo encontramos en cada película cuya
la moraleja sea “cuando tengas dudas, sigue a tu corazón”, o libro de
autoayuda que te diga que no necesitas escuchar a nadie más para saber
qué es lo correcto, ciertamente no a los líderes religiosos, y que “todo
está en ti”. Basta pensar en la más famosa escena de cine, aquella
donde Darth Vader revela que es el padre de Luke, y se supone que
nuestro héroe debe “buscar en sus sentimientos” ¡para saber si el
villano le miente o no!
Que los cristianos asumamos como propia esta forma de acercarnos a la
religión sería desastroso, para la misión evangelizadora y para la
ética. En primer lugar, a nadie se le ocurriría pensar de ese modo en
asuntos de medicina o tecnología, de modo que la conclusión lógica será
que la religión es una forma inferior y menos importante de
conocimiento. En segundo término, si el conocimiento acerca de las
verdades más profundas es estrictamente personal y depende de las
emociones, toda religión será un asunto estrictamente privado, donde lo
verdadero para mí puede no serlo para ti, y la predicación no tiene
sentido. Finalmente si la conciencia también bebe de esta misma fuente
para conocer la verdad moral, también se deberá afirmar que nadie puede
decir a otro que actúe en contra de su más íntima convicción.
En oposición al “salto de fe”, la Iglesia Católica siempre ha
confiado en la filosofía y enseña que “Las facultades del hombre lo
hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal” y ha defendido
a la vez la autonomía de la conciencia, y la absoluta necesidad de su
adecuada formación. Así la Iglesia se alinea con las escuelas de
verdadera filosofía (en oposición a los sofistas que hacen nata hoy), y
la ciencia, afirmando la posibilidad de conocer el mundo y la existencia
de verdad más allá de opiniones subjetivas
¡Pruebas!
Imaginen, entonces, mi sorpresa al enterarme recién a los 20 años de bautizado que había “pruebas de la existencia de Dios”. Esto iba contra la forma misma de entender la religión que había aprendido,
Continue la lectura en la fuente original, es lo mejor que se puede leer.
Estos son algunos de los dichos de Sancholin, presidente de un estado cualquiera, en un pais imaginario, de un futuro siglo (pongamos el siglo XXIII por ejemplo). Pero no nos engañemos, esto nunca ha pasado ni podría pasar es pura literatura, pura imaginación desbordante de una mente calenturienta.
1- Dijo una vez Sancholin en una reunión en Bruselas:
– Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no les conozco muy bien.
Y es que nuestro eximio presidente goza de una sinceridad sin limites, no puede evitarlo, no es diplomatico, algunos en Europa hasta piensan que es tonto del culo. Ya con el tema de Israel metió bien la patita.
Es tan honesto, tan trasparente, tan aparentemente Idiota, que le vamos a hacer.
2 – El puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota.
Esto fue lo que decían del presidente Sancholin en los corrillos de las reuniones de Bruselas, mientras el se miraba al espejo (siempre tiene la costumbre de mirarse en todos los espejos, pobre hombre).
Y es que en Europa parecen conocerlo muy bien.
3 – El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido. Son palabras textuales del presidente Sancholin a su mas cercano colaborador Bolañillos, que un incauto periodista oyó casualmente y publicó al día siguiente.
Tres horas después el periodista hubo de huir a Guinea. Estaba avergonzado el pobre hombre (y algo mas).
Y es que nuestro eximio procer no pudo aguantar se supiera uno de sus mas grandes secretos, es el gran simulador, el gran engañador, el gran azote de la inteligencia. No des nunca la cara, tira la piedra y escondete, maneja a los medios, repite cien veces la misma mentira, que acabará siendo verdad, una tropelía se borra con la siguiente, la gente, el pueblo, el rebaño no tiene memoria, es facil de engañar, es bueno engañar, es saludable engañar, sobre todo en MI beneficio, nunca permitas preguntas de los periodistas, no salgas a la calle no sea que te abucheen, estas por encima de la plebe, oh cesar, no vayas al congreso, envía a otros, no escuches a nadie solo a los que necesitas, al resto solo desprecio y miente mucho sobre ellos que algo queda siempre. Son estractos de su libro, mi lucha en la tierra firme del progreso bolchevique.
Es tan tierno, tan amoral, tan miserable. Pobrecito.
4 – En las fiestas no te sientes jamás, puede sentarse a tu lado alguien que no te guste. Algo asi le paso a Sancholin.
En una reunión europea Sancholin se sentó el primero y a su lado pusieron al niño de waterloo. Se puso colorado. Es humillante que un muñeco, un titere esté sentado junto a su amo, el que gobierna a quien cree gobernar.
Y lo peor fueron las fotos que les hicieron. Pasarán a la historia.
Criaturas….
5 Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro. Y mejor será asi. Sancholin las controla casi a todas. Emite millones de euros en publicidad estatal, un rico caramelito, una linda zanahoria, a la que es dificil resistirse.
La publicidad se reparte entre cadenas amigas y domesticadas, una lluvia de millones, pero oh por todos los dioses tratad muy bien a Sancholin y a toda su santa corte de ministros (y ministras, tratarlas muy bien no reveleis sus mentiras y miserias). Asi nos va.
El que se mueva no sale en la foto.
Continuara….
6 Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente. Eso mismo le paso a Sancholin….
7 Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros. Esta es la clave secreta del presidente…..
La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados